Capítulo 19
Llevaba una hora hablándole a una cúpula vacía, y la cúpula, por lo menos, me contestaba.
Estaba sentada en el centro del círculo de luz de luna, con las piernas cruzadas sobre el hormigón helado, el abrigo extendido debajo como una alfombra, el mapa desplegado sobre las rodillas y una bolsa de ositos de goma casi vacía entre los pies.
Había llegado a las once y media, con las piernas deshechas por seis horas de caminata, y había subido la escalera de caracol a oscuras, agarrada a la barandilla, con el móvil como única linterna.
Herr Lenz me había abierto la verja sin hacer una sola pregunta.
Me había mirado con sus ojos azules y sombríos, había asentido con la cabeza y me había dicho, con un gruñido: «Una hora».
Y yo le había pagado con el paquete de ositos amarillos, que había aceptado con una dignidad solemne.
Había hecho la ruta entera. Esa era la verdad.
Al principio había salido de la pensión sin plan, con el mapa en el bolsillo y el único propósito de caminar hasta que se me pasara la sensación de que algo se me estaba rompiendo por dentro.
Pero en algún momento, en la Alexanderplatz, bajo el reloj gigante que giraba contra un cielo azul claro, había sacado el mapa del bolsillo, lo había desplegado, y había visto el primer cuadrado rojo.
Y lo había entendido. Había que despedirse.
Había que ir uno por uno, a todos los sitios, a darle las gracias a cada piedra.
Había pegado un osito de goma en el reloj.
Después otro en Bernauer Straße, en una varilla oxidada.
Después había subido a casa de Oma Ilse, con la llave que ella me había dado «por si acaso», y le había dejado el pañuelo con la curva torcida.
Después había caminado. Hasta el Reichstag.
Hasta Tempelhof, al borde de la pista, donde el labrador dorado del primer día había aparecido de la nada, me había olisqueado la mano y se había tumbado a mis pies sin ladrar.
Hasta las seis de la tarde, hasta las nueve, hasta las once.
Y por último, cuando ya no quedaba ningún sitio más, hasta aquella cúpula blanca, en la cima de una montaña hecha de casas.
—¡Adiós! —grité.
«Adiós... adiós... iós...».
Me quedé escuchando cómo se alejaba la palabra, cómo daba vueltas por la bóveda, rebotaba en las paredes de hormigón, subía hasta la grieta del techo y se perdía en el bosque.
—Adiós, Berlín —dije, bajito.
«...ín... ín...».
—Te voy a echar de menos.
No contestó nadie. Me limpié las mejillas con el dorso de la mano.
Había llorado tanto aquel día que ya casi no me quedaban lágrimas, solo un ardor seco detrás de los ojos y una especie de calma devastada.
Mañana, a esa hora, estaría en un avión.
Con mi madre dormida a un lado y mi hermano roncando al otro.
Sobre un océano negro. Con un mapa en la maleta y un pañuelo con una «W» torcida y el recuerdo de un hombre que no me había pedido que me quedara.
Entonces oí los pasos.
Fue un ruido lejano, metálico, que subía por la escalera de caracol.
Pasos rápidos, irregulares, un jadeo entrecortado, un tintineo de algo que se arrastraba.
Me incorporé de golpe. El corazón me dio un vuelco.
Pensé en Lenz. Pensé en un guarda de seguridad.
Pensé en un animal. Pensé en mil cosas, menos en la que de verdad ocurrió.
Jonas apareció en el umbral de la cúpula.
Llevaba una toga negra con ribetes rojos, arremangada hasta las rodillas, que le arrastraba por detrás como una cola.
Llevaba una corona de papel dorado ladeada sobre la cabeza.
Llevaba la chaqueta de pana arrugada, la camisa fuera del pantalón, los zapatos cubiertos de barro, el pelo pegado a la frente por el sudor, y las mejillas rojas como si hubiera corrido una maratón.
Jadeaba tanto que no podía hablar. Se agarró con las dos manos al marco de la puerta, doblado por la cintura, y levantó una mano pidiendo un minuto.
Yo me quedé de pie, inmóvil, con el mapa colgando de los dedos.
—¿Qué llevas en la cabeza? —pregunté.
La bóveda lo repitió. «...la cabeza... cabeza... eza...».
—Una corona —dijo él, entre jadeos.
«...corona... ona... a...».
—Ya lo veo.
—Me la puso Emre.
—Te queda muy bien.
—Willa —dijo, enderezándose—. Te he encontrado.
—Eso parece.
—Te he buscado por todo Berlín.
—Lo sé. Te he dejado ositos.
—Los he encontrado. —Metió la mano en el bolsillo de la toga. Sacó tres ositos de goma, rojo, verde y amarillo, y me los enseñó en la palma abierta, como un niño que presume de un tesoro—. Y el pañuelo.
—¿Has ido a casa de tu abuela?
—Sí.
—¿Y ha dicho algo?
—Estaba dormida. Pero Herr Brandt estaba allí, en pijama, preparando té. —Esbozó una media sonrisa agotada—. Me ha dicho: «Ve». Y me ha hecho un saludo militar.
