Capítulo 3
Frau Zielke dejó sobre la mesa un plato con seis lonchas de embutido, tres clases de queso, un huevo duro con un gorrito de lana puesto encima y un panecillo tan duro que podría haberlo usado de mazo, y se quedó mirándome con los brazos en jarras.
—Hoy has llegado tarde.
—Anoche, quiere decir.
—Anoche. —Tenía setenta y pico años, el pelo teñido de un rojo que no existe en la naturaleza, una voz de fumadora profesional y una bata de flores sobre la que llevaba, no se sabía por qué, un delantal—.
Las diez y cuarenta. Mi cena es a las siete.
Mi llave se queda a las nueve. Yo te esperé hasta las diez, y entonces dije: «Esta chica se ha caído por un agujero». Pero abrí.
—Y se lo agradezco muchísimo, de verdad.
—Erich también te esperó.
Erich era el gato. Un animal enorme, gris, de pelo aplastado y ojos entornados, que estaba subido en la silla de enfrente con una expresión de rencor permanente en el hocico.
Frau Zielke me había contado el primer día que lo había llamado Erich porque tenía la misma cara de enfado que Honecker, y yo no había conseguido averiguar si lo decía en broma.
Erich me miró fijamente y volvió a cerrar los ojos.
—Me perdí —confesé—. Dos veces. Una cogí un tren hacia el norte y acabé en un sitio llamado Wittenau, que sinceramente no recomiendo. La otra me bajé en una estación que se llamaba igual que otra distinta y me pasé veinte minutos buscando una calle que no existía.
—¿Y quién te enseñó el camino al final?
—Una señora mayor. Como usted dijo. Aunque solo tenía un diente y no hablaba inglés, así que me lo explicó con mímica.
—Siempre funciona. —Frau Zielke se sirvió una taza de té de un termo, se sentó frente a mí y me estudió con sus ojillos pequeños y azules—. Hoy tienes color.
—¿Color?
—En la cara. Ayer eras un papel. Hoy tienes color. —Dio un sorbo—. Es un hombre.
Casi se me atragantó el huevo.
—¡No es un hombre!
—Es un hombre.
—Es un guía turístico.
—Un hombre guía turístico.
—Frau Zielke...
—Los ojos de mi marido —dijo ella, con un aire soñador y fúnebre a la vez, mirando el techo—.
Eso fue lo primero que vi. Fue en el sesenta y ocho, en un baile en la Karl-Marx-Allee.
Se llamaba Gerhard. Tenía los ojos más tristes de todo Berlín Este y la peor conversación.
Nos casamos en seis meses. —Levantó un dedo—.
Eso no quiere decir nada. Pero tú tienes color.
Me quedé con el panecillo a medio camino de la boca.
Dentro de la bata de flores, Frau Zielke era una especie de adivina de feria con un máster en psicología, y no me gustaba nada.
No me gustaba porque tenía razón. Había dormido regular, entre pesadillas absurdas con una torre de televisión que me perseguía, y me había despertado con una sensación rarísima en el pecho, como si se me hubiera quedado una melodía pegada por dentro.
Había buscado el móvil a tientas, lo había conectado al cargador de la mesilla y había leído el mensaje de Dana, que llevaba unas horas esperándome: «¡¡¿¿Un limón con sonrisa de secreto de estado?
? Quiero fotos. Quiero nombre completo. Quiero datos de su vida.
Tengo reposo absoluto, no tengo nada que hacer, SOY TU PÚBLICO».
Le contesté con tres emojis y un «mañana te cuento». Y luego, incapaz de aguantarme, abrí el navegador y busqué «Kalte Stadt Touren».
La página era feísima. Fondo gris, letras azules, una fotografía pixelada de la Puerta de Brandeburgo con nieve.
Pero debajo del enlace de «Quiénes somos» había una pestaña que decía «Nuestro equipo», y al pinchar aparecía una sola persona.
No había foto, sino un texto cortísimo: «Jonas Kessler.
Historiador. Guía desde 2019. Habla alemán, inglés y, a petición, un poco de francés. No acepta propinas».
Debajo, las excursiones. Seis. «La Guerra Fría en Berlín Este». «El muro: lo que queda». «Tempelhof y el puente aéreo». «Los espías de Berlín (nocturno)». «Kreuzberg, la isla». «Las sombras de la Stasi: Hohenschönhausen».
Se me aceleró algo detrás de las costillas.
Hice cuentas con los dedos. Me quedaban nueve días en Berlín.
Seis tours. Una tarjeta de crédito con un límite que mi hermano llamaba «el límite de la irresponsabilidad».
Dana me había dicho que me gastara lo que quisiera, que para eso había ahorrado, que me merecía un capricho.
Pulsé «Reservar» seis veces.
—¿Qué haces? —preguntó Frau Zielke, que se había inclinado sobre el móvil con una falta total de pudor.
—Descuento por volumen —dije, con la voz algo temblorosa—. Es una estrategia comercial.
—Tienes color —repitió ella.
Le tiré una loncha de embutido al gato, que ni se movió.
* * *
Tempelhof era una pista de aterrizaje del tamaño de una provincia.
Eso me dijo Jonas cuando llegué, y no estaba exagerando mucho.
