Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 8
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Capítulo 8

Frau Zielke me sirvió tres huevos duros, una montaña de pan negro y una taza de té con una autoridad tal que me sentí obligado a comérmelo todo, aunque tenía el estómago cerrado desde hacía doce horas.

Estábamos los tres en la cocina de la pensión, una habitación diminuta con un hule de cuadros rojos en la mesa, una radio apagada sobre la nevera y una ventana por la que entraba una luz grisácea y tímida.

Willa, sentada frente a mí, se había puesto el único jersey limpio que le quedaba, uno verde con renos que le quedaba grande, y evitaba mirarme.

Yo evitaba mirarla a ella. Entre los dos, la anciana movía una cuchara dentro de su taza con parsimonia, mirándonos alternativamente.

—Cuarenta euros —dijo.

—Aquí tiene —contesté, y saqué dos billetes de veinte, que dejé sobre el hule con las dos manos.

—Cuarenta y cinco. Con el edredón.

—¿Qué le ha pasado al edredón?

—Tiene una mancha.

Willa soltó un ruidito estrangulado y se escondió detrás de la taza. Le puse un billete de cinco encima de los otros. Frau Zielke se los guardó en el bolsillo del delantal sin contarlos.

—Bien —dijo—. Ahora hablamos.

—Frau Zielke...

—Cállate, Kessler. Hablo yo. —Dejó la cuchara—.

Tu padre arregló mi reloj en mil novecientos ochenta y siete.

Un reloj de pared de mi madre. Había que cambiar un muelle y no se encontraba la pieza en toda la parte oeste.

Tu padre tardó seis semanas y no me cobró nada.

Años después, cuando se fue a Hamburgo, vino a despedirse.

Me dijo: «Señora Zielke, mi hijo se queda en Berlín con su abuela.

Si algún día pasa por aquí, no le deje solo».

Me quedé inmóvil.

—Eso no puede ser —dije—. Mi padre jamás me dijo que pasara por aquí. Ni siquiera sabía que yo...

—Tu padre era un hombre muy callado —me interrumpió—.

Pero no tonto. —Se encogió de hombros—. Yo cumplo mis promesas.

Por eso te estoy dando de comer. Y por eso, Willa Brennan —se volvió hacia ella con una severidad repentina—, tú te quedas en mi pensión todo el tiempo que necesites.

Sin pagar de más. Pero con las visitas por la puerta.

Willa levantó la cabeza con los ojos enormes.

—¿Cómo sabe que me quiero quedar?

—Los huéspedes que se compran un billete de vuelta no leen la guía de visitas de la ciudad a las dos de la madrugada. —Se levantó, apoyando las manos en la mesa—. Ni preguntan en la recepción cuánto cuesta un mes de alquiler.

—Yo no he...

—Erich te vio.

El gato, sentado en la nevera, entornó los ojos con una expresión de profunda desaprobación. Willa se puso roja hasta las orejas y yo bajé la vista a mi plato para que no me viera sonreír.

* * *

Ese mismo día, a media tarde, entregué el número cuatro de la lista de Willa, los espías de Berlín (nocturno), con una pequeña modificación del itinerario que no figuraba en el folleto.

Salimos en el S-Bahn hasta Grunewald, una parada tranquila en mitad de un bosque, con un andén de piedra y un reloj de pared parado a las seis y diez.

Caminamos por un sendero de grava entre abedules y pinos, bajo un cielo que iba oscureciéndose poco a poco, mientras yo le explicaba que el bosque era uno de los más grandes de la ciudad y que en él se había construido, en los años treinta, una escuela militar que los nazis diseñaron como símbolo del poder del Reich.

—¿Y qué pasó con ella?

—La bombardearon. Y después no pudieron derribarla. Era demasiado sólida. Tuvieron que taparla.

—¿Taparla con qué?

—Con escombros. De toda la ciudad. —Señalé hacia arriba, por entre los árboles, donde una colina oscura se alzaba contra el cielo violeta—.

Setenta y cinco millones de metros cúbicos de ruinas.

Todo lo que quedó de Berlín después de la guerra lo trajeron aquí en camiones y lo apilaron encima de la escuela, durante veinte años. Y cuando acabaron, plantaron árboles.

—Una montaña hecha de casas.

—Una montaña hecha de casas.

Willa se quedó mirando la colina con la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos.

Se le había soltado el pelo de la goma y tenía el flequillo pegado a la frente por el esfuerzo de la subida.

Yo caminaba a su lado con una carpeta de cartón bajo el brazo y el corazón martilleándome de una manera que no tenía nada que ver con la cuesta.

En la cumbre de aquel montículo artificial, bajo las ramas, se alzaban cuatro cúpulas blancas, enormes, que parecían pelotas de golf gigantescas abandonadas por una raza de titanes.

Eran las antenas de la estación de escucha de los americanos.

Durante treinta años, desde esas cúpulas, los técnicos de la NSA habían interceptado las comunicaciones de todo el bloque del Este, sentados en cuartos sin ventanas con cascos y cintas magnéticas.

Hoy están vacías, con las paredes cubiertas de grafitis de colores, ventanas rotas y una escalera de caracol que sube al tejado.

Herr Lenz nos esperaba junto a la verja, con un mono azul de trabajo, una linterna colgando del cinturón y un mastín negro y enorme tumbado a sus pies.

Tenía sesenta años y los brazos tatuados hasta los codos con anclas y sirenas.