Se me escapó una risa temblorosa. Él dio un paso hacia el círculo de luna. Lo vi mejor: las ojeras, la mandíbula apretada, los ojos brillantes, la nuez moviéndose al tragar. Se detuvo a dos metros. Tenía las manos abiertas, vacías, colgando a los lados del cuerpo.
—Willa, voy a decirte una cosa y tengo que decirla entera. Si me interrumpes, se me olvida.
—Vale.
—No me interrumpas.
—No te interrumpo.
—Vale. —Respiró hondo—. Cuando me dijiste «pídemelo», dije que no podía.
Y era mentira. Podía. Lo que no podía era soportar la idea de que algún día me miraras con odio por haberte hecho elegir.
Y eso no era amor, era miedo con corbata.
Tenías razón. Lo tenías todo. Tu madre hizo lo mismo y yo hice lo mismo, y los dos creímos que estábamos protegiéndote.
Y lo único que hicimos fue quitarte la voz.
—Me temblaba todo el cuerpo—. Así que ahora te lo pido.
Con la voz. En voz alta. Delante de esta cúpula, que es una chivata. Te pido que...
—Jonas.
—¡No me interrumpas!
—Perdona.
—Te pido que no desaparezcas. —Se le quebró la voz—.
No te pido que te quedes mañana. No te pido que dejes a tu madre ni a tu padre ni a tu hermano.
Te pido que lo pensemos. Juntos. Que lo hablemos con tus padres, con Colin, con Dana, con quien haga falta.
Que busquemos una manera. Tres meses. Seis.
Un año. Un puente, una distancia, lo que sea.
Que vuelvas. O que yo vaya. O que encontremos un sitio intermedio.
Pero que no me dejes sin intentarlo. Porque no hay nada, en toda mi vida, que haya querido con tanta fuerza como esto.
Y no sé hacerlo bien. No sé hacer nada bien en esto.
Pero quiero aprender. Contigo. Si tú quieres.
La cúpula guardó su voz, la dobló, la devolvió a trozos, como una oración que se repitiera sola por las paredes: «...contigo... contigo... ti... go...».
Yo me quedé quieta. No me salían las palabras.
—Di algo —murmuró Jonas.
—Estoy pensando.
—Piensas muy bajo.
—Es lo que dice tu abuela.
—Me lo ha pegado.
Se me escapó una carcajada. Salió de mí sin permiso, húmeda y rota, mezclada con un sollozo.
Me tapé la boca con la mano. Y entonces eché a correr.
Crucé los dos metros que nos separaban con los brazos abiertos y me lancé contra él con tanta fuerza que a punto estuvimos de caer los dos, enredados en la toga, con la corona de papel dorado rodando por el suelo de hormigón.
—Sí —dije, con la cara hundida en su cuello—. Sí. Sí. Sí.
—¿Sí qué?
—Sí a todo. Sí a pensarlo. Sí a intentarlo.
Sí a volver. —Lo agarré de las solapas—.
Mi madre me dijo anoche, en el pasillo de la pensión, que si tú no me lo pedías, ella se iba a encargar de pedírtelo por mí.
Mi padre me mandó un mensaje a las seis de la tarde que decía: «Deja de hacerte la valiente y vuelve cuando quieras».
Dana me ha mandado una lista de cuarenta razones.
—Le sujeté la cara con las dos manos—. Me voy mañana, Jonas.
Tengo que ir. Tengo que acompañar a mi madre, ver a su cardiólogo, hablar con mi jefe, recoger mis cosas, vender mi coche, despedirme de mi casa. Tardaré unos meses. Pero voy a volver.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Cuándo?
—En primavera.
—Falta mucho.
—Lo sé.
—Me volveré loco.
—Te irás a trabajar a tu despacho nuevo.
—Me volveré loco igualmente.
—Ya sé que sí. —Le besé la boca. Un beso corto, con sabor a lágrimas—. Yo también.
Me levantó del suelo. Con los dos brazos, alrededor de la cintura, igual que en la ducha, con mis piernas colgando y mi cara a la altura de la suya.
La cúpula nos devolvió el sonido de un beso, y luego otro, y luego otro, hasta que perdí la cuenta.
Me apretó contra su pecho con tanta fuerza que me crujieron las costillas.
Yo le rodeé el cuello. Le mordí el labio.
Le arranqué la toga con las dos manos, una prenda inmensa, absurda, que cayó al suelo como una nube negra, y debajo apareció la camisa arrugada, y debajo su piel, caliente, y debajo de su piel, el corazón, que le golpeaba tan fuerte que lo sentí en las palmas de las manos.
—Willa —murmuró, contra mi boca—. Hay una hora.
—Lo sé.
—Y Lenz.
—Lo sé.
—Y mañana...
—Mañana es mañana. —Me incliné y le susurré al oído—: Y yo hoy no pienso tocar ningún cable.
Se rio. Una risa ronca, honda, de pecho, que me recorrió la espalda como una descarga eléctrica.
