Capítulo 10
Marlene Haas había subrayado mis treinta y una páginas con tanta tinta roja que, al verlas encima de la mesa, desde la puerta, pensé que alguien había derramado sobre ellas un vaso de vino.
Su despacho estaba en el tercer piso del edificio principal de la universidad, al fondo de un pasillo de suelo de madera encerada y puertas altas con placas de latón.
Era una habitación de techos muy altos, con una ventana por la que entraba una luz blanca de otoño, estanterías que llegaban hasta el techo, una escalera de ruedas y un sillón de cuero verde desde el que había dirigido la tesis de cuarenta doctorandos con una combinación de ternura y crueldad que nadie había conseguido igualar.
Ella estaba sentada detrás del escritorio, con el pelo plateado cortado a la altura de la mandíbula, unas gafas rojas de pasta apoyadas en la punta de la nariz y un bolígrafo entre los dientes.
Tenía sesenta y dos años, la voz de una cantante de ópera retirada y el acento de la Baviera profunda, que se le acentuaba cuando se enfadaba.
—Siéntate —dijo, sin levantar la vista.
Me senté. No había dormido. Tenía los ojos como dos pasas y un nudo de nervios en el estómago que llevaba allí desde las siete de la mañana, cuando me levanté del suelo de la habitación de Willa, con permiso especial de Frau Zielke, con la sensación de haber vivido tres vidas en una noche.
Habíamos pasado las últimas horas abrazados en el suelo de su habitación, en silencio, sin atrevernos a hablar de lo que habíamos dicho en el patio.
Ella se había dormido contra mi hombro. Yo la había metido en la cama y me había quedado mirándola hasta que vi que se hacía de día y recordé que tenía una cita.
—Jonas.
—Sí.
—¿Has leído lo que he escrito?
—No he tenido tiempo.
—Léelo.
Me tendió los folios. Pasé las páginas. En los márgenes había frases con una letra apretada y ágil.
«Esto es nuevo». «Aquí sí». «Por fin». «¿Dónde estaba esto hace cinco años?
». «Cuidado con el adjetivo». «Más de esto, más, más».
En la página diecinueve, junto al párrafo sobre el abrigo de pana, la profesora había escrito en mayúsculas, subrayado tres veces, una sola palabra: «SÍ».
Levanté la vista. Ella me miraba por encima de las gafas.
—¿Quién te ha dicho que escribas esto?
—Nadie.
—Mentira. —Se quitó el bolígrafo de la boca—. Llevo cinco años leyéndote, Jonas. Eres un historiador competente. Eres riguroso, ordenado, claro. Y eres tan aburrido que he tenido que pedirle a mi marido que me abofetee antes de leer tus capítulos. Esto no lo has escrito tú.
—Lo escribí yo.
—Lo escribiste tú, sí. Pero a ti te lo ha sacado alguien. Alguien te ha hecho una pregunta.
Me quedé callado. Ella esperó, con las cejas levantadas. Y yo, que había aprendido durante cinco años que con Marlene Haas no se miente, tragué saliva.
—Una turista —dije—. Una americana. Higienista dental.
—¿Una dentista?
—Higienista.
—Increíble. —Se echó a reír, con una carcajada de soprano que hizo temblar los cristales de la vitrina—. Increíble. Cinco años de seminarios, de coloquios, de congresos en Viena, en Cambridge, en Boston, y resulta que lo que te hacía falta era una señora de Pittsburgh con una sonda.
—¿Cómo sabes lo de Pittsburgh?
—Mi sobrino te vio en el móvil. —Sacó un teléfono de un cajón y me lo puso delante. Era el vídeo. Veintitrés segundos. Jonas Kessler de espaldas, con el gorro de lana, hablando de donuts—. Salías muy mal. Pero era un buen vídeo. Se nota que quien lo grabó te quería.
—Marlene...
—No me interrumpas. —Se inclinó hacia delante, con los dedos entrelazados sobre el escritorio—.
Voy a decirte tres cosas. La primera es que estas treinta y una páginas son lo mejor que has escrito en tu vida y probablemente lo mejor que se ha escrito en este departamento en la última década.
La segunda es que el capítulo seis necesita otras treinta, porque la voz es nueva pero el argumento sigue sin cerrar. Y la tercera es esta.
Abrió un cajón. Sacó una carpeta azul. La deslizó sobre la mesa.
—Léela.
La abrí. Era una oferta. Un documento oficial con el membrete de la universidad, el sello del Instituto de Historia, y un título que tardé en entender: «Contrato de investigador asociado, dos años, a partir del uno de enero».
Un sueldo. Un despacho. Un horario de docencia de seis horas semanales.
Mi nombre mecanografiado en la línea de abajo.
—Esto es...
—Una plaza. Dos años. La aprobó el comité la semana pasada, con una condición. —Levantó un dedo—. Que defiendas en noviembre. Si defiendes, la plaza es tuya. Si no, la ofrezco a otro.
No podía respirar.
—Marlene, yo...
