Capítulo 2
Me devolvió el pañuelo en el andén de Nordbahnhof, y lo hizo con las dos manos, igual que se devuelve un libro prestado, hasta que vio la mancha roja que se había quedado incrustada en una esquina y lo retiró de golpe.
—Lo lavo y te lo traigo —dijo.
—Quédatelo.
—Tu abuela me va a odiar.
—Mi abuela ni siquiera sabrá que existes.
Lo dije con más brusquedad de la que pretendía, y ella se encogió un poco de hombros y se guardó el pañuelo en el bolsillo del abrigo sin discutir.
Eso fue lo peor. Si hubiera discutido, yo habría sabido qué hacer con ella.
Lo que Willa Brennan hacía en cambio era escucharme, ladear la cabeza, aceptar el golpe y devolverme una sonrisa torcida, de esas que le salían como si le hubieran dado un tirón de un hilo desde dentro.
Llevaba cuarenta minutos con ella y ya había perdido la cuenta de las veces que había querido decir algo amable y me había salido un ladrido.
Subimos por las escaleras mecánicas hasta el vestíbulo.
Le mostré la exposición pequeña sobre las estaciones fantasma, esas paradas del metro bajo Berlín Este por las que los trenes de Berlín Oeste pasaban sin detenerse, con las luces apagadas, mientras los soldados con fusiles vigilaban desde los andenes oscuros.
Se quedó un rato largo delante de una fotografía en blanco y negro de un pasillo vacío, con las baldosas blancas y un único cartel de un reloj parado.
No dijo nada. Se acercó tanto al cristal que su aliento dibujó una nube pequeña, y yo me descubrí mirándole la nuca, el rizo suelto que se le había escapado del recogido improvisado, las pecas dispersas por la piel del cuello, y tuve que carraspear y mirar hacia otro lado.
Pecas. Menuda cosa. Llevaba siete años de mi vida enseñando la historia de una ciudad partida por la mitad y me estaba distrayendo con pecas.
—Esto me pone la piel de gallina —dijo ella al fin, todavía de espaldas—. Que la gente se montara en un tren todos los días y pasara por debajo de su propia ciudad sin poder bajar. ¿Tú qué sientes?
—¿Yo?
—Sí. Tú. Tú vives aquí. ¿Qué sientes cuando lo cuentas?
Nadie me había hecho jamás esa pregunta. Los turistas preguntaban cuánto medía el muro, si era verdad lo de los perros, dónde estaba la parte con los grafitis de colores para sacarse una foto. Y yo respondía, con voz de funcionario, porque la voz de funcionario se aguanta mejor que cualquier otra.
—Cansancio, sobre todo —contesté, y al decirlo supe que era cierto y que no me hacía ninguna gracia que lo fuera.
Willa se giró. Me miró con esos ojos color miel, grandes, un punto saltones y rodeados de unas pestañas oscuras que no tenían derecho a ser tan largas, y no dijo lo que yo esperaba, que era algo tipo «vaya, qué pena». Dijo:
—Eso tiene sentido. Yo estoy igual cuando tengo que explicarle a alguien por quinta vez que el hilo dental no es opcional.
Se me escapó una carcajada. Una de verdad, corta y ronca, que rebotó contra las paredes de baldosa del vestíbulo y me dejó descolocado, como si hubiera salido de otro cuerpo.
Ella me miró con los ojos muy abiertos, sorprendida y encantada, igual que si hubiera conseguido por fin que un gato se subiera a su regazo.
—¡Te has reído!
—No me he reído.
—Te has reído. Lo he visto y lo he oído. Hay un testigo. —Señaló con la barbilla a un chico con los auriculares puestos que esperaba el tren—. Ese de ahí.
—No me he reído, Willa.
—Vale. Entonces has tosido muy alegre.
Seguimos andando. Bernauer Straße no es una calle bonita.
Es ancha y gris, con tranvías que la cruzan y edificios sensatos de los noventa que se alinean sin ilusión a ambos lados, y en medio de todo, de pronto, sin avisar, aparece un tramo de la franja de la muerte.
