Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 12
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Capítulo 12

Heinrich Brandt llegó a casa de mi abuela con un plato de tarta de ciruelas, una corbata de lunares y el pelo blanco peinado hacia atrás con tanta brillantina que reflejaba la lámpara del recibidor.

Yo abrí la puerta. No lo esperaba. Llevaba tres días instalado en el piso de Oma Ilse con una maleta, un portátil y una americana que se había declarado enfermera jefe, y mi cerebro estaba ocupado con asuntos más urgentes, como el hecho de que mi abuela se negaba a usar la mano izquierda para nada, que el microondas llevaba cuarenta años sin funcionar y que en toda la casa solo había un enchufe cerca de la mesa del comedor.

De modo que, al encontrarme en el rellano a mi vecino de Neukölln, de pie, con el audífono encendido, un jersey de rombos y una expresión de solemnidad infinita, tardé un segundo en reaccionar.

—Herr Brandt.

—Jonas.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me dijo la señora del tercero que se había caído una vecina de la zona. Una señora Kessler. —Levantó el plato con las dos manos—. Pensé: es la abuela del muchacho. Tengo que visitarla.

—¿Cómo ha encontrado la dirección?

—Soy un hombre de recursos.

—Herr Brandt...

—Vengo con tarta.

No pude negarme. Lo hice pasar. Cruzó el recibidor despacio, mirando a un lado y a otro las fotografías enmarcadas, las fundas de ganchillo, las cortinas de encaje, con una especie de reverencia.

Willa salió de la cocina con un trapo en las manos y dio un respingo al verlo.

Se miraron. Se les iluminó la cara a los dos a la vez.

—¡Señor Brandt!

—¡Señorita Brennan! —Se inclinó, con una galantería de otra época—. Ha mejorado mucho su aspecto desde la última vez. Tiene un color muy sano.

—Por favor, no.

—Es un cumplido.

—Lo sé. —Willa se tapó la cara con el trapo, riéndose—. Pase, pase. Oma Ilse está en el comedor.

La escena que siguió pasará a la historia de mi familia.

Mi abuela estaba sentada en su sillón de siempre, junto a la ventana, con la muñeca escayolada sobre un cojín, una manta de cuadros en las rodillas y una taza de té sobre una mesita supletoria.

Levantó la vista cuando entró Herr Brandt.

Primero con curiosidad, después con atención, después con una expresión que yo no le había visto jamás en treinta y cinco años de vida.

Dejó la taza en el plato. Se enderezó.

—Heinrich Brandt —dijo.

—Ilse Voigt —contestó él.

Se hizo un silencio. Willa y yo nos miramos en la puerta, sin entender nada.

—Ilse Voigt —repitió Herr Brandt, y se le quebró un poco la voz—. Después de cincuenta y ocho años.

—Cincuenta y siete.

—Cincuenta y siete. No lo he contado bien.

—Siempre fuiste malo con los números.

—Y tú siempre has tenido el pie izquierdo más largo que el derecho.

—¿Cómo te atreves?

—Bailaste conmigo en la escuela de baile de la Hauptstraße en mil novecientos sesenta y nueve. Me pisaste cuatro veces.

—Te lo mereciste.

—Me lo merecí. —Dio un paso—. Me quedé tres semanas sin poder apoyar el pie.

—Y no volviste.

—Me casé con Anneliese.

—Lo sé. Yo me casé con Walter.

—Lo sé. Anneliese murió hace nueve años.

—Walter hace veintidós.

—Lo siento.

—Yo también.

Los dos se quedaron mirándose. Yo, desde la puerta, con el corazón desbocado, tenía la sensación de haber entrado por accidente en una película en blanco y negro. Willa me apretó el brazo con tanta fuerza que me dejó la marca de los dedos.

—Siéntate, Heinrich —dijo mi abuela, con una voz muy baja—. Se enfría la tarta.

Se sentó. En el sillón de al lado. Dejó el plato sobre la mesita. Ella le miró las manos, que le temblaban un poco, y después la corbata de lunares, y después la cara, con un examen minucioso y feroz, y al final soltó, con un tono neutro:

—Te has quedado muy bajito.

—Y tú muy pequeña.

—Es la edad.

—Es la edad.

—¿Todavía bailas?

—Desde que murió Anneliese, no.

—Yo tampoco.

—Es una pena.

—Una pena enorme.

Willa y yo salimos del comedor de puntillas y cerramos la puerta. En el recibidor nos miramos. Ella tenía los ojos empañados y una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Jonas —susurró—. Tu abuela y tu vecino.

—Lo sé.

—¡Tu abuela y tu vecino!

—Lo sé.

—¡Bailaron en mil novecientos sesenta y nueve! ¡Y él la oyó cuando tú y yo...!

—Willa.

—¡Ay, Dios mío! —Se llevó las manos a la boca y se dobló de risa—. ¡Qué mundo tan pequeño! ¡Qué ciudad tan pequeña!

La sujeté antes de que se cayera. Me reí yo también. Nos reímos en silencio, abrazados en el recibidor, tapándonos la boca, como dos niños que han descubierto un secreto de los mayores.

* * *

Los días siguientes fueron los más extraños y los más felices de mi vida adulta.

Me acostumbré a un orden nuevo. A las siete me despertaba el crujido de la cafetera, que Willa había descubierto en el fondo de un armario y resucitado a base de vinagre.

