Capítulo 16
El tribunal se constituyó en el comedor de mi abuela a las seis de la tarde, con tres sillas de respaldo alto colocadas detrás de la mesa, un mantel bordado hasta el suelo y una campanilla de plata que Oma Ilse había sacado del aparador para pedir silencio.
Yo estaba de pie delante de la ventana, con diez folios en la mano y la boca seca, ante un tribunal formado por una anciana con la muñeca escayolada, un vecino de corbata de lunares y una americana con un cuaderno de espiral.
Oma presidía. Había insistido en llevar el vestido granate, el collar de perlas y el moño con las peinetas, y se había colocado en el centro, con el bastón de ébano cruzado sobre las rodillas, como un cetro.
A su derecha, Herr Brandt, con las gafas de leer en la punta de la nariz y una expresión de profunda gravedad académica. A su izquierda, Willa.
Era el día veintiuno. Faltaban dos para la defensa.
—Se abre la sesión —dijo Oma, y tocó la campanilla con la mano buena—. Candidato Kessler, tiene la palabra.
—Oma, esto es una tontería.
—Candidato Kessler.
—Es mi abuela.
—Soy la presidenta del tribunal. —Levantó el bastón—. Y como siga usted mostrando falta de respeto, le suspendo.
Willa se tapó la boca con el cuaderno. Herr Brandt carraspeó con severidad. Yo respiré hondo, bajé la vista a los folios, y empecé.
Empecé tartamudeando. Al principio era un ejercicio de memoria, una sucesión de frases ensayadas que me salían rígidas, huecas, con la voz de funcionario que había practicado durante cinco años.
Hablé de la franja fronteriza. De las listas de espera.
De los sistemas de vigilancia vecinal. Hablé de metodología, de fuentes, de la bibliografía.
Mis tres jueces escuchaban con una atención escrupulosa, sin pestañear, y en un momento dado Oma Ilse levantó la mano.
—Un momento.
—¿Sí?
—Está usted leyendo.
—Es una exposición oral.
—Está usted leyendo con la voz de la radio. —Frunció los labios—. Hace diez minutos que no dice nada que me interese.
—Oma...
—Presidenta.
—Presidenta. Lo siento, pero hay un formato.
—El formato me da igual. —Golpeó el suelo con el bastón—. Dígame por qué escribió esta tesis.
Me quedé callado. Mi abuela me miraba con sus ojos pálidos, sin parpadear, con el mentón alzado, y detrás de ella, junto a la ventana, la luz amarilla de la tarde le dibujaba un halo de plata alrededor del pelo. Willa había dejado de escribir. Herr Brandt se había quitado las gafas.
—Porque tenía una abuela —dije.
—¿Cómo?
—Porque tenía una abuela que me contaba cosas.
—Dejé los folios sobre la mesa—. Me contaba que cuando tenía ocho años le tapiaron una ventana.
Que su hermano se quedó en casa de una tía y tardó veintiocho años en volver.
Que lo reconoció cuando dijo su nombre. —Me temblaba la voz.
Seguí—. Y yo, que era un niño, pensaba que eso era lo que pasaba en las familias.
Que las familias eran sitios de los que te separaban a veces.
Y cuando crecí y estudié historia, descubrí que lo que me había contado ella no aparecía en ningún libro.
Que los libros hablaban de política, de estrategia, de cifras, y que lo que a mí me había hecho quién soy no cabía en ninguna nota a pie de página.
Y quise escribirlo. Pero no me atreví. Porque escribirlo era reconocer que había una cosa que me daba miedo perder.
Se oyó el tictac del reloj de pared. Una paloma que se posó en el alféizar. La campanilla de plata, que Oma había dejado caer sobre el mantel.
—¿Y qué miedo era ese? —preguntó mi abuela, con una voz muy baja.
—El de que un día no estuvieras.
Oma Ilse no se movió. Tenía la mano buena apoyada en el pomo del bastón, tan pálida y tan fina que se le veían los huesos.
