Capítulo 9
El vídeo tenía veintitrés segundos, una luz horrible y el pie de Jonas saliendo por un lado de la pantalla, y cuando lo subí a las dos de la tarde yo estaba convencida de que nadie lo vería excepto Dana y mi hermano Colin, que ve todo lo que subo para poder burlarse de mí por teléfono.
A las nueve de la noche tenía doscientas mil visitas.
Lo había grabado tres días antes en la Alexanderplatz, mientras Jonas le explicaba a un grupo de turistas daneses lo del Pfannkuchen y Kennedy.
Estaba de espaldas a mí, con el abrigo verde y el gorro de lana, gesticulando con una seriedad científica, y en un momento dado dijo, en inglés y con la cara más fúnebre del mundo: «Señoras y señores, hay que entender que un donut, en Berlín, es una cuestión de Estado».
Un señor danés soltó una risotada. La señora de al lado le dio un codazo.
Yo tenía el móvil en la mano, lo levanté sin pensar, y lo grabé.
Le puse un título. «Mi guía alemán me explica por qué un donut es una cuestión de Estado».
Le añadí tres etiquetas, el nombre de la empresa de Jonas, y una pequeña descripción: «Este hombre es historiador, no le gustan los turistas y hace los mejores recorridos de Berlín. Reserva antes de que se entere».
A las once de la noche tenía quinientas mil.
—Willa Brennan —dijo Frau Zielke, de pie en la puerta de mi cuarto con la bata de flores, la redecilla del pelo y el gato en brazos—, el teléfono de la recepción lleva sonando tres horas.
—¿Quién llama?
—Gente. Pregunta por un hombre que se llama Kessler. —Hizo una pausa teatral—. Dice que quieren un recorrido. Ya he dicho que se pongan en cola. He dicho que es un caballero muy ocupado.
—Frau Zielke, no es...
—Y esta mañana ha llamado un periódico.
—¿Un periódico?
—De Hamburgo.
Me quedé mirándola con la boca abierta y el móvil en la mano, con la pantalla iluminada y las cifras subiendo sin parar, y Erich bostezó en sus brazos con un gesto de profundo desprecio por el mundo moderno.
* * *
A la mañana siguiente, ya eran dos millones.
No puedo explicar lo que es ver a un desconocido de Madrid, a una chica de Ciudad de México, a un chico de Seúl y a una señora de Melbourne dejar comentarios en un vídeo tuyo.
Eran cientos. Eran miles. «¡¡Quiero ese guía!
!». «Alguien tiene que casarse con él». «El gorro de lana, por favor, ¿dónde se compra?
». «¿Es soltero?». «¿El pañuelo del minuto 0:17 es el que se comió el perro? ».
Esa última me hizo gracia. Se me había colado un trozo de la historia sin darme cuenta.
Alguien había encontrado un vídeo anterior, de Tempelhof, que había subido sin nombre, con el perro del labrador mordisqueando el paracaídas de ositos de goma, y lo había enlazado.
Por la tarde, ese segundo vídeo tenía un millón y medio.
Jonas apareció en la puerta de la pensión a las diez, con el pelo mojado y la cara pálida.
—Willa.
—Buenos días —dije, y le tendí una taza de té que le había preparado en la cocina de Frau Zielke con un cuidado reverencial—. ¿Has dormido bien?
—Mi correo.
—¿Qué le pasa a tu correo?
—Tengo mil trescientas reservas.
—¡Eso es fantástico!
—Willa.
—¿Qué?
—Tengo un diario de hoy que dice «el guía de los donuts». Me ha parado una señora en la calle. Dos adolescentes me han pedido una foto en el metro. Emre me ha escrito que ha tenido que cerrar la tienda a las ocho porque había una cola de cuarenta personas esperando a ver si aparecía yo.
—Bueno, eso es buena publicidad.
—Willa. —Soltó la taza sobre el aparador con un golpe seco—. ¿Tú has subido un vídeo mío?
—Dos.
—¿Sin decírmelo?
—Es que era un momento tan gracioso...
—¿Lo has subido sin preguntarme?
Me quedé quieta. En su cara no había rabia, esa es la parte que no esperaba, sino una especie de dolor agudo y contenido, como una cuerda tirante. Tenía los puños cerrados a los lados del cuerpo.
—Pensé que te iba a hacer ilusión —dije, bajito.
—No me hace ilusión.
—Hay gente que paga por tener esa visibilidad.
—Yo no he pedido visibilidad.
—Pero...
—Yo cuento historias de muertos, Willa. Historias de personas que murieron en una calle.
Y ahora me conocen por una broma sobre un donut.
—Se pasó las manos por el pelo con un gesto brusco—.
Hoy he recibido una oferta de un programa de televisión.
Quieren que haga unas cápsulas de «curiosidades alemanas».
Con un delantal. Con un delantal, Willa.
—Podrías decir que no.
—Claro que voy a decir que no.
—Entonces no veo dónde está el problema.
—El problema es que no me lo has preguntado.
—Era un vídeo de veintitrés segundos.
—Era mi cara.
