Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 7
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Capítulo 7

La videollamada de mi madre entró justo cuando yo tenía la boca llena de pan negro con queso y una camiseta de Jonas por toda ropa.

Estaba sentada en la encimera de su cocina, con las piernas colgando, el móvil apoyado contra la tetera y el sol de la mañana entrando de lado por la ventana.

Jonas dormía en el dormitorio, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y la cara hundida en la almohada.

Yo había salido de puntillas, porque me desperté con hambre y con una sensación de felicidad tan intensa que me daba pudor, y me puse a hurgar en sus armarios en busca de algo comestible.

Y entonces el móvil empezó a vibrar sobre la madera con la foto de mi madre en la pantalla: Carol Brennan, de cincuenta y ocho años, con su permanente gris y sus gafas de cadena, mirando la cámara demasiado de cerca.

Descolgué. Casi me atraganto.

—¡Willa! —gritó la pantalla—. ¿Me oyes? ¿Me ves? Colin, ven, que sale. ¿Estás en un sótano?

—Estoy en una cocina, mamá.

—¿De quién?

—De... de una persona.

—¿Qué persona?

—Una persona amable. Una señora mayor que me ha alojado. —Me tragué el pan—. Frau Zielke. Te hablé de ella.

—Pareces sofocada.

—Es el calor. Tienen calefacción central.

—Colin, que dice que tiene calefacción central. —Mi hermano apareció detrás de ella, con la gorra de los Pirates y un cuenco de cereales—. Hola, Willa.

—Hola, Colin.

—¿Qué tal los alemanes?

—Muy bien. Son muy educados.

—Mamá cree que te han secuestrado.

—No me han secuestrado.

—Llevas cuatro días sin llamar.

—He mandado mensajes.

—Los mensajes no son llamadas. Los mensajes los puede mandar cualquiera. —Mi madre acercó tanto la cara a la cámara que le vi el interior de la nariz—. Dime tres cosas que has visto.

Me quedé pensando. Una mujer que llora delante de una ventana de metal con fotos de muertos. Un perro que se come un paracaídas de ositos de goma. Un anciano de pijama de rayas aplaudiendo con las palabras.

—Un reloj muy grande —dije—. Un campo de aviones. Y una torre de televisión que le da la vuelta a la cruz de un Papa.

—¿Una qué?

—Es una historia larga.

—¿Y has comido bien?

—Muy bien. Tarta de ciruelas.

—¿Has conocido a alguien?

El pan se me quedó a medio camino de la garganta. Detrás de mi madre, Colin dejó de masticar.

—He conocido a muchas personas —dije—. Una anciana. Un dueño de tienda. Unas inglesas.

—Las inglesas no cuentan.

—Mamá...

—Willa Brennan. —Mi madre entornó los ojos—. Tienes color.

—¡Que todo el mundo me diga eso!

—Porque es verdad. Estás rara. Estás... —Buscó la palabra—. Muy contenta.

—Estoy de vacaciones.

—Tú en vacaciones nunca estás contenta. Te pones nerviosa. Haces listas.

—Pues esta vez no he hecho ninguna.

Silencio en Pittsburgh. Mi madre me miraba con el ceño fruncido y los labios apretados.

Colin había dejado el cuenco sobre una repisa.

Y yo, con el corazón dándome saltos, comprendí que no podía mentirle del todo a la mujer que me había parido y que además tenía un radar contra las mentiras que habría hecho la envidia del Pentágono.

—Mamá —dije—. He pensado en quedarme un poco más.

—¿Cuánto más?

—No lo sé. Dos semanas. Tres.

—¿Y tu trabajo?

—Voy a hablar con el doctor Feldman.

—¿Y el dinero?

—Tengo un poco.

—¿Y la vuelta? ¿Y el billete?

—Se puede cambiar.

—¿Con qué dinero?

—Mamá...

—No, Willa. Escúchame. —Se apartó las gafas de la nariz con los dedos—.

Yo no tengo nada contra que te diviertas.

Pero tú eres una chica sensata. Siempre has sido una chica sensata.

Y las chicas sensatas no cambian un billete de avión en mitad del mundo por un...

—hizo una pausa teatral— por un impulso.

—No es un impulso.

—¿Y qué es?

No contesté. Detrás de mí, en el pasillo, oí el crujido de unos pies descalzos sobre la madera. Volví la cabeza. Jonas estaba en el umbral de la cocina, en calzoncillos, con el pelo disparado en todas direcciones y los ojos entrecerrados, mirándome con una expresión de bobalicona incredulidad.

—Guten Morgen —murmuró.

Mi madre, a seis mil kilómetros, soltó un grito.

—¡Willa Brennan! ¡Hay un hombre!

—Mamá, tengo que colgar.

—¡Hay un hombre en calzoncillos!

—Es el casero. Estaba reparando una tubería.

—¡Colin! ¡Es el casero!

—Adiós, mamá. Te quiero. Os llamo.

Colgué. El móvil quedó apoyado contra la tetera. Jonas y yo nos miramos. Él se rascó la nuca.

—¿Esa era tu madre?

—Esa era mi madre.

—¿Soy un casero?

—Estabas reparando una tubería.

—Qué rápida eres.

—Es un talento natural. —Me llevé las manos a la cara—. Voy a morir. Mi familia me mata.

Él se acercó. Me quitó las manos de la cara una por una. Tenía los ojos todavía hinchados de sueño y una marca de la almohada en la mejilla, y sonreía de una manera nueva, ancha, sin la mitad de las barreras con las que había empezado la semana.

—¿Quieres quedarte? —preguntó.

—No lo sé.

—Has dicho tres semanas.