—Eres el mejor alumno que he tenido en veinte años.
Y el más cobarde. —Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz—.
No voy a perder otra vez la oportunidad de decírtelo.
Hay talento en esas páginas. Hay un hombre que, por fin, ha dejado de esconderse detrás de las notas a pie de página.
No sé quién es esa americana. Pero si la ves, dile de mi parte que gracias.
—Me va a costar decírselo.
—¿Por qué?
—Porque se va dentro de tres semanas.
Marlene Haas me miró un buen rato. Después volvió a ponerse las gafas, con un gesto lento y casi tierno.
—¿Y tú quieres que se vaya?
—No.
—¿Y se lo has dicho?
—No.
—Jonas. —Negó con la cabeza—. Eres un genio de los archivos y un analfabeto emocional. Tienes hasta final de mes para contestarme. La oferta no se mueve. —Se levantó, rodeó el escritorio, me puso una mano en el hombro—. Ahora vete a escribir. Y llámame cuando tengas la conclusión.
* * *
Salí del edificio con la carpeta azul bajo el brazo y las rodillas temblándome.
Me senté en un banco del patio, junto a la estatua de Humboldt, con la vista fija en las baldosas, e intenté pensar con orden.
Pero el orden no venía. Lo que venía eran imágenes sueltas: un contrato con mi nombre, un gorro de lana, una escalera de caracol, una mujer llorando delante de una ventana de metal.
Un despacho con mi nombre en la puerta, en Berlín, durante dos años. Y una americana subiendo a un avión.
Me dio por reírme. Una risa sola, sin sentido, en mitad de un patio universitario, con una carpeta azul abierta sobre las rodillas, y un grupo de estudiantes que pasaba me miró con recelo. Estaba contento y estaba aterrado. No sabía cómo era posible estar las dos cosas a la vez.
Saqué el móvil para llamar a Willa. Lo desbloqueé.
Tenía veintitrés mensajes de Emre, que, por lo visto, había pasado la mañana vigilándome por interposición de terceros.
Tenía un mensaje de Willa, de las siete: «He dejado a Frau Zielke con la boca abierta.
Le he hecho el desayuno. Ánimo con la profe.
Te quiero». Y tenía una llamada perdida de un número que reconocí al instante.
Frau Pohl. La vecina de mi abuela.
Se me paró el corazón. No hay otra manera de decirlo. Frau Pohl tiene noventa años, un teléfono con teclas enormes y un miedo cerval a las llamadas largas. No me llama jamás. No ha llamado nunca. Hace once años que Oma y ella comparten rellano y no han tenido necesidad de pasar por un auricular.
Marqué. Contestó al primer tono.
—Jonas. —Su voz era un hilo—. Jonas, tienes que venir. Ilse se ha caído.
* * *
No recuerdo el trayecto. Sé que cogí un taxi, que le dije al conductor una dirección que no me acuerdo de haber pronunciado, que subí tres tramos de escalera de dos en dos y que en el rellano del tercero me encontré con una ambulancia en la calle y una puerta abierta y dos sanitarios con chaquetas amarillas inclinados sobre una figura diminuta tendida en el suelo de la cocina.
—¡Oma!
—Estoy bien —dijo la figura, con voz de mando—. Estoy perfectamente. Es una tontería. Que no se alarme nadie.
Me arrodillé a su lado. Tenía el moño deshecho, una ceja abierta con un corte que sangraba sobre la mejilla, la muñeca derecha doblada de un modo que no era el natural y el delantal de tulipanes manchado de harina.
A su lado, una silla volcada. Sobre el suelo de baldosas, tres tazas de porcelana rotas en mil pedazos.
—Oma, ¿qué ha pasado?
—Quería bajar las tazas buenas.
—¿Las tazas?
—Las de la abuela Gerda. Las de las rosas. —Frunció los labios—. Las estaba guardando en el armario de arriba para el día en que viniera la americana.
—Oma...
—Me he subido a la silla. Un momento. Solo un momento.
—Oma, tienes setenta y tres años.
—Y me he caído de una silla, no de un edificio. —Intentó incorporarse, y la cara se le crispó de dolor. Uno de los sanitarios, un joven de pelo rizado y acento sajón, le puso una mano con firmeza en el hombro.
—Señora Kessler, no se mueva.
—Tengo que barrer.
—No tiene que barrer nada.
—Hay porcelana en el suelo. Puede cortarse el chico.
—El chico se corta lo que quiera —dijo el sanitario con una sonrisa—. ¿Es usted el nieto?
—Soy el nieto.
—Hay que llevarla al hospital. Sospechamos fractura de muñeca. Quizá también de cadera, no lo sabemos hasta que le hagan las pruebas. La ceja necesita puntos.
—¿Cadera?
—Es una sospecha.
Cogí la mano buena de mi abuela. Estaba fría.
Tan pequeña y tan fina que parecía una hoja de papel, con las venas azules marcadas y la alianza demasiado grande en el dedo anular.
