Capítulo 15 #2
—¡Mamá! —Me puse de pie de un salto. Notaba el cuerpo entero temblando, las manos, las rodillas, la garganta—.
¡Tuviste un infarto! ¡Un infarto, mamá! ¡Me dejaste irme a otro continente sin saberlo!
¿Y si te hubiera pasado algo mientras yo estaba aquí?
¿Y si te hubieras muerto? ¿Y si me hubiera enterado por teléfono, a seis mil kilómetros, mientras yo estaba paseando por Berlín con un... ?
—Willa.
—¡No me lo puedes haber ocultado!
—Willa, mírame.
—¡Cinco meses! ¡Llevas cinco meses mintiéndome!
—Willa. —Mi madre levantó la voz. Una voz débil, ronca, pero firme, con la autoridad de siempre—. Siéntate.
Me senté. Con las lágrimas rodándome por las mejillas, con el pecho agitado, con las manos cerradas sobre las rodillas.
—Tienes razón —dijo ella—. Tienes toda la razón.
Hice mal. Te mentí. Y te pido perdón. —Me tomó una mano.
La suya estaba fría, con la vía clavada en la vena azul—.
Pero tienes que entender una cosa. Llevas treinta y dos años cuidándonos.
A mí, a tu padre, a tu hermano. Cuando se rompió la cadera tu padre, dejaste el curso de especialización para quedarte con nosotros.
Cuando tu hermano se separó, le prestaste tus ahorros.
Cuando yo me puse mala del estómago el año pasado, me llevaste tú al médico, cuatro veces.
Nunca te has ido a ningún sitio. Nunca has pedido nada.
Y por primera vez, en una servilleta del Eat'n Park, escribiste una cosa que querías hacer para ti.
—Se le quebró la voz—. Y yo no iba a ser el motivo por el que no la hicieras.
Lloré. Con la cara escondida entre las manos, con un llanto roto y largo que me sacudía los hombros. Noté la mano de mi madre en mi pelo. Noté la mano de Colin en mi espalda. Y noté, debajo de todo, la certeza helada y brutal de que acababa de perder algo, no sabía qué.
—Perdóname —murmuró mi madre.
—No te perdono.
—Lo sé.
—Te perdono —corregí, entre sollozos—. Pero no lo vuelvas a hacer.
—No lo volveré a hacer.
—Me lo prometes.
—Te lo prometo.
—Y tomarás las pastillas.
—Todos los días.
—Y irás a las revisiones.
—Con Colin.
—Y no beberás licor de cereza.
—Eso no te lo prometo —dijo mi madre, con una sonrisa débil, y yo me eché a reír entre las lágrimas.
* * *
Esa noche no pude dormir. Me quedé en el hospital hasta las diez, y luego Colin me mandó a la pensión con un taxi y la orden de comer algo.
No comí. Me senté en el borde de la cama, en mi cuarto, junto al mapa que Jonas había dibujado, con el pañuelo bordado en el regazo, y miré por la ventana el patio vacío, con la bicicleta sin ruedas, la luz amarilla de la cocina de Frau Zielke, una luna pálida entre dos tejados.
A las once llamaron a la puerta. Era Jonas.
Estaba de pie en el umbral, con el gorro de lana en las manos y el rostro pálido. Frau Zielke lo había dejado pasar, por lo visto, sin una sola palabra, y se había retirado a su cocina con una discreción inusitada. Cerró la puerta detrás de sí. Se quedó quieto.
—Me lo ha dicho Colin —dijo.
—Entonces ya lo sabes.
—Sí.
—Mi madre tuvo un infarto en abril. Y no me lo dijo.
—Lo sé.
—Colin lo sabía. Mi padre lo sabía. Todo el mundo lo sabía, menos yo. —Me reí, un ruidito seco—. Mi madre me ha dado una lección de amor materno que me va a durar toda la vida.
—Willa...
—Tengo que irme.
Lo dije sin pensarlo, de golpe, con la voz clara y firme. Jonas se quedó inmóvil.
—Tengo que volver a casa. No puedo estar a seis mil kilómetros de mi madre.
No puedo. Ya sé que ella dice que no pasa nada, que está bien, que los médicos dicen que está controlado.
Pero no puedo. —Respiré hondo—. Voy a quedarme hasta tu defensa.
El veintitrés. Quiero estar. Pero el veinticuatro tengo que coger un avión con ella y con Colin. Voy a cambiar el billete otra vez.
Esperé. Miré a Jonas a la cara. Esperé con todo el cuerpo, con las manos apretadas sobre el pañuelo, con una esperanza ridícula y desesperada que me quemaba por dentro.
Esperé a que dijera algo. Cualquier cosa.
«Quédate». «No te vayas». «Hablemos». «Te acompaño».
«Encontraremos una solución». Esperé a que su rostro se rompiera, a que sus ojos se llenaran de lágrimas, a que me abrazara con los brazos y con el cuerpo entero y me dijera lo que yo necesitaba oír.
—Lo entiendo —dijo Jonas.
Me quedé helada.
—¿Lo entiendes?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—No sé qué más decir.
—¿No tienes nada más que decir?
—Tienes que estar con tu madre.
—Ya lo sé.
—Es lo más importante.
—Ya lo sé. —Me quedé mirándolo—. ¿No vas a decirme nada más?
Su rostro permanecía inmóvil. Tenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en el suelo, las manos cerradas sobre el gorro de lana. Yo veía cómo le temblaba un músculo de la mejilla. Veía cómo el pecho le subía y bajaba. Pero no dijo nada.
—Vale —dije, con la voz rota—. Vale.
—Willa...
—No pasa nada.
—Willa, yo...
—Está todo bien. —Me levanté de la cama. Doblé el pañuelo con las manos temblorosas—. Estoy cansada. Ha sido un día muy largo. Mañana hablamos.
Jonas me miró. Abrió la boca. Volvió a cerrarla. Se puso el gorro de lana con un gesto torpe, dio un paso hacia mí, se detuvo. Tenía los ojos brillantes, húmedos, llenos de una cosa que no supe leer porque yo misma estaba demasiado rota para leer nada.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Salió. Cerró la puerta con mucho cuidado, sin hacer ruido. Y yo me quedé de pie en medio de la habitación, con un pañuelo bordado entre las manos y una pared llena de lugares señalados en rojo, preguntándome en qué momento exacto me había equivocado.