Capítulo 13
Mi madre había facturado seis maletas, y cinco de ellas contenían comida.
Lo supe en cuanto la vi aparecer por la puerta de llegadas del aeropuerto, empujando un carrito cargado hasta los topes con una torre de equipajes tambaleante, el abrigo acolchado de los días de nieve, las gafas de cadena colgando sobre el pecho y una expresión de resolución militar.
Detrás de ella venía Colin, con la gorra de los Pirates, una mochila en cada hombro y un panecillo con una salchicha en la mano, mirando a su alrededor como si hubiera aterrizado en la luna.
Yo estaba plantada junto a la barrera con las manos en los bolsillos y el corazón desbocado.
Había llegado en tren con Jonas, a toda velocidad, sin desayunar, con el pelo sin peinar y una camiseta de él que me quedaba a medio muslo bajo el abrigo.
Él se había quedado un paso por detrás, con los hombros rígidos y las manos entrelazadas a la espalda, como un alumno a la espera de su examen oral.
—¡Willa! —gritó mi madre, a veinte metros, y toda la sala de llegadas se volvió a mirarla—. ¡Willa Brennan! ¡Ven aquí inmediatamente!
—Mamá.
—¡Deja que te vea!
Me abrazó. Me estrujó contra su abrigo acolchado con una fuerza que no esperaba de una mujer de cincuenta y ocho años y metro sesenta, y me hundió la cara en el hombro, y noté cómo le temblaban los brazos.
Olía a laca y a avión. Le devolví el abrazo con todas mis fuerzas, de repente al borde de las lágrimas, porque no había comprendido hasta ese instante cuánto la había echado de menos.
—Estás delgada —dijo, separándose y sujetándome por los hombros para examinarme—. Estás pálida. Estás... —se detuvo— tienes ojeras.
—He dormido poco.
—Ya me lo imagino.
—Mamá...
—No he dicho nada.
—Hola, Willa —dijo Colin, con la boca llena.
—Hola, Colin.
—Esto es una salchicha.
—Lo sé.
—Es muy buena.
—Me alegro.
—¿Quieres un poco?
—No, gracias.
Mi hermano me estrechó contra su pecho con una sola mano, la que no sostenía el panecillo, y me dio dos palmadas en la espalda con una torpeza afectuosa.
Colin tiene treinta y cinco años, mide un metro noventa y ha sido carpintero toda su vida, como mi padre, y sus abrazos son como que te abrace un armario.
—Estás distinta —murmuró en mi oído.
—Todo el mundo me dice lo mismo.
—Porque es verdad.
Mi madre, mientras tanto, había descubierto a Jonas.
Lo vi en sus ojos. Un movimiento mínimo, un giro de la cabeza, un estrechamiento de las pupilas detrás de las gafas.
Jonas seguía quieto junto a una columna, con las manos a la espalda y la mandíbula apretada, y mi madre lo recorrió de arriba abajo, desde las botas de cuero con los cordones de dos colores hasta el gorro de lana, con una lentitud de cirujano.
—¿Y este caballero?
—Mamá —dije, y me aclaré la garganta—. Este es Jonas.
—Jonas.
—Jonas Kessler. Mi... —Me trabé—. Mi... amigo.
—Tu casero.
—No es mi casero.
—Te lo dijiste por teléfono. Estaba arreglando una tubería.
—Era una mentira.
—Ya lo suponía. —Mi madre avanzó dos pasos con la mano extendida. Jonas se la estrechó con las dos suyas, con una cortesía rígida—. Carol Brennan. Soy la madre.
—Lo suponía —dijo Jonas, en un inglés más cuidadoso que nunca—. Encantado, señora Brennan. Bienvenida a Berlín.
—Gracias. —Le soltó la mano. Entornó los ojos—. Tienes buen aspecto para ser casero.
—No soy casero.
—Ya lo sé, hijo. Es una broma.
—Ah.
—Una broma americana.
—Entiendo.
—No entiende —me susurró Colin al oído—. Se le ve en la cara.
—Calla.
—Está sudando.
—Calla.
* * *
Frau Zielke y mi madre se miraron a la entrada de la pensión, bajo la lámpara del portal, durante once segundos.
