Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 4
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Capítulo 4

Emre me había escrito once mensajes antes de que yo llegara a la esquina de mi calle. Los leí bajo una farola, con el paraguas roto goteándome en el cuello y la boca todavía ardiendo.

«¿Y?»

«¿Y?????»

«Jonasbär, te juro que si no me contestas voy a ir a tu casa con la persiana de la tienda a cuestas».

«Te vi la nuca. Cuando le pasaste el brazo por la espalda para que no pisara el charco. Te vi la nuca ponerse roja desde dentro de la tienda».

«Es la mejor cosa que te ha pasado en tres años y lo sabes».

Contesté con una sola palabra, «Sí», y apagué el móvil.

Vivo en un cuarto piso sin ascensor de Neukölln, en un edificio de techos altos y escaleras que crujen, con una puerta que hay que levantar un poco para que cierre y una bicicleta colgada en el pasillo de entrada porque no cabe en ningún otro sitio.

Dejé el abrigo empapado en el respaldo de una silla, me quité las botas, me serví un vaso de agua del grifo y me quedé de pie en mitad del salón con la luz apagada, mirando las pilas de libros que ocupaban las dos terceras partes del suelo y la mesa de trabajo debajo de la ventana, donde un portátil cerrado cogía polvo desde hacía dos años.

Me senté. Lo abrí. El documento seguía ahí, con el título que había escrito con veintinueve años y una ilusión que me daba vergüenza recordar: «La frontera interior: memoria y vida cotidiana en el Berlín dividido».

Ciento ochenta y cuatro páginas. Faltaba el capítulo seis.

El cursor parpadeaba debajo del encabezado en blanco, en un espacio que yo había mirado tantas noches que ya me parecía una pared.

Pensé en Ida Siekmann. Pensé en una mujer llorando sin ruido delante de una fotografía, con la riñonera torcida y una mancha de mermelada en el cuello, que me había preguntado qué sentía.

Escribí una frase. Después otra. A las tres de la mañana tenía dos páginas, y no eran buenas, y las dejé tal como estaban y me fui a la cama con las manos temblando como si hubiera corrido.

* * *

Willa se presentó en la explanada del Reichstag con un cartel.

Era una cartulina rosa fosforito, de las que se usan en las manualidades de los niños, con una sola palabra en letras enormes y torcidas, escritas a rotulador morado: «KESSLER».

Debajo, en pequeño, había dibujado un corazón con una flecha y lo había tachado con tres rayas furiosas, y luego había escrito «mentira» al lado.

La vi desde lejos. Venía por el césped sosteniéndolo con las dos manos por encima de la cabeza, con el gorro rojo, la riñonera cruzada y una bolsa de papel bajo el brazo, y la gente que paseaba a su alrededor se apartaba para dejarla pasar.

Yo me quedé quieto, junto a un banco, con las manos en los bolsillos.

Hacía un frío seco y claro, con un cielo blanquecino, y me sentía como si llevara tres días sin dormir y sin embargo no había estado nunca tan despierto.

—¡Buenos días, Kessler! —gritó cuando estuvo a diez metros.

—Buenos días.

—He traído desayuno. —Me tendió la bolsa—. Pfannkuchen. Pero con ayuda. Les he preguntado a tres panaderas cuál no llevaba relleno y la tercera me ha mirado como si le hubiera pedido un riñón.

Metí la mano. Había dos bolas de masa, redondas, cubiertas de azúcar. Mordí la mía y estaba rellena de mermelada de ciruela, y levanté la vista, y ella tenía las dos manos delante de la boca y los ojos desorbitados.

—Perdón.

—Tengo mermelada en la barba.

—Perdón, perdón. Es que... se me ha escapado...

—Willa.

—¿Sí?

—Cállate un momento.

Se calló. Aproveché para dar dos pasos, ponerle una mano en la nuca, con el cartel rosa golpeándome el hombro, y besarla.

Una vez, rápido, con la boca todavía dulce.

Ella soltó un sonido ahogado y agarró el abrigo con el puño en el que no llevaba la cartulina, y cuando me separé se tambaleó medio paso.

—Buenos días de verdad —dije.

—Eso ya me gusta más —murmuró.

Hicimos el recorrido. Lo hice de verdad, con todas sus fechas, porque ninguno de los dos sabía cómo parar lo que habíamos empezado sin hacer ruido.

Le enseñé los muros del Reichstag y le conté cómo ardió en el treinta y tres, cómo lo tomaron los soldados soviéticos en el cuarenta y cinco y cómo, aún hoy, dentro del edificio, en las paredes de piedra, se conservan las firmas que escribieron en cirílico con carbón y bayonetas.

«Llegué hasta aquí», decía una. «Kiev—Berlín».

Otra era solo un nombre y una fecha. Willa se quedó leyéndolas con la frente pegada al cristal que las protege, moviendo los labios, tratando de descifrar las letras.

—Es un graffiti —dijo.

—Es el más viejo de Berlín.

—Es como cuando escribimos nuestros nombres en el tronco de un árbol en el campamento de verano. Solo que...

—Solo que acababan de ganar una guerra.

—Solo que eso —admitió ella, y se rio, y a mí me dio un vuelco en el estómago.

Terminamos en un banco frente a la Puerta de Brandeburgo, con las piernas estiradas, mirando pasar a los turistas con los palos de selfie.

Willa se comió su Pfannkuchen en tres bocados, escrupulosamente atenta para que no le cayera nada.

Yo me limpié la barba con una servilleta.

