Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 18
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Capítulo 18

La busqué por todos los pasillos de la universidad antes de aceptar que se había ido.

La busqué en la escalera de mármol, entre los retratos de catedráticos muertos.

La busqué en el patio, junto a la estatua de Humboldt.

La busqué en la cafetería de estudiantes, donde nadie más se había atrevido a sentarse con una toga puesta, y en los lavabos, donde un conserje de ojos legañosos me confirmó, con un movimiento de cabeza, que sí, que había visto salir corriendo a una señora pelirroja con un vestido azul, a las doce y cuarenta, llorando y riéndose a la vez.

Salí a la calle con la toga prestada arremolinada alrededor de las piernas.

Miré hacia un lado y hacia otro de la avenida, entre los autobuses y los ciclistas, sin saber qué hacer, con un doctorado de sobresaliente cum laude y un peso de plomo en el pecho.

—Jonas —dijo una voz a mi espalda.

Marlene Haas había salido detrás de mí. Tenía la toga abierta, las gafas rojas colgándole del cuello, el pelo plateado revuelto, y en la mano una copa de cava que alguien le había puesto en los dedos.

Me miraba con aquella expresión suya, entre severa y burlona, que durante cinco años me había hecho sentir tan estúpido como querido.

—Doctor Kessler.

—Marlene.

—Ve a buscarla.

—No sé dónde está.

—Entonces piensa. —Dio un sorbo—. Eres historiador. Tu oficio es reconstruir qué pasó a partir de los rastros que quedan.

—Esto no es historia.

—Todo es historia. —Me puso una mano en la mejilla, con un gesto maternal y brusco que no le había visto jamás—. Ve. Y no vuelvas hasta que la hayas encontrado. Tienes un despacho que estrenar en enero.

* * *

No la encontré. Ni a mediodía, ni por la tarde.

Probé en la pensión. Frau Zielke, que había llegado antes que yo con el bolso de piel de serpiente, el gato y una sonrisa de satisfacción espantosa, me abrió la puerta con una taza de té en la mano y me comunicó, sin apartar los ojos del techo, que «la señorita Brennan había subido a su cuarto, había cogido un mapa, un abrigo y un paquete de gominolas, y se había marchado sin decir adónde».

Probé en casa de mi abuela, donde Herr Brandt me recibió con una botella de licor de cereza y una fotografía enmarcada de ellos dos en 1969, en la que ella llevaba un vestido de lunares y una mueca culpable de pisotón reciente.

Probé en el Späti. Probé en mi casa. Probé en el puente, en el canal, en la azotea. Nada.

Y a las ocho de la tarde, agotado, con los pies hinchados, el estómago vacío y la certeza creciente de que había perdido la única oportunidad que iba a tener, me dejé arrastrar por Emre hasta la acera de la Oranienstraße, donde mi mejor amigo había organizado, sin pedirle permiso a nadie, una fiesta.

Era una fiesta magnífica. Emre había cerrado la tienda, sacado las neveras a la calle, colgado de las farolas tres hileras de bombillas de colores y puesto en un altavoz una música de acordeones turcos y alemanes que nunca había oído y que, sin embargo, me sonaba familiar.

Su madre, Hatice, con un pañuelo de seda en la cabeza, había cocinado para sesenta: bandejas de hojaldre relleno de espinacas, arroz con pasas, albóndigas de cordero, un cordero entero, berenjenas asadas, una montaña de baklava.

Había gente en las aceras, en los portales, en las ventanas de los pisos de arriba.

Estaban los daneses del vídeo. Estaban los estudiantes.

Estaba Schwester Petra, la enfermera, con un jersey de lana de colores y una sonrisa que le hacía parecer otra persona.

Estaba la doctora Yıldız, riendo con una copa.

Estaba el señor Lenz, con un mono limpio y el mastín atado a una farola.

Y estaban Oma Ilse y Herr Brandt, bailando.

Bailaban en el centro de la calle, bajo las bombillas, con el acordeón de fondo, él con la mano en su cintura y ella con la escayola apoyada en su hombro.

Un vals lento, sin prisa. Frau Pohl los miraba desde una silla con una copita de licor y los ojos vidriosos.

A su alrededor, un corro de vecinos aplaudía a compás.

Y cuando mi abuela me vio, por encima del hombro del anciano, levantó la mano buena y me la agitó con una sonrisa tan limpia, tan joven, tan abierta, que se me hizo un nudo en la garganta.

—¡El doctor! —gritó alguien.

—¡Que hable!

—¡Que baile!

Me engulló una avalancha de abrazos. Me dieron palmadas, me despeinaron, me pusieron en la mano un vaso de cerveza.

Alguien me colocó sobre la cabeza una corona de papel dorado, de las que salen en las cajas de bombones.

