Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 5
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Capítulo 5

El señor Brandt me estaba esperando en el rellano con un plato de tarta de ciruelas y una expresión de inocencia tan absoluta que supe de inmediato que lo había oído todo.

Yo acababa de abrir la puerta del piso. Llevaba puesta la camisa de cuadros de Jonas, que me llegaba a medio muslo, mis vaqueros de la noche anterior en una mano y los calcetines de lana en la otra, y el pelo en un estado que solo puede describirse como una amenaza meteorológica.

Pensaba bajar a la calle de puntillas, por la escalera, sin cruzarme con nadie.

Pero allí estaba él, de pie en la puerta de enfrente, con un pijama de rayas azules planchado con raya, unas zapatillas de fieltro y un audífono enorme en la oreja derecha, sosteniendo el plato con las dos manos como un monaguillo.

—Guten Morgen —dijo.

—Guten Morgen —contesté, con una vocecita muy aguda que no reconocí.

—Streuselkuchen. —Me tendió el plato—. Para la energía.

—Gracias. Muchas gracias. Es usted muy amable.

—Ich habe nichts gehört.

—¿Perdone?

—Que no he oído nada —tradujo, en un inglés lento y cuidadoso, mirando al techo—. Nada. Absolutamente nada. Estaba durmiendo. Tengo el audífono apagado desde las diez.

Se llevó una mano a la oreja, tocó el aparato, y vi con toda claridad cómo el diminuto piloto verde seguía encendido. Me miró. Le miré. Los dos sonreímos.

—Pero fue una noche muy bonita —añadió—. Para mí. Si usted me entiende. Mi esposa, que en paz descanse, también gritaba así. Los primeros años.

Detrás de mí se oyó un ruido seco, como de una frente golpeando contra un marco. Jonas había salido al rellano en calzoncillos y con una camiseta del revés, con los ojos hinchados y el pelo de punta, y se había quedado petrificado en la puerta.

—Herr Brandt —dijo, con una voz que podría haber cortado el cristal—. Por favor.

—Jonas. —El anciano le dedicó un gesto de la cabeza, solemne y satisfecho—. Buen trabajo.

—Gracias.

—Un poco de ruido con la cama, pero buen trabajo.

—Herr Brandt...

—Los muelles de esa cama ya los conozco —continuó, sin ninguna prisa—. Cuando se mudó, le dije que cambiara el somier. Me dijo que no hacía falta. Ahora ve usted. —Alzó un dedo hacia mí con una gravedad científica—. Hace falta.

Yo ya no podía más. Me tapé la boca con la mano libre y dejé escapar un resoplido por la nariz, y Jonas me lanzó una mirada de pánico absoluto, y el señor Brandt sonrió de oreja a oreja con la dentadura postiza reluciente y nos dio las buenas tardes en dos idiomas, aunque eran las nueve de la mañana, y se metió en su casa cerrando la puerta con mucha parsimonia.

Nos quedamos allí. Un plato de tarta entre los dos y un silencio de metro y medio.

—Tengo que mudarme —dijo Jonas.

—No. Es un hombre maravilloso.

—Me ha oído hacer el amor.

—Te ha aplaudido.

—Con palabras. Me ha dado las gracias con palabras. Después de que yo...

—Jonas.

—¿Qué?

—Cállate y bésame. —Dejé el plato en el suelo, junto al felpudo, y le agarré la camiseta del revés por las costuras—. Tengo la boca llena de aliento de mañana y no me importa.

Me besó con todo el cuerpo apoyado en el marco de la puerta.

Él tenía el sabor de la noche, caliente y amargo, y yo le rodeé el cuello con los brazos hasta que se me olvidó que estábamos en un rellano con la luz de la escalera encendida, y a lo lejos, por la cerradura del vecino, se oyó una tosecita muy poco disimulada.

* * *

El té de Jonas era marrón oscuro, cargado y amargo, y lo servía en dos tazas desparejadas con un asa rota.

Nos lo tomamos en la cocina, él de pie apoyado en la encimera y yo sentada en una de las dos sillas con las piernas recogidas sobre el asiento y la camisa de cuadros estirada hasta las rodillas.

En la mesa había un trozo de pan negro con queso.

Fuera, una mañana blanca y lisa se colaba por la ventana y le dibujaba la cara con una luz fría, y yo, con la taza entre las manos, pensé que tenía que memorizar aquello. No para contárselo a Dana. Para mí.

—Tengo que ir a la pensión —dije—. Tengo que cambiarme. Esta es la ropa de ayer, y la de anteayer era la de la ciudad de Pittsburgh, y empiezo a ser un peligro biológico.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—Quiero acompañarte.

—Frau Zielke me va a abrir la puerta con una escopeta.

—Entonces razón de más.

Me acompañó. Fuimos en su bicicleta, yo sentada de lado sobre el portabultos de atrás, con las dos manos agarradas al asiento y las piernas colgando, y él pedaleando con una sonrisa de oreja a oreja que le hacía parecer un niño de diez años con una bici nueva.

Era la primera vez que yo recorría una ciudad extranjera subida a una bicicleta ajena.

La calle pasaba a toda velocidad, los tranvías, los coches, los carriles marcados en rojo, una mujer con un carrito de bebé que nos gritó algo, un repartidor de panecillos con la bolsa de papel colgada del manillar.

Me agarré a su cintura. Él se rio. Le sentí reír a través de la espalda, en los pulmones, en las costillas, contra mi pecho.

—¡Estás loco! —le grité al oído.