—He dicho muchas cosas.

—Willa.

—Quiero. —Me salió muy bajito—. Quiero. Pero me da miedo.

—A mí también —dijo él, y me besó.

* * *

Tardé tres horas en escribirle el correo al doctor Feldman, que es mi jefe y el hombre más tranquilo del hemisferio occidental.

Lo escribí y lo borré cuatro veces. Al final mandé una versión corta, seca y sin adornos en la que explicaba que por motivos personales urgentes necesitaba tres semanas más de permiso sin sueldo, y que si no podía ser entendería que tuviera que buscar a otra persona. Pulsé «Enviar» con los ojos cerrados.

Luego llamé a Dana. Contestó al primer tono, con la voz aburrida y ansiosa de una semana entera tumbada.

—Cuéntamelo todo —dijo—. Desde el principio. Sin saltarte nada. Con detalles. Con muchos detalles.

Se lo conté todo. Casi. Las partes que se pueden contar por teléfono, que fueron unas cuantas, y también las que no, porque Dana me conoce lo bastante como para leerme los silencios.

Gritó cuando le hablé del pañuelo y del perro.

Lloró cuando le conté lo de Bernauer Straße.

Se rio tanto con la historia del señor Brandt que tuvo que decirme que se le estaba moviendo la lenteja de la risa y que el médico le había prohibido reírse.

—Dime la verdad —dijo, cuando recobró el aliento—. ¿Estás enamorada?

—No. —Me eché a reír—. No. Es una locura. Hace cinco días que lo conozco.

—Willa.

—No lo sé.

—Willa Brennan.

—Estoy... a punto de cometer una tontería —admití—. De las gordas. De las que no se arreglan.

—¿Y te apetece?

Cerré los ojos. Desde la ventana de mi cuarto, en la pensión, entraba el ruido de un tranvía y una melodía lejana de acordeón. Erich dormía sobre mi maleta, enroscado en una bola gris.

—Muchísimo —dije.

—Entonces la cometes —sentenció Dana—. Para eso te compré el billete.

* * *

La regla de Frau Zielke era que no entraban visitas después de las nueve de la noche. Ni hombres ni mujeres ni parientes ni ángeles. La puso por escrito, en un cartel de cartón colgado en la entrada, con letra gótica y una amenaza final subrayada dos veces: «Quien incumpla, a la calle».

Eso explica por qué, a las once y diez de aquella noche, Jonas Kessler, historiador, guía turístico y doctorando a medias, estaba subiendo por la escalera de incendios del patio trasero de una pensión de Kreuzberg con un paraguas en la mano y un gorro de lana calado hasta las cejas.

Yo lo esperaba asomada a la ventana del segundo piso, con el corazón en la garganta.

Era una ventana estrecha, de marcos blancos, que daba a un patio interior con cubos de basura y una bicicleta sin ruedas.

Las luces de las demás habitaciones estaban apagadas.

Abajo, en la planta baja, Frau Zielke veía en voz baja un concurso de la televisión alemana, y se oía el murmullo del presentador y las risas enlatadas del público.

—¡Chis! —susurré.

—¡Estoy chis!

—¡No hagas ruido!

—¡No hago ruido!

El peldaño crujió. Los dos nos quedamos quietos, mirando hacia abajo, hacia la ventana iluminada de la planta baja.

Nada. Jonas siguió subiendo con una concentración absoluta, con los ojos muy abiertos y la lengua entre los dientes, hasta que su cabeza asomó por el alféizar.

Alargué los brazos. Le agarré del abrigo.

Tiré. Cayó dentro de la habitación con un golpe sordo, de espaldas sobre la alfombra, y se quedó mirando el techo con las manos abiertas y el gorro torcido.

—Ya estoy —dijo.

—Eres un ladrón pésimo.

—Soy un historiador. No tengo experiencia en robos.

—Shh. —Me tiré encima de él, a horcajadas, con las rodillas a ambos lados de sus caderas—. Silencio.

—No estoy diciendo nada.

—Lo estás pensando muy fuerte.

—Es que estás... —Su mirada recorrió mi cuerpo, despacio, y se detuvo en el camisón de algodón blanco, el único que tenía, con un pequeño lazo en el cuello, y se le fue la voz—. Estás preciosa.

—Este camisón es de oferta.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida.

—Mientes.

—Willa. —Me agarró por las caderas. Sus manos eran grandes y calientes—. Cállate un momento y bésame.

Lo besé. Con ganas, con hambre, con las manos hundidas en su pelo.

Le quité el gorro. Le quité el abrigo. Le saqué el jersey por la cabeza, enganchándosele en las orejas, y los dos nos reímos contra la boca del otro, sin hacer ruido, con el cuerpo temblando de risa contenida.

Debajo del jersey llevaba una camiseta gris.

Se la quité. Pasé las palmas por su pecho, por las costillas, por esos hombros anchos y pálidos que ya empezaba a conocer, y bajé las manos hasta la cintura del pantalón y me detuve.

—Willa.

—Dime.

—¿Estás segura de que esto es buena idea? Con Frau Zielke abajo.

—No.

—Entonces...

—Pero lo voy a hacer igual. —Le desabroché el cinturón—. Y tú también.

Se rio con los hombros. Se le oscurecieron los ojos. Y esa noche, por primera vez, fui yo la que dio las órdenes.

Lo arrastré hasta la cama. Era una cama estrecha, de hierro forjado, con un colchón fino y un edredón de plumas, y cuando lo empujé sobre ella soltó un chirrido que nos paralizó a los dos. Esperamos. Abajo, el presentador contaba un chiste. Nadie subió.

—Radio —susurré.

—¿Qué?