Capítulo 17
Emre se había puesto corbata. Era una corbata verde con palmeras amarillas, treinta centímetros demasiado corta, y le asomaba por el cuello de una camisa blanca que no le cerraba del todo en el pecho, y se había peinado la barba con agua y con la mano de su madre, que lo había despedido en la puerta de casa con un beso en cada mejilla y una advertencia en turco.
—Estás guapísimo —le dije.
—Estoy asfixiado.
—Estás guapísimo y asfixiado.
—Es la primera vez que piso una universidad —susurró, con los ojos muy abiertos, mirando las columnas, las escaleras de mármol, los techos pintados, los retratos de catedráticos muertos que nos observaban desde las paredes con una severidad de siglos—.
Mi madre dice que si me porto bien, me cae una beca.
—Es una broma.
—Es una broma muy seria.
Éramos nueve, en fila india, subiendo por la gran escalera del edificio principal de la Humboldt.
Delante, Oma Ilse, del brazo de Herr Brandt, con el vestido granate, el bastón de ébano y la escayola colgando de un cabestrillo de seda que le había prestado Frau Zielke.
Detrás de ellos mi madre, con su abrigo acolchado y un pañuelo de colores al cuello, caminando muy despacio, con una mano en la barandilla y la otra en el brazo de Colin.
Después Frau Pohl, que a sus noventa años había declarado que no se perdía una defensa de tesis por nada del mundo, y Frau Zielke, con un bolso de piel de serpiente en el que, según tenía entendido, había traído a Erich, escondido bajo un pañuelo, con la promesa de que no maullaría.
Cerraba la comitiva yo, con el vestido azul marino, los zapatos de tacón que había comprado esa mañana por impulso y un nudo del tamaño de un puño en la boca del estómago.
No había dormido. No había comido. Había pasado la noche anterior en la cama de la pensión mirando el techo, con la maleta a medio hacer en un rincón y el mapa de Berlín en la pared, y por la mañana mi madre me había mirado desde el otro lado de la mesa del desayuno con los ojos muy grandes y no había dicho nada.
Había puesto su mano sobre la mía. La había apretado. Y había seguido tomándose la tostada.
—¿Estás bien? —me preguntó Colin, al llegar al rellano.
—Estoy perfectamente.
—Mientes fatal.
—Lo sé.
—Si quieres, me siento a tu lado y te aguanto la mano.
—Quiero que te sientes a mi lado y te calles.
—Eso puedo hacerlo.
* * *
La sala del Senado era una habitación inmensa, con las paredes forradas de madera oscura, una mesa larga cubierta de terciopelo verde, un atril, una pantalla, y filas de sillas de respaldo alto en las que cabían unas cien personas.
Había cuarenta. Estudiantes, profesores, un par de periodistas y un grupo de turistas daneses que habían visto el vídeo del donut y que, al enterarse por el cartel de la entrada de que el famoso guía defendía su tesis, habían decidido cambiar la visita al Pergamonmuseum por aquello.
Nos sentamos en la tercera fila. Oma Ilse en el centro, con el bastón entre las rodillas, rodeada por Herr Brandt y por mi madre.
A mi derecha, Colin. A mi izquierda, Emre, tirándose de la corbata.
Frau Zielke abrió el bolso un centímetro, miró dentro, lo cerró, y pasó una mano sobre la piel de serpiente con una expresión de ternura amenazadora.
A las diez en punto se abrió una puerta lateral.
Entraron tres personas, vestidas con togas negras con ribetes rojos: una mujer de pelo plateado cortado a la altura de la mandíbula, con gafas rojas, que yo ya conocía; un hombre alto, de unos setenta años, calvo, de nariz aguileña y mirada de rapaz; y una mujer de cuarenta y tantos, de piel oscura, con el pelo recogido en un moño alto y una sonrisa discreta.
Se sentaron tras la mesa de terciopelo. Marlene Haas golpeó dos veces con los nudillos.
