Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 11
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Capítulo 11

Mi primera acción útil en un hospital alemán fue ofrecerme a limpiar la dentadura postiza de una paciente de setenta y tres años.

No fue premeditado. Habíamos entrado en la habitación, Jonas y yo, con el corazón en un puño, y allí estaba Oma Ilse, sentada en la cama con la almohada a la espalda, la muñeca derecha encerrada en una férula blanca, tres puntos de sutura en la ceja y el moño deshecho.

Parecía una guerrera tras una batalla perdida.

Sobre la mesilla, dentro de un vaso de plástico, flotaba su dentadura, medio hundida en un líquido turbio, y cuando la vi se me encendió algo en el cerebro, un reflejo profesional tan antiguo que no pude pararlo.

—Perdone —dije—. ¿Quiere que se la limpie?

—¿El qué? —preguntó Oma.

—La dentadura. Esa agua no está limpia. Y lleva horas ahí. Se acumula biofilm.

Se hizo un silencio. Jonas me miró con los ojos como platos. Oma Ilse, que había pasado cinco horas con una cadera en duda y una muñeca rota sin soltar una lágrima, abrió la boca y me miró con una admiración infinita.

—¿Tú sabes hacer eso?

—Es mi trabajo.

—Dios santo. —Se llevó la mano buena al pecho—. Una americana que sabe de dientes.

Me puse manos a la obra. Pedí a una enfermera, una mujer corpulenta de unos cincuenta años con la placa de «Schwester Petra», un cepillo suave, jabón neutro y agua tibia. Ella me miró con un recelo imponente.

—¿Es usted médico?

—Higienista dental.

—Eso no es un médico.

—No. Pero sé lo que hago.

Debió de ver algo en mi cara, porque me trajo el cepillo, el jabón y un cuenco de plástico, y se quedó de pie junto a la puerta con los brazos cruzados, vigilándome.

Lavé la dentadura de Oma Ilse en el lavabo de la habitación con tanto cuidado como si restaurara una pieza de museo.

Pasé el cepillo por cada pliegue, por cada encaje, por la superficie interior donde se acumula el sarro.

Le saqué brillo con una gasa. Después la enjuagué con agua templada y se la devolví, reluciente.

Ella se la puso. Cerró la boca. Chasqueó los dientes dos veces. Su cara entera se transformó en una sonrisa deslumbrante.

—Schwester Petra —dijo, con una voz que había recuperado todo el mando—. Venga aquí.

—Dígame, señora Kessler.

—Esta muchacha trabaja mejor que usted.

—Señora...

—Quiero que lo apunten en mi ficha.

La enfermera me miró con los labios apretados.

Después, a regañadientes, abrió la carpeta que colgaba de los pies de la cama y escribió algo con un bolígrafo.

Estoy casi segura de que ponía: «Higiene bucodental: excelente.

Realizada por americana». Jonas, a mi lado, tenía la mano sobre la boca y los hombros temblorosos.

—No te rías —le susurré.

—No me río.

—Sí te ríes.

—Es que estás... —Se interrumpió, con los ojos húmedos—. Gracias.

Dejé el cepillo en el lavabo. Me senté en el borde de la cama de Oma Ilse, con la bolsa de lona entre los pies, y saqué lo que había traído: un camisón de franela con ositos que Frau Zielke me había prestado, de su propio armario, «porque los camisones de hospital son una vergüenza para el género humano»; un termo de sopa de lentejas que la madre de Emre, Hatice, me había metido en las manos a las diez de la mañana sin que yo se lo pidiera; un cepillo de pelo, un peine y tres paquetes de ositos de goma.

—¿Qué es esto? —preguntó Oma, sosteniendo el camisón con la mano buena.

—Un camisón.

—Tiene ositos.

—Es de Frau Zielke.

—¿De la de la pensión?

—La misma.

Oma lo miró en silencio. Luego se echó a reír, una risa seca y breve que le tembló en el pecho, y se le arrugaron los ojos, y de pronto se llevó la mano a la boca.

—Ay —dijo—. Me duele la ceja.

—No te rías, Oma —dijo Jonas.

—No me río. Estoy conmovida.

Le peiné el pelo. Fue lo más natural del mundo.

Me puse detrás de ella, en la cama, con las piernas cruzadas, y fui desenredándole las trenzas blancas con el peine, con mucho cuidado, mientras ella se dejaba hacer con los ojos cerrados.

Tenía el pelo suave y fino como una nube.

Se lo recogí en una trenza que dejé caer sobre el hombro, atada con una goma que llevaba en la muñeca.

Jonas se había sentado en el sillón de la ventana y nos miraba con una expresión tan callada y tan abierta que me dio una punzada en el pecho.

—Willa —dijo Oma, sin abrir los ojos.

—Dime.

—Las tazas.

—¿Qué tazas?

—Las que se han roto. Las de la abuela Gerda. Las de las rosas. Eran un juego de seis. —Hizo una pausa—. Las había guardado para ti.

Me quedé inmóvil con la goma entre los dedos.

—¿Para mí?

—Para el día que vinieras a tomar té. Las bajaba del armario de arriba, con la silla, para que estuvieran listas. —Abrió los ojos y me miró por encima del hombro—. No quería que pensaras que en esta casa se bebe en cualquier cosa.

—Oma Ilse...