Ella me miró con aquellos ojos pálidos, que de pronto me parecieron los de una niña, y vi cómo toda la dureza, todo el mando y toda la autoridad se desvanecían de golpe, y quedaba solo una mujer muy vieja asustada en el suelo de su cocina.
—Jonas —susurró.
—Aquí estoy.
—No me dejes sola.
—No te voy a dejar.
—Prométeme.
—Te lo prometo.
* * *
El hospital era enorme. Un laberinto de pasillos blancos, ascensores atestados, carteles con flechas de colores y un ruido continuo de carritos, de pasos, de voces.
La llevaron a una sala de urgencias, la pasaron a una camilla, le hicieron una radiografía, otra, una tomografía.
A mí me mandaron a una sala de espera con sillas de plástico naranja y una máquina de café que escupía un líquido marrón que no tocaría ni un perro hambriento.
Me senté. Después me levanté. Después volví a sentarme.
A mi lado una mujer con un niño dormido en el regazo me ofreció una galleta, y yo la rechacé con una sonrisa mecánica.
En el techo, un televisor sin sonido emitía un programa de cocina.
Llamé a mi padre a Hamburgo. Sonó seis veces.
Saltó el contestador. Dejé un mensaje breve: «Papá, Oma se ha caído, estamos en el Charité, llámame».
No llamó.
Llamé a mi madre. Me contestó el novio del saxofón. Me dijo que estaban en un crucero, en algún sitio del Báltico, con mala cobertura, y que se lo diría en cuanto la viera.
Me quedé mirando el teléfono con los dedos fríos.
Treinta y cinco años. Treinta y cinco años y una familia compuesta, en la práctica, por una señora de setenta y tres años, un amigo con un Späti y un anciano vecino sordo que a veces me deja tarta en el felpudo.
Siempre había pensado que eso era suficiente.
Siempre había presumido de ello, con una satisfacción hosca, la de no necesitar a nadie.
Y de repente, en una sala de espera con una televisión muda, comprendí que lo único que había hecho durante todos esos años era guardar todo lo que me quedaba en un solo cesto.
Si algo le pasaba a Oma, no me quedaría nada.
Sentí el pánico. Un pánico frío, rápido, que subía desde el estómago y se me extendía por el pecho como una mancha.
Respiré hondo. Conté hasta diez. Pensé en el contrato de la carpeta azul.
Pensé en las treinta y una páginas. Pensé que en tres semanas Willa se subiría a un avión y yo no tendría derecho a pedirle nada, y que mi abuela estaba en una camilla con la cadera quizá rota, y que yo, que me pasaba la vida contando las desgracias de otros, no sabía qué hacer con las mías.
—¿Familiares de Ilse Kessler?
Me levanté de golpe. Una doctora joven, de piel oscura, ojos de gato y una trenza gruesa que le caía sobre la bata, me observaba con una carpeta en la mano. En la placa ponía «Dra. Yıldız».
—Soy el nieto.
—Buenas noticias. —Sonrió—. La cadera está bien.
Es un hueso asombrosamente fuerte para su edad.
La muñeca sí está rota, una fractura limpia del radio.
Le hemos puesto una férula y mañana le harán la escayola definitiva.
La ceja ya está cosida. Tres puntos. Se quedará esta noche en observación, y si todo va bien, mañana por la tarde podrá irse a casa. Pero con ayuda. No puede estar sola.
—¿Cuánto tiempo?
—Un mes, como poco. Con la muñeca inmovilizada no puede cocinar, ni vestirse sola del todo, ni cargar peso. —Hizo una pausa—. ¿Tiene más familia?
—No.
—Entonces tendrá que arreglárselas con usted.
Asentí. No supe qué decir. La doctora me miró con una amabilidad serena.
—Puede entrar a verla. Está despierta. Y bastante enfadada, por cierto. Ha dicho que si no le damos de comer algo decente va a denunciar al hospital.
Se me escapó una carcajada. Floja, cansada, un poco húmeda. Ella sonrió.
—Es una paciente muy difícil —dijo.
—Es la mejor del mundo.
—Eso me ha dicho ella también.
Estaba a punto de seguirla por el pasillo cuando vi, al fondo, entre la gente, una cabeza de pelo cobrizo que avanzaba a toda velocidad entre las camillas.
Willa llevaba una bolsa de lona colgada de cada hombro, un termo bajo el brazo, la bufanda torcida y las mejillas rojas de correr.
Venía con la mirada fija en los carteles, murmurando algo, deteniéndose en cada cruce para leer las flechas, volviendo sobre sus pasos, equivocándose de pasillo.
La vi pasar de largo delante de la puerta de urgencias. Dar la vuelta. Entrar.
Me vio.
Se quedó plantada en medio del pasillo, a diez metros de distancia, con la respiración agitada.
Y yo, que llevaba tres horas conteniéndome con una fuerza que no sabía que tenía, vi cómo se le descomponía la cara de preocupación, y cómo soltaba las bolsas en el suelo, y cómo echaba a correr hacia mí con los brazos abiertos.