Alguien me besó en la mejilla. Alguien me gritó al oído que era un héroe.

Yo sonreía, asentía, decía gracias y miraba por encima de todas las cabezas buscando una melena de color cobre.

No estaba.

* * *

Carol Brennan llegó a las nueve y media.

Venía sola, con el abrigo acolchado y el pañuelo de colores, sin Colin, que se había quedado hablando de carpintería con Emre y con un anciano turco de bigote blanco.

Se abrió camino entre la gente con una determinación militar.

Se detuvo delante de mí. Se puso de puntillas, me quitó la corona de la cabeza, la examinó con atención, y me la devolvió.

—Te sienta bien —dijo.

—Señora Brennan.

—Carol.

—Carol. —Tragué saliva—. ¿Dónde está Willa?

—Por ahí.

—¿Por dónde?

—Haciendo la ronda. —Se encogió de hombros—.

Se ha despedido de todos nosotros por la tarde.

Ha dicho que quería ver la ciudad una vez más, sola, con su mapa.

Ha dicho que volvería a la pensión a dormir.

Me ha dado un beso y me ha dicho que no la esperara despierta.

—Me miró—. Me he preguntado si tú sabías algo de eso.

—No sabía nada.

—Claro que no.

—Señora Brennan...

—Carol.

—Carol, necesito decirle una cosa.

—Dime.

—Yo... —Se me atascaron las palabras—. Quiero a su hija.

Más de lo que he querido a nada. Y soy un imbécil.

Sé lo de su corazón. Colin me lo contó hace una semana.

Decidí que lo mejor era no pedirle que se quedara.

Creí que era lo correcto. Y ahora creo que me he equivocado, pero no sé cómo arreglarlo, porque ella se va mañana y yo no la encuentro.

Carol me miró durante un buen rato. Después soltó una risa corta, seca, y me puso una mano en la solapa de la chaqueta de pana.

—Jonas.

—Dígame.

—¿Tú sabes lo que más me ha costado en la vida?

—No.

—Aprender a no decidir por mi hija. —Me dio dos palmadas en el pecho—. Me ha costado cincuenta y ocho años y un infarto. Y tú has tardado tres semanas en aprender lo mismo. Eres más listo que yo.

—No me siento listo.

—Nadie se siente listo. —Sacó de su bolso un teléfono. Un móvil de tapa, pequeño, con las teclas gastadas—. Mira. Voy a hacerte un regalo.

Marcó un número. Esperó. Le pasó el aparato a Colin, que se había acercado a nuestro lado sin que me diera cuenta, con la gorra de los Pirates y una expresión solemne.

—Papá —dijo Colin—. Estoy aquí con el chico.

—¿Con qué chico? —respondió una voz ronca, lejana, con un acento de Pennsylvania cerrado como una nuez, que reconocí de inmediato aunque nunca la había oído.

—Con Jonas.

—¿El del mapa?

—Ese mismo.

—Pásamelo.

Colin me tendió el teléfono con las dos manos, como si fuera un objeto sagrado. Me lo llevé a la oreja. Se oía ruido de fondo, un televisor, una puerta.

—¿Hola?

—¿Jonas?

—Soy yo, señor Brennan.

—Dennis.

—Dennis.

—Hijo. —Se oyó un carraspeo—. Mi hija me ha mandado una foto de un mapa.

—Sí, señor.

—Lo has dibujado tú.

—Sí.

—A mano.

—Sí.

—Está bien hecho. Se nota que hay mucha paciencia. —Hizo una pausa—. Yo construyo casas de madera. Llevo cuarenta años haciéndolo. ¿Sabes lo primero que le enseño a los aprendices?

—No.

—Que la casa se hace con la cabeza y con las manos, pero sobre todo con las ganas de que alguien viva en ella.

—Otra pausa—. Mi mujer dice que quiere llegar a los noventa.

Y lo hará, con la ayuda de Dios y de tres cardiólogos.

Con o sin mi hija en la casa de al lado.

Mi hija lleva toda la vida cuidándonos. Es hora de que la dejemos que se cuide ella. —Un silencio—. ¿Me entiendes?

—Creo que sí, señor.

—Dennis.

—Dennis.

—Pues ve a buscarla, hijo. Y si le haces daño, voy a Berlín con un martillo.

—Entendido.

—Buen chico.

Colgó. Le devolví el móvil a Colin, que lo guardó con una sonrisa enorme. Carol sonreía también, con los ojos húmedos, con una mano sobre el pecho. Yo noté cómo se me abría algo por dentro, una puerta que llevaba años cerrada, y por ella entraba un aire frío y claro.

—¿Dónde está? —repetí.

—Tienes un mapa —dijo Carol—. Y es historiador.