—¡Es la única forma de moverse en Berlín!

—¡Mi madre no se lo creería!

—¡Tu madre no está aquí!

Y en ese momento fue como si me hubieran quitado de encima un chaleco de plomo que llevaba puesto desde la adolescencia.

Mi madre no estaba allí. Nadie me miraba.

Nadie esperaba nada de mí. Iba subida en la parte de atrás de una bicicleta destartalada con el viento en la cara y un hombre de ojos grises pedaleando delante de mí, y yo me eché hacia atrás, con los brazos abiertos, y grité.

Un grito largo, sin palabras, que rebotó contra las fachadas.

—¡Willa!

—¡No pasa nada! ¡Estoy bien!

—¡Te vas a caer!

—¡Que me caiga!

No me caí. Llegamos a la puerta de la pensión sin una sola caída, con los pulmones ardiendo y las mejillas rojas, y Frau Zielke estaba plantada en el umbral con los brazos cruzados, la bata de flores, el delantal encima y el gato Erich sobre un hombro.

—Siete horas y cuarenta minutos —dijo.

—Lo siento.

—Mi llave se queda a las nueve. Mi cena a las siete.

—Lo sé. Lo siento muchísimo.

—Tu cama está intacta. —Entornó los ojos—. Tienes color.

—Frau Zielke...

—Y tienes un hombre. —Miró a Jonas, que había apoyado la bicicleta contra la pared y se había quedado un paso por detrás, con las manos en los bolsillos y una cara de colegial pillado en falta—. Kessler. Jonas Kessler. Hijo de Peter Kessler, el que arreglaba relojes en la Lausitzer Platz.

—Sí, señora —dijo Jonas.

—Tu padre me arregló un reloj en el ochenta y siete. Todavía funciona. —Hizo una pausa larga—. Tienes sus ojos. Los ojos de un hombre que prefiere no hablar.

—No sabía que conocía a mi padre.

—Yo conozco a todo el mundo. —Se hizo a un lado—. Pasad. Hay té. No pasa nada. Pero que no se repita.

—¿Que no se repita qué? —preguntó Jonas.

—Que mi huésped no duerma en su cama. En mi casa pago un seguro.

Subí a cambiarme. Dejé a Jonas en la cocina, bajo la mirada gélida y pensativa de Erich y los interrogatorios de Frau Zielke, y desde el piso de arriba oí su voz tímida contestando preguntas cada vez más personales: que sí, que su madre vivía en Hamburgo, que no, que no tenía hermanos, que sí, que comía bien, que no, que no fumaba.

Me puse el único vestido que había traído, uno azul marino con cuello de pico y mangas hasta el codo que había comprado en una tienda de saldos pensando en ocasiones que nunca llegaron.

Me peiné con los dedos. Me miré en el espejo del armario y vi a una persona que no me sonaba: las mejillas rosas, los labios hinchados, los ojos brillantes, una marca discreta en el cuello que tapé con el pelo.

Dana me había escrito catorce mensajes. Le contesté con uno solo, de pie junto a la cama: «Me he acostado con él.

Con su vecino de setenta y cinco años escuchando.

Hoy conozco a su abuela. Llámame luego. TE QUIERO».

Mandé el mensaje. Me guardé el móvil. Y bajé las escaleras sintiéndome por primera vez en mucho tiempo ligera, estúpida, perfectamente viva.

* * *

La abuela de Jonas vivía en un edificio de ladrillo claro de la Akazienstraße, con un portal de madera tallada, un ascensor de rejilla que sonaba como un tren de mercancías y un rellano con una alfombra roja desgastada. El piso estaba en el tercero. La puerta se abrió antes de que llamáramos.

Ilse Kessler medía un metro cuarenta y siete y llevaba un bastón de ébano con empuñadura de plata, que no necesitaba, y que usaba como instrumento de puntuación.

Tenía el pelo blanco y abundante recogido en un moño con peinetas, los ojos de un gris tan claro como los de su nieto, las mejillas redondas y arrugadas como una manzana en invierno, y un delantal con tulipanes sobre un vestido de lana granate.

Me miró de la cabeza a los pies. Después miró a Jonas. Después, otra vez a mí.

—Esta es la americana —dijo, en alemán primero y en inglés después, con un acento británico de otra época.

—Esta es Willa, Oma.

—Willa. —Pronunció mi nombre como si me examinara los dientes—. ¿Willa de qué?

—Brennan, señora. Willa Brennan.

—Brennan. Irlandesa.

—Mi bisabuelo era de Cork.

—Católica.

—Mis padres. Yo voy cuando me acuerdo.

—Es un buen principio. —Se hizo a un lado y golpeó el suelo con el bastón—. Pasad. Se enfría la sopa.

El piso era un museo del siglo pasado perfectamente conservado.

Los muebles de caoba estaban cubiertos con fundas de ganchillo, las cortinas de encaje filtraban una luz amarilla, en las paredes colgaban fotografías en blanco y negro con marcos ovalados y en un rincón del comedor, bajo una lámpara de araña, había una mesa puesta para tres con un mantel bordado, copas de cristal y una cubertería de plata que debía de pesar un kilo por pieza.

—Siéntate ahí —ordenó, señalándome una silla—. Jonas, tú a mi lado.

—Oma, ya sé cómo se sienta uno a la mesa.

—Pues siéntate.

Jonas se sentó. Me lanzó una mirada de pánico por encima del salero. Yo le dediqué una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora y que seguramente parecía el gesto de un reo ante el paredón.