—Se abre la sesión —dijo—. El candidato puede pasar.
Se abrió otra puerta. Y entró Jonas.
Llevaba una chaqueta de pana marrón que no le había visto nunca, una camisa de cuadros azules, la bufanda gris de siempre y unos pantalones oscuros que le quedaban un poco cortos.
Estaba muy pálido. Tenía el pelo peinado hacia atrás, mojado, con una raya que no le favorecía, y las manos le temblaban tanto que los folios que sostenía vibraban como hojas.
Caminó hasta el atril con los ojos fijos en el suelo, sin mirar a nadie.
Y entonces levantó la vista. Y me vio.
Fue un instante. Una fracción de segundo.
Una mirada que cruzó la sala como una cuerda y se enganchó en mí.
Vi cómo se le abrían los ojos. Vi cómo se le quedaba la boca entreabierta.
Vi cómo la cara entera se le deshacía, y volvía a recomponerse, y se le llenaba de una cosa tan honda y tan limpia que me dolió en el pecho.
Le sonreí. Apreté los puños sobre el regazo. Moví los labios, sin voz: «Tú puedes».
Él tragó saliva. Asintió. Y empezó.
* * *
No voy a fingir que entendí todo lo que dijo. Había términos que no conocía, nombres de archivos, fechas de leyes, citas de autores alemanes que sonaban como una cascada de consonantes. Pero lo que Jonas contó, en las dos primeras horas, fue una historia. No una exposición. Una historia.
Habló de las listas de espera de coches.
De los apartamentos de hormigón con las paredes finas.
De las vecinas que se vigilaban unas a otras detrás de las cortinas, y de las que, en secreto, se pasaban cartas escritas a mano a través de los patios.
Habló de una niña de ocho años que miraba durante meses una ventana tapiada, y de una madre que murió sin abrazar a su hijo.
Habló de un hombre que construyó una casa en un árbol delante de una alambrada, y de un soldado que cruzó un terreno para estrecharle la mano.
Y a medida que hablaba la voz le fue cambiando.
Primero era rígida, sin aire, de funcionario.
Después se fue aflojando. Se le fue haciendo más grave, más lenta, más suya.
Soltó los folios. Se agarró al atril con las dos manos.
Y al final hablaba sin mirar el papel, con la vista alzada y los ojos brillantes, con la espalda recta y la cabeza erguida, como si cada palabra la estuviera sacando de un lugar muy profundo donde llevaba años guardada.
A mi lado, Emre lloraba abiertamente, sin disimulo, con la cara enterrada en un pañuelo de lunares que Herr Brandt le había prestado.
Oma Ilse tenía los ojos cerrados y los labios apretados.
Mi madre le sujetaba la mano buena. En algún momento, Frau Zielke abrió el bolso, sacó un pañuelo bordado, se sonó la nariz, y Erich, desde dentro, soltó un maullido ahogado que nadie, afortunadamente, oyó.
Yo no lloré. Me limité a mirarlo. Con cada palabra, con cada pausa, con cada frase que le salía del pecho, me sentía más pequeña y más llena.
Pensaba en un hombre alto con un cartel que decía KESSLER, esperando que nadie apareciera.
Pensaba en las treinta y una páginas de una noche de otoño.
Pensaba en una azotea. Y pensaba que era imposible, que era una injusticia de las más crueles que hubiera cometido el universo, que ese hombre, ese que estaba ahí delante, vestido con una chaqueta de pana prestada, iluminado por la luz amarilla de una lámpara de araña, hubiera decidido que no podía pedirme que me quedara.
* * *
Las preguntas empezaron a las doce.
El primero en hablar fue el hombre alto, el de la nariz de rapaz.
Se llamaba Engelhardt, según el programa que nos habían dado a la entrada.
Profesor emérito de Historia Contemporánea.
Autor de once libros. Un hombre que, según el cuchicheo de la fila de delante, había hecho llorar a más de un doctorando en esa misma sala.
