Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Necesitamos ruido. Ahí hay una radio.

Sobre la cómoda había un transistor viejo, de plástico marrón, que Frau Zielke había dejado «por si acaso». Lo encendí. Sonó una canción de acordeón, alegre, estridente, con un coro de voces alemanas que cantaban sobre las montañas. Subí el volumen lo justo.

—Esto es lo más ridículo que he hecho en mi vida —murmuré.

—Es muy erótico.

—¡Es una polca!

—Para mí es muy erótico.

—Eres un enfermo.

—Eso no te lo discuto.

Me quité el camisón. Lo dejé caer al suelo con un gesto que pretendía ser sensual y que se quedó enganchado en mi oreja, y Jonas soltó una carcajada ahogada, y yo se lo lancé a la cara.

Pero cuando se lo quitó, cuando me vio de pie delante de él, completamente desnuda, con la luz del patio dibujando mi silueta en la pared, se quedó callado.

Se incorporó sobre los codos. Sus ojos grises me recorrieron entera, sin prisa, como si me aprendiera de memoria.

—Eres... —empezó, y no terminó.

—¿Qué?

—Eres lo más bonito que he visto jamás.

Me ardió la cara. No contesté. Me subí a la cama, a horcajadas sobre él, y le quité los pantalones y los calzoncillos con las dos manos, y cuando lo vi, duro y tenso contra su vientre, me mordí el labio inferior. Él cerró los ojos.

—Hoy mando yo —murmuré.

—Como quieras.

Me incliné. Le besé el vientre, la línea de vello oscuro que bajaba desde el ombligo, los huesos de la cadera.

Le pasé la lengua por la ingle, despacio, sintiendo cómo se le contraían los músculos bajo mi boca, y él soltó un gemido sordo, de garganta, que se perdió entre la polca.

Lo tomé con la mano. Lo rodeé con los dedos, caliente, sedoso y duro como una piedra, y lo lamí de la base a la punta, una vez, con la lengua plana, saboreando la sal de su piel, y luego lo envolví con la boca.

—Willa —jadeó, con la voz quebrada—. Dios. Willa.

Subí y bajé despacio, apretando los labios, con la lengua dando vueltas alrededor del glande, con una mano aferrada a su base.

Él se agarraba a las barras de hierro de la cama, con los nudillos blancos, con los muslos tensos, empujando las caderas hacia arriba sin querer, con pequeños gemidos entrecortados que me recorrían el cuerpo como corrientes eléctricas.

Estaba tan mojada que me caía por los muslos.

Me gustaba. Me gustaba oírlo así, deshecho, sin su voz de funcionario y sin sus datos, con el pecho agitado y la boca entreabierta. Me gustaba saber que era yo.

—Para —suplicó—. Para. Voy a...

—Todavía no.

Me incorporé. Me limpié la boca con el dorso de la mano.

Alargué el brazo hasta su pantalón, que había quedado enganchado en el borde de la cama, y encontré en el bolsillo el envoltorio plateado, y se lo puse yo, despacio, con los dedos temblorosos, mirándolo a los ojos.

Él me miraba como si no pudiera creer lo que veía.

Me coloqué sobre él. Apoyé las manos en su pecho.

—¿Lista? —murmuró.

—Siempre.

Me hundí sobre él, lentamente, centímetro a centímetro, con un jadeo largo que no pude contener.

Estaba tan lleno, tan duro, tan hondo. Los dos nos quedamos quietos un segundo con la respiración entrecortada.

Le sentí latir dentro de mí. Él me agarró las caderas con las dos manos, con los dedos hundidos en mi carne, y yo empecé a moverme.

Al principio despacio, con círculos lentos de cadera, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sintiendo cada centímetro de él, cada vena, cada pulso.

Luego más rápido. Subía y bajaba, con las manos apoyadas en su pecho, con los pechos balanceándose y los muslos temblando de esfuerzo, y la cama empezó a chirriar con un ritmo constante que la polca de la radio disimulaba a medias.

Jonas me miraba. Tenía las pupilas dilatadas, la boca abierta y el sudor le brillaba en las sienes.

Me deslizó un pulgar entre los muslos y encontró el punto exacto, ese pequeño nudo de nervios que me hacía ver estrellas, y empezó a dibujar círculos firmes, rápidos, al mismo compás que mis caderas.

—Así —gimió—. Así, Willa. Mírame.

Lo miré. Con los ojos nublados, con el pelo pegado a la frente, con todo el cuerpo ardiendo.

Sentí cómo el placer se me acumulaba en el vientre, cada vez más tenso, más apretado, como un resorte, y le clavé las uñas en el pecho, y él gruñó, y me embistió desde abajo, con fuerza, con un golpe hondo que me arrancó un grito.

