Capítulo 12 #2
Quedó desnuda bajo esa luz de ámbar, con el pelo cayéndole sobre los pechos, con las pecas del pecho como constelaciones diminutas.
Le pasé el pulgar por el pezón. Le besé el vientre.
Ella apoyó las manos en el borde de la mesa y echó la cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos, conteniendo la respiración.
—Despacio —murmuró—. Que no se oiga.
—No se va a oír.
—Se va a oír.
—Entonces despacio.
Me arrodillé. Le separé las rodillas con las manos.
La besé por dentro de los muslos, despacio, y luego en el centro, con la boca abierta y la lengua plana, y noté cómo ella se tensaba, con un temblor, y se mordía la mano para no gemir.
Le sujeté las caderas. La lamí con una lentitud deliberada, casi cruel, trazando círculos pequeños alrededor del clítoris, chupando con labios suaves, y ella se retorcía sobre la tapa de la máquina de coser, con los talones clavados en mis hombros y los dedos enredados en mi pelo, sofocando gemidos que le salían por la nariz, por la garganta, por la mano que tenía apretada contra la boca.
Metí dos dedos dentro de ella. Los curvé. Su cuerpo se arqueó. Aceleré. Ella me clavó las uñas en la nuca y un sonido agudo, mínimo, se le escapó entre los dientes.
Y en ese momento, desde el fondo del pasillo, con una claridad perfecta, se oyó la voz de mi abuela:
—¡Jonas!
Nos quedamos petrificados. Willa abrió los ojos, enormes, aterrados. Yo, de rodillas, con la cara entre sus muslos y los dedos todavía dentro de ella, no me atreví a moverme.
—¡Jonas! ¿Estás ahí?
—Dile algo —susurró Willa, con un hilo de voz.
—¿Qué quieres que le diga?
—Algo.
—¡Estoy aquí, Oma! —grité, con una voz que me salió una octava más aguda—. ¡Estoy trabajando!
—¡Tengo sed!
—¡Voy en un minuto!
—¿Qué haces?
—¡Estoy... imprimiendo!
—¿A estas horas?
—¡Es urgente!
Hubo una pausa larga.
—Tráeme agua con limón —ordenó la voz—. Y no tardes.
—¡Sí, Oma!
Willa estaba doblada sobre sí misma, con la frente apoyada en mi cabeza, sacudida por una risa muda y desesperada que le recorría el cuerpo y que yo notaba en los dedos, en la lengua, en todo lo que la tocaba. Me incorporé. Le besé la boca para silenciarla.
—Voy a por el agua —susurré.
—Vuelve.
—Tengo que ir.
—Vuelve —repitió, con los ojos brillantes de risa y de deseo—. Si no vuelves, te mato.
Salí. Me puse los pantalones con las manos temblorosas.
Atravesé el pasillo a oscuras, preparé un vaso de agua con una rodaja de limón en la cocina, a la luz de la nevera, con el pulso desbocado.
Se lo llevé a mi abuela. Estaba sentada en la cama, con la lámpara de la mesilla encendida, el camisón de ositos de Frau Zielke y una expresión de profunda dignidad.
—Gracias.
—De nada.
—Estás colorado.
—Es el calor.
—Hay una corriente de aire en el pasillo.
—Será eso.
—Jonas.
—¿Sí?
—Es una chica estupenda.
Me quedé mirándola, con la mano en el picaporte.
—Lo sé —dije.
—Y hace ruido.
—Oma...
—Soy vieja. No soy sorda. —Bebió un sorbo de agua con limón con una dignidad magnífica—. Cierra la puerta al salir.
Cerré. Volví por el pasillo con las mejillas ardiendo y una risa histérica atascada en el pecho. Abrí la puerta del cuartito. Willa estaba sentada en la mesa de coser, desnuda, con las piernas colgando y los brazos extendidos, y me miraba con una sonrisa traviesa.
—¿Y bien?
—Dice que eres estupenda.
—¿Eso ha dicho?
—Y que haces ruido.
—¡Mentira!
—Verdad.
—No hago ruido.
—Haces muchísimo.
—Te voy a...
No terminó la frase. Me abalancé sobre ella.
