Capítulo 4 #3
Tardó un minuto largo en volver. Yo subí por su vientre dándole besos, le besé el ombligo, las costillas, el esternón, y cuando llegué a su boca tenía los ojos cerrados y una sonrisa ancha, sin fuerzas.
—Hola —susurré.
—Hola —respondió ella, con la voz ronca y lenta, recién salida de una piscina—. Eso ha sido... madre mía. No sabía que se podía hacer eso. Yo creía que era una leyenda.
—Hay mucha leyenda en Berlín.
—Cállate. —Me dio un manotazo flojo en el hombro—. Quítate el pantalón. Ahora mismo. Es una orden.
Obedecí. Me quedé desnudo ante ella con una erección que me dolía, y Willa me miró de arriba abajo y se mordió el labio, y alargó una mano hasta rodearme con los dedos.
Cerré los ojos. Tenía la palma pequeña, caliente, y subió y bajó con una lentitud que me hizo apretar los dientes, un pulgar paseándose por la punta, extendiendo la humedad, con una curiosidad golosa que me tenía a punto de perder la cabeza.
—Willa.
—¿Qué?
—Si sigues así, esto se acaba antes de empezar.
—¿Y eso es malo?
—Es muy malo.
—Pues entonces dime qué hago.
Alcancé la mesilla. Saqué un preservativo del cajón, rasgué el envoltorio con los dientes, me lo puse bajo su mirada atenta, y ella se tendió de nuevo sobre la almohada, con las rodillas flexionadas y los brazos abiertos. Me coloqué entre sus piernas. Apoyé la frente en la suya.
—¿Segura?
—Segura.
—Dímelo si te hago daño.
—Jonas. —Me agarró la cara con las dos manos, con los ojos clavados en los míos—. Entra ya.
Entré despacio. Fue una presión lenta, caliente, resbaladiza, centímetro a centímetro, y ella contuvo el aliento y me clavó los dedos en los hombros, y yo me detuve en cuanto estuve dentro del todo, temblando, con los brazos tensos a ambos lados de su cabeza.
Era estrecha. Cálida. Latía alrededor de mí con un ritmo propio, y noté cómo se acomodaba, cómo se relajaba, cómo exhalaba un temblor largo contra mi cuello.
—¿Bien? —logré decir.
—Muy bien.
—¿Me muevo?
—Si no te mueves, te mato.
Me moví. Salí un poco y volví a entrar, con un ritmo lento, hondo, que ella siguió con las caderas levantadas hacia mí, y luego más rápido, a medida que se le iba soltando la voz y empezaba a gemir sin pudor en mi oído, con las piernas enroscadas en mi cintura y los talones clavados en la parte baja de mi espalda.
Le agarré una rodilla y se la subí hasta el pecho para entrar más hondo, y ella soltó un grito agudo y gutural.
Aguanté. Le besé el cuello, la boca, el pezón, las pecas del hombro, y le dije en alemán cosas que ella no entendía y que seguramente era mejor que no entendiera.
Ella me contestó en inglés, con palabras sucias y torpes y encantadoras que nunca habría esperado de esa boca de higienista dental, y yo me reí y gemí a la vez, y la cama empezó a golpear la pared con un ritmo rotundo.
Al otro lado de la pared, un vecino empezó a toser con mucha intención.
—¡Jonas!
—¿Qué?
—¡Tu vecino!
—No pares.
—¡Nos oye!
—Que oiga.
—¡Es un anciano!
—Es un anciano muy educado.
Willa se rio contra mi boca, un cuerpo entero estremecido por la risa y por mis embestidas, y esa vibración me recorrió de la raíz a la nuca, y supe que no iba a aguantar mucho más.
Metí una mano entre los dos. Busqué su clítoris con el pulgar, con círculos rápidos, firmes, al ritmo exacto de mis caderas, y ella abrió los ojos de golpe, con las pupilas enormes.
—Voy a... otra vez... Jonas...
—Dámelo.
—Voy a...
Se corrió con un gemido ronco, estrangulado, y me apretó con tanta fuerza por dentro que lo sentí en cada nervio del cuerpo, y yo me deshice con ella, hundido hasta el fondo, con un gruñido que me salió de las entrañas y la cara enterrada en su hombro.
Me temblaron los brazos. Me temblaron las piernas.
Durante unos segundos largos, el mundo se redujo al peso de su cuerpo bajo el mío, a su respiración desbocada, a las uñas que me recorrían la espalda en pequeños círculos perezosos.
Me dejé caer a su lado. Me quité el preservativo, lo anudé, lo dejé en la papelera. Willa seguía con los ojos cerrados y el pecho agitado, con el pelo pegado a las sienes y las mejillas encendidas.
—Dios —dijo, al fin.
—¿Hay algo que te haya parecido mal?
—Absolutamente nada. —Giró la cabeza sobre la almohada. Tenía los ojos brillantes, desenfocados y felices—. Tienes que patentar eso.
—¿El qué?
—Lo del método científico.
Me eché a reír. Una risa de verdad, de la que me dolía el estómago, con la cara apretada contra su hombro mientras ella me rodeaba con un brazo y se reía a su vez.
Nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas.
Después nos quedamos callados, abrazados, enredados en la colcha, mirando el techo agrietado donde se dibujaban las sombras amarillas de la lámpara.
A través de la pared se oyeron dos golpes secos. Luego, con una claridad perfecta, la voz de mi vecino, el señor Brandt, de setenta y cinco años:
—¡Gut gemacht, Junge!
Willa se tapó la cara con la almohada y gritó de risa. Yo me quedé mirando el techo y por primera vez en mucho tiempo no me hizo falta decir nada más.