Capítulo 6
Las nueve inglesas de Leeds habían reservado el recorrido por Kreuzberg rellenando un único formulario, con un único nombre, y yo no me enteré de que no eran una sola persona hasta que las vi aparecer por la esquina de la Kottbusser Tor cantando.
Cantaban a coro, desafinadas y felices, una canción que no reconocí.
Llevaban bandas rosa fosforito cruzadas sobre el pecho con la palabra «Novia» o «Dama» o «Mala influencia» escritas en purpurina, sombreros de vaquera con una pluma rosa, y la que iba delante, una rubia alta con tacones imposibles y una tiara de plástico, llevaba además en la mano un pene hinchable de metro y medio que agitaba como un estandarte.
—¿Kessler? —gritó, a veinte metros—. ¿Jonas Kessler?
—Sí.
—¡Somos las de las diez entradas!
—Son nueve.
—¡Una se ha rajado! ¡Se ha puesto de parto! ¡Una cosa muy fea! —Llegó hasta mí, me estrechó la mano con las dos suyas y me miró de arriba abajo con los ojos entornados—. Tú eres mucho más guapo que en la foto. Chicas, es mucho más guapo que en la foto.
—Gracias —dije, y me volví hacia Willa con una súplica silenciosa.
Willa estaba a mi lado, con las manos en los bolsillos del abrigo y una expresión de seriedad absoluta que tenía las comisuras de la boca temblando como cuerdas de guitarra.
Había llegado a las cuatro en punto, con el pañuelo bordado en el bolsillo del pecho y el vestido azul marino bajo el abrigo, y había estado a punto de irse a la otra acera cuando se enteró de la composición del grupo.
—Hola —dijo en inglés, a las nueve—. Yo soy la... —me miró de reojo— décima.
—¡Una americana! —chilló la de la tiara—. ¡Chicas, hay una americana! ¡Es la décima! ¡Hay que adoptarla!
No tuve tiempo de reaccionar. En tres segundos, Willa tenía puesto un sombrero de vaquera rosa, una banda que decía «Invitada sorpresa» y un colgante con forma de pene de goma, y las nueve chicas la rodeaban con los móviles en alto sacándose fotos.
Ella me miró por encima de las cabezas. Articuló, sin voz, una frase que entendí perfectamente: «No me mires así. Es culpa tuya».
—¡Venga, guapo! —dijo la de la tiara, que se llamaba Shaz y era la dama de honor—. ¡Enséñanos Alemania!
* * *
Hay muchos modos de contar Kreuzberg y yo los conozco casi todos, pero ninguno había sido pensado para un público que bebe cava en botellines de plástico y exige canciones.
Empecé donde siempre empiezo, en el Kotti, ese bloque de hormigón de los setenta con forma de barco varado.
Les expliqué que Kreuzberg era un barrio del Berlín Oeste rodeado por el muro por tres de sus lados, una isla pegada a la frontera donde nadie quería vivir, y que por eso los alquileres eran tan baratos que se llenó de gente que no encajaba en ningún otro sitio: obreros turcos que habían llegado en los sesenta a trabajar en las fábricas, estudiantes, punks, okupas, objetores que huían del servicio militar, artistas sin dinero, y una mujer que durante veinte años vivió sola en un edificio abandonado con un loro.
—¿Y qué le pasó al loro? —preguntó una.
—Aún vive. Tiene cuarenta y ocho años.
—¡Qué fuerte! —exclamó otra.
—¿Qué come? —preguntó una tercera.
—Todo.
Hubo un murmullo de aprobación general. Al fondo, Willa se llevó el colgante de goma a la boca para taparse la risa.
Yo carraspeé y seguí. Les conté lo de las revueltas de mayo del ochenta y siete, con los coches en llamas y los adoquines por el aire.
Les conté cómo la policía había cercado el barrio entero durante dos días.
Les conté que en las casas ocupadas de la Mariannenplatz se había construido una cultura de resistencia sin plan, a base de asambleas interminables y tazas de té.
—¿Y hoy? —preguntó Shaz, sacando un cigarrillo electrónico—. ¿Qué hay ahora?
—Ahora hay bares.
—¡Bares! —aullaron al unísono, y yo comprendí que había cometido un error.
Pero me salvó la visita al Baumhaus, la casa del árbol del muro, que fue lo que las calló a todas de golpe.
Está en un trozo de terreno triangular, a orillas del Spree, pegado a lo que fue la franja de la muerte.
Cuando el muro se construyó, trazaron la línea de modo que ese pedazo de tierra, que pertenecía técnicamente al Este, quedó encajado del lado de la frontera donde ya no podían llegar los soldados.
Nadie lo reclamó. Estuvo años abandonado, lleno de basura.
Hasta que un obrero turco llamado Osman Kalın, que vivía en el bloque de enfrente, empezó a limpiarlo.
Plantó verduras, árboles, un huerto. Y en el ochenta y cinco construyó, con tablas recogidas de las obras y con ayuda de sus vecinos, una casa en lo alto de un olmo, con una escalera de mano y una ventana redonda, justo delante de la alambrada.
Las nueve inglesas miraron el pequeño edificio de madera torcida con la boca entreabierta.
—¿Y los soldados? —murmuró una—. ¿No le decían nada?
—Le miraban. Desde las torres. Todos los días, durante cuatro años, un hombre en un árbol a veinte metros. —Puse la mano en la valla—. Él les hacía un gesto con la cabeza cada mañana, a la hora de regar. Se saludaban. Cuando cayó el muro, uno de los soldados cruzó el terreno y le estrechó la mano.