Los ojos le brillaban. Y yo comprendí que había dicho en voz alta, delante de tres personas, lo que había estado escondiendo cinco años detrás de ciento ochenta y cuatro páginas de datos.
—Candidato Kessler —dijo al cabo de un largo rato—, el tribunal considera que ha respondido a su satisfacción.
—Gracias, presidenta.
—Aprobado.
—¡Con sobresaliente! —añadió Herr Brandt, con una voz ahogada, sonándose la nariz con un pañuelo de lunares a juego con la corbata.
Willa no dijo nada. Se había llevado las manos a la cara y lloraba en silencio, con los hombros temblando, el cuaderno de espiral resbalándole del regazo. Me miraba entre los dedos. En sus ojos había orgullo y había algo más, un dolor sordo y tenaz que me atravesó el pecho como un cuchillo.
* * *
Oma se retiró a su cuarto a las siete y media, del brazo de Herr Brandt, alegando cansancio. Se oyó cerrarse la puerta. Se oyó el murmullo de dos voces ancianas hablando bajito. Después, nada.
Willa recogía las tazas del comedor con movimientos mecánicos. Llevaba un jersey gris que le quedaba grande y el pelo recogido en una coleta floja, y tenía los ojos hinchados y la nariz roja. Yo estaba sentado a la mesa, con los folios delante, sin atreverme a mirarla.
—Ha estado muy bien —dijo ella.
—Gracias.
—Es lo mejor que has dicho nunca.
—Fue tu idea.
—Fue tu abuela.
—Fue una idea de las dos.
Dejó la bandeja con las tazas sobre el aparador. Se quedó de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el mueble, mirando la pared.
—Jonas.
—Dime.
—Quiero preguntarte una cosa.
—Pregunta.
—Y quiero que me contestes sin pensar. —Se dio la vuelta. Tenía la cara pálida, los labios apretados, los ojos muy abiertos—. Si yo te dijera ahora mismo que me quedo, ¿qué harías?
Me quedé inmóvil. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que me zumbaban los oídos.
—Willa...
—Sin pensar.
—No te lo pediría.
—¿Qué?
—No te lo pediría. —Me puse de pie. Las palabras me salían solas, entrecortadas, con una voz que no reconocía—. Si me dijeras que te quedas, te diría que no. Que tu madre te necesita. Que tu padre te necesita. Que tu vida está allí, y que yo no soy motivo suficiente para...
—¿Y quién decide eso?
—Es lo razonable.
—¿Quién decide qué es lo razonable?
—Willa, tu madre ha tenido un infarto.
—Lo sé.
—Dos stents. Una arritmia. Tiene que estar controlada. Necesita a su hija cerca. No puedo ser yo quien te...
—Tú ya has decidido.
—No he...
—Has decidido por mí. —Se acercó un paso.
Le temblaban las manos—. Colin te lo contó hace una semana.
Una semana, Jonas. Y has estado una semana mirándome a la cara sin decirme nada, subiéndome a una azotea para hacerme el amor como si fuera la última vez, sin decirme una palabra, sabiendo lo que sabías.
Y has decidido, tú solo, que lo mejor para mí es que me suba a un avión y me vaya. Sin preguntarme.
—No quise...
—¿No quisiste qué?
—No quise ser el motivo por el que tuvieras que elegir —dije, con la voz rota—. No quería que un día te arrepintieras de haberte quedado. No quería que me odiaras. No quería...
Willa soltó una risa breve, seca, sin humor, que me paró en seco.
—¿Sabes lo que me dijo mi madre en el hospital?
—preguntó—. «Yo no iba a ser el motivo por el que no lo hicieras».
Eso fue lo que me dijo. Con esas palabras.
Me ocultó un infarto durante cinco meses para no ser el motivo por el que yo no hacía lo que quería.
Y yo he estado furiosa y llorando, sintiéndome engañada, porque alguien decidió por mí lo que yo podía soportar.
