Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Comimos. Primero una sopa de patata con salchicha y mejorana, que estaba tan buena que a punto estuve de llorar.

Después las Königsberger Klopse, que Oma Ilse sirvió en una fuente de porcelana con una cuchara de plata, y que eran, sin discusión, mejores que las de Jonas.

Después una ensalada de pepino con eneldo.

Después una tarta de manzana con nata. Cada vez que yo vaciaba un plato, aparecía otro delante.

Cada vez que intentaba rechazar uno, la señora levantaba el bastón y lo dejaba caer con un golpe sordo sobre la alfombra y decía: «Tu madre no te enseñó a comer».

—Mi madre me enseñó a comer de más —respondí.

—Eso es otra cosa.

—Estaba buenísimo, de verdad. Nunca había comido nada igual.

—Es verdad —admitió, con una satisfacción feroz—. No es modestia, es hecho.

Y entonces empezó el interrogatorio. No fue un interrogatorio normal, de esos con luz de flexo y pregunta directa.

Fue un asalto por sorpresa, oblicuo y metódico, con la servilleta en el regazo y la cuchara en la mano.

Cuántos años tenía yo. Si tenía hijos. Si quería hijos.

Si mi madre vivía. Si mi padre trabajaba.

Cuánto ganaba una limpiadora de dientes en América.

Si me gustaba mi trabajo. Si tenía casa propia.

Si tenía deudas. Si había estado casada. Si había estado a punto.

Yo respondí. A todo. Con una franqueza que me sorprendió a mí misma. Treinta y dos, no, no sé, sí, bueno, a veces, sí, mucho, alquilada, sí, bastantes, no, una vez, casi. Jonas fue encogiéndose en su silla hasta convertirse en una bola de lana verde con ojos.

—Oma, por favor.

—Calla.

—Está pasando de la raya.

—Soy una anciana. Me corresponde pasar de la raya.

—¿Y cuánto tiempo te quedas en Berlín, Willa? —me preguntó entonces, con una dulzura repentina.

El silencio que se hizo en la mesa fue breve pero sin fisuras. Jonas dejó de masticar.

—Hasta dentro de siete días —dije.

—Ya.

—Tengo un billete de vuelta.

—Ya lo sé.

—Y el trabajo. Y mi...

—Ya lo sé, hija. —Dejó la cuchara sobre el plato con un tintineo mínimo—. No te estoy preguntando por qué. Te pregunto cuánto.

—Siete días.

—Entonces tenemos que aprovechar. —Se puso en pie con un impulso que no esperaba de ella, apoyándose en el bastón—. Ven. Te voy a enseñar una cosa. Jonas, tú te quedas recogiendo la mesa.

—Oma...

—Recoge.

La seguí. Cruzamos un pasillo estrecho tapizado de fotografías hasta una habitación pequeña con una máquina de coser antigua, un costurero de mimbre y una mecedora junto a una ventana que daba a un patio interior con un castaño.

En la pared de enfrente colgaba un retrato grande de un niño de cinco años con un jersey de lana a rayas y el flequillo cortado a tazón.

—Dieter —dijo ella, sin mirar el cuadro.

—Jonas me lo ha contado.

—Murió hace tres años. Un infarto, mientras podaba un rosal. Estuvimos veintiocho años separados y después treinta y cuatro juntos. —Se sentó en la mecedora con un crujido de madera—. Me parece una cuenta justa.

—Lo siento mucho.

—No lo sientas. Tuvo una vida. —Abrió el costurero y sacó un aro de bordar con un trozo de tela blanca. Con una destreza que daba vértigo, hizo pasar una aguja con hilo rojo por la tela—. Siéntate.

Me senté en el taburete de la máquina de coser.

—Mi nieto —dijo sin levantar la vista— tiene miedo.

—¿Miedo de qué?

—De todo. Desde pequeño. —El hilo rojo subía y bajaba—.

No lo parece. Parece un hombre duro, que no habla.

Pero es el niño más asustadizo que he conocido.

Tenía miedo a la oscuridad, a los perros, a los exámenes.

Y luego creció y su miedo se escondió y se hizo más grande.

Tiene miedo de no acabar lo que empezó. Tiene miedo de que lo que escriba no valga nada.