Se me ocurren pocas cosas más desconcertantes que ver un trozo de hierba amarillenta y un muro de verdad, auténtico, con el hormigón agrietado y las varillas de acero asomando como costillas, plantado en mitad de una avenida donde la gente hace cola para comprar pan.
Willa se quedó plantada en la acera. Tenía las manos metidas en los bolsillos y los hombros subidos hasta las orejas.
—Esperaba otra cosa —dijo.
—Todos esperan otra cosa.
—Esperaba algo más grande. Con música de película. No sé. Esto es... —buscó la palabra— esto es demasiado normal.
—Eso es lo que da más miedo. —Eché a andar y ella vino a mi lado—.
Cuando levantaron esto, la gente vivía aquí.
Las casas estaban justo en la frontera. La acera pertenecía al Oeste, las fachadas al Este.
Los vecinos se despertaron una mañana y ya no podían salir por la puerta de su propio edificio.
Al principio, mucha gente saltó desde los pisos altos.
Hasta que las ventanas se tapiaron con ladrillos y ya no quedó nada por lo que saltar.
No se lo había contado así nunca a nadie.
Normalmente suavizo los datos con un par de frases en tono neutro, para que nadie se me desmaye en medio de la visita.
Pero ella caminaba pegada a mi hombro, escuchando con la boca un poco entreabierta y la mirada fija en el hormigón, y las palabras iban saliendo solas, una detrás de otra, y yo no tenía ganas de frenarlas.
Le enseñé la capilla redonda de madera y barro prensado que levantaron sobre los restos de la iglesia dinamitada.
Le enseñé el trozo de la franja con los focos y las torres de vigilancia y las huellas de los puestos de guardia.
Le enseñé las varillas de acero oxidado que marcan, en una línea larga y roja, el trazado exacto donde estuvo el muro.
Willa tocó una con la punta de los dedos y retiró la mano enseguida, como si quemara.
—¿Se puede?
—Se puede.
—Está frío.
—Es acero. Y llueve mucho.
—Ya, pero está frío de otra manera.
No contesté. Pensé que tenía razón y me callé.
Terminamos delante de la ventana. Es un muro de láminas de metal oscuro, alto y largo, con huecos rectangulares a la altura de los ojos, y en cada hueco hay una fotografía y un nombre: las personas que murieron intentando cruzar, o por intentar cruzar, o por estar demasiado cerca.
Hay jóvenes, muchos. Hay un niño de cinco años.
Hay un hombre con bigote que sonríe a la cámara sentado en un banco de jardín, y hay una chica con un peinado de los años sesenta mirando a un lado, como si alguien acabara de llamarla.
Willa se detuvo delante de esa. Se quedó mirándola un buen rato.
—Ida Siekmann —leyó en voz baja, pronunciándolo fatal, con la «ie» a la inglesa—. ¿Quién era?
—La primera. Se tiró desde su ventana pocos días después de que tapiaran los portales. Tenía cincuenta y ocho años.
—Cincuenta y ocho.
—Vivía en el tercer piso de uno de esos edificios.
Willa respiró hondo, con un estremecimiento que le recorrió todo el pecho, y entonces vi que lloraba.
No hacía ruido. Tenía los ojos fijos en la fotografía y las lágrimas le caían por las mejillas despacio, una tras otra, y ella no se las secaba.
Los hombros no se le movían, la boca seguía serena, solo ese goteo silencioso sobre la solapa del abrigo.
Me quedé inmóvil. A mi lado, el viento arrastraba hojas secas por el suelo de cemento.
Detrás de nosotros, un grupo de colegiales con chaquetas amarillas se agolpaba alrededor de una profesora y me daba una excusa perfecta para fingir que no había visto nada y sugerir que siguiéramos andando.
Un guía profesional lo habría hecho. Un guía profesional tiene un manual para estos casos.