Pasó un grupo de adolescentes, un tipo disfrazado de oso, un ciclista con un perro en la cesta.

—Jonas.

—Dime.

—Me quedan nueve días.

—Ocho. Hoy ya está gastado.

—Ocho, entonces. —Se giró hacia mí. Se había quitado el gorro y llevaba el pelo suelto, revuelto, cobrizo, y tenía las mejillas coloradas de frío y los ojos más claros que nunca—. Y luego vuelvo a Pittsburgh. A mi trabajo, a mis cuatro manzanas de mi madre, a mi vida.

—Lo sé.

—Entonces no sé muy bien qué estamos haciendo.

—Yo tampoco.

—¿Y te da igual?

—No. Me da... —Busqué una palabra y no la encontré en ningún idioma—. Me da miedo. Pero prefiero eso a no hacerlo.

Willa me miró un buen rato. Después se acercó, me cogió la mano que tenía apoyada en el banco, entrelazó sus dedos con los míos y los apretó.

—Quiero ver dónde vives —dijo.

—¿Ahora?

—Esta noche.

—Willa, vivo en un sitio feo.

—Me da igual.

—Hay una bicicleta en el pasillo.

—Me encantan las bicicletas.

—Y una planta muerta.

—Me da pena la planta. Pero vale.

Me reí, y ella se rio, y noté cómo el pulso se me aceleraba en las muñecas, en el cuello, en lugares sin nombre.

—Vale —dije—. Esta noche.

* * *

Llegó a las ocho con una botella de vino que había comprado en el supermercado de la esquina, «porque mi madre dice que no se va a casa de nadie con las manos vacías», y un paquete de ositos de goma para reponer los que se había comido el perro.

Subió los cuatro pisos jadeando y fingiendo que no jadeaba, y se detuvo en el rellano para recuperar el aliento con la espalda contra la pared.

—Tu escalera es una trampa.

—Mi escalera es un gimnasio.

—Tu escalera es un crimen.

Abrí la puerta levantándola por el pomo, como siempre, y Willa pasó delante de mí, y me quedé mirando cómo recorría mi casa con los ojos muy abiertos: la bicicleta colgada del techo, las estanterías torcidas, las pilas de libros, la cocina diminuta con las ollas colgando de unos clavos, el sofá hundido, el mapa antiguo de Berlín enmarcado sobre la mesa con una grieta en el cristal.

—Me encanta —dijo.

—No puede encantarte. Es un desastre.

—Es un desastre con un mapa. —Se acercó al marco—. ¿Esto es de antes del muro?

—Del treinta y seis. Me lo regaló mi abuela cuando acabé el máster.

—¿Y los libros? ¿Los has leído todos?

—Casi todos.

—¿Y esa planta?

—Se llamaba Walter.

—Lo siento mucho.

—Murió con dignidad.

Willa soltó una carcajada que le dobló el cuerpo, y yo me fui a la cocina, para que no me viera la cara, porque se me había puesto una expresión absurda, de bobo, que hacía años que no se me ponía.

Preparé Königsberger Klopse, que es lo único que sé cocinar, una receta de mi abuela de albóndigas en salsa blanca con alcaparras, y ella se sentó en la encimera, con las piernas colgando y la copa de vino en la mano, y me hizo preguntas sin parar, de cada cosa que había en el armario, de cada especia, de cada olla.

Yo respondía mientras removía. Le pregunté a qué se parecía una limpieza dental con sedación, y ella me explicó que el paciente que más la había asustado en su vida fue un luchador de lucha libre que lloraba de miedo cada vez que le acercaba la sonda.

Le pregunté por su familia, y ella me habló de su hermano Colin, y de su padre, que construye casas de madera con las manos, y de su madre, que cree que todo lo que no ocurre dentro de un radio de cinco kilómetros es peligroso.

—Y tú —dijo, hacia las diez, cuando ya habíamos acabado los platos y la botella—. ¿Y tu familia?

—Mis padres viven en Hamburgo. Se separaron cuando yo tenía catorce años. Mi madre tiene un novio que toca el saxofón en los cruceros. Mi padre colecciona relojes. Hablamos por Navidad.

—Qué triste.

—No es triste. Es lo que hay.

—¿Y tu abuela?

—Mi abuela es el centro del mundo.

Sonó el teléfono. Era el fijo, el viejo, el que tengo colgado de la pared de la cocina con un cable espiral, y solo lo usa una persona. Miré a Willa con los ojos cerrados.

—No lo cojas —dijo ella, con una sonrisa maliciosa.

—Tengo que cogerlo. Si no, viene.

—¿Viene? ¿Tiene sesenta y tantos?

—Setenta y tres. Y coge el tranvía.

Descolgué. Fue una conversación en alemán, corta y fulminante. Mi abuela empezó con el saludo habitual, en un tono de inspección, y a los diez segundos soltó una frase que me hizo apretar el auricular.

—Jonas. Estás acompañado.

—No.

—Oigo a una mujer.

—No hay ninguna mujer.

—Se ríe. Una mujer que se ríe como una campana. Pásamela.

—Oma...

—Que se ponga.

Willa, sentada en la encimera, me miraba con los ojos muy abiertos y las manos sobre la boca, aguantándose la risa con todo el cuerpo. Tapé el micrófono con la palma.

—Mi abuela quiere hablar contigo.

—No hablo alemán.

—Ella habla inglés. Mejor que yo.

—¿Y qué le digo?

—Nada. Ríete como una campana.