Los conté. Los conté porque me pareció que el tiempo se había solidificado, que el aire de la calle se había vuelto una masa espesa en la que ninguna de las dos se atrevía a mover un músculo, y que la discusión que iba a producirse a continuación decidiría el curso de toda la historia de la humanidad.
Frau Zielke, en el umbral, con la bata de flores, el delantal encima y el gato Erich enroscado en un hombro, medía un metro cincuenta y cuatro.
Mi madre, en la acera, con el abrigo acolchado y seis maletas, medía un metro sesenta.
Se examinaron como dos boxeadores antes del primer asalto.
—Usted es la madre —dijo Frau Zielke.
—Usted es la casera.
—Es mi pensión.
—Es muy bonita.
—Lo sé.
—Mi hija dice que le ha dado de comer.
—La he alimentado. Estaba hecha un papel.
—Se lo agradezco.
—No hay de qué.
Otra pausa. Erich miró a mi madre con unos ojos entornados de profunda hostilidad. Mi madre le devolvió la mirada.
—Qué gato más gordo —dijo.
—Es su complexión.
—Qué carácter.
—Muy fuerte.
—Se parece a mi suegra.
Frau Zielke parpadeó. Y entonces, para mi absoluta estupefacción, soltó una carcajada ronca, de fumadora, que le hizo temblar el delantal.
Mi madre sonrió. Se dieron la mano. Y mientras Colin y Jonas arrastraban las maletas por el recibidor, entre jadeos y maldiciones, las dos mujeres se perdieron por el pasillo hacia la cocina, hablando a la vez, con los brazos cruzados y las cabezas muy juntas, como dos conspiradoras.
—Creo que acabamos de perder —murmuré.
—Creo que sí —dijo Jonas.
—Estamos perdidos.
—Yo diría que sí.
—Quiero irme a vivir a otra ciudad.
—Te acompaño.
Nos reímos, en voz baja, con las caras pegadas, en un rincón del recibidor. Pero el miedo no se me fue.
* * *
Mi madre inspeccionó mi habitación como un inspector de sanidad.
Abrió el armario, pasó un dedo por la repisa de la ventana, levantó el edredón, se asomó al baño y me miró con las cejas altas ante la ducha, que goteaba.
Yo me quedé sentada en el borde de la cama con las manos entre las rodillas, y Colin, apoyado en el marco de la puerta con la gorra echada hacia atrás, comía un bollo que Frau Zielke le había puesto en las manos sin que él se lo pidiera.
—Es una habitación limpia —admitió mi madre.
—Lo es.
—Un poco pequeña.
—Es perfecta.
—La cama es nueva.
—Se rompió la anterior.
—¿Cómo se rompe una cama?
—Es una historia larga.
—Colin, ¿tú sabes cómo se rompe una cama?
—Mamá, no me metas.
—Con el uso —dijo mi madre, y mi hermano se atragantó con el bollo. Ella siguió su recorrido, sin inmutarse, y se detuvo delante de la pared.
Allí estaba el mapa. Jonas lo había clavado con cuatro chinchetas encima de la cómoda, con el cuadrado rojo sobre cada sitio donde habíamos estado juntos, y debajo, en la letra recta y pequeña, la dedicatoria.
Mi madre se acercó. Se puso las gafas. Leyó en silencio, moviendo los labios, durante un minuto largo.
—«Berlín sin mapa» —murmuró—. «Para Willa, que se perdió dos veces en la misma línea de metro».
—Mamá...
—¿Lo ha dibujado él?
—Sí.
—Es un trabajo muy fino.
—Lo copió del mapa de su abuela.
—¿Del de mil novecientos treinta y seis?
—¿Cómo sabes eso?
—Lo pone aquí, en la esquina, con letra muy pequeña. —Señaló con el dedo—. Este hombre es de los que apuntan las fuentes.
—Es historiador.
—Ya lo veo.
Se quedó callada. Se quitó las gafas despacio.
En la cómoda, junto al mapa, estaba el pañuelo bordado que Oma Ilse me había regalado, doblado en cuatro, con la «W» roja que yo misma había terminado, torcida, con la curva demasiado grande.
Mi madre lo cogió entre dos dedos y lo extendió. Pasó el pulgar por las puntadas.
—Esto lo has bordado tú.
—Una parte. La otra la hizo su abuela.
—Esta curva está mal hecha.
—Lo sé.
