Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 15
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Capítulo 15

Hacer de guía turística para tu propia madre es la experiencia más humillante y más gloriosa que se puede vivir en un viaje al extranjero.

Lo comprendí en la primera media hora, plantada en medio de la Alexanderplatz con un mapa en las manos, una bolsa de ositos de goma colgada del brazo y mi madre y mi hermano alineados frente a mí como dos alumnos de primaria en una excursión escolar.

Era una mañana fría y clara, con el cielo de un azul tan limpio que dolía, y el reloj mundial giraba sobre nuestras cabezas con una lentitud majestuosa.

Mi madre llevaba un gorro de lana que le había prestado Frau Zielke, con una borla enorme, y sostenía en una mano una libreta de espiral y en la otra un bolígrafo.

Colin había comprado una salchicha. Otra.

—Esto —dije, con el brazo extendido— es el Weltzeituhr. El reloj mundial.

—¿Mundial? —preguntó mi madre, apuntando.

—Mundial.

—¿Cuántas ciudades tiene?

—Ciento cuarenta.

—¿Y por qué?

—Porque lo construyeron en mil novecientos sesenta y nueve para decirle al mundo que Berlín Este era un sitio moderno y abierto.

—¿Y lo era?

—Casi ninguno de los habitantes de este lado podía viajar a ninguna de esas ciudades.

Mi madre dejó de escribir. Levantó la cabeza y miró el reloj, con las cejas fruncidas, la boca ligeramente entreabierta, y yo vi en su cara lo mismo que había visto en la mía el primer día, el fastidio y la perplejidad ante un objeto que parecía alegre y era un insulto.

—Qué cosa más fea —dijo.

—Eso mismo pensé yo.

—Colin, apunta esto.

—¿El qué?

—Que es un reloj feo. Que ocultaba una tristeza.

—Mamá, yo no tengo libreta.

—Pues úsala de memoria.

Les enseñé la torre de televisión y la historia de la cruz.

Mi madre soltó una carcajada tan fuerte que una señora con un carrito de bebé se volvió a mirarla, igual que cuando me pasó a mí.

Les compré un Pfannkuchen a cada uno. Mi madre mordió el suyo con un gesto de profunda suspicacia, la mermelada de ciruela le chorreó por la barbilla, le cayó en el abrigo, y soltó un grito que se oyó en media plaza.

—¡Está relleno!

—Lo sé.

—¡Nadie me ha avisado!

—Tampoco a mí.

—¡Willa Brennan!

—Lo siento, mamá.

—¡Mi abrigo!

Colin, a su lado, doblado sobre sí mismo, tenía la cara roja y los ojos llorosos de risa.

Yo le pasé a mi madre un pañuelo de papel y ella lo aceptó con una dignidad herida, y los tres nos quedamos allí, en mitad de la Alexanderplatz, con jarabe de ciruela en las manos y el reloj del mundo girando sobre nosotros, y yo pensé que no recordaba haber sido tan feliz nunca.

Fuimos a Bernauer Straße. Los llevé de la mano por las escaleras del metro, por las calles anchas y grises, por el tramo de franja de la muerte, entre las varillas de acero oxidado, hasta la ventana de metal con las fotografías.

Mi madre se quedó delante de la de Ida Siekmann.

Leyó el nombre en voz baja, pronunciándolo fatal, con la «ie» a la inglesa.

Se llevó la mano al pecho. Y lloró en silencio, sin hacer ruido, con las lágrimas rodándole por las mejillas hasta el cuello de la chaqueta.

—Tenía cincuenta y ocho años —murmuró.

—Lo sé.

—Los mismos que yo.

No contesté. Le cogí la mano y se la apreté.

Colin, a su otro lado, se había quitado la gorra y la sostenía contra el pecho con las dos manos, con la cabeza gacha, sin decir nada.

Estuvimos así un rato largo, los tres, delante de aquel rostro de mujer mirando hacia un lado como si alguien acabara de llamarla.

—Hija —dijo mi madre, al fin.

—Dime.

—Este sitio es muy importante.

—Sí.

—Me alegro mucho de haber venido.

—Yo también.

—No te lo he dicho antes. —Se secó los ojos con el dorso de la mano—. Perdóname por haberme enfadado por teléfono.

—No tienes que...

—Sí tengo. Me asusté. Eso es todo. Me asusté mucho.

La abracé. Me hundí en el abrigo acolchado, en el gorro de lana, en la laca de pelo, y noté cómo me temblaba el pecho. Colin nos rodeó a las dos con sus brazos de armario, y los tres formamos un nudo torpe frente a un muro que nos miraba con cientos de ojos fotografiados.

* * *

Subimos a la torre de televisión por la tarde.

Fue idea de mi madre. Dijo que quería ver Berlín desde arriba, «para entender el tamaño del problema».

Compramos las entradas con una cola de cuarenta minutos, entre grupos de adolescentes y parejas de ancianos con cámaras al cuello, y subimos en un ascensor que sale disparado hacia el cielo y te deja el estómago en el suelo.

Mi madre se agarró a la barandilla con las dos manos y cerró los ojos.

Colin, que mide metro noventa, se agachó para que el techo no le rozara el pelo.

La plataforma panorámica tenía un suelo de moqueta gris, ventanales de cristal que iban del techo al suelo y un resplandor dorado que entraba a raudales por la cristalera.

