Capítulo 14
Colin Brennan se bebió media lata de Club-Mate de un trago, se quedó mirando el fondo con los ojos muy abiertos y dijo, con una solemnidad conmovedora, que aquello sabía a madera mojada.
—A madera de pino —precisó—. Recién cortada. Con un poco de resina.
—Es el maté —dijo Emre, apoyado en el mostrador con los brazos cruzados y una expresión de profunda satisfacción—. Lleva hierba de Sudamérica.
—Es una bebida de carpintero.
—Eso me han dicho.
—Es la mejor bebida que he probado en mi vida.
Yo, sentado en una caja de plástico bajo el toldo del Späti, con una cerveza entre las manos y la espalda apoyada en la pared, los miraba a los dos sin intervenir.
Era la tarde siguiente a la cena. Hacía un frío limpio y cortante, con un cielo azul pálido y una luz baja que se metía por la Oranienstraße y recortaba las siluetas de los transeúntes.
Willa había ido con su madre a una primera ronda de visitas guiadas por Frau Zielke, que consistían, según me habían explicado, en pasear por el barrio señalando con el bastón lo que no valía la pena ver.
Colin se había escapado. Me había encontrado en la acera, con la gorra de los Pirates y las manos en los bolsillos, y me había dicho con una timidez inmensa: «¿Hay algún sitio donde un hombre pueda sentarse sin que lo interroguen? ».
Lo había traído al Späti. Emre y él habían congeniado en cuatro minutos.
—¿Y qué madera usas? —preguntó Emre.
—Principalmente arce. Nogal para los muebles buenos. Roble para las vigas.
—Mi abuelo era ebanista. En Estambul.
—¿En serio?
—Tallaba puertas. Para las mezquitas.
—Eso es un oficio de verdad.
—Es lo que me enseñó. Y yo vendo cerveza.
—Es un oficio de verdad también.
—Gracias, hermano.
Se estrecharon la mano con una gravedad de pacto diplomático.
Yo me tapé la boca con el puño para que no me vieran sonreír.
Colin tenía una forma de estar en el mundo, sencilla y entera, que me recordaba a mi abuelo, al que no llegué a conocer.
Era un hombre inmenso, de manos como palas y mirada transparente, que hablaba poco, comía mucho y escuchaba con todo el cuerpo.
—Jonas —dijo, volviéndose hacia mí.
—Dime.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—¿Qué intenciones tienes con mi hermana?
Emre soltó un ruidito. Dejó el trapo sobre el mostrador y se hizo el ocupado con una caja de botellas. Yo me quedé inmóvil, con la cerveza a medio camino.
—Colin...
—No es una pregunta de matón. —Levantó la mano—.
Es de hermano. Mi madre te lo va a preguntar más tarde con mucha menos educación, y prefiero adelantarme.
—Dejó la lata en el suelo, junto a la caja—.
Willa es la persona más buena que conozco.
Se pasó dos años cuidando de nuestro padre cuando se rompió la cadera.
Se pasó tres años ahorrando para este viaje.
Se ha pasado toda la vida haciendo lo que se esperaba de ella.
Y ahora, por primera vez, hace una cosa que quiere.
Y me parece muy bien. Pero no quiero que se rompa.
—Yo tampoco.
—¿Entonces?
—Entonces no lo sé. —Dejé la cerveza. Me pasé la mano por la cara—. Te voy a contestar con sinceridad. Me he enamorado de tu hermana. No sé cómo ha pasado. No sé qué hacer con ello. Dentro de dos semanas se sube a un avión y yo no tengo derecho a pedirle que no lo haga.
—¿Por qué no?
—Porque tiene una vida. Una madre, un padre, un trabajo, una casa.
Todo lo que he visto de ella me dice que es una persona que necesita estar cerca de los suyos.
Y yo no puedo ofrecerle eso. Yo soy... —Me interrumpí—.
Soy de aquí. Tengo una abuela con la muñeca rota y una plaza en la universidad. No puedo irme.
—¿Y si ella se queda?
—No puedo pedírselo.
—¿Por qué?
—Porque se arrepentiría.
Colin se quedó callado. Miraba la calle con el ceño fruncido, las manos grandes y morenas apoyadas en las rodillas, y yo percibí por primera vez algo en su postura que no había visto antes: un peso. Un hombre de treinta y cinco años que cargaba con algo que no era suyo.
—Jonas —dijo al cabo—. Voy a contarte una cosa que no sabe Willa.
—Colin, si es un secreto...
—Lo es. Mi madre me hizo prometer que no se lo diría. —Se rascó la nuca—. Pero llevo cinco meses con ello en la garganta y, la verdad, no sé a quién decírselo. Creo que alguien debería saberlo. Y creo que tú eres de fiar.
Emre, detrás del mostrador, había dejado de moverse. Yo sentí un frío en el estómago.
—Dime.
—En abril, mi madre tuvo un problema en el corazón.
—¿Qué tipo de problema?
—Un infarto pequeño. No grave. Tuvieron que ponerle dos muelles en las arterias, con una operación de dos horas.
Salió bien. El médico dice que está perfectamente.
Que si se cuida, tiene cuerda para treinta años.
Pero tiene que evitar los sustos, los disgustos y el estrés.
Tiene que tomarse las pastillas todos los días y hacerse una revisión cada tres meses.