—¡Chis! —siseó él, riéndose.

—¡No puedo!

—¡Frau Zielke!

—¡Que se joda Frau Zielke!

Se rio y yo me reí y sentí cómo esa risa se mezclaba con el placer y lo hacía más grande, más desordenado, más mío.

Me incliné sobre él. Le besé la boca, con los pechos pegados a su pecho, con las caderas moviéndose a un ritmo frenético, y él me abrazó con fuerza, con una mano en la nuca y otra en la espalda, y me susurró al oído en alemán algo que sonaba a plegaria.

Me corrí con un temblor largo, con la cara hundida en su cuello, mordiéndole el hombro para no gritar.

Me recorrió una oleada de contracciones, una detrás de otra, y mis muslos se aflojaron y se tensaron y volvieron a aflojarse.

Él me sostuvo. Me agarró las caderas con las dos manos y empujó una, dos, tres veces, hondo, con un gemido ronco que le sacudió el pecho, y se deshizo debajo de mí, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor.

Y entonces ocurrió.

Un crujido seco. Un chasquido de madera. Y de repente, con una lentitud casi cómica, el somier de la cama se partió en dos por la mitad y los dos nos hundimos en el colchón con un estruendo que estoy segura de que se oyó hasta en Pittsburgh.

Nos quedamos inmóviles. Yo encima de él, desnuda, con el pelo revuelto y una pierna colgando por un lado. Él debajo, con los ojos muy abiertos, mirando el techo. La polca seguía sonando en la radio.

—Se ha roto —dijo Jonas.

—Lo sé.

—La cama de Frau Zielke.

—Lo sé.

—Estamos muertos.

—Lo sé.

Abajo se oyó un golpe seco, de bastón o de escoba contra el techo. Y luego una voz, ronca, clara, helada, que atravesó el suelo de madera:

—¡WILLA brENNAN!

Nos miramos. Y nos echamos a reír. Sin poder parar, con la cara enterrada en el hombro del otro, con las lágrimas rodándonos por las mejillas, abrazados entre los restos del somier, mientras la polca terminaba y empezaba otra y Frau Zielke subía las escaleras con un taconeo de guerra.

La puerta se abrió sin llamar. Frau Zielke apareció en el umbral con la bata de flores, una redecilla en el pelo, la escoba en una mano y el gato Erich en el hombro, que nos miró con un rencor indecible.

Recorrió con la vista la habitación: la cama hundida, el camisón en el suelo, los pantalones colgando de la lámpara, el hombre desnudo bajo el edredón, la americana desnuda sobre el hombre.

Se hizo un silencio larguísimo.

—Cuarenta euros —dijo al fin.

—¿Perdone? —balbuceé.

—La cama. Cuarenta euros. Es un somier de mil novecientos cincuenta y dos. No se encuentra otro.

—Se lo pagamos —dijo Jonas, con la voz estrangulada—. Por supuesto. Y le pedimos mil disculpas.

—Kessler.

—Frau Zielke.

—¿Tu madre sabe que estás aquí?

—No, señora.

—Mejor. —Frau Zielke asintió con la cabeza muy despacio, mirando el techo—. Gerhard también rompió una cama. En el sesenta y nueve. En la pensión de mi tía. Tardamos tres días en que nos perdonaran.

—¿Y los perdonaron? —pregunté.

—Nos casamos. Fue más fácil.

Me tapé la cara con el edredón. Jonas hizo un ruido ahogado que parecía una tos.

—Mañana desayunáis conmigo los dos —sentenció la anciana, con la escoba como un cetro—. A las ocho. Hay huevos. Y Kessler: por la puerta. No por la ventana. Esto no es un teatro.

Se dio media vuelta. Salió. Cerró con delicadeza. Desde la escalera, mientras bajaba, la oímos murmurar algo en alemán, y después, con toda claridad, una risa seca y ronca, de fumadora, que fue apagándose piso a piso.

Jonas y yo nos miramos en la penumbra, con los restos del somier clavándosenos en la espalda.

—Creo que le caes bien —dije.

—Creo que me va a matar.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Se rio. Le besé la sien. Sobre la cómoda, la radio emitía una canción lenta, con un clarinete. Fuera, por la ventana abierta, un tranvía cruzaba la ciudad vacía con un campanilleo apagado.

Abajo, alguien dio un portazo. Erich se había quedado en el umbral. Entró con paso lento, trepó a lo que quedaba de la cama y se instaló sobre la cabeza de Jonas, con las patas recogidas, como un sombrero.

—Willa —murmuró Jonas, sin moverse.

—¿Sí?

—Hay un gato en mi cabeza.

—Ya lo veo.

—Me juzga.

—Todos te juzgamos —dije, y apagué la luz.