—Es la peor «W» que he visto en mi vida. —Se llevó el pañuelo a la mejilla un instante, con los ojos cerrados—. Me encanta.
Se me escapó una risa temblorosa. Colin dejó de masticar. Mi madre dobló el pañuelo con mucho cuidado y lo devolvió a la cómoda.
—¿Cuánto te cuesta esto? —preguntó, sin volverse.
—¿El qué?
—Quedarte. El billete, la pensión, las comidas. Tu hermano dice que has cambiado el vuelo.
—Colin, ¿cómo...?
—Me lo dijo Dana —se defendió mi hermano—. Con muchas lágrimas.
—Es dinero que tengo ahorrado.
—No te he preguntado si lo tienes.
—Mamá, me arreglo.
—Willa. —Se giró—. Tu padre y yo tenemos unos ahorros.
—No quiero vuestros ahorros.
—No te los estoy ofreciendo. Te estoy diciendo que existen.
Nos miramos. Era una conversación en clave y las dos lo sabíamos. Yo veía en la cara de mi madre lo que había visto toda la vida, esa autoridad que se le llenaba de miedo cuando algo la superaba, y comprendí que había cruzado un océano para decirme una cosa que no sabía cómo decir.
—Gracias —dije.
—No me des las gracias. Dame un abrazo.
Se lo di. Colin, desde la puerta, soltó un gruñido de ternura y se sonó la nariz con la manga de la sudadera.
* * *
La cena fue el desastre más magnífico de mi vida.
Oma Ilse la había organizado en un tiempo récord, con la mano buena, una escayola, la ayuda de Herr Brandt y la furia de una general a punto de librar la última batalla.
Había sacado el mantel bordado, la cubertería de plata, las tres tazas de las rosas y un juego de platos de porcelana con un filo dorado que no usaba desde la boda de su hijo.
En el centro de la mesa, una fuente de Königsberger Klopse y otra de patatas cocidas con eneldo, una jarra de cerveza oscura para los hombres, un decantador de licor de cereza para las mujeres y, en un rincón, escondida detrás del salero, una botella de schnaps de ciruela de aspecto sospechoso.
Éramos siete. Oma presidía la cabecera, con su moño nuevo, su vestido granate y su bastón de ébano apoyado contra la silla.
A su derecha, Herr Brandt, con la corbata de lunares y una solemnidad de ujier.
A su izquierda, mi madre. Después Colin, Jonas, yo, y Frau Pohl, la vecina de noventa años, que había asistido sin que la invitara nadie y que comía en un silencio hermético con los ojos fijos en la comida.
—Así que usted es la madre —dijo Oma, sirviéndole una albóndiga con su cuchara de plata.
—Carol Brennan, señora.
—Ilse Kessler. Abuela de Jonas.
—Es un placer.
—Católica.
—Practicante.
—Irlandesa.
—Y alemana por parte de mi abuela materna. Los Schmitt, de Colonia.
—Colonia. —Oma frunció los labios—. Una ciudad con mucha catedral.
—Tiene una catedral preciosa.
—Es muy alta.
—Altísima.
—Siéntese bien, que se cae.
Mi madre se sentó bien. Colin, a mi lado, se inclinó hacia mí y susurró:
—Es como ver a dos generales negociar un armisticio.
—Cállate y come.
—Estoy comiendo. Esto es increíble. ¿Qué es?
—Albóndigas en salsa de alcaparras.
—Voy a pedirle matrimonio a esta señora.
—Tiene setenta y tres años.
—Es lo que busco.
Jonas, a mi otro lado, tenía la mirada fija en el plato y masticaba con una lentitud ceremonial. Le puse una mano en la rodilla bajo la mesa. Estaba tensa como una cuerda. Él me miró de reojo, con una media sonrisa agotada, y apretó mi mano.
La conversación fue calentándose conforme bajaba el licor de cereza.
Mi madre, que bebe una copa de vino al año por Navidad, se tomó tres en la primera media hora.
Oma Ilse, con la mano buena, le llenaba la copa en cuanto veía el fondo, con una cortesía implacable.
Para el postre, mi madre se había quitado la chaqueta, tenía las mejillas coloradas y hablaba con una elocuencia desacostumbrada.
—Yo nunca he viajado —confesó—. ¿Sabe? Nunca. Ni siquiera a Canadá.