* * *

Cogí la bicicleta.

La saqué del portal de Emre, donde la había dejado atada a una farola, con la toga arremolinada alrededor de las piernas, la corona de papel dorado todavía en la cabeza y el corazón desbocado.

Mi abuela me gritó algo desde la pista de baile.

Herr Brandt, con la mano levantada, hizo un gesto solemne, como el que se hace a un barco que se va.

Frau Zielke, con el gato Erich sobre un hombro, me despidió con una inclinación de cabeza imperceptible.

Pedaleé como no había pedaleado en mi vida.

Primero al reloj del mundo. Llegué a la Alexanderplatz a las diez y diez, con las piernas ardiendo y la lengua pegada al paladar.

La plaza estaba casi vacía, con las luces amarillas de las farolas y el viento helado y la torre de televisión iluminada de azul al fondo.

El reloj giraba despacio. Rodeé su base.

Miré en los bordes, en las juntas, en la sombra.

Y allí, pegado con un chicle a la placa de metal que dice «Caracas», encontré un osito de goma, rojo, perfecto, de los de Willa.

Me quedé mirándolo con la boca abierta. Después me eché a reír. Una risa ahogada, incrédula, que me dobló en dos. Me guardé el osito en el bolsillo de la toga.

Al segundo sitio, el de Bernauer Straße.

La capilla de barro prensado, el tramo de franja, la hilera de varillas de acero oxidado que marcan el trazado del muro.

Había una luna pálida y una calle desierta, y encontré el segundo osito, verde, encajado en el hueco de una varilla, a la altura exacta donde ella la había tocado la primera vez.

Al tercero: la casa de mi abuela. Subí los tres pisos corriendo, abrí con la llave que llevaba siempre en el cuello, entré en el comedor a oscuras.

Sobre la mesa, bajo el mantel bordado, con la luz de la luna entrando por la ventana, había una tela blanca doblada y un papel.

El papel decía, con una letra inclinada y redonda que ya conocía:

«Para Oma. Gracias por todo. Te quiero. La curva me ha salido peor que la anterior».

Y la tela era un pañuelo. Un cuadrado de algodón con el borde festoneado y, en una esquina, una letra a medio bordar con hilo rojo, torcida, enorme, con la curva imposible. Una «J».

Me quedé inmóvil, con el pañuelo en la mano. Me temblaba el pulso. Junto a la mesa, un osito amarillo descansaba sobre el cojín del sillón de mi abuela.

Tres hitos. Tres ositos. Una ruta.

Entonces lo vi. Con una claridad súbita y total.

El mapa. El que yo mismo había dibujado, con cuadrados rojos sobre los sitios donde habíamos estado juntos.

El reloj. La capilla. Tempelhof. El Späti.

La pensión. La casa de mi abuela. El Reichstag.

Teufelsberg. Ocho lugares, en el orden exacto en el que los habíamos visitado.

Ella estaba siguiendo el recorrido. Y al final del recorrido, solo había un sitio.

* * *

Llegué a Grunewald a las doce y veinte. Dejé la bicicleta en el andén, atada a una barandilla, y subí corriendo por el sendero de grava entre los abedules, bajo un cielo sin nubes ni luna, con los pulmones en llamas y las piernas temblándome.

La colina se alzaba contra la noche, oscura, inmensa, coronada por las cuatro cúpulas blancas que brillaban en la penumbra como cuatro huevos de un animal prehistórico.

Herr Lenz estaba sentado en una silla plegable junto a la verja, con una manta sobre las rodillas, una botella de cerveza en la mano y el mastín dormido a sus pies. Me miró acercarme. No se levantó.

—Kessler —dijo.

—Herr Lenz.

—Llegas tarde.

—Lo sé.

—Una hora. —Dio un sorbo—. Lleva una hora arriba. Llegó a las once y media. Me ha pagado con ositos de goma.

—¿Está...?

—Arriba. En la cúpula grande. —Me miró de arriba abajo, con una ceja levantada—. ¿Por qué llevas una corona de papel en la cabeza?

—Es una larga historia.

—Seguro. —Se levantó. Abrió la verja con una llave enorme—. Una hora. Ni un minuto más. Y esta vez no toquéis los cables.

—Herr Lenz...

—Vete, imbécil —dijo, con una voz ronca que, por primera vez en veinte años, tenía algo de ternura.

Entré. Subí por el sendero. Crucé el patio de hormigón agrietado, bajo los grafitis de colores, entre las sombras de las antenas. Llegué a la puerta de la cúpula grande y me detuve un segundo en el umbral, con la mano en el pecho, intentando recuperar el aliento.

Al fondo, en lo alto de la escalera de caracol, se filtraba una luz tenue y blanca.

Empecé a subir.