—Respiró hondo—. Y mi madre no quiso que Willa lo supiera.
Estaba a punto de comprar los billetes del viaje.
Llevaba tres años ahorrando. Dijo que si se enteraba, cancelaría.
Dijo que era la primera vez en su vida que su hija quería algo para ella, y que no iba a ser ella quien se lo quitara.
No pude hablar. Se me había cerrado la garganta.
Pensé en la mujer del abrigo acolchado que había brindado la noche anterior con licor de cereza, con las mejillas rojas y la voz temblorosa, tambaleándose junto al perchero del pasillo con una mano en el pecho.
Pensé en la mano de Willa tomándole el pulso, en el ceño fruncido, en la pregunta que no se había atrevido a hacer.
—¿Ella lo sabe? —pregunté.
—¿Willa? No.
—Esa noche en el pasillo...
—Sospecha. Es higienista. Tiene ojo. —Colin soltó una risa sin humor—. Pero mi madre es una mula. Hasta que no se desmaye en medio de la calle, no se lo va a decir.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
Me miró directamente, con los ojos grandes y claros de su hermana.
—Porque tú puedes decidir qué hacer con ello —dijo—. Y yo no me atrevo.
* * *
No volví al Späti. Salí a caminar sin rumbo, con el abrigo abierto y las manos en los bolsillos, por las calles de Kreuzberg, bajo la luz rasante de la tarde.
Caminé hasta el canal. Me detuve en un puente.
Miré el agua oscura, que arrastraba hojas amarillas, y los patos que se acercaban a la orilla.
Lo que me había dicho Colin no era un dato.
Era una llave que cerraba una puerta. Willa tenía una madre con dos muelles en el corazón y un padre con una cadera rota, una casa a cuatro manzanas de ambos, una vida entera construida alrededor del cuidado de los suyos.
Y yo, que llevaba veinte días fingiendo que existía otra posibilidad, que podía levantarme una mañana y pedirle que se quedara conmigo en Berlín, comprendí con una claridad dolorosa que eso era un acto de egoísmo.
No podía pedírselo. No podía ser yo el que le dijera que eligiera entre su madre y un hombre al que conocía desde hacía veinte días.
Y tampoco podía decirle lo que sabía. Había dado mi palabra, aunque no con palabras.
Colin me había confiado un secreto que no era mío.
Si se lo contaba a Willa, rompería la promesa de su hermano, y la de su madre, y tomaría una decisión por ella.
Y si no se lo contaba, la dejaría marchar sin saber la razón de que no se lo pidiera.
Saqué el móvil. Marqué un número que sabía de memoria.
—Haas.
—Marlene. Soy Jonas.
—Por fin. Estaba a punto de mandar a la policía. —Su voz sonaba cálida y tranquila—. ¿Tienes la conclusión?
—Tengo un borrador.
—Mándamelo. Mañana por la mañana lo leo. Y ya te he reservado fecha.
—¿Fecha?
—La defensa. El día veintitrés. Dentro de nueve días. A las diez de la mañana, en la sala de Senado. Tres miembros del tribunal. Una hora de exposición y una de preguntas.
Me quedé inmóvil. El viento helado me daba en la cara.
—Marlene, no sé si estoy...
—Estás listo. —Su voz era firme—. Llevas cinco años listo. Lo único que te faltaba eran las agallas. Y las has encontrado. —Hizo una pausa—. ¿Has pensado en lo de la plaza?
—Sí.
—¿Y?
Cerré los ojos. Vi un reloj gigante que giraba bajo un cielo gris. Vi una mujer con una riñonera y un mapa de papel levantando la mano como en el colegio. Vi una puerta cerrada en una calle vacía.
—Acepto —dije.
—Perfecto. Mandaré el contrato. —Marlene Haas guardó silencio un momento—. ¿Y la americana?
—Se va.
—No te lo he preguntado, Jonas.
—Se va dentro de dos semanas.
—No es eso lo que te he preguntado.
—No lo sé —dije, y noté que la voz se me rompía—. No lo sé, Marlene. No puedo pedirle que se quede.
—Entonces eres más tonto de lo que yo pensaba.
Colgó. Me quedé mirando el agua negra, con el teléfono en la mano, mientras las primeras luces de la ciudad se encendían en las orillas del canal.
* * *
—¿Adónde me llevas? —preguntó Willa, riéndose, mientras subíamos la escalera del cuarto piso al quinto, con una manta de lana bajo cada brazo y el termo de té en la mano.
—Es una sorpresa.
—Esto es un tejado.
—No es un tejado.
—Hay una escalera de hierro.
—Es una azotea.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
Se echó a reír. Había salido de la pensión sin que Frau Zielke lo advirtiera, o con la complicidad tácita de Frau Zielke, que la había visto atravesar el recibidor con la bufanda de lana en la mano y había hecho como si mirara una lámpara.
Llevaba el pelo suelto, los vaqueros, un jersey azul que me gustaba mucho y las mejillas encendidas.
Su madre y Colin dormían, con la ayuda de dos copas de schnaps, en sus respectivas habitaciones.
Abrí la trampilla del techo. El aire frío nos golpeó en la cara. Subimos por una escalera metálica de seis peldaños y salimos a una terraza de gravilla, con una barandilla de hierro oxidado, unas cuantas antenas y un depósito de agua. Willa dio un paso. Se quedó inmóvil.