Prohibido enamorarse en Berlín Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Y entonces nos echamos a reír los dos, a la vez, doblados en el montículo, yo agarrándome las costillas con los brazos y él con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que la dueña del perro, una señora con un chándal fosforito, empezó a gritarnos algo en alemán y Jonas contestó con una disculpa solemne que me hizo reír más.

Tuvimos que correr. Corrimos por la pista, con el viento de cara, él con sus zancadas y yo detrás, y en un momento dado me atrapó una ráfaga y mi gorro de lana, el rojo, el único que había traído, salió despedido de mi cabeza como un pájaro.

—¡Mi gorro!

Jonas echó a correr tras él. Lo vi saltar un charco con las manos extendidas, lanzarse sobre la hierba, rodar sobre un hombro y quedarse tumbado con el gorro rojo triunfalmente levantado en el puño, jadeando, con el abrigo lleno de briznas y el pelo hecho un desastre.

Era la persona más ridícula y más hermosa que había visto en mi vida. Me quedé quieta, con la mano en la boca, sin saber qué hacer con aquel descubrimiento.

—¿Lo has visto? —gritó—. ¿Has visto cómo lo he atrapado?

—¡Sí!

—¡Soy un atleta!

—¡Eres un hombre de treinta y pico que acaba de rodar por la hierba!

—¡Treinta y cinco! —Se incorporó, resoplando, y vino hasta mí con paso lento, con el gorro en la mano.

Cuando llegó a mi lado, se detuvo a un palmo de distancia.

Tenía las mejillas encendidas y respiraba con la boca abierta, y a esa distancia vi que tenía una pequeña cicatriz blanca atravesándole la ceja derecha.

Me tendió el gorro. Lo cogí. Me rozó la mano.

—Gracias —dije. Me salió ronco.

—De nada.

Nadie se movió. Durante unos segundos solo estuvimos allí, en mitad de aquel campo inmenso, mirándonos, con el viento enredándonos los abrigos. Él tenía una brizna de hierba pegada a la barba. Estuve a punto de quitársela. Alargué la mano. Me paré a medio camino.

—Tienes una... —dije.

—¿Qué?

—Una hierba.

—¿Dónde?

—Ahí.

Se pasó los dedos por la barba, lejos de donde estaba.

Se la saqué yo. Fue un roce mínimo, con la yema del pulgar y el índice, en la mandíbula, sobre una piel tibia y áspera.

Él cerró los ojos un instante. Aguantó la respiración.

Luego la soltó muy despacio por la nariz, y mi pulso, que ya iba a doscientos, se me subió a la garganta.

—Ya está —dije.

—Gracias —contestó, con una voz distinta de las anteriores, más grave y más baja.

—De nada.

Nos miramos un poco más.

—Tengo hambre —dijo Jonas de repente.

—Yo también.

—Hay un sitio.

—Vamos.

* * *

El sitio se llamaba Späti Emre, estaba en una esquina de la Oranienstraße, y consistía en una tienda diminuta con la fachada pintada de amarillo y un cartel luminoso donde faltaban dos letras.

Dentro cabían como mucho cuatro personas de pie, rodeadas de neveras con botellas de cerveza, estantes de bolsas de patatas, cajas de caramelos de regaliz y una montaña de latas de una bebida con un robot en la etiqueta.

Fuera, bajo un toldo de rayas, había un par de cajas de plástico por taburete y una mesa baja hecha con una puerta vieja.

El dueño era un hombre gigante, de unos treinta y ocho años, con una barba de pirata y unos ojos negros brillantes, que al ver a Jonas salió de detrás del mostrador con los brazos abiertos.

—¡Jonasbär! ¡Por fin! ¿Y esta es...?

—Willa —dije yo, extendiendo la mano—. Soy la clienta de los seis tours.

—¡LA DE LOS SEIS TOURS! —Emre soltó una carcajada que hizo vibrar los cristales—. ¡Por Dios! ¡Ven aquí, mujer!

Me estrechó entre unos brazos del tamaño de un jamón. Detrás de su hombro, vi a Jonas mirando el techo con la mandíbula apretada.

—Emre —dijo.

—¡Es la de la mermelada! ¿Es la de la mermelada? —me soltó, me sostuvo por los hombros y me miró con una ternura infinita—. Me han hablado mucho de ti.

—¡Yo no he hablado mucho de ella! —protestó Jonas.