Me llevó a un rincón. Extendió mi abrigo sobre el hormigón, junto a su chaqueta de pana y la toga negra, con una torpeza reverente, y se arrodilló delante de mí con las manos en mis caderas.
Le agarré el pelo. Y por primera vez, en toda aquella noche larguísima, dejé de pensar.
Me desnudó despacio. El vestido azul, que se había quedado pegado a las medias con la electricidad de la noche.
Las medias. Los zapatos de tacón, uno a uno, besándome los tobillos.
La ropa interior, que dejó caer por mis muslos con los dedos temblorosos.
Me miró. Estaba de rodillas, con la camisa abierta, el pelo alborotado, los ojos oscuros y húmedos.
A través de la grieta del techo, la luz de la luna le dibujaba una raya blanca sobre la frente, la nariz, la boca.
—Te quiero —dijo.
«Te quiero... quiero... ero...».
—Ya lo sé —dije, y la cúpula se rio de mí con mil voces.
Me tendió sobre el abrigo. El hormigón estaba helado, pero no lo noté.
Noté sus manos, calientes, que me recorrían las piernas, el vientre, los pechos.
Noté su boca, que me besaba el cuello, la clavícula, el hueco de debajo de la oreja.
Se quitó la camisa. Se quitó el pantalón.
Se tendió sobre mí, desnudo, con todo su peso apoyado en los antebrazos, y yo le rodeé las caderas con las piernas y arqueé la espalda.
Entró despacio. Con los ojos fijos en los míos, con la boca abierta, sin apartar la vista ni un segundo.
Fue una presión larga y cálida que me hizo cerrar los ojos y gemir sin pudor, con la cabeza hundida en el abrigo y las manos aferradas a sus hombros.
Estaba tan lleno de mí como yo de él. Se quedó quieto un instante, con la frente apoyada en mi frente, respirando.
—No pares —susurré.
—No voy a parar.
Se movió. Al principio con una lentitud de ola, sin prisa, un ir y venir hondo y suave que me llenaba hasta el borde.
Yo le acariciaba la espalda, los costados, las nalgas, le clavaba las uñas con suavidad, le susurraba su nombre al oído.
La cúpula devolvía cada sonido. Cada gemido, cada jadeo, cada roce de piel contra piel.
Nos oíamos multiplicados, rebotando contra las paredes, mezclados en un coro de voces que eran las nuestras y que parecían de otros, de cientos de amantes que hubieran pasado por allí antes que nosotros.
Y no me dio vergüenza. Me dio una felicidad desmesurada, absurda, plena.
Aceleró poco a poco. Me agarró las caderas con las dos manos y empujó más hondo, más fuerte, con un ritmo que fue creciendo, y yo me aferré a su cuello, le mordí el hombro, le susurré cosas sin sentido: «así», «más», «ahí», «Jonas, Jonas, Jonas».
Él me besaba con la boca abierta, con los dientes, con la lengua, mientras su respiración se rompía y su cuerpo entero se tensaba contra el mío.
Metí una mano entre los dos. Me toqué, con los dedos temblorosos, al compás de sus embestidas, y él me miró con los ojos nublados y soltó un gruñido ronco.
—Así —murmuró—. Hazlo. Quiero verte.
—Jonas...
—Quiero verte, Willa.
Me corrí mirándolo a los ojos. Fue un temblor largo y profundo que me nació en el vientre y me subió por la espalda, que me arrancó un grito agudo que la cúpula entera recogió y devolvió, una, dos, diez veces, un chorro de voces que se perdió en la noche.
Le apreté con las piernas, con los brazos, con el cuerpo entero.
Sentí cómo se tensaba. Cómo se hundía en mí con un último empujón hondo y se deshacía con un gemido desgarrado, con la cara enterrada en mi cuello, repitiendo mi nombre contra mi piel, una y otra vez, hasta que se le acabó la voz.
Nos quedamos inmóviles. Abrazados, sudando, con los corazones golpeándose uno contra otro. Sobre nosotros, la luna seguía dibujando su círculo blanco en el techo. Fuera, lejos, el mastín de Lenz empezó a ladrar.
—Creo que nos ha oído —murmuré.
—Nos ha oído todo Berlín.
—Otra vez.
—Es nuestra costumbre.
Nos reímos. Una risa bajita, tonta, con las frentes apoyadas, mientras la cúpula repetía nuestras carcajadas en un coro lejano. Jonas me abrazó, me envolvió con su chaqueta de pana, me besó la sien.
—Willa.
—Dime.
—¿Qué hora es?
—No lo sé.
—Tu avión sale a las once.
—Lo sé.
—Tenemos tiempo.
—Tenemos tiempo —repetí.
No lo teníamos. Quedaban unas pocas horas, y lo sabíamos los dos.
Pero nos quedamos así, tumbados en el hormigón, abrazados en el círculo de luna, bajo una bóveda que guardaba nuestras voces, sin hablar, con las manos entrelazadas, mirando cómo el cielo, por la grieta del techo, empezaba a ponerse gris por los bordes.