Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Le pasé el aparato. Willa se bajó de la encimera de un salto, lo agarró con las dos manos como si fuera una granada y dijo «Hello?

» con una vocecita finísima. Escuché una voz aguda y firme al otro lado, y Willa fue poniéndose seria, asintiendo, diciendo «Yes, ma'am», «No, ma'am», «Seven days.

Eight. Eight days, yes», y finalmente sonrió con una dulzura enorme.

—Ha sido un placer —dijo—. Sí. Gracias por el pañuelo. No, no lo he perdido. Bueno. Lo ha perdido un perro. Es una larga historia. —Escuchó—. Sí. Se lo digo.

Colgó. Me miró.

—¿Qué ha dicho?

—Que eres un buen chico —contestó, con los ojos brillantes— y que como me hagas daño te corta las orejas. Y que mañana a las doce te espera en su casa para comer, y que si quiero, puedo ir.

—No vas a ir.

—Claro que voy a ir.

—Mi abuela te va a destrozar.

—Lo estoy deseando.

Dejé el teléfono en su gancho. Ella seguía mirándome, de pie en medio de mi cocina diminuta, con el vino en las mejillas y el pelo revuelto. Entre los dos había un metro de baldosas amarillas. Ninguno de los dos lo cruzó. Luego los dos a la vez.

La besé contra la nevera. Fue una especie de choque, sin ninguna elegancia, con las bocas abiertas y las manos buscándose a ciegas.

Ella me agarró de la camisa y tiró hacia abajo y me clavó las uñas en la nuca, y yo la levanté por la cintura y la senté sobre la encimera, entre los platos sucios, y me metí entre sus piernas.

Estaba temblando. Yo también. Le hundí la cara en el cuello y respiré, y su piel era tibia, con un sabor salado y un rastro de jabón de hotel, y ella soltó un gemido bajo cuando le mordí la clavícula.

—Jonas.

—Dime.

—Tengo que decirte una cosa.

—Dime.

—Hace un año que no... —Se interrumpió, hundió la cara en mi hombro y soltó una risa nerviosa—. Hace mucho. Voy a hacerlo fatal.

—No vas a hacerlo fatal.

—Podría ser.

—Willa. —Le levanté la barbilla con dos dedos. Tenía los ojos húmedos, las pupilas dilatadas, la boca hinchada de besos—. Si hay algo que no quieras, me lo dices y paro. Si hay algo que quieras, me lo dices y lo hago. Y si no sabes qué quieres, lo averiguamos.

—Eso suena a método científico.

—Soy historiador. Me gusta documentar.

Se rio. Me besó. Y al separarse, con una voz baja y ronca que me desmontó la columna entera, dijo:

—Llévame a tu cama.

La llevé en brazos. Fueron seis pasos hasta el dormitorio y tropecé con la bicicleta, con un zapato y con el marco de la puerta, y ella se reía contra mi cuello, y yo maldecía en alemán, y entre los dos conseguimos no matarnos.

La dejé sobre el colchón. Encendí la lámpara de la mesilla, una luz amarilla, tenue, que le dibujó la cara y el pelo desparramado sobre la almohada, y me quedé de pie delante de ella con el corazón latiendo en los oídos, sin saber por dónde empezar.

—Quítate el jersey —dijo.

Me lo quité. Me miró el pecho, los hombros, el vello oscuro que me baja por el abdomen hasta la cintura del pantalón, y vi cómo se le oscurecían los ojos y cómo se le entreabría la boca.

—Madre mía —susurró.

—¿Qué?

—Nada. Que me gustas. Mucho.

—Ahora tú.

Se incorporó. Se sacó el jersey de lana por la cabeza, y debajo llevaba una camiseta de tirantes fina, gris, ajustada, con la que se le marcaban los pezones, y la camiseta también salió volando.

Quedó con un sujetador de algodón blanco y los hombros salpicados de pecas, y las clavículas, y esa piel pálida y lechosa de pelirroja a medias que me dejó sin aire.

—No es muy sexy —dijo, tapándose con un brazo—. Lo compré en una oferta de tres por dos.

—Es perfecto.

—No lo es.

—Willa. —Me arrodillé en la cama, frente a ella, y le aparté el brazo con suavidad—. Te lo digo en serio. Es lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Le desabroché el sujetador. Sus pechos eran pequeños, redondos, con los pezones de un rosa oscuro, tensos por el frío y la excitación, y bajé la cabeza y se los besé.

Primero uno, con la boca abierta, rodeando la areola con la lengua en círculos lentos, y después el otro, y ella arqueó la espalda con un gemido largo, hundiendo los dedos en mi pelo, y lo tiró con tanta fuerza que me hizo reír contra su piel.

—No te rías —jadeó.

—Perdón.

—Hazlo otra vez.

—¿El qué? ¿Reírme?

—Lo otro.

Lo hice otra vez. Le chupé el pezón con más presión, lo mordisqueé con los dientes, muy suave, y su cuerpo entero se tensó debajo del mío y las caderas se le levantaron de la cama buscando fricción, buscando algo contra lo que apretarse.

Le desabroché los vaqueros. Tiré hacia abajo.

Se los quité junto con las medias de lana, entre risas y maldiciones, y quedó tendida sobre mi colcha vieja con unas bragas azules y nada más, con las rodillas entreabiertas y el vientre subiendo y bajando.

Le puse la palma sobre el muslo. Estaba ardiendo. Fui subiendo despacio, con los dedos abiertos, por la cara interna, hasta rozar la tela de las bragas. Estaban húmedas. Mojadas de verdad, caldeadas, y ella gimió, un sonido áspero y agudo que me atravesó el vientre como un latigazo.

—Ya estás —murmuré.

—Llevo así desde que me besaste en el portal.

—Eso fue anoche.

—Pues llevo veinte horas así.

Le quité las bragas. Me quedé mirándola un momento.

El vello suave y cobrizo, los labios hinchados y brillantes, un temblor fino en los muslos.

Me incliné y le besé la parte interna de la rodilla, el muslo, la ingle, y ella soltó un «Jonas» entrecortado cuando mi boca llegó por fin donde ella quería.

Pasé la lengua despacio, de abajo arriba, un solo recorrido largo y plano, y su sabor, tibio, salado y dulce a la vez, me hizo cerrar los ojos.

Ella gritó. Le sujeté las caderas contra el colchón con las dos manos.

Con la punta de la lengua rodeé el clítoris una vez, dos, tres, luego lo chupé con labios suaves, y ella empezó a decir cosas en voz alta, sin ningún orden, mi nombre, un «sí», un «ahí», un «Dios mío, no pares, no pares», con la voz quebrada y las manos agarrándome el pelo y las sábanas y la almohada.

Deslicé un dedo dentro de ella, despacio, y luego otro, y estaba tan mojada, tan estrecha y caliente, que gemí contra su piel y noté cómo ella se apretaba alrededor de mis dedos.

Curvé las yemas hacia arriba y busqué el punto exacto, ese que hace que el cuerpo se arquee como un arco, y lo encontré.

Willa se quedó sin respiración. Se le tensaron los muslos contra mis hombros.

Seguí con la lengua, con los dedos, con el mismo ritmo implacable, hasta que sentí un espasmo, otro, y una oleada de contracciones me rodeó los dedos con una fuerza que me hizo ver puntitos de luz, y ella se corrió con un grito que debió de oírse en la calle, con la cabeza hacia atrás y el cuerpo entero sacudido, aferrada a mi pelo como si fuera lo único sólido del mundo.