Había sido mi profesor de alemán en la escuela, antes de convertirse en guarda del recinto, y era el único hombre de Berlín que me trataba como a un adolescente.

—Kessler —gruñó.

—Herr Lenz.

—Llegas tarde.

—Hemos tardado en el tren.

—Mentiroso. —Se hizo a un lado, dejándonos pasar—. Una hora. Ni un minuto más. Si viene alguien de la fundación, no os conozco. —Me miró con severidad bajo las cejas espesas—. Y no toquéis los cables.

—Claro que no.

—Y la chica que no se acerque a la barandilla del último piso.

—Estoy aquí —dijo Willa.

—Ya la veo. —Herr Lenz la examinó de arriba abajo con unos ojos azules y sombríos, y al final asintió con una brevedad aprobatoria—. Tiene pinta de ser sensata.

—Es lo que dice mi madre —contestó Willa.

—Lo que dice tu madre es verdad. —Silbó al perro, que se levantó con un gruñido de mal humor, y se alejó por el sendero—. Una hora. Gute Nacht.

* * *

Subimos por la escalera de caracol de la cúpula más grande, con una linterna en la mano que Lenz me había prestado, entre paredes pintadas de rostros, de ojos enormes, de monstruos de colores.

Willa iba delante de mí. Yo le miraba la nuca, el cuello, las pecas, la curva de los hombros bajo el abrigo, y pensaba en lo difícil que era subir una escalera detrás de ella sin tropezar.

Al final de la escalera había una plataforma metálica y una puerta abierta, y al cruzarla nos encontramos en el interior de una esfera hueca y blanca, con el suelo de hormigón desnudo y el techo curvo, altísimo, repleto de manchas de óxido y de pintura descolorida.

La luz de la luna entraba por una grieta del techo.

En el centro, un círculo perfecto de claridad plateada.

Willa se quedó plantada en el umbral con la boca abierta.

—Madre mía —murmuró, y la bóveda se llevó sus tres palabras, las estiró, las dobló, las lanzó contra las paredes y nos las devolvió convertidas en una voz profunda, coral, interminable: «madre mía... madre mía... mía...».

Se rió. Y la risa se multiplicó en mil risas diminutas que se perseguían por la cúpula y se apagaban poco a poco.

—¡Hola! —gritó.

«Hola... hola... ola... a...».

—¡Soy Willa Brennan! —Abrió los brazos y giró sobre sí misma en el círculo de luz de luna—. ¡De Pittsburgh! ¡Higienista dental!

«Dental... ental... al...».

—¡Estoy enamorada de un historiador!

Se tapó la boca de golpe con las dos manos, con los ojos como platos. La cúpula repitió su frase, entera, despacio, tres veces, cada vez más lejos, cada vez más suave, hasta quedar convertida en un murmullo que se perdió en la grieta del techo.

Yo me había quedado inmóvil con la linterna en la mano.

—Yo... —empezó ella, sin quitarse las manos de la cara—. Eso ha salido solo. No era... es una forma de hablar. Es la cúpula, que...

—Willa.

—Es la cúpula, que...

—Willa. —Dejé la linterna en el suelo. Crucé el círculo de luz, la tomé de las muñecas, le aparté las manos de la boca—. ¿Lo has dicho en serio?

—No lo sé.

—Willa.

—No lo sé, Jonas. —Tenía los ojos llenos de lágrimas, brillantes, enormes, y sonreía con una mueca temblorosa—. Hace seis días que te conozco. Es de locos. Ni siquiera sé cómo se escribe tu apellido. Pero cuando he gritado eso, ha sonado... verdadero. Y me ha dado un miedo horrible.

—A mí también —dije.

—¿Qué?

—Me da miedo. Me da un miedo horrible. —Le sujeté la cara entre las manos, con los pulgares sobre sus pómulos húmedos—.

Yo no te lo habría dicho todavía. Habría esperado un mes.

Dos. Habría escrito un informe con tres fuentes antes de decírtelo.

Pero lo sé desde el día del pañuelo. Desde que me preguntaste qué sentía.

—Jonas...

—Estoy enamorado de una higienista dental de Pittsburgh —dije, en voz alta, en medio de la cúpula, con los ojos clavados en los suyos.

«Pittsburgh... urgh... gh...».

—Eso ha salido muy mal —añadió la cúpula, con la voz de Willa, mucho más suave—. Eso... eso no ha salido muy bien.

Los dos nos echamos a reír. Con las frentes pegadas, con los cuerpos temblando, y la risa multiplicándose a nuestro alrededor, rebotando contra el hormigón, llenando la esfera blanca de un coro de voces idénticas.

Ella me rodeó el cuello con los brazos. Me besó.

Y la bóveda guardó el sonido de aquel beso, un chasquido húmedo, y nos lo devolvió, y nos besamos otra vez para oírlo.

—Tengo que enseñarte una cosa —dije, cuando por fin logré separarme—. Antes de que se me olvide.

Abrí la carpeta de cartón. Dentro había treinta y un folios impresos esa mañana en la biblioteca de la universidad, con tinta ya algo corrida, llenos de tachones y flechas en rotulador azul. Se los tendí.

—¿Qué es?

—El capítulo seis.

—¿Ya? ¿Treinta y una páginas?

—Escribí doce la noche que te dormiste en el sofá. Y diecinueve ayer, en la mesa de mi casa, mientras tú escribías no sé qué correo.

—Yo no escribía nada.