—Quedan tres —continuó—. En el armario de abajo. Las otras tres se han roto. Pero tres son suficientes. Una para ti. Una para mí. Una para el chico.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. No pude contestar. Terminé de atar la trenza con mucha precisión, con los dedos temblorosos, y le apoyé la barbilla en la cabeza, y noté cómo ella buscaba con la mano buena la mía y la apretaba.

—Eres una buena chica —dijo.

—Soy una llorona.

—Eso también.

* * *

Jonas me alcanzó en el pasillo cuando salí a por agua.

Eran las diez de la noche, o las once, o las doce, había perdido el sentido del tiempo.

El pasillo del hospital estaba en penumbra, con las luces reducidas, el suelo de linóleo gris y una hilera de sillas de plástico pegadas a la pared.

Al fondo, una máquina expendedora zumbaba con un resplandor azul.

Nos sentamos en dos sillas contiguas. Él se echó hacia delante con los codos en las rodillas y la cabeza gacha, y yo me quedé con los pies subidos en el borde del asiento, abrazándome las rodillas.

—Tengo que contarte una cosa —dijo.

—Dime.

—Hoy tuve la cita con Marlene.

—Es verdad. Con todo esto se me había olvidado. ¿Cómo ha ido?

—Bien. —Se pasó las manos por la cara—. Mejor que bien. Le han gustado las páginas.

—¡Jonas!

—Le han gustado mucho.

—¡Eso es increíble!

—Me ha dicho que gracias. Que si te veía te lo dijera. —Sonrió con tristeza—. Y me ha enseñado un contrato.

Se lo conté todo él mismo, en voz baja, mirando el suelo. Un contrato de dos años en la universidad. Un sueldo. Un despacho. Una plaza fija, con condiciones. Mientras hablaba yo iba sintiendo un calor extraño de orgullo y de vértigo que me subía por la garganta.

—Jonas, es maravilloso.

—No lo sé.

—Es la plaza de tus sueños.

—No sé si es la plaza de mis sueños —dijo, lentamente—. No sé si tengo sueños. Llevo tanto tiempo sin pensar en el futuro que no sé cómo se hace.

—Tienes que aceptar.

—¿Tú crees?

—Sí. —Me costó decirlo. Lo dije igual—. Escribiste treinta y una páginas en dos días. Tu directora te ha dado un sí en mayúsculas. Hay una plaza que es tuya si defiendes. Claro que tienes que aceptar.

—Dos años en Berlín.

—Sí.

—Sin salir.

—Es tu casa.

Se volvió hacia mí. Me miró con los ojos grises muy abiertos, serios, a la luz azul de la máquina.

—¿Y tú?

Me quedé callada. Un carrito pasó por el fondo del pasillo, con un traqueteo metálico. En alguna parte, una puerta se cerró con un golpe sordo.

—No lo sé —dije al fin.

—Tres semanas.

—Tres semanas.

—Y luego Pittsburgh.

—Y luego Pittsburgh. —Tragué saliva—. Mi trabajo. Mi madre. Colin. Mi cuarto en casa de mi hermano, mi coche. Mi vida. Todo está ahí, Jonas. Todo lo que he construido en treinta y dos años está a cuatro manzanas de mi madre.

—Lo sé.

—Y tú tienes a tu abuela.

—Lo sé.

—Y los dos tenemos algo que nos ata.

—Sí.

—No sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco.

Nos quedamos callados. Él alargó la mano y me cogió la mía, la que tenía apoyada en la rodilla, y entrelazó los dedos con los míos. Tenía la palma tibia y áspera, con los callos de siempre. Yo apreté.

—Me da miedo —dijo.

—A mí también.

—Pero prefiero este miedo a no haberte conocido.

—Qué bonito —murmuré, riéndome por la nariz—. Eso es lo más bonito que me han dicho en la vida.

—Me lo ha enseñado una turista.

—Tiene que ser una mujer muy lista.

—Es una llorona.

—Eso también.

Apoyé la cabeza en su hombro. Él apoyó la suya en la mía.

Y nos quedamos allí, en el pasillo del hospital, mirando una máquina de refrescos con un resplandor azul, sin decidir nada, sin prometer nada, con las manos unidas, hasta que una voz seca y clara nos devolvió a la realidad desde el fondo del pasillo.

—¡Jonas Kessler! ¡Willa Brennan!

Schwester Petra estaba plantada en la puerta de la habitación, con los brazos en jarras.

—La señora Kessler ha pedido que se vayan a casa.

—No nos vamos —dijo Jonas.

—Ha dicho que si no se van, llamará a seguridad.

—Es una anciana con la muñeca rota.

—Es una anciana con una voz que me hace dudar de si el hospital sigue estando en pie. —La enfermera resopló—. Les ha dado una orden. Dice que hoy duerme sola. Que mañana a las doce la recojan. Y que, cito textualmente, «el chico huele a hospital y la americana tiene ojeras».

Nos miramos. Y nos echamos a reír, los dos, en voz baja, con la cara escondida en el hombro del otro, mientras Schwester Petra nos miraba con severidad y con una ternura muy bien disimulada.

* * *

El agua caliente cayó sobre nosotros como una bendición.

La ducha de Jonas era un cubículo diminuto de azulejos blancos, con una cortina de plástico con peces dibujados y un grifo que goteaba, y cabíamos justo, apretados, con los hombros pegados a la pared.

Habíamos llegado a su casa a las dos de la madrugada, derrotados, y nos habíamos quedado un buen rato en el pasillo, sin hablar, mirándonos con una fatiga tan profunda que parecía física.

Después él me había tendido la mano y me había dicho: «Ven a lavarte». Y yo había ido.