Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Yo tengo un doctorado sin terminar —dijo, y su voz era tan baja que tuve que inclinarme—.

Cinco años. Me falta el último capítulo.

Llevo dos años sentándome delante del ordenador todos los jueves y no escribo una línea.

Cuento las historias de los muertos en voz alta porque escribir las de los vivos se me da peor.

Mi directora de tesis me llama una vez al mes y yo no le cojo el teléfono.

Mi abuela cree que estoy a punto de entregar. Emre lo sabe, y no se lo dice.

Me quedé mirándolo.

—¿Por qué me lo cuentas a mí?

—Porque tú me has contado lo tuyo.

—Eso no es una razón.

—Es la única que tengo.

Sonreí. Él sonrió. Y la lluvia siguió cayendo.

* * *

Emre cerró a las once. Nos empujó fuera del toldo con la excusa de que tenía que bajar la persiana, me dio dos besos en las mejillas, me regaló una bolsa de regaliz salado «para que sufras en casa» y le murmuró algo a Jonas al oído que no entendí, pero que le puso la nuca roja.

Caminamos hasta mi pensión bajo un único paraguas negro y roto que él sacó de la mochila, y que apenas daba para uno.

Íbamos pegados, hombro con hombro, cadera con cadera, tan juntos que el codo de él se me clavaba en las costillas a cada paso y yo me desviaba hacia su pecho.

Tenía el brazo mojado. Yo también. Cada vez que nos cruzábamos con un charco, él me cogía del codo y me tiraba hacia un lado y soltaba un «Vorsicht» entre dientes. A la tercera vez se lo dejó puesto.

No dijimos nada en los veinte minutos de camino.

Yo iba contando mis pasos para no pensar en lo que me latía en el pecho.

Las calles estaban vacías y resbaladizas, los rótulos de los bares se reflejaban en el asfalto en largas manchas rosa y verdes, en alguna terraza quedaban sillas con las patas hacia arriba y un hombre fumaba bajo un portal, mirando el cielo.

Llegamos a la puerta de la pensión. Un portal de madera oscura con un timbre de latón y una lamparita encendida encima. Bajo el cobijo del pequeño porche dejamos de oír la lluvia golpeando el paraguas. Jonas lo plegó, lo sacudió, lo apoyó contra la pared.

—Bueno —dije.

—Bueno.

—Mañana tengo «El muro: lo que queda».

—Lo sé.

—Ya me lo has contado, ¿no? ¿No era lo de ayer?

—Es otro. Es el muro desde el lado oeste. Con tramos que no hemos visto.

—Ah. Qué bien.

—Sí.

Estábamos tan cerca que podía contarle las gotas que le colgaban de las pestañas. Él tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo y los hombros rígidos, y yo apretaba la bolsa de regaliz contra el pecho con las dos manos como si fuera un escudo.

—Willa.

—¿Sí?

—Voy a hacer una cosa y, si no quieres, me lo dices y me voy.

—Vale.

—¿Vale que lo haga o vale que me lo digas?

—Vale las dos cosas —contesté, y me temblaba la voz, y el corazón me iba tan fuerte que seguro que se oía en el piso de arriba.

Sacó las manos de los bolsillos. Me tomó la cara con las dos, con una lentitud torpe, como si temiera que me rompiera. Tenía las palmas frías y mojadas y callosas, y las yemas me rozaron los pómulos, las sienes, el nacimiento del pelo, con tanto cuidado que se me cerraron los ojos solos.

Me besó. Al principio fue apenas un roce, una presión suave de los labios sobre los míos, con sabor a cerveza y a lluvia, y yo noté cómo él tomaba aire por la nariz, y cómo los pulgares se le hundían un poco más en mi mandíbula.

Luego, como si lo hubiera decidido en ese momento, abrió la boca.

Su lengua buscó la mía con una calma desesperante, una caricia larga, profunda y húmeda que me recorrió entera, de la nuca a los talones, y se me aflojaron las rodillas y solté la bolsa de regaliz y le agarré el abrigo con las dos manos para no caerme.

Él gruñó contra mi boca. Un sonido grave y áspero, y entonces sí, todo el autocontrol se le rompió de golpe.

Me pegó contra la pared de madera del portal y me besó con más hambre, con las manos enredadas en mi pelo mojado, con el cuerpo entero apretado contra el mío, duro y cálido a través de la lana empapada.

Yo le mordí el labio. Él respiró entre los dientes.

Le subí las manos por el pecho, por el cuello, hasta la nuca, y noté cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos.

Cuando nos separamos, los dos jadeábamos. Teníamos las frentes pegadas. Los labios me ardían.

—Eso —dijo él, con la voz rota— era lo que quería hacer.

—Ha estado bien.

—¿Bien?

—Muy bien.

—Te lo digo en serio, Willa, si ahora me dices que no...

—No te digo que no.

Me miró un momento más. Después apretó la frente contra la mía, soltó una risa corta y ronca que me vibró en el pecho, y se apartó. Despacio. Se pasó las manos por la cara.

—Mañana —dijo.

—Mañana.

—A las diez. En el Reichstag.

—No te vas a presentar —dije— y me vas a dejar plantada.

—No me voy a presentar —repitió él, con una sonrisa— sin un cartel.

Y se marchó. Lo vi alejarse por la calle, con las manos en los bolsillos y el paraguas bajo el brazo, bajo la llovizna, hasta que dobló la esquina. En la esquina se giró, levantó una mano y yo levanté la mía.

Entré en el portal. Cerré la puerta. Apoyé la espalda contra la madera. Me temblaban las rodillas, los labios, las manos, y el aire del vestíbulo me pareció espeso.

En lo alto de la escalera, sentado sobre el penúltimo escalón, con las patas delanteras recogidas y los ojos entornados, Erich el gato me miraba sin parpadear.

—Ni una palabra —le dije.

Erich bostezó.