—¿De verdad?
—A mi marido no le gusta. Dennis dice que todo lo que hay en el mundo está en Pennsylvania. Y que lo que no está no hace falta.
—Un hombre sensato.
—Un hombre testarudo. —Mi madre agitó la copa—. Y yo siempre pensé que tenía razón. Hasta que mi hija se subió a un avión sola.
—Mamá —dije.
—No, déjame. —Alzó la mano—. Quiero decir una cosa. —Se puso de pie. Se tambaleó un poco—. Quiero brindar.
Colin se llevó las manos a la cabeza. Jonas se enderezó en la silla. Frau Pohl levantó la vista del plato, por primera vez en una hora, con un interés repentino.
—Brindo —proclamó mi madre, con la copa en alto—, por la señora Ilse Kessler, que me ha dado de comer mejor que mi propia suegra.
Por su nieto, que es un chico muy formal y que no me mira a los ojos.
Por el señor Brandt, que tiene muy buena corbata.
Y por mi hija, que es la persona más valiente que conozco, aunque no lo sepa.
Se hizo un silencio. Yo me quedé con el tenedor a medio camino.
—Y por Berlín —añadió mi madre—, que no es lo que yo creía.
—¡Por Berlín! —dijo Colin, con la boca llena.
—¡Prost! —dijo Herr Brandt.
—Prost —dijo Oma Ilse, con una sonrisa pequeña, pálida y satisfecha.
Todos bebimos. Los ojos de mi madre se cruzaron con los míos, por encima de la copa. Tenía los ojos brillantes y los labios temblorosos, y me dedicó una sonrisa tan abierta, tan indefensa, tan completa, que se me hizo un nudo en la garganta y no pude tragar.
* * *
La encontré en el pasillo, a las once, junto al perchero de la entrada. Estaba apoyada contra la pared con una mano en el pecho, el abrigo a medias, los ojos cerrados y el rostro cenizo.
—¡Mamá!
—Estoy bien.
—¡Mamá, estás pálida!
—Es el licor.
—¿Te duele algo?
—Estoy bien, Willa. —Abrió los ojos. Me miró—. Es que me he mareado un poco. Es la edad. Y las cerezas.
—Siéntate.
—No hace falta.
—Siéntate ahora mismo.
La llevé hasta el banco de la entrada, donde Oma guardaba los zapatos. Se sentó. Le tomé el pulso con dos dedos en la muñeca, por pura costumbre profesional, y noté un latido acelerado, irregular, que me hizo fruncir el ceño. Mi madre retiró la mano.
—Estoy perfectamente.
—Tu pulso no está perfecto.
—Tengo cincuenta y ocho años y he bebido tres copas de licor de cereza.
—Mamá.
—Willa.
—¿Hay algo que quieras contarme?
Mi madre me miró un largo rato. Detrás de las gafas, sus ojos de color avellana, los míos, los de Colin, los de la abuela Willa, parecían enormes, agotados, atravesados por una luz extraña.
Al fondo del pasillo se oía la risa de Colin, el tintineo de las copas, la voz grave de Herr Brandt entonando una canción.
Mi madre se alisó la falda con las dos manos.
—Estoy enamorada de una ciudad que no conocía —dijo al fin.
—No me refiero a eso.
—Lo sé.
—Mamá.
—No es el momento. —Me puso una mano en la mejilla—. Estás enamorada.
—Mamá...
—Se te nota. En la cara. Tienes el color que tuve yo cuando conocí a tu padre. —Sonrió—. Y eso me da un miedo terrible.
—¿Por qué?
—Porque vas a quedarte o vas a volver. Y no sé cuál de las dos cosas me asusta más.
Me quedé inmóvil. No pude contestar. Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas y le cogí la mano, la que tenía apoyada en mi mejilla, y se la besé. Estaba fría. Mi madre me acarició el pelo con la otra, con una ternura breve y torpe, y se puso en pie con un resoplido.
—Vamos —dijo—. Que se enfría el postre.
—Mamá, tu pulso...
—No pasa nada. Hablamos mañana.
Volvió al comedor. Yo me quedé en el pasillo, sentada en el banco de los zapatos, con la mano en la boca y la sensación de que alguien acababa de abrir una puerta detrás de mí y la había cerrado de golpe.