Nadie dijo nada. El Spree pasaba oscuro y lento. Un perro ladró a lo lejos.
La novia, Chantelle, una morena bajita de ojos enormes que no había abierto la boca en toda la tarde, empezó a sollozar. Primero en silencio, luego con hipos.
—Es que es tan bonito —logró decir—. Tan bonito. Y yo me caso el sábado con un hombre que ni siquiera sabe cómo se llama mi madre.
Se oyó un gemido colectivo. Nueve mujeres con sombreros rosas se abalanzaron sobre ella y la envolvieron en un abrazo, y Willa, con el colgante de goma colgándole del cuello, se abrió paso hasta el centro y le puso las manos en los hombros.
—Eh —le dijo, en voz baja y firme—. Eh. Mírame. Respira.
—No puedo.
—Sí puedes. Cuéntame. ¿Cómo se llama tu madre?
—Dorothy.
—¿Y él cómo la llama?
—«La suegra».
—Bueno. Eso se arregla. —Willa sacó un paquete de pañuelos de papel del bolsillo y se lo tendió—.
Tienes cuatro días para enseñarle. Hazle una ficha.
A mí me funciona con los pacientes. Nombre de tu madre, nombre de tu hermano, comida favorita, miedo principal.
Si no se lo aprende, le pones un examen.
—¿Un examen?
—Un examen oral. En la boda.
Chantelle soltó una carcajada húmeda y se sonó la nariz con mucho ruido, y las demás aplaudieron.
Yo me quedé a un lado, con las manos en los bolsillos, mirando cómo Willa se ocupaba de una desconocida ocuparse de una desconocida como se había ocupado de mí sin que yo me diera cuenta.
Se me hizo un nudo ancho y caliente en el pecho.
Lo reconocí con espanto. Era el nudo de no querer que nada terminara.
* * *
Acabamos en el Späti de Emre, como era de esperar, porque las nueve inglesas habían decidido que querían probar «una cerveza alemana de verdad» y yo no tuve fuerzas para llevarlas a ningún otro sitio.
Emre las recibió con los brazos abiertos y con las neveras rebosantes.
En diez minutos, la acera de la Oranienstraße parecía una fiesta de fin de curso: botellas, risas, una canción a medias, Shaz bailando sobre una caja de plástico con el pene hinchable.
Yo salí a la esquina para respirar. Saqué el móvil del bolsillo. Había estado en silencio toda la tarde, para que no sonara durante el recorrido.
Siete llamadas perdidas, todas de un número que conocía de memoria. Y un mensaje de voz.
Me quedé mirando la pantalla. Noté cómo el estómago se me encogía.
Lo escuché de pie, con el teléfono pegado a la oreja y la otra mano apoyada en la pared de una peluquería cerrada.
La voz de Marlene Haas, mi directora de tesis, la mujer que me había dirigido cinco años de doctorado con una paciencia que yo no merecía, sonaba en el auricular seca y cansada, con el acento de Baviera que nunca había perdido:
«Jonas, soy Marlene. Es la séptima vez que te llamo esta semana y la primera que te dejo un mensaje, porque creo que ya es hora de ser clara.
El comité del doctorado se reúne dentro de cinco semanas.
Tengo que presentarles el estado de tu expediente.
Hoy, tal como está, el expediente dice que llevas dos años sin entregar nada.
Si no tengo en mis manos el capítulo seis y la conclusión antes de esa reunión, voy a tener que votar a favor del cierre.
No es una amenaza. Es un trámite que yo no quiero hacer. Llámame. Por favor».
Colgué. Guardé el móvil. Seguí mirando la peluquería, con el cartel de «Haarstudio Gül» sobre la puerta, hasta que noté que me ardían los ojos.
—¿Estás bien?
Willa estaba a mi lado. No la había oído acercarse. Se había quitado el sombrero rosa, pero todavía llevaba el colgante de goma sobre el vestido, y tenía las mejillas coloradas del frío y de la cerveza. Me miraba con la cabeza ladeada.
—Sí.
—Mientes fatal.
—Estoy bien.
—Jonas.
—Es una tontería. Es... una cosa del trabajo.
—Del trabajo de verdad o del trabajo que no haces.
No contesté. Willa dio un paso y apoyó la espalda contra la pared, a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Se quedó en silencio. Yo escuché a Shaz cantar a lo lejos y a Emre reír.
—Me dan cinco semanas —dije al fin, y la voz me salió de un lugar muy hondo—. Para entregar el capítulo que no he escrito y la conclusión. Si no lo hago, cierran el expediente.
—¿Y eso qué significa?
—Que todo lo que he hecho en cinco años deja de existir. Que no habrá doctorado. Que se acabó.
—Ah.
—Eso es todo.
—¿Y puedes?
—No lo sé.
—¿Quieres?
Me volví hacia ella. Tenía la cara muy cerca. Me miraba sin ninguna prisa, con aquellos ojos color miel tan limpios, sin piedad y sin lástima, esperando de verdad una respuesta.
—No lo sé —repetí—. Eso es lo que más me asusta.
Ella asintió con la cabeza, despacio. No dijo «todo irá bien». No dijo «seguro que puedes». Alargó la mano, me cogió la mía, la que tenía apoyada en la pared, y la apretó.
—Vámonos de aquí —dijo.
—Tienes que volver con las inglesas.