—Me miró. Tenía las lágrimas rodándole por la cara, sin ruido—.
Y ahora vienes tú, con las mismas palabras, con el mismo amor mal puesto, y haces exactamente lo mismo.
Me quedé sin aire.
—No es lo mismo.
—Es idéntico.
—Willa, yo...
—Yo te quiero, Jonas. —Se limpió las mejillas con el dorso de la mano, con un gesto brusco—.
Te quiero tanto que me da miedo. Y habría sido capaz de plantearme un montón de cosas.
Habría sido capaz de hablar con mi madre.
De hablar con Colin. De buscar un trabajo aquí, de pedir un visado, de aprender alemán, de lo que fuera.
Habría sido capaz de intentarlo. Pero tú no me has dado la oportunidad de elegir.
—No quería que eligieras entre ellos y yo.
—¡Pues me has hecho elegir por ti!
Gritó. Fue la primera vez que la oí gritar.
Su voz rebotó contra las paredes del comedor, contra las fundas de ganchillo, las cortinas de encaje, las fotografías enmarcadas.
Se oyó un ruido al fondo del pasillo, el crujido de una puerta que se entreabría.
Willa se llevó la mano a la boca, horrorizada, y yo me quedé con los brazos colgando, mudo, mirándola.
—Perdona —murmuró.
—No, tienes razón.
—No quería gritar.
—Tienes razón. —Tragué saliva. Las palabras se me atascaban en la garganta—. Tienes razón en todo. Y no sé qué hacer.
—Pídemelo.
—¿Qué?
—Pídemelo, Jonas. Dime que me quede. Dímelo y yo hablaré con mi madre. Lo intentaremos. Buscaremos una manera. Pero tienes que pedírmelo tú. Tienes que decirlo en voz alta. Tienes que querer algo y decirlo.
La miré. La miré con todo el cuerpo, con cada parte de mí.
Tenía delante a la mujer que me había enseñado a escribir, a reír, a querer.
Tenía delante lo único que había deseado con una fuerza que me daba pánico.
Abrí la boca. Y vi, detrás de ella, la imagen de una mujer de cincuenta y ocho años con una vía clavada en el brazo y una sonrisa débil, diciéndole a su hija «Tomaré las pastillas todos los días».
Y no pude.
—No puedo —dije.
Willa cerró los ojos. Fue un gesto breve, un parpadeo largo, como al recibir un golpe que se esperaba. Cuando los abrió, había en ellos una calma extraña, desolada.
—Vale —dijo.
—Willa...
—Vale. —Se pasó las manos por el pelo, con un gesto cansado—. Entonces, ya está.
—No es...
—Me voy a la pensión. Mi madre está en la pensión, descansando, y quiero estar con ella.
Y el veintitrés iré a tu defensa, porque se lo prometí a tu abuela y porque quiero oírte.
Pero después, ya está. —Cogió el abrigo del perchero.
Se lo puso despacio, abotonándolo con los dedos temblorosos—.
Gracias por todo, Jonas. De verdad. Ha sido el mejor mes de mi vida.
—Willa, por favor.
—No me lo pidas ahora —dijo, con una sonrisa temblorosa, abriendo la puerta—. Ya no vale.
Salió. Oí sus pasos en la escalera, el ruido de la puerta del portal, un silencio largo.
Me quedé en el comedor, de pie, junto a la mesa donde un tribunal de tres miembros acababa de aprobarme con sobresaliente.
Los folios seguían sobre el mantel. Una taza de té, tibia, con un cerco de limón en el fondo.
* * *
—Idiota.
Mi abuela estaba en el umbral del comedor, envuelta en una bata de lana, con el moño deshecho, la escayola contra el pecho y una expresión de furia gélida. Detrás de ella, en el pasillo, Herr Brandt, con su pijama de rayas, me miraba con los ojos muy abiertos.
—Oma...