Eso me paró en seco. Me quedé callada, mirándolo, con las manos entrelazadas por delante, mientras Frau Zielke, desde el pasillo, hacía un ruido de platos con una discreción absolutamente fingida.
—Tienes razón —dije al cabo de un rato.
—No es...
—Tienes razón. Lo siento. No debí hacerlo sin preguntarte. Lo hice porque me encantaba verte, y quería que otras personas te vieran como yo, y no pensé en que... —Me quedé sin aliento—. No pensé. Lo borro ahora mismo.
—No lo borres.
—Sí. Lo borro.
—Willa, ya está en dos millones de móviles. Si lo borras, aparecerá copiado en mil sitios.
—Entonces ¿qué hago?
—No lo sé —dijo, y se dejó caer en una silla de la cocina, con los codos en las rodillas y la cara en las manos—.
No lo sé. Estoy muy cansado. Llevo tres noches escribiendo hasta las cinco.
Haas me ha mandado un correo esta mañana con una cita para pasado mañana.
Esta semana tengo que dar catorce recorridos.
Y encima me llegan dos mil mensajes de desconocidos que quieren que les firme el gorro.
—Puedo ayudarte —dije.
—No.
—Jonas...
—Creo que prefiero que no.
Y lo dijo con tanta suavidad que dolió más que si hubiera gritado.
Me quedé inmóvil, con una taza de té frío en las manos, mirándole la coronilla, la nuca, la espalda ancha que subía y bajaba despacio.
Quise acercarme. Quise ponerle la mano en el pelo.
Pero algo en la postura de sus hombros me dijo que no era el momento, y me quedé donde estaba, con el pecho encogido, aprendiendo por primera vez en mi vida lo que era querer a alguien y no saber si estorbaba.
—Vale —dije—. Me voy a dar una vuelta.
—Willa.
—No pasa nada. Tienes razón. Dame un rato.
Salí de la cocina con la barbilla alta y la boca muy apretada. En el pasillo, Frau Zielke, plantada junto a la lámpara con un trapo en la mano y su gato alrededor de los tobillos, me miró con unos ojillos azules de una sagacidad aterradora.
—Los hombres alemanes —dijo, en voz baja— se enfadan como los bosques. Muy despacio. Y se les pasa igual.
—¿Y qué hago mientras tanto?
—Haz algo útil.
* * *
Hice algo útil.
Cogí el móvil, entré en la cuenta donde había subido el vídeo, y escribí un mensaje fijado en lo alto del perfil.
«Este vídeo se publicó sin el permiso del guía.
Jonas Kessler no es un personaje, es historiador y un narrador excepcional de la memoria de Berlín.
Si queréis conocerle, reservad su recorrido y escuchad con respeto.
Si no, no lo hagáis. Gracias». Lo escribí en inglés, en español y en alemán, con ayuda del traductor y de un diccionario que me prestó Frau Zielke.
Después añadí un enlace directo a la página de reservas.
Y por último, con un nudo ardiente en la garganta, me puse delante de la ventana de mi cuarto, miré el patio vacío con su bicicleta sin ruedas, y escribí a Jonas un mensaje corto.
«Perdón. De verdad. Hoy no te molesto más».
No contestó.
Por la tarde, para no volverme loca, hice lo que me han enseñado a hacer cuando estoy nerviosa: me puse a limpiar.
Pregunté a Frau Zielke si podía ayudarla con las habitaciones y ella me miró unos segundos con una desconfianza inmensa, como si le hubiera propuesto robarle la vajilla, y me entregó una escoba, un cubo y un trapo con tantas instrucciones que acabé tomando notas en el dorso de la mano.
Barrí el descansillo. Fregué los peldaños de la escalera.
Enceré los pomos de latón de las puertas.
Cambié sábanas, sacudí edredones, recogí toallas, mientras la dueña, sentada en una silla de la entrada con una taza de té, me iba dando órdenes con un acento cada vez más suave.
—Esa esquina no está limpia.
—Sí lo está.
—Tiene polvo.
—Frau Zielke, la esquina está perfecta.
—Mi marido decía que los americanos no saben mirar los rincones. —Resopló—. Pero tú miras. Eso está bien.
A las siete la pensión resplandecía como un barco.
A las siete y media me crujían las rodillas.
A las ocho recibí un mensaje de Emre, que era el único que sabía lo que pasaba, y que escribía como un niño de ocho años con teclado nuevo: «¿Dónde estás?
Jonasbär ha ido a mi casa a cenar y se ha comido cinco platos sin decir una palabra.
Tengo miedo. Voy a llevarle un té de menta. Tú no te muevas».
Me senté en el borde de mi cama, con los pies doloridos y el pelo lleno de polvo, y miré el mensaje durante diez minutos.
Al final contesté: «No me muevo». Y luego, antes de dejar el móvil, abrí la conversación con Dana.
Le escribí un párrafo largo y confuso, lleno de faltas, contándole lo del vídeo, lo de la discusión, y el miedo que me daba haberlo estropeado todo en una sola mañana. Ella tardó tres minutos en responder.