—Herr Kessler —dijo, con una voz grave y seca—. He leído su trabajo con atención.
—Gracias.
—Es un texto... singular.
—Gracias.
—No lo he dicho como un cumplido.
Se hizo un silencio. Colin se inclinó hacia mí y susurró: «Va a por él».
—Mi pregunta es sencilla —continuó Engelhardt, juntando las yemas de los dedos—.
Durante ciento ochenta y cuatro páginas, usted presenta un trabajo ortodoxo, riguroso, con una sólida base archivística.
Y de pronto, en los dos últimos capítulos, cambia de registro.
Aparecen anécdotas familiares. Evocaciones personales.
Una voz en primera persona. Me permito preguntarle: ¿considera que eso es historia?
Noté cómo se me aceleraba el pulso. Oma Ilse abrió los ojos.
Jonas tardó unos segundos en contestar. Miró al profesor. Miró a Marlene Haas, que le devolvió una mirada impasible. Miró a la tercera jueza, que tenía el boli suspendido sobre una libreta. Y, por último, miró hacia la tercera fila.
—No —dijo.
Hubo un murmullo.
—¿No?
—No sé si es historia. —Se agarró al atril—.
Esa es la pregunta que me hice durante cinco años, profesor Engelhardt.
Y no pude escribir nada, porque estaba tan ocupado en demostrar que sí lo era que me olvidé de la persona que escribía.
—Hizo una pausa—. Pero sé que es verdad.
Y creo que la historia, antes de ser una disciplina, es un acto de cuidado.
Alguien tiene que contar lo que le pasó a la gente corriente.
No lo que decidieron los gobiernos. Lo que sintieron las que se quedaron mirando una ventana.
—Eso es literatura.
—Puede ser.
—No es método.
—No. Es lo que queda cuando se acaban las fuentes.
—Se aclaró la garganta—. Todos los archivos que consulté tienen listas de nombres.
Miles. Pero ninguno dice qué se sentía al saber que tu hermano estaba a veinte metros y que no podías cruzar.
Eso solo lo sabe quien lo vivió. Y esas personas se están muriendo.
Mi abuela tiene setenta y tres años. —Su voz se quebró—.
Si yo no lo escribo, se perderá. Y creo que eso también es una forma de violencia: perder lo que no se ha contado.
El silencio de la sala era absoluto. Ni siquiera se oían las respiraciones. En la tercera fila, mi madre había cerrado los ojos. Oma Ilse, con la cabeza erguida, le caían dos lágrimas por las mejillas y no hacía nada por limpiarlas.
El profesor Engelhardt se quitó las gafas. Las limpió despacio con un pañuelo. Volvió a ponérselas. Miró al candidato durante un largo rato.
—Una última cosa —dijo.
—Sí.
—En los agradecimientos —dijo—. Hay un nombre que no entiendo.
Me quedé inmóvil. A mi lado, mi madre abrió los ojos. Marlene Haas, desde su silla, tenía los labios apretados en una línea que podía ser una sonrisa o una amenaza.
—«A Willa Brennan» —leyó Engelhardt, con una voz neutra, bajando la vista a la página—. «Que me preguntó qué sentía y se quedó a escuchar la respuesta. Esta tesis es más suya que mía». —Levantó los ojos—. ¿Quién es Willa Brennan?
Jonas no contestó. Se había quedado mirando hacia la tercera fila, con el rostro blanco y la boca ligeramente abierta, y yo noté cómo todos los de la sala, uno a uno, empezaban a volverse hacia mí.
Cuarenta cabezas. Los daneses. Los estudiantes.
Mi hermano. Mi madre. Oma. Emre, con la cara empapada.
Frau Zielke, con una expresión de triunfo siniestro.