Después de un autobús, un metro y la ayuda de un adolescente con un monopatín que me llevó medio kilómetro de la mano, me encontré en la entrada de un espacio inmenso, llano, de hierba rala y asfalto agrietado, sin un árbol, sin un edificio, con una extensión de cielo gris que me mareó.
Había gente con cometas. Gente corriendo.
Gente en bicicleta sobre las pistas. Una pareja haciendo picnic en mitad de lo que había sido una de las puertas de entrada al mundo libre, según el folleto, y todo aquel desorden de vida normal me pareció de repente el mejor homenaje posible.
Jonas me esperaba junto a una bicicleta negra, vieja, sin guardabarros, apoyada contra una valla.
Vestía el mismo abrigo verde, aunque esta vez con una bufanda gris que le daba dos vueltas al cuello, y tenía las mejillas coloradas de viento.
Sostenía un cartel, otra vez de cartón, con otras letras: «brENNAN».
—Esta vez me has hecho un cartel —dije.
—Esta vez no te hacía falta buscarlo.
—Qué considerado.
—No. Es que me has reservado los seis.
Lo dijo sin mirarme, con esa voz de lectura de sentencia, pero el gesto de la mandíbula había cambiado. Le temblaba algo en el borde de la boca.
—Sabes que me llegan las notificaciones —continuó—. Seis correos. Seis. Todos con el mismo nombre. A las ocho y media de la mañana. Se lo conté a mi amigo y estuvo cinco minutos sin poder respirar de la risa.
—¿Le has contado a un amigo lo de mis reservas?
—Un poco.
—¿Qué le has contado?
—Que una americana se había equivocado de hora con una reserva y que había acabado reservando seis recorridos por pánico.
—Eso es mentira. Lo he hecho con total conciencia.
—Ya lo sé —dijo, y esta vez sí me miró. Fue una mirada larga, directa, de esas que atraviesan la ropa y la piel y llegan a un sitio incómodo. Se me secó la garganta.
—Bueno —continué, con más energía de la necesaria—. ¿Qué tenemos hoy? ¿Aviones? ¿Dictadores? ¿Alguna tragedia con un perro?
—Aviones. Y chocolate.
—Eso me gusta.
Me contó la historia caminando por la pista, mientras el viento nos empujaba el pelo y la ropa y se llevaba la mitad de las frases.
Me habló del bloqueo, de los ochenta días que cerraron las carreteras y los trenes y dejaron a dos millones de personas aisladas en el lado oeste, sin comida, sin carbón.
Me habló de cómo los aviones aliados, uno cada noventa segundos, aterrizaron aquí durante casi un año con harina, leche en polvo, medicinas, hasta quinientas toneladas de carbón al día.
Y me habló de un piloto americano que un día, al ver a un grupo de niños apretados contra la valla del aeropuerto, les prometió un chicle, y al día siguiente volvió, desde el aire, con tabletas de chocolate atadas a unos paracaídas hechos con pañuelos.
—¿Pañuelos? —dije.
—Pañuelos.
—Pañuelos de tela.
—Sí. Los niños los llamaban los bombarderos de pasas, los Rosinenbomber. Querían más. Los otros pilotos se apuntaron y al final llegaron toneladas de caramelos de esa forma. Hay una bomba de chocolate para cada niño de Berlín Oeste.
Yo ya estaba rebuscando en la riñonera. Saqué un paquete de ositos de goma, de los que había comprado el primer día en el aeropuerto para no desmayarme, y después el pañuelo.
El primero, el manchado. Estaba un poco arrugado, un poco rosado en una esquina, y yo lo había lavado a mano en el lavabo del baño esa misma mañana con jabón de hotel.
—¿Qué haces? —preguntó Jonas.
—Lo que hacía el piloto. —Até cuatro esquinas del pañuelo con dos hilos que arranqué de la correa de la riñonera, y cargué dentro tres ositos—. Es un homenaje. ¿Hay algún sitio alto?
—No me digas que...
—¡Venga!
Subimos a un pequeño montículo al borde de la pista, y desde allí le dije a Jonas que contara hasta tres. Él me miró con los ojos entornados, bufó, se rascó la barba con la punta de los dedos, dijo una palabra en alemán que seguro era una grosería y empezó:
—Eins. Zwei...
Lancé el pañuelo con toda la fuerza que me permitía mi brazo de higienista. El viento lo cogió, lo hinchó con un aleteo precioso, y por un segundo, un segundo largo y perfecto, el pañuelo flotó en el aire gris como una medusa blanca, balanceándose, mientras los ositos viajaban colgando debajo.
—¡Funciona! —grité—. ¡Jonas! ¡Funciona!
—Funciona —admitió él, y me miraba a mí, no al pañuelo, con una media sonrisa que le arrugaba los ojos por las esquinas y le hacía parecer diez años más joven.
El pañuelo cayó cuarenta metros más allá, justo encima de un perro. Un labrador enorme y dorado que dormitaba sobre el asfalto al sol inexistente, y que levantó la cabeza, olisqueó el bulto que le había aterrizado en el lomo y se zampó los tres ositos de un bocado con pañuelo y todo.
Nos quedamos mirando.
—Se ha comido tu pañuelo —dijo Jonas.
—Se ha comido el pañuelo de tu abuela.
—Es un buen perro.
—Es un monstruo.