«Para empezar: respira. Para seguir: lo has hecho mal pero con buena intención, y eso se arregla. Para acabar: nadie que no te quiera se queda cinco platos sin hablar. Duerme. Mañana vas y le pides perdón con un chocolate. Besos a la lenteja».
Me eché a reír, y a llorar un poco, y me quedé dormida con la ropa puesta y el móvil en la mano.
* * *
No sé cuánto tiempo pasó. Lo que me despertó fue un golpe seco en la ventana.
Me incorporé de golpe, con el corazón desbocado. Otro golpe. Un ruido pequeño, metálico, como una piedrecita contra el cristal. Me acerqué a la ventana sin encender la luz, en calcetines, con el pelo revuelto, y miré hacia el patio.
Jonas estaba abajo.
Tenía una bolsa de papel en una mano, un tubo de cartón en la otra y las mejillas coloradas de frío. Miraba hacia arriba con el gorro de lana en la nuca. Llevaba mucho rato ensayando un discurso y se le había olvidado entero. Abrí la ventana.
—¿Qué haces? —susurré—. Si Frau Zielke te ve, nos mata.
—No me va a ver. Está dormida. Le he dado un té de valeriana en la cena.
—¿Cómo que le has dado un té?
—Se lo ha preparado Emre. Es una larga historia.
—¡Jonas!
—Baja.
—¿A estas horas?
—Baja un momento. Por favor.
Bajé. Por la escalera, descalza, con los zapatos en la mano, conteniendo la respiración en cada peldaño que crujía, y salí al patio por la puerta trasera.
Hacía un frío seco y limpio, con un cielo de un negro sin nubes y una luna delgada colgada encima de los tejados.
Jonas estaba de pie junto a la bicicleta sin ruedas, con las manos ocupadas y la cabeza gacha.
—Hola —dije.
—Hola.
—Lo siento muchísimo.
—Yo también.
—No, tú no tienes que...
—Willa. —Levantó la cabeza—. Déjame hablar. Llevo cuatro horas ensayándolo.
Me callé. Él respiró hondo. Se pasó la lengua por los labios secos.
—Me he comportado como un imbécil. Tenía razones para estar enfadado, pero no las formas.
Tú me hiciste un favor enorme sin darte cuenta, y yo te grité en una cocina.
Y lo peor es que... —Se interrumpió—. Lo peor es que lo que me asustó no fue el vídeo.
Fue ver que había dos millones de personas que querían lo que yo quiero.
Que querían mirarte a ti detrás de la cámara.
Y que a mí me dio miedo ser el hombre al que miran, porque nunca lo he sido.
—Jonas...
—Y que tú te vas.
Me quedé inmóvil.
—Dentro de tres semanas. Y de repente el mundo entero me quería, pero yo solo pensaba que en tres semanas tú ibas a coger un avión y yo iba a volver a mi casa con mi planta muerta. —Tragó saliva—. Y eso es lo que me dio rabia. No tú. Eso.
Las lágrimas me habían subido a los ojos sin avisar. Di un paso. Me detuve.
—¿Qué llevas ahí? —pregunté, con la voz rota, señalando la bolsa.
—Pfannkuchen. Sin relleno. —Sonrió con una mueca torcida—. He recorrido cuatro panaderías.
—¿Y el tubo?
Me lo tendió. Era un tubo de cartón, de los de guardar planos.
Lo abrí con los dedos temblorosos. Dentro había un rollo de papel grueso, color crema, que desplegué con cuidado, bajo la luz de la luna y de la farola del patio.
Era un mapa de Berlín. Un mapa antiguo, dibujado a mano, con calles y ríos y parques y puentes, con los nombres en alemán y un cuadrado rojo trazado en rotulador sobre cada sitio que habíamos visitado juntos.
El reloj del mundo. La capilla de Bernauer Straße. Tempelhof. El Späti de Emre. La pensión de Frau Zielke. La casa de Oma Ilse. El Reichstag. Teufelsberg.
Y abajo, en la esquina, escrito a mano, con la letra recta y pequeña de Jonas: «Berlín sin mapa. Para Willa, que se perdió dos veces en la misma línea de metro».
—Lo he hecho esta tarde —dijo—. Tenía el mapa de mi abuela, el del treinta y seis. Lo he copiado.
—¿Has copiado el mapa de tu abuela?
—A mano.
—¿Por mí?
—Por ti.
Lloré. Lloré de verdad, con hipos, con la nariz mocosa, con el mapa aplastado contra el pecho, mientras él se acercaba con los brazos abiertos, sin soltar la bolsa, y me rodeaba con un abrazo desmañado en el que había un olor a pan caliente, a lana mojada, a hombre cansado que ha pasado dos días sin dormir.
Le hundí la cara en el pecho. Él me besó el pelo. Me acarició la espalda con una mano.
—Perdóname —murmuró.
—Perdóname tú.
—Los dos.
—Los dos.
—¿Y los donuts?
—Los donuts, también.
Y nos quedamos así, en el patio helado, bajo la luna, con un mapa y una bolsa de panecillos sin relleno, hasta que la ventana de la planta baja se iluminó de golpe y se oyó una voz ronca y clara que gritó, en un inglés magnífico:
—¡KESSLER! ¡Te dije por la puerta!