Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Escribías con mucha rabia. Se oía desde el pasillo.

Willa cogió los folios con las manos temblorosas.

Se sentó sobre el hormigón, bajo el círculo de luna, con las piernas cruzadas, y yo me senté a su lado, con la linterna entre los dos.

Empezó a leer. En voz baja, moviendo los labios.

Yo no le miré la cara. Miré la grieta del techo, el cielo violeta, una estrella.

Pasaron diez minutos. Quince. No hubo más sonido que el pasar de las hojas, el crujido del papel y su respiración.

Cuando levanté la vista, tenía los ojos cerrados y las mejillas mojadas.

Sostenía contra el pecho el último folio, el que terminaba con el abrigo de pana y las gafas enormes cruzando un puente.

—Es buenísimo —dijo.

—Es una primera versión.

—Es buenísimo, Jonas. —Abrió los ojos—. Es lo mejor que he leído en mi vida. Y no he leído tanto.

—Tienes que decirme dónde se me va la mano.

—No. Hoy no. Hoy te digo que es buenísimo y punto. —Dejó los folios sobre el suelo, con cuidado, y se puso de rodillas frente a mí—. Y que quiero hacerte el amor en esta cúpula inmensa y absurda.

Aguanté la respiración.

—Hay una hora —dije—. Y Lenz.

—Lenz ha dicho que no toquemos los cables.

—Eso ha dicho.

—No pienso tocar ningún cable.

Se quitó el abrigo. Después el jersey, los vaqueros, las botas, en un montón desordenado sobre el suelo, y yo extendí mi abrigo de lana verde sobre el hormigón como si fuera una alfombra, un gesto absurdo y caballeresco que le arrancó una sonrisa.

Se arrodilló encima, con la espalda iluminada por el chorro de luna, desnuda, con la piel de gallina por el frío, y alargó las manos hacia mí.

—Ven aquí —susurró.

Fui. Me desnudé deprisa, torpe, tropezando con las perneras del pantalón, y cuando me incliné sobre ella, el cuerpo entero me temblaba.

Su piel estaba helada. Le tomé las manos entre las mías y se las calenté con el aliento.

Le besé las muñecas, los codos, los hombros pecosos.

Ella cerró los ojos y se dejó hacer, con la cabeza ladeada y la boca entreabierta, mientras yo bajaba despacio por su cuerpo, centímetro a centímetro, besándole la clavícula, el esternón, la curva suave de los pechos.

Se los chupé con calma. Con los labios, con la lengua, con los dientes, hasta que los pezones se le pusieron duros como cuentas y ella arqueó la espalda y soltó un gemido que la cúpula recogió y multiplicó en un coro de gemidos que nos envolvieron como un océano.

—Dios —jadeó.

«Dios... ios... os...».

—Esto es muy raro —dije contra su piel.

—Es magnífico. Sigue.

Seguí. Le besé el vientre, el ombligo, el hueso de la cadera, y le abrí las rodillas con las manos, y me hundí entre sus muslos.

Estaba empapada. La lamí despacio, con la lengua plana, de abajo arriba, y su sabor me llenó la boca, un sabor dulce y salado que ya empezaba a conocer, y ella se agarró a mi pelo con las dos manos y dijo mi nombre, y la cúpula lo repitió, una vez, diez veces, cien, una letanía de «Jonas, Jonas, Jonas» que me recorrió la espalda como una descarga.

—No pares —suplicó—. No pares, no pares.

No paré. Le rodeé el clítoris con la punta de la lengua, en círculos lentos, y luego la chupé con los labios, con una presión suave y constante, mientras deslizaba dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba.

Willa gemía sin pudor, con la cabeza echada hacia atrás, con los muslos temblando alrededor de mis hombros, con las caderas moviéndose contra mi boca.

Sentí cómo se tensaba. Cómo se apretaba alrededor de mis dedos.

Aceleré el ritmo, con la lengua, con los dedos, hasta que ella gritó, un grito largo y agudo que atravesó la bóveda y salió por la grieta del techo y se perdió en el bosque, y se corrió con un temblor que le recorrió el cuerpo entero, aferrada a mi cabeza.

Subí por su cuerpo. La besé. Ella tenía la boca húmeda y los ojos entrecerrados, brillantes.

—Ahora tú —murmuró.

—Todavía no.

—Ahora.

—Willa...

Me empujó sobre el abrigo. Me hizo tumbarme boca arriba sobre la lana áspera.

Se sentó a horcajadas sobre mis caderas y alargó la mano hasta su pantalón y encontró el preservativo, y me lo puso con una destreza que no tenía hace cuatro días.

La luna le dibujaba el pelo con un contorno de plata.

Se alzó sobre las rodillas, me tomó con la mano, y descendió sobre mí con un gemido largo, lento, hasta tenerme dentro del todo.