Tiene miedo de quedarse solo. —Hizo una pausa—.

Y yo, que llevo cuarenta años rezando para que alguien le haga reír, estoy oyendo esta mañana por teléfono cómo se ríe una mujer en su cocina.

Me quedé inmóvil.

—Oma Ilse...

—Déjame terminar. —Dio un tirón firme al hilo—. Tú te vas. Me parece bien. Tienes una vida. No te estoy pidiendo que te quedes. —Levantó la vista y me clavó aquellos ojos pálidos, translúcidos, penetrantes—. Te pido que no lo conviertas en un recuerdo.

—No entiendo.

—Un recuerdo de viaje. Un souvenir. De esos que se compran en un puesto del aeropuerto y se guardan en un cajón.

Una historia divertida para contar en la cena.

«¿Te acuerdas del alemán aquel que conocí en Berlín?

». No te pido que lo quieras. Te pido que, si lo quieres, lo quieras de verdad.

Y si no, que lo sueltes ahora, mientras sea fácil.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Y pensé que aquella mujer diminuta, de metro cuarenta y siete, con un delantal de tulipanes, había visto levantar un muro y había pasado veintiocho años sin hablar con su hermano, y sabía mejor que nadie lo que era perder a alguien por una frontera.

—No lo sé —dije, con la voz quebrada—. De verdad que no lo sé. Hace cuatro días no sabía ni cómo se pronunciaba su apellido.

—Es una respuesta honesta.

—Es la única que tengo.

—Es la mejor. —Dejó el aro de bordar sobre mi regazo—. Termina eso.

Lo miré. En la tela blanca había una letra inacabada, una «W» a medias, con puntadas pequeñas y apretadas de hilo rojo. Debajo había un cuadrado de tela doblado, un pañuelo de algodón con el borde ya festoneado.

—¿Es para mí?

—Un perro se comió el último, según me han contado. Es una pena. —Se encogió de hombros—. Termina la «W». Yo no puedo con la curva. Me tiembla la mano.

Cogí la aguja. Me temblaban los dedos casi tanto como a ella. Pasé el hilo rojo por la tela, tiré, volví a pasar. La curva me salió torcida. Oma Ilse la miró con un gesto crítico y asintió.

—Mejor que mi nieto —dijo—. Él cose los botones con celo.

Me eché a reír. Y entonces la anciana se rio también, una risa pequeña, entrecortada, seca como papel, y nos quedamos las dos en aquella habitación llena de hilos, con un castaño dorado al otro lado de la ventana y el retrato de un niño con flequillo de tazón mirándonos desde la pared.

* * *

Jonas nos esperaba en el rellano, con el abrigo puesto, los hombros caídos y una expresión de fatiga absoluta. Oma Ilse nos despidió con un beso seco en cada mejilla y una orden para su nieto: «Come más». A mí me dijo, tomándome la cara entre las manos duras y arrugadas: «Vuelve mañana».

—Vendré —prometí.

—Y trae el pañuelo.

Bajamos en el ascensor de rejilla sin hablar, uno frente al otro, mirándonos con los ojos llenos de preguntas. Jonas tenía la mandíbula tensa. Yo apreté el pañuelo bordado contra el pecho.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó al fin.

—Cosas.

—Willa.

—Que cocinas los botones con celo.

Soltó una carcajada breve, ronca, descolocada, y apoyó la espalda contra la pared del ascensor con las manos en la cara.

—Me va a matar.

—No. Te quiere.

—Es lo mismo.

Salimos a la calle. Soplaba un viento frío que arrastraba hojas amarillas por la acera. Jonas desató la bicicleta de una farola y la sostuvo para que yo me sentara en el portabultos, y cuando me senté me rodeó la cintura con un brazo por detrás, rápido, y me besó la sien.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—A trabajar.

—¿A trabajar?

—Tengo una reserva a las cuatro. Kreuzberg, la isla. Es el número cinco de tu lista.

—Ah. —Me agarré a su abrigo—. Entonces vamos a trabajar.

Y pedaleó. Y yo me agarré a él con las dos manos, con el pañuelo todavía apretado entre los dedos y la calle desfilando a los lados, y no volví a pensar en mi billete de vuelta hasta pasadas dos horas.