Capítulo 6 #2
—Las inglesas se las apañan solas. Chantelle ya tiene su ficha. —Tiró de mí—. Vamos a tu casa.
* * *
Dos horas después estaba sentado en el sofá hundido de mi salón con el portátil abierto sobre las rodillas, Willa tumbada a mi lado con la cabeza apoyada en un cojín y los pies en mi regazo, descalza, con un jersey mío puesto y el vestido azul doblado sobre una silla.
Habíamos cenado pan con queso. Yo había hecho té.
Ella había encontrado una manta en un cajón y se había tapado hasta la barbilla.
—Léemelo —dijo.
—No.
—Léemelo en voz alta.
—Es malo.
—Eso lo decidiré yo.
—No tienes ni idea de historia.
—Tengo idea de lo que es una cosa mal contada. —Me clavó un dedo del pie en el muslo—. Léemelo. Ahora mismo. Es una orden.
Respiré. Pasé la pantalla hasta el principio del capítulo cinco, las últimas páginas que había escrito hacía más de dos años, y empecé a leer.
Mi voz sonaba rara en la habitación vacía, demasiado formal.
Leí sobre la vida cotidiana en los bloques de viviendas del Este, sobre las listas de espera de siete años para conseguir un coche, sobre los sistemas de vigilancia vecinal.
Leí datos, cifras, citas de archivos. Leí fuentes entre paréntesis.
Cuando terminé la tercera página, levanté la vista. Willa tenía los ojos cerrados.
—¿Te has dormido?
—No. Estoy pensando.
—¿Y?
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Sí.
—Es como una limpieza dental con anestesia —dijo, sin abrir los ojos—. Todo está perfecto y no he sentido nada.
—Eso es muy cruel.
—Es lo que hay. —Se incorporó, con la manta enrollada sobre los hombros, y me miró—. Escribes como hablas en los tours cuando eres un cabrón con un cartel. Muy bien, muy correcto, muy lleno de fechas. Pero te has dejado fuera lo que me dijiste en Bernauer Straße.
—¿Qué dije?
—Lo de tu abuela. Lo de Dieter. Que la bisabuela no volvió a abrazarlo. Que tu abuela lo vio cruzar el puente con un abrigo de pana y gafas enormes, y que no lo reconoció hasta que dijo su nombre. —Me puso una mano en la rodilla—. Eso me dejó sin respiración. Y no está aquí.
—Es una anécdota familiar. No es historia.
—¿Y qué es la historia, Jonas? —preguntó, con una suavidad que me quitó el aire—. ¿Una lista de fechas? ¿Ciento ochenta y cuatro páginas de gente que no es nadie? A mí me contaste a una niña de ocho años a la que le tapiaron la ventana de su casa. Eso no es una anécdota. Eso es la tesis.
Me quedé inmóvil. Con las manos sobre el teclado, con el cursor parpadeando al final de una frase sobre las cuotas de producción de la industria textil en la Alemania del Este en mil novecientos setenta y siete, mirando una pantalla que de repente me pareció una pared que alguien había empezado a derribar con un mazo.
—Escribe eso —dijo Willa.
—No sé cómo.
—Cuéntamelo a mí. Como me lo contaste. Y escríbelo mientras me lo cuentas.
—Willa...
—Venga.
Y lo hice. No sé cómo. Abrí una página en blanco, bajo el encabezado del capítulo seis, y empecé a hablar.
Le conté el sábado de agosto en que mandaron a un niño de cinco años a casa de una tía, a veinte metros, con un jersey de lana a rayas.
Le conté las ventanas tapiadas, las ventanas que una niña de ocho años miraba cada tarde desde un cuarto piso, con la frente pegada al cristal, para ver si alguien se asomaba al otro lado.
Le conté el abrigo de pana, las gafas, el puente.
Las palabras empezaron a salir una detrás de otra, sin que yo las eligiera, y los dedos corrían por el teclado con una velocidad que no recordaba, y a mi lado Willa escuchaba con la barbilla apoyada en las rodillas y de vez en cuando decía «sí», o «sigue», o «eso no, eso es una frase de archivo, vuelve a lo del puente».
No sé cuánto tiempo pasó. Se hizo de noche del todo. En algún momento ella apoyó la cabeza en mi hombro, y en algún momento después su respiración empezó a ser más lenta y más pesada, y me di cuenta de que se había dormido contra mí, con la mejilla sobre el jersey y una mano cerrada sobre mi manga.
Seguí escribiendo. Con cuidado de no moverme.
Con la lámpara de pie proyectando un círculo amarillo sobre las páginas, con las ventanas oscuras y un tranvía que pasaba muy de vez en cuando por la calle de abajo.
Escribí hasta que el cielo empezó a ponerse gris por los bordes.
Escribí doce páginas. Eran malas. Eran torpes, con frases de más y datos sin pulir.
Pero eran mías, estaban vivas, y cuando las releí con el primer rayo del amanecer sobre la mesa, noté una cosa que llevaba dos años sin notar.
Ganas de seguir.
Cerré el portátil con mucha delicadeza. Levanté a Willa en brazos, dormida, ligera, con la manta colgando, y la llevé a mi cama.
La tapé. Le aparté el pelo de la cara. Ella murmuró algo en sueños, un nombre, el de su amiga, y se dio la vuelta hacia la pared, y yo me quedé allí de pie, junto a la cama, mirando cómo subía y bajaba su espalda bajo la colcha.
Pensé en un hombre en un árbol y en un soldado que cruzó un terreno para darle la mano.
Me tumbé a su lado, vestido, sin tocarla. Y por primera vez en dos años, dormí.