Metí la mano en el bolsillo del abrigo, saqué el segundo pañuelo, el que mi abuela me había puesto esa misma mañana, y se lo ofrecí sin decir palabra.
Willa lo miró. Después me miró a mí. Los ojos le brillaban, enormes y húmedos, y sonrió con la boca temblorosa.
—Tienes más.
—Mi abuela es previsora.
—Qué gran mujer —dijo, y se sonó la nariz con una delicadeza ruidosa que me pareció la cosa más entrañable que había visto en un mes—.
Perdona. Es que soy muy llorona. Lloro en los anuncios de seguros.
Lloro en las bodas de gente que no conozco.
En la boda de mi prima me eché a llorar durante los votos de otra pareja que se casaba en la sala de al lado.
—No tienes que disculparte.
—Ya lo sé. Me disculpo igual. Es un vicio.
Nos quedamos un momento más delante de la ventana. Ella se secó las mejillas con el dorso de la mano y yo, sin saber por qué, empecé a hablar.
—Mi abuela vivía en esta calle.
Willa se giró despacio.
—¿Tu abuela?
—Se llama Ilse. Tenía ocho años cuando levantaron el muro.
Vivía en un cuarto piso, en el lado este, con sus padres y con su hermano pequeño, que se llamaba Dieter y tenía cinco.
El sábado de ese agosto lo mandaron a casa de una tía en el lado oeste de la calle, a veinte metros de distancia, para que jugara con unos primos. Lo iban a recoger al día siguiente.
Willa no apartaba los ojos de mí.
—Lo recogieron veintiocho años después —terminé—.
El nueve de noviembre del ochenta y nueve, cuando abrieron las puertas.
Mi bisabuela murió en el setenta y siete sin haber vuelto a abrazarlo.
Mi abuela lo vio cruzar el puente con un abrigo de pana y unas gafas enormes, y no lo reconoció hasta que él dijo su nombre.
—Dios mío.
—Lo normal es que no se lo cuente a los turistas.
—¿Por qué me lo cuentas a mí?
Era una buena pregunta y no tenía una buena respuesta.
—Porque has preguntado qué sentía —dije al final.
Ella ladeó la cabeza otra vez. La luz, por una vez, había conseguido abrirse paso entre las nubes y le caía sobre el pelo, que de cerca no era castaño ni rubio sino de un tono de cobre apagado que se le encendía en las puntas.
Se le había salido otro mechón. Tuve una idea rápida, absurda, de levantar la mano y colocárselo detrás de la oreja, y la aparté con tanta violencia que estuve a punto de torcerme el cuello.
—Gracias —dijo ella.
—No hay de qué.
—Lo digo en serio. Esto es lo mejor que me ha pasado en el viaje, y sé que suena fatal porque llevo dos días aquí y los dos últimos han sido bastante cutres. —Se encogió de hombros—. Pero tú, esta mañana, eras un cabrón con un cartel. Y ahora no.
—Sigo siendo un cabrón.
—Un cabrón con pañuelos —concedió—. Que es mejor.
Sentí otra vez ese tirón en la comisura de la boca y dejé que se saliera con la suya. Hacía mucho que no sonreía así delante de un cliente. Hacía mucho que no sonreía en general, y me daba la sensación de que cada músculo de la cara me protestaba.
Terminamos el recorrido en el mirador, desde donde se veía la franja reconstruida con sus alambradas y sus torretas, y Willa hizo preguntas sin parar durante veinte minutos: cómo conseguían los soldados mantener la guardia, qué les pasaba si dejaban escapar a alguien, si había habido guardias que ayudaron a escapar, qué hacían los niños de la calle para jugar al lado de aquello.
Respondí a todo. Cuando llegamos a la parte de los túneles, le hablé de las veintinueve personas que cruzaron por el túnel que unos estudiantes excavaron durante meses, y ella me agarró del brazo con las dos manos, un tirón involuntario y fuerte, y me dijo «¿en serio?
