Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Me quitó la ropa con una lentitud infinita.

Primero la bufanda, que cayó al suelo. Después el abrigo.

El jersey. Las botas, una por una, arrodillado delante de mí.

Los calcetines. Los vaqueros. No había prisa, ni urgencia, ni hambre.

Había una ternura cansada y una delicadeza que me hizo temblar.

Me desabrochó el sujetador y apoyó la frente en mi vientre. Respiró. Yo le acaricié el pelo.

Le quité yo la ropa a él. Despacio también.

La camisa, con los botones que se resistían a mis dedos torpes.

La camiseta. Los pantalones. Lo miré: ese cuerpo alto y delgado, de hombros anchos y vello oscuro, con una pequeña cicatriz en la cadera que no le había visto nunca y un moratón amarillento en el costado donde se había golpeado con la bicicleta en el pasillo. Le besé el moratón. Él cerró los ojos.

Entramos en la ducha. Abrió el grifo. El agua caliente nos cayó encima, en un chorro suave que nos empapó el pelo, la cara, los hombros, y el vapor llenó el cubículo hasta que no se veía más allá de nuestras caras.

Jonas cogió una pastilla de jabón. La frotó entre las manos hasta hacer espuma. Y empezó a enjabonarme.

Los hombros. La espalda, con las yemas de los dedos, en círculos largos y lentos.

Los brazos, uno por uno. Las manos, enlazando los dedos.

El cuello. La nuca. Cada centímetro de piel con una atención casi reverente.

Yo apoyé las palmas contra los azulejos fríos y dejé caer la cabeza, con los ojos cerrados, entregada del todo.

Él me enjabonó el vientre, las caderas, los muslos, y cuando sus manos llegaron a la parte interior, entre mis piernas, solté un gemido suave que se perdió entre el ruido del agua.

—Despacio —murmuró—. Hoy vamos despacio.

—Despacio.

Me volví. Le tomé la cara con las dos manos.

Le besé. Fue un beso largo, profundo, húmedo, con el agua corriéndonos por las mejillas, con las lenguas buscándose sin prisa, y noté cómo su cuerpo se pegaba al mío, caliente y resbaladizo, con la erección dura contra mi vientre.

Le acaricié el pecho. Los costados. La espalda.

Le clavé las uñas suaves en la cintura, y él gimió contra mi boca.

—Willa.

—Dime.

—No puedo esperar mucho más.

—No tienes que esperar.

Me levantó. Con las dos manos bajo los muslos, sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me sostuvo contra la pared de azulejos, con las piernas rodeándole la cintura y los brazos alrededor de su cuello.

El agua caía sobre su espalda. Me miró. Tenía los ojos oscuros, brillantes, las pestañas pegadas por el vapor.

—¿Tienes...? —pregunté.

—El cajón. Al lado del lavabo.

—Deprisa.

Alcanzó el cajón con una mano, sin soltarme, tanteando, y sacó un envoltorio plateado que rasgó con los dientes.

Se lo puso. Yo le sostuve la cara con las manos y le besé la frente, las cejas, la cicatriz, la nariz, todo lo que encontré.

Entonces me bajó un poco, con las manos firmes en mis caderas, y entró.

Fue lento. Fue hondo. Fue un deslizamiento largo y cálido que me hizo echar la cabeza hacia atrás contra los azulejos y abrir la boca sin sonido.

Lo sentí llenarme del todo, despacio, hasta el fondo, y los dos nos quedamos quietos un instante, jadeando, con las frentes pegadas, con los corazones latiendo uno contra otro.

—¿Bien? —susurró.

—Perfecto.

Se movió. Un vaivén lento, tranquilo, de caderas, un ir y venir que no buscaba nada más que estar dentro, con una cadencia de marea.

Yo me aferré a sus hombros. Le besé el cuello, la mandíbula, la boca.

El agua caía sobre los dos, caliente, ligera, y se mezclaba con el sudor y con las lágrimas que me rodaban por la cara sin que supiera por qué.

Jonas me las bebió. Las besó una a una, con los labios, con una ternura que me deshacía por dentro.

—No llores —murmuró.

—No lloro por tristeza.

—¿Entonces?

—Por esto. —Le agarré la nuca—. Por tenerte.

Gimió. Aceleró un poco, sin perder la ternura, con las manos hundidas en mis muslos, empujando hacia arriba con un ritmo que fue creciendo, y yo sentía cómo el placer se me acumulaba en el vientre, cálido, espeso, imparable, como el agua que nos caía encima.

Me aferré a él. Le mordí el hombro. Me corrí con un temblor largo y silencioso, con la cara hundida en su cuello, con los muslos apretados alrededor de su cintura, y él me sostuvo, y siguió moviéndose, más hondo, más rápido, hasta que su respiración se quebró y se hundió en mí con un gruñido ahogado, apretándome contra la pared, sosteniéndome como si no fuera a soltarme nunca.

Nos quedamos así. Sin movernos. Con el agua cayéndonos encima y el vapor flotando alrededor, y su frente apoyada contra la mía.

—Te quiero —dijo, bajito.

—Ya lo sé.

—No es una cosa que haya dicho mucho.

—Lo noto.

—Te lo diré más.

—Más vale.

Se rio. Me bajó con mucho cuidado hasta que mis pies tocaron el suelo mojado.

Cerró el grifo. Me envolvió en una toalla que estaba tiesa y áspera como un cartón, y se envolvió él en otra, y nos fuimos a la cama, empapados, agotados, y nos metimos bajo la colcha sin secarnos del todo, con el pelo goteando sobre la almohada.

Me quedé dormida antes de apagar la luz. Lo último que oí fue su respiración lenta, regular, junto a mi oído, y un tranvía que pasaba muy lejos.