Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Berlín se extendía a nuestros pies. Un mar de tejados, de chimeneas, de antenas, con las ventanas encendidas en mil colores y las líneas de las calles marcadas por farolas anaranjadas.

A lo lejos, la Fernsehturm, con su esfera iluminada de azul, flotaba sobre la ciudad como un planeta.

Más allá, el resplandor tenue del centro.

Más cerca, el trazo oscuro del canal, los puentes, los parques, un tranvía que cruzaba una avenida con un hilo de luz.

—Madre mía —susurró.

—Es lo mejor que tengo.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida.

—No lo es.

—¿Cómo que no?

—Lo más bonito que he visto en mi vida lo tengo delante.

Se volvió hacia mí. Los ojos le brillaban a la luz de las farolas, enormes, húmedos.

Se mordió el labio. Yo extendí una manta sobre la gravilla, con cuidado, junto al depósito de agua, y la otra la dejé sobre la primera, y me senté con la espalda apoyada en el muro bajo.

Ella se sentó a mi lado. Le pasé el termo.

Bebió un sorbo de té caliente y me lo devolvió.

Nos quedamos un rato callados, con las rodillas pegadas, mirando la ciudad.

—¿Qué te pasa? —preguntó al fin.

—Nada.

—Jonas.

—Estoy nervioso por la defensa.

—¿Ya tienes fecha?

—El veintitrés.

—¡Es dentro de nueve días! —Se incorporó, con los ojos muy abiertos—. ¡Jonas! ¡Es fantástico!

—Sí.

—¡Vas a defender tu tesis!

—Sí.

—¿Por qué no estás contento?

—Estoy contento. —Sonreí. Fue una sonrisa fingida, torpe, que se me torció en la boca—. Es que tengo miedo de que se me olvide todo.

—No se te va a olvidar nada. —Me tomó la cara entre las manos—. Has escrito esas páginas con el corazón. No se te va a olvidar nada.

La besé. Con ganas, con una desesperación que ella notó y que yo no pude disimular, con las manos hundidas en su pelo y la boca abierta contra la suya, con un hambre honda, antigua, que no era de deseo sino de memoria.

Quería aprendérmela. Quería tener grabado el sabor de su boca, la forma de sus labios, el temblor de su respiración.

Willa me devolvió el beso con la misma urgencia, sin preguntar, con las uñas clavadas en mis hombros, y nos tumbamos sobre las mantas, bajo el cielo oscuro de Berlín, con el frío mordiéndonos las mejillas y el calor de nuestros cuerpos bajo la lana.

Le quité el jersey despacio. Se lo saqué por la cabeza y le acaricié los brazos desnudos, la piel de gallina, el contorno de los hombros.

Ella me desabrochó la camisa con los dedos fríos, que me hicieron estremecer, y deslizó las manos por mi pecho.

Nos desnudamos bajo las mantas, a tientas, entre risas y jadeos, con la ropa amontonada a un lado y el aire helado colándose por los resquicios.

Su piel, caliente, resbaladiza, temblaba bajo mis manos.

La cubrí con mi cuerpo. La envolví con la lana.

Y durante un largo instante nos quedamos así, pegados, con las frentes juntas, respirando el mismo aire.

—Tengo frío —dijo, riéndose.

—Yo te caliento.

—Prometido.

—Prometido.

Le besé el cuello. Los pechos, con una lentitud reverente, con los labios, con la lengua, con el roce suave de los dientes que le arrancaba jadeos cortos.

Le besé el vientre. Le separé las rodillas con las manos.

Ella se arqueó cuando mi boca la encontró, con un gemido ahogado que se perdió en el viento, y yo la tomé despacio, con la lengua plana, con los labios, con dos dedos hundidos en su interior, escuchando su voz romperse en pequeños fragmentos.

Sus manos buscaban mi pelo, mis hombros, las mantas.

Sus muslos temblaban. Sentí el momento exacto en que se tensaba, el latido bajo mi lengua, el estremecimiento largo que la recorrió de la cabeza a los pies, y la sostuve mientras se deshacía en silencio, con la boca abierta hacia el cielo y los ojos llenos de estrellas.

Subí por su cuerpo. La abracé. Ella me besó con los labios húmedos, con el sabor de sí misma, y me empujó por el pecho hasta tumbarme boca arriba sobre la manta.

—Ahora yo —susurró.

Se sentó a horcajadas sobre mis caderas.

Tenía el pelo revuelto, la cara iluminada por la luz lejana, los hombros cubiertos por la manta que le resbalaba por la espalda.

Alargó la mano hacia el bolsillo de mi pantalón, sacó el envoltorio plateado, me lo puso con una lentitud tortuosa, con los dedos temblorosos de frío o de deseo, sin quitarme la vista de los ojos.

Después me tomó con la mano. Y se hundió sobre mí, despacio, con un gemido largo y bajo.

Cerré los ojos. Era cálida. Era perfecta.

Me envolvía por completo, apretada, húmeda, vibrante, y yo le agarré las caderas con las dos manos y noté cómo se movía sobre mí, con un balanceo lento y profundo, con la cabeza echada hacia atrás y la espalda arqueada, como una ola que subiera y bajara bajo las estrellas.

Le besé el cuello. Le mordí el hombro. Le acaricié los pechos, el vientre, los muslos, cada centímetro de piel al alcance de mis manos, con la desesperación de querer conservar el tacto para siempre.

—Jonas —susurró—. Mírame.

La miré. Tenía los ojos abiertos, brillantes, fijos en los míos. Había en ellos algo que me atravesó, una pregunta, un temblor, una ternura que no sabía cómo sostener.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

—Dímelo otra vez.

—Te quiero, Willa.

—Otra vez.

—Te quiero.

Se movió más rápido. Más hondo. Me apretó entre los muslos con una fuerza que me hizo gemir, y yo la sostuve, la atraje hacia mí, empujé hacia arriba con las caderas, y los dos nos movimos juntos, sin ritmo ya, sin pensamiento, con los cuerpos tensos y las respiraciones rotas.

Metí una mano entre los dos. Busqué el punto donde nos uníamos, y ella gritó, bajito, y se agarró a mi muñeca.

Sentí cómo se tensaba. Cómo temblaba. Cómo todo su cuerpo se contraía alrededor del mío con una ola que me arrastró, que me arrancó un gruñido ronco del pecho y me vació por completo, hundido en ella, con el rostro enterrado en su hombro y las manos aferradas a su espalda.

Se desplomó sobre mí. Respirando con dificultad. Con el pelo pegado a las mejillas y el cuerpo tembloroso. La rodeé con los brazos y tiré de la manta sobre los dos.

Nos quedamos quietos. Sobre nosotros, un cielo sin estrellas, anaranjado por el resplandor de la ciudad. Debajo, la gravilla fría. A lo lejos, el zumbido continuo de Berlín, los tranvías, un perro, una música, un avión que cruzaba el cielo con una luz roja intermitente.

—Jonas —murmuró, con la cara hundida en mi cuello.

—Dime.

—Estás temblando.

—Hace frío.

—No es eso.

No contesté. Le acaricié el pelo. Cerré los ojos. Y no le dije nada, ni lo que sabía, ni lo que sentía, ni lo que me estaba pidiendo el pecho a gritos. Me limité a abrazarla con todas mis fuerzas, en la oscuridad, bajo una manta de lana, mientras un avión se alejaba lentamente hacia el oeste.