A las ocho desayunábamos los tres en el comedor, con el mantel de hilo y las tres tazas de las rosas que habían sobrevivido a la caída, y mi abuela dictaba las normas del día con la mano buena alzada.

A las nueve, Willa se ocupaba de ella: le ayudaba a vestirse, le lavaba el pelo en el fregadero, le cambiaba el vendaje de la ceja, le preparaba las pastillas en un pastillero de colores.

Lo hacía con una eficacia suave, sin aspavientos, con los ojos muy atentos y las manos seguras, y yo, desde la mesa del comedor, con el portátil abierto y la vista clavada en la pantalla, me sorprendía mirándola en lugar de escribir.

—Kessler —decía Oma—. Trabaja.

—Estoy trabajando.

—Estás mirando a la americana.

—Estoy pensando.

—Piensas muy bajo.

Y sin embargo escribía. Eso fue lo que me desconcertó.

Escribía más de lo que había escrito nunca.

Las páginas salían una detrás de otra, con una fluidez que me daba casi miedo, porque tenía a mi alrededor lo que había buscado inútilmente durante cinco años: una casa donde alguien me esperaba.

Escribía en el comedor, entre la sopa y las conversaciones de las dos, y a veces levantaba la cabeza y oía a Willa leyéndole a mi abuela, en voz alta, en inglés, un libro de cocina alemana que había encontrado en la estantería, traduciendo los nombres de los platos con una pronunciación tan atroz que Oma Ilse se partía de risa y tenía que sujetarse la ceja.

Herr Brandt venía a las cuatro. Cada tarde, con su tarta y su corbata, se sentaba en el sillón de al lado y los dos se pasaban dos horas en silencio, con el té entre las manos y las miradas cruzadas, hasta que la conversación empezaba a brotar de a poco, en frases breves, tímidas, llenas de nombres que yo no conocía.

El sábado, cuando entré en el comedor con una pila de folios, los vi bailando.

Un vals lento, sin música, en el centro de la alfombra, él con la mano en la cintura de ella y ella con la escayola apoyada en su hombro, moviéndose con una cautela infinita.

Retrocedí. Cerré la puerta. Me quedé de pie en el pasillo con los folios apretados contra el pecho y un nudo en la garganta.

—Lo sé —dijo Willa, detrás de mí.

—Ni una palabra.

—No iba a decir nada.

—Sí ibas a decirlo.

—Iba a decir que es lo más bonito que he visto en mi vida. —Me puso una mano en la espalda—. Y que quiero que me pase lo mismo a mí a los setenta y tres.

—¿Bailar con un vecino?

—Con un hombre que haya esperado cincuenta y siete años.

No contesté. La abracé por detrás, con la cara en su pelo, y los dos nos quedamos allí, en el pasillo oscuro, escuchando a través de la puerta cómo la anciana tarareaba la melodía que su pareja ya no recordaba.

* * *

La noche del viernes terminé el primer borrador de la conclusión.

Fueron las tres de la madrugada. Estaba solo en el comedor, con el portátil iluminándome la cara y las ventanas negras, y escribí la última frase y me quedé mirándola un buen rato sin atreverme a releerla.

Después me recosté en la silla. Me froté los ojos.

Y noté que alguien estaba de pie en la puerta.

Willa tenía puesto un camisón mío, de franela, que le llegaba a las rodillas, y los calcetines de lana gruesa que había traído de Pittsburgh. Se había soltado el pelo. Me miraba con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa soñolienta.

—¿Has terminado?

—He terminado.

—¿Y es bueno?

—No lo sé. No me atrevo a leerlo.

—Léemelo mañana. —Se acercó. Se sentó en mi regazo, de lado, con un brazo alrededor de mi cuello, y me apoyó la frente en la sien—. Hoy no. Hoy solo quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti.

—No he hecho nada.

—Has escrito una tesis.

—Falta la revisión.

—Has escrito una tesis, Jonas Kessler. —Me besó la mejilla—. Eso es lo que has hecho.

Le rodeé la cintura con los brazos. Hundí la cara en su cuello. Respiré. Ella tenía la piel tibia, de recién levantada, con un aroma a sueño y a jabón, y cuando le besé la clavícula notó cómo se le erizaba la piel bajo mis labios.

—Jonas —susurró—. Tu abuela está durmiendo.

—Lo sé.

—Está a diez metros.

—Lo sé.

—Y hay un enchufe.

—¿Qué enchufe?

—El de la mesa. Se me está clavando en el muslo.

Me reí contra su piel. Me levanté con ella en brazos.

La llevé, de puntillas, por el pasillo oscuro, pasando por delante de la puerta del dormitorio de mi abuela, que roncaba con un ronroneo seco y acompasado, hasta el cuartito de coser.

Cerré la puerta con una lentitud exagerada.

Giré la llave. Willa se había tapado la boca con las dos manos y los hombros le temblaban.

—Chis —susurré.

—Estoy chis.

La senté sobre la máquina de coser, que era una mesa de hierro forjado con una tapa de madera, estrecha y firme, y me puse entre sus piernas.

Estábamos casi a oscuras. Entraba por la ventana un resplandor anaranjado de las farolas del patio, que le dibujaba el contorno de la cara y los hombros, el cuello, la clavícula.

Le subí el camisón por los muslos. Ella me lo quitó por la cabeza con las dos manos.