Desde allí, a doscientos metros de altura, Berlín se desplegaba en todas direcciones: un mosaico de tejados rojos y grises, avenidas rectas, parques redondos, el río, los puentes, las torres de las iglesias, los bloques de hormigón de los suburbios que se perdían en una bruma azulada.

—Madre mía —dijo Colin.

—Es enorme —dijo mi madre.

—Es la ciudad más grande de Alemania.

—Parece más grande aún desde aquí.

—Es el efecto de la altura.

Se acercó al ventanal. Apoyó la mano en el cristal.

Se quedó mirando la ciudad con los ojos muy abiertos, el rostro iluminado, la sonrisa suave.

Pasó un minuto. Dos. Colin sacó el móvil y se puso a hacer fotos.

Yo me quedé un paso por detrás, con las manos en los bolsillos, mirando la nuca de mi madre y pensando que quería guardar aquella imagen para siempre.

—Willa —dijo ella, de pronto.

—¿Sí?

—Creo que...

No terminó la frase. Se tambaleó. Se llevó una mano al pecho y con la otra buscó el ventanal, pero el cristal estaba liso y no encontró nada donde agarrarse.

Se le doblaron las rodillas. Yo salté hacia delante y la sostuve por las axilas cuando empezaba a caer, y Colin soltó el móvil, que rebotó contra la moqueta, y se arrodilló a su lado.

—¡Mamá!

—Estoy bien —susurró ella, con los labios blancos—. Me he mareado. Es la altura.

—¡Mamá, mírame!

—Estoy...

—Colin, pide ayuda. ¡Ya!

Mi hermano salió corriendo. Yo tendí a mi madre en el suelo, con la cabeza sobre mi abrigo doblado, le aflojé el cuello de la chaqueta y le tomé el pulso en la muñeca con dos dedos.

Cuarenta segundos. Contaba en voz baja. Ciento treinta latidos por minuto.

Irregulares. Con saltos. Con pausas. Con un ritmo que cualquiera con un curso básico de reanimación sabe que no es el que tiene que ser.

—Mamá —dije, con la voz temblorosa—. ¿Qué es esto?

—Nada.

—Tu pulso no es normal.

—Es la altura.

—No es la altura. —Me incliné sobre ella. Los ojos me ardían—. Mamá, ¿qué te pasa en el corazón?

Mi madre cerró los ojos. Se le escapó una lágrima por la comisura, que le rodó hacia la sien y se perdió en el pelo gris. Y yo supe, antes de que abriera la boca, antes de que dijera una sola palabra, lo que iba a decirme.

* * *

Los sanitarios de la torre eran dos jóvenes con chaquetas fluorescentes, un monitor portátil y una camilla de ruedas.

Le hicieron un electrocardiograma allí mismo, sobre la moqueta, mientras los turistas formaban un corro silencioso a distancia.

Diagnosticaron una arritmia, una fibrilación auricular de poca gravedad, y recomendaron que la trasladaran al hospital para una revisión.

Mi madre se negó. Yo la miré. Ella me miró.

Y por primera vez en mi vida, mi madre cedió sin discutir.

Nos llevaron al Charité en una ambulancia con las sirenas apagadas.

Era el mismo hospital donde había estado Oma Ilse.

El mismo pasillo de linóleo gris. Las mismas sillas de plástico naranja.

Y la misma doctora joven, de trenza gruesa y ojos de gato, que al verme en la sala de espera levantó las cejas.

—Frau Brennan —dijo la doctora Yıldız—. La higienista.

—Hola, doctora.

—¿Otra paciente?

—Mi madre.

—Ah. —Su rostro se suavizó—. Lo siento mucho.

Esperamos dos horas. Colin, a mi lado, con la gorra entre las manos, no abrió la boca. Yo contaba las baldosas del suelo. Las contaba por filas, por columnas, por diagonales. Al final de las dos horas, la doctora salió con una carpeta en la mano y una sonrisa tranquila.

—Está estable —dijo—. Una arritmia leve, desencadenada por el estrés, el cansancio, el vuelo largo y, según me cuenta, tres copas de licor de cereza.

Su historial cardiológico es complicado, pero está bien controlado.

Se queda esta noche en observación, por precaución.

Mañana podrá irse. Pero tiene que descansar. Mucho. Y evitar los sustos.

—¿Puedo verla?

—Claro.

Mi madre estaba en una cama de hospital, con un camisón de tela verde, una vía en el brazo y un monitor que emitía pitidos regulares. Tenía las gafas colgadas del cuello, el pelo aplastado, el rostro pálido y los ojos hinchados. Cuando entré, intentó incorporarse. Se lo impedí con una mano.

—No te muevas.

—Willa...

—No te muevas.

Me senté en el borde de la cama. Nos miramos. Colin se quedó en la puerta, con los brazos colgando, con una expresión de culpa tan inmensa que me dio ganas de abrazarlo y de pegarle a la vez.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Abril.

—¿Abril?

—Un infarto pequeño. Me pusieron dos stents. Es una operación muy sencilla. Estuve tres días en el hospital.

—¿En abril? —repetí—. ¿Cuando yo estaba... —Se me quebró la voz—. ¿Cuando yo estaba comprando los billetes con Dana?

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

—No.

—¿Papá lo sabía?

—Sí.

—¿Colin?

Mi hermano bajó la cabeza.

—¿Dana?

—Dana no sabe nada.

—¿Y yo?

Mi madre cogió aire.

—Tú no lo sabías porque yo no quise. —Me miró a los ojos—. Y no quise porque habrías cancelado el viaje.

—¡Claro que lo habría cancelado!

—Por eso.