—Anoche. Tres horas. Por teléfono. Mientras yo cerraba la caja.

—Fueron veinte minutos.

—Tres horas, Jonasbär.

No sé qué le pasó a mi cara, pero de repente tenía la temperatura de un horno. Miré a Jonas y él miró hacia la calle con una concentración sospechosa, como si estuviera contando los coches.

Nos sentamos en las cajas de plástico bajo el toldo. Emre trajo dos cervezas, una para cada uno, y una lata del robot para mí, porque yo había dicho que no bebía alcohol de día y él lo consideraba un delito cultural.

—Es Club-Mate —me dijo—. Lleva maté. Cafeína. Los hackers la beben.

Le di un trago. Me quedé quieta un momento, paladeando.

—Sabe a hierba mojada y a medicina.

—¡Exacto! —exclamó Emre, radiante—. ¡Es perfecta!

Jonas, con la cerveza entre las manos, se rio sin ruido. Una risa de lado, con los hombros, que ya le conocía.

Emre nos trajo un plato de falafel y otro de patatas con salsa de yogur y desapareció dentro con las palabras «Voy a atender, que me están robando».

Empezó a llover. Primero una llovizna ligera, que tintineaba contra el toldo, y luego una lluvia fina y constante que empapó la calle y la hizo brillar bajo las luces de las farolas.

Nos quedamos allí, bajo el toldo, rodeados de agua, mientras la gente pasaba con paraguas por la acera y las bicicletas levantaban abanicos de gotas.

—Tu amigo me cae genial —dije.

—Es insoportable.

—Los insoportables son los mejores.

—¿Eso lo dices por experiencia?

—Lo digo por ti.

Se atragantó con la cerveza. Tosió tres veces, sin dejar de mirarme, con los ojos brillantes.

—No soy insoportable.

—Eres un cabrón con pañuelos. Ya lo hemos hablado.

—Es verdad.

Nos reímos otra vez. Cuando se calmó, volvió a mirar la lluvia, con el vaso entre las rodillas y los codos apoyados en los muslos, y yo aproveché para fijarme en cómo le caía el pelo mojado sobre la frente, y en el perfil recto de su nariz, y en esa cicatriz de la ceja.

—¿De qué es? —pregunté, señalándola.

—¿Qué?

—La cicatriz.

—Ah. —Se llevó un dedo a la ceja—. Una bicicleta. Tenía doce años y quise bajar una escalera sin frenos. Mi abuela estuvo dos semanas sin hablarme. Y cuando volvió a hablarme dijo que me había estropeado la cara, y que a lo mejor debía haberme caído de la otra manera para equilibrar.

—Tu abuela es mi heroína.

—Te lo he dicho. Te destrozaría.

—Quiero que me destroce.

Hubo una pausa.

—¿Por qué has venido sola? —preguntó entonces, sin mirarme—. A Berlín. Con lo que me has contado de tu amiga.

Me quedé un rato pensando. Lo normal era que le soltara una de mis versiones breves, la de «se presentó una oportunidad y no quise desaprovecharla».

Pero la lluvia estaba cayendo, y Emre se oía por dentro riendo con un cliente, y me noté el cuerpo muy blando, muy cansado, con ganas de decir algo cierto.

—Nunca había salido de Pennsylvania —dije—.

Ni siquiera de la costa este. Mis padres no viajan.

Mi hermano no viaja. Mi madre dice que viajar es gastar el dinero en que otros te cuenten cosas que podrías leer en un libro.

Yo siempre he hecho lo que se espera de mí.

Estudié lo que me dijeron, trabajo donde me dijeron, y vivo a cuatro manzanas de mi madre.

Y de repente un día mi mejor amiga se queda embarazada, y se me abre un hueco, y pienso: «Si no me voy ahora, no me voy nunca».

—Hice una pausa—. Y me da pánico, ¿sabes?

Estoy aterrada desde que aterrizó el avión.

Todo el rato. Me da miedo perderme, me da miedo pedir mal una cerveza, me da miedo que se me caiga la dignidad en mitad de la calle. Y hablo mucho para que no se me note.

No dijo nada.

—Ya está —concluí, con una risita nerviosa—. Ya me he quedado sin gracia.

—No.

Se había girado hacia mí y tenía una expresión que no le había visto. Los ojos grises muy abiertos, muy serios, la boca relajada. Se acercó un poco, con los codos todavía sobre las rodillas.