Quise esconderme. Quise desaparecer. Quise hundirme en el suelo de madera encerada, entre las patas de las sillas, y no salir jamás. Pero lo que hice fue ponerme de pie. No sé por qué. Me puse de pie, con las rodillas temblorosas y las manos pegadas a los muslos, delante de cuarenta desconocidos.
—Soy yo —dije, con una vocecita ridícula, que resonó en la sala en silencio—. Higienista dental. De Pittsburgh.
Se oyó una risa baja. Después otra. Y luego, desde la tercera fila, la voz inconfundible de Oma Ilse, dura, solemne, clara:
—Es mi nuera.
—¡Oma! —exclamó Jonas.
—Es mi nuera. Siéntate, Willa. Que se enfría la sala.
Me senté. Con la cara ardiendo y el corazón desbocado. La sala estalló en carcajadas y en aplausos. Jonas, en el atril, se había tapado la cara con una mano, y le temblaban los hombros, y yo no supe si se estaba riendo o llorando o las dos cosas a la vez.
Marlene Haas golpeó la mesa con los nudillos.
—El tribunal se retira a deliberar.
* * *
Tardaron veinte minutos. Los pasé en el pasillo de mármol, apoyada contra una columna, con la frente pegada a la piedra fría, intentando respirar. Mi madre vino a mi lado. No dijo nada. Me puso una mano en la espalda.
—Mamá.
—Dime.
—No sé qué hacer.
—Lo sé.
—Me voy mañana.
—Lo sé.
—Y no quiero.
—Lo sé, cariño. —Me atrajo hacia ella. Me abrazó—. Lo sé. Lo sé desde la azotea.
—¿Cómo sabes lo de la azotea?
—Una madre sabe cosas.
—Mamá...
—Hablaremos esta noche. —Me besó la frente—. Tú ahora entra. Que va a salir el resultado.
Entramos. Nos sentamos. El tribunal volvió a ocupar sus sillas.
Marlene Haas se levantó. Tenía en la mano un folio.
Miró hacia la sala, miró al candidato, que seguía de pie junto al atril con las manos entrelazadas a la espalda, y su rostro, por primera vez en toda la mañana, se abrió en una sonrisa enorme.
—Herr Kessler —dijo—. El tribunal ha decidido por unanimidad concederle la calificación de sobresaliente cum laude. Enhorabuena, doctor.
La sala se vino abajo.
No sé cómo describir lo que pasó. Hubo un estruendo de aplausos, de gritos, de sillas arrastradas.
Emre se había subido a una silla y aullaba algo en turco con la corbata colgándole de un hombro.
Herr Brandt abrazaba a Oma Ilse, con una dignidad vacilante, y ella le daba palmadas en la espalda.
Frau Zielke había abierto el bolso y Erich, liberado, trepaba por su brazo con una expresión de profundo desconcierto.
Mi hermano me levantó en volandas, me hizo dar una vuelta, me dejó en el suelo.
Mi madre aplaudía con las manos sobre la cabeza, llorando, riendo, con el pañuelo de colores torcido sobre el hombro.
Yo miré a Jonas.
Estaba inmóvil, junto al atril, rodeado de un grupo de profesores que le estrechaban la mano, le abrazaban, le daban palmadas en la espalda.
Marlene Haas se había abalanzado sobre él con los brazos abiertos.
Pero él no la miraba a ella. Me miraba a mí, por encima de todas las cabezas, a veinte metros de distancia, con los ojos enormes, empapados, llenos de una cosa que yo ya conocía, que había visto en una cúpula de hormigón bajo la luz de la luna.
Y me di cuenta de que no podía.
No podía cruzar la sala. No podía abrazarlo. No podía decirle «enhorabuena» sin que se me rompiera la voz. No podía quedarme a escuchar lo que me iba a decir, porque lo que me iba a decir sería «adiós», o «vuelve», o «lo siento», y ninguna de esas tres cosas me bastaba ya.
Le sonreí. Levanté una mano. La moví una vez, de un lado a otro, como en un andén.
Y salí de la sala.