—Idiota. Imbécil. Burro. —Avanzó con el bastón, golpeando el suelo a cada palabra—. Cabezota. Zoquete. Cobarde.
—Lo he oído.
—Lo has oído porque lo has dicho todo en voz alta.
Toda la casa lo ha oído. —Se detuvo delante de mí.
Era una cabeza más baja, pero en ese momento me pareció enorme—.
Jonas Kessler. Te crié yo. Te crié sola, desde los catorce años, cuando tus padres decidieron que lo importante era otra cosa.
Te enseñé a leer. Te enseñé a escribir. Te enseñé a no dejar la leche fuera de la nevera. Y no te enseñé a ser tonto.
—Oma, no lo entiendes.
—Lo entiendo perfectamente. —Levantó el bastón y me lo clavó en el pecho, con una fuerza sorprendente—. Tienes miedo. Tienes tanto miedo que prefieres perderla a arriesgarte. Es lo mismo que le pasó a tu bisabuela, que se murió sin abrazar a su hijo porque no se atrevía a cruzar un puente.
—No es lo mismo.
—Es idéntico.
—Ella no pudo cruzar. Había un muro.
—Y tú tienes uno. —Me golpeó el esternón dos veces con la punta del bastón—. Aquí. Hecho de «no puedo», «no debo», «no quiero ser una carga». Eso no es un muro de hormigón. Es un muro peor, porque nadie te lo ha puesto. Te lo has puesto tú.
Me quedé callado. Detrás de ella, Herr Brandt dio un paso adelante. Tenía el rostro serio y las manos temblorosas. Se aclaró la garganta.
—Jonas.
—¿Sí?
—Yo bailé con tu abuela en mil novecientos sesenta y nueve.
Me pisó cuatro veces. —Hizo una pausa—. Pensaba pedirle que volviera a bailar conmigo.
Y no lo hice. Me dije que era demasiado joven, que ella era demasiado joven, que ya habría otra ocasión.
—Tragó saliva—. Han pasado cincuenta y siete años.
Me casé con otra mujer, a la que quise mucho, y perdí a esta.
Y no te digo que me arrepienta. Te digo que ahora, a los setenta y cinco, lo que más lamento no son las cosas que hice. Son las que no dije.
Lo miré. Miré a mi abuela. Los dos me observaban con la misma expresión, antigua, cansada, sin reproche, como si hubieran visto mil veces la misma película y supieran cómo terminaba.
—Se va el veinticuatro —dije.
—Lo sé.
—No me ha dado tiempo.
—Tienes dos días.
—No sé qué hacer.
—Lo sabes perfectamente —dijo Oma. Bajó el bastón.
Su rostro se suavizó, de golpe, con una expresión que no le había visto jamás, una ternura dolorida y feroz—.
Mañana tienes que ensayar la defensa. Pasado mañana tienes que ganarla.
Y entre una cosa y otra tienes que decidir si quieres pasarte el resto de la vida siendo un hombre con una tesis aprobada o un hombre con una vida.
—Oma...
—Vete a dormir, Jonas.
Se dio la vuelta. Cogió a Herr Brandt del brazo y los dos echaron a andar por el pasillo, ella con el bastón y él con las zapatillas de fieltro, y desde el final oí la voz del anciano, muy bajita, que decía:
—Ilse. ¿Quieres bailar?
—Estoy escayolada, Heinrich.
—Yo te llevo.
Me quedé de pie en el comedor, con el reloj de pared marcando una hora que no me importaba y las luces de la calle entrando por la ventana.
Pasaron cinco minutos. Diez. Después fui hasta la mesa, cogí el último folio de la tesis, el de los agradecimientos, que tenía escrito a mano con una letra pequeña y recta.
Había tres nombres. El de Marlene Haas. El de mi abuela. El de Emre.
Cogí un bolígrafo. Escribí un cuarto nombre debajo. Lo miré. Lo taché. Lo volví a escribir, esta vez en mayúsculas, con tanta fuerza que la punta rasgó el papel.
«WILLA».