» con una emoción tan ingenua que yo olvidé que tenía una reserva de cinismo para estas cosas.
Me soltó enseguida, avergonzada.
—Perdona.
—Está bien.
Pero el brazo se me quedó caliente un buen rato, justo donde habían estado sus dedos.
Se hizo tarde sin que me diera cuenta. Cuando miré el reloj, habían pasado tres horas y diez minutos. Me había pasado treinta minutos de lo previsto, y no me había ofrecido ni a mí mismo una explicación.
—Se acabó —dije, y me sorprendió lo mal que sonó—. Eso es todo.
—¿Ya?
—Ya.
—Ah. —Willa se metió las manos en los bolsillos y movió los pies—. Vaya. Qué rápido. Pues... muchas gracias, Jonas. Ha sido un tour buenísimo. De verdad. Te voy a poner cinco estrellas. Seis, si me dejan.
—No hace falta.
—Y una propina. ¿Se da propina aquí?
—No se da propina.
—Pues te la doy igual. —Rebuscó en la riñonera y sacó un billete de diez euros arrugado, y yo se lo devolví empujándolo suavemente con dos dedos hacia su mano, y ella se quedó mirando el billete y luego mi cara, con las cejas muy altas—. Eres rarísimo.
—Dicen que sí.
—¿Y cómo vuelvo a la pensión? Se me ha muerto el móvil. Frau Zielke me ha dicho que si me perdía, preguntara a una señora mayor, pero no veo ninguna señora mayor.
Le expliqué. Dos veces. La línea, la dirección, el transbordo. Ella asentía con una seriedad exagerada, repitiendo en voz baja los nombres de las estaciones como un hechizo, y yo supe en ese instante, con una certeza fría, que se iba a perder.
Caminamos juntos hasta la boca del metro de Bernauer Straße.
Nos paramos en lo alto de la escalera. Willa me tendió la mano y yo la estreché.
Tenía la palma pequeña, cálida, con una callosidad leve en la base del pulgar.
Duró un segundo de más. Los dos lo notamos y los dos retiramos las manos como si hubiéramos dejado caer algo.
—Bueno —dijo.
—Bueno.
—¿Tienes más tours?
—Tengo una página web.
—¿Y salen más cosas en la página web?
—Algunas.
—Perfecto. Entonces ya lo miraré. —Se colgó la riñonera al hombro, dio media vuelta, me dedicó un gesto con la mano que parecía a la vez un saludo y una disculpa, y se echó a bajar con ese paso largo y desgarbado que yo había visto durante tres horas, rebotando en cada escalón.
Bajó por las escaleras equivocadas. Lo vi desde arriba. Tomó las de la izquierda, las que llevaban al andén de la línea que iba al norte, y yo abrí la boca y la cerré, y pensé que a lo mejor tendría que dejarla, que ya era mayorcita, que no era asunto mío.
—¡Willa!
Se paró en mitad de un peldaño. Se giró, con el pelo disparado hacia todas las direcciones y una expresión ligeramente alarmada.
—¡La otra! —grité—. ¡Las escaleras de la derecha!
Ella miró a un lado, miró al otro, miró hacia arriba, hacia mí, y se llevó una mano a la frente en un gesto tan teatral que me dieron ganas de aplaudir.
Subió de nuevo, cruzó el vestíbulo con la cabeza gacha y la espalda muy recta, sin mirarme, y bajó por las escaleras de la derecha con una dignidad que habría podido conmover a un tribunal.
Desde arriba, el último vistazo que tuve de ella fue una coronilla de pelo cobrizo que se hundía en la oscuridad. Se oyó el chirrido del tren. Después, nada.
Me quedé de pie en la acera con las manos en los bolsillos. Cerca de mí, una mujer mayor empujaba un carrito de la compra. Un ciclista pasó rozándome y gritó algo en mi idioma, y yo no le contesté.
Metí las manos en los bolsillos del abrigo. Los dos estaban vacíos. Se había llevado los dos pañuelos de mi abuela.