La besé con toda la furia contenida de los últimos diez minutos, con las manos en sus caderas, en su pelo, en sus pechos, y ella se rio contra mi boca, y me desabrochó los pantalones con los dedos torpes.
Los bajé yo. Saqué un preservativo del bolsillo, que había metido allí por una premonición afortunada, y me lo puse a toda prisa, y ella me rodeó la cintura con las piernas.
Entré en ella de una sola vez, hondo, sosteniéndole la nuca.
Willa ahogó un grito contra mi hombro. Apretó los dientes en mi piel.
Me moví. Despacio al principio, con el cuidado de no hacer crujir el hierro, con los músculos tensos, conteniéndome, y luego más rápido, porque era imposible no hacerlo, porque su cuerpo me apretaba y me soltaba con un ritmo propio que me volvía loco.
Ella me clavaba las uñas en la espalda. Me susurraba al oído cosas ininteligibles, mi nombre, un «sí», un «más», un «aquí, así, ahí», y yo le contestaba en alemán, en voz baja, contra su cuello, palabras que no pensaba traducirle jamás.
La máquina de coser empezó a sonar. Un tableteo diminuto, metálico, la aguja vibrando sobre su soporte con cada embestida, un tac-tac-tac que nos hizo mirarnos un segundo, con los ojos muy abiertos, al borde de la carcajada.
—No —susurró ella—. No. No te rías.
—No me río.
—Sí.
—Es la máquina.
—Cállate y sigue.
Seguí. Le agarré las caderas con las dos manos y la atraje hacia mí, hondo, y ella echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta, sin sonido, con los músculos del cuello tensos.
Sentí cómo se apretaba. Cómo se le contraía el vientre.
Metí una mano entre los dos y le acaricié el clítoris con el pulgar, rápido, firme, y el cuerpo entero de Willa se sacudió.
Se corrió con un temblor largo y silencioso, mordiéndome el hombro para no gritar, y sus contracciones me arrastraron con ellas.
Me hundí en su cuello. Me deshice con un gruñido ahogado contra su piel, con la cara escondida en su pelo, con las rodillas a punto de doblárseme.
Nos quedamos inmóviles. Respirando. Con los corazones golpeándonos el pecho y la aguja de la máquina de coser todavía temblando.
—Dios —murmuró ella, al cabo de un rato.
—¿Bien?
—Perfecto.
—Casi nos pilla.
—Nos ha pillado.
—No del todo.
—Del todo. —Me besó el cuello—. Mañana no puedo mirarla a la cara.
—Ella tampoco a ti.
—¿Crees que Heinrich...?
—No empieces.
Se rio, bajito. Y yo, con la frente apoyada en su hombro, con su risa vibrándome en el pecho, pensé que podría vivir toda la vida en ese cuarto minúsculo, entre hilos y botones y dedales, sin pedir más.
* * *
El móvil de Willa sonó a las siete de la mañana.
Estábamos en la cama del cuarto de invitados, que era en realidad una cama plegable que Oma tenía guardada en el armario desde los años ochenta, y yo había conseguido dormir tres horas, abrazado a ella.
Willa alargó la mano a ciegas hacia la mesilla y consiguió tirar el vaso de agua, un libro y una lámpara antes de alcanzar el teléfono.
Se lo puso delante de la cara, con un ojo cerrado, y leyó.
Vi cómo se le quedaba la cara.
—¿Qué pasa?
—Mi madre.
—¿Qué dice?
Me tendió el móvil sin hablar. Era un mensaje con fotografía.
La foto era de un aeropuerto, con una cinta de equipajes al fondo, un cartel luminoso que ponía «Willkommen» y, en primer plano, dos personas posando con una sonrisa forzada: una mujer de pelo gris con permanente y gafas de cadena, que levantaba el pulgar, y un hombre alto con gorra de béisbol que sostenía una salchicha en un panecillo y miraba a la cámara masticando muy despacio, sin saber qué estaba comiendo.
Debajo, el texto: «¡Sorpresa! Hemos aterrizado. Estamos en el aeropuerto. Colin dice que esto es BER. ¿Dónde está tu casero?».