Cerré los ojos. Era cálida, estrecha, resbaladiza, y me rodeaba con una presión tan perfecta que me flaquearon los brazos.

Ella se quedó quieta un segundo, respirando hondo, con las manos apoyadas en mi pecho.

Después empezó a moverse. Al principio despacio, con una ondulación lenta de caderas, y yo le agarré los muslos con las manos y la acompañé, y la cúpula nos devolvió el sonido de nuestros cuerpos, cada jadeo, cada roce de piel, cada respiración, con una nitidez deslumbrante y obscena.

—Mírame —le pedí.

Abrió los ojos. Me miró. Con la boca entreabierta, con el pelo cayéndole sobre los hombros, con el pecho subiendo y bajando.

Me incorporé hasta quedar sentado, con ella en mi regazo, con las piernas enroscadas a mi cintura, pegados de pecho a pecho, de frente a frente.

Le agarré las caderas y la ayudé a subir y bajar, más hondo, más rápido, y ella me abrazó el cuello con los dos brazos y me mordió el hombro y gimió contra mi piel.

—Te quiero —dijo, en un jadeo—. Te quiero, te quiero, maldita sea.

—Willa.

—Te quiero.

—Willa, yo...

—Ya lo sé.

Se corrió otra vez, con un gemido sordo, con todo el cuerpo apretado contra el mío, con las uñas clavadas en mis hombros, y la presión de sus contracciones me arrastró con ella.

Me hundí en su cuello. Me deshice con un gruñido profundo, con las manos hundidas en su espalda, con el nombre de ella en la boca, en un idioma o en otro, no sé, y la cúpula entera tembló con nuestro nombre.

Nos quedamos abrazados, sudando, con el corazón desbocado, mientras las voces iban apagándose arriba, en la bóveda, una por una.

Fuera, a lo lejos, el mastín de Lenz empezó a ladrar.

—Creo que nos ha oído —dijo Willa, con la cara escondida en mi cuello.

—Nos ha oído medio Berlín.

—¿Crees que Lenz...?

—Lenz ha tenido que oírlo. Lleva treinta años escuchando sin que nadie lo sepa. Es su trabajo.

Willa se echó a reír. Una risa temblorosa y completa que me sacudió el pecho, y yo la abracé más fuerte, y nos quedamos así, bajo el círculo de luna, con el sudor enfriándose en la piel, mientras el viento silbaba por la grieta del techo y una lechuza respondía a lo lejos.

* * *

Nos vestimos despacio, entre besos y protestas por el frío.

Willa recogió los treinta y un folios del suelo, los alisó contra el pecho, los metió en la carpeta con muchísimo cuidado.

Yo recogí mi abrigo, lleno de polvo y de pelos de gato que no sé de dónde habían salido.

Bajamos por la escalera de caracol cogidos de la mano, sin hablar, con la linterna oscilando entre los dos.

En la plataforma intermedia, ella se detuvo.

—Jonas.

—¿Sí?

—Tengo que contarte una cosa.

—Dime.

—No te lo he dicho antes porque no sabía cómo. —Respiró hondo, con los ojos fijos en los escalones—. Ayer por la mañana, en tu cocina, escribí a mi jefe. Le pedí tres semanas más de permiso. Esta tarde, mientras tú preparabas lo de Lenz, me ha contestado.

—¿Y?

—Dice que soy la mejor higienista que ha tenido en veintidós años de consulta. Que tendrá que contratar a dos para sustituirme. Y que si no le traigo chocolate alemán, me despide.

Me quedé inmóvil.

—Tres semanas —dije.

—Tres semanas. —Levantó la vista—. Y esta tarde, mientras tú hablabas con Lenz, entré en la web de la aerolínea. Cambiar el billete cuesta trescientos ochenta euros. Es una barbaridad. Es casi todo lo que me quedaba.

—Willa.

—Lo cambié.

Se hizo un silencio breve. Yo tenía la linterna en la mano, y una escalera que bajaba en espiral, y delante de mí una mujer con la nariz roja de frío y el flequillo pegado a la frente, mirándome con los ojos muy abiertos y la barbilla levantada.

—Lo cambié —repitió—. Salgo dentro de tres semanas. Y tú tienes cinco para entregar ese capítulo y la conclusión. Así que se acabó el tiempo de pensar. Este tiempo es de... lo que sea. Lo que estemos haciendo. Y de trabajar.

—Tres semanas —dije otra vez, como un idiota.

—Tres semanas.

La abracé. Con los brazos y con el cuerpo entero, con la cara hundida en su pelo, apretándola contra mí con tanta fuerza que ella soltó una queja ahogada.

No dije nada. No me hizo falta. Detrás de nosotros, desde la cúpula vacía, la luna entraba por la grieta y dibujaba en el suelo de hormigón un círculo de luz blanca, perfecto, tranquilo.