Capítulo 1 #2
—Como si estuvieras dando una notificación judicial.
—Soy historiador —dijo, y noté que había algo de orgullo y algo de herida en la manera de decirlo, aunque no habría sabido explicar de dónde sacaba yo esa conclusión—. O lo era. Casi. Esto es mi trabajo ahora.
—Casi historiador.
—Tengo un doctorado a medias.
—Qué bonito. Yo tengo un grado asociado en higiene dental y dieciocho préstamos de estudiante.
Me lanzó una mirada de reojo.
—¿Eres dentista?
—Higienista. La que te dice que no usas bien el hilo y se calla lo que piensa de tus muelas. Limpio la boca de la gente cuatro días a la semana y escucho las cosas más sinceras que se pueden decir tumbado y con la boca abierta. —Levanté un dedo—. Nadie miente con una sonda en la encía.
—¿Y qué te dicen?
—Que están pensando en dejar a su mujer. Que han suspendido un examen. Que la semana pasada se comieron un paquete entero de galletas de mantequilla de cacahuete porque el perro se murió.
—Qué trabajo más raro.
—Es el mejor del mundo. Y tú no tienes ni idea de lo que dices.
Esta vez la boca se le torció del todo. Solo un segundo y hacia un lado, pero la sonrisa, esa sonrisa enterrada con candado y cuatro vueltas de llave, le cambió la cara por completo.
Tenía una línea de expresión enorme en la mejilla izquierda, casi un hoyuelo roto, y los dientes un poco desiguales, uno de los de arriba montado sobre el de al lado.
Yo, que me paso el día mirando bocas, me quedé mirando esa.
Qué barbaridad. Qué poco me había hecho falta para fijarme en cómo le encajaban los dientes.
Para, me dije. Para ahora mismo.
Me compré un dulce en un puesto de la estación porque era eso o decir algo estúpido. Era una bola de masa frita cubierta de azúcar, del tamaño de un puño, que la vendedora me entregó en una servilleta de papel con una sonrisa maternal. Le di un mordisco enorme.
Hubo un instante de silencio. Después, algo caliente, pegajoso y de un color rojo violento me chorreó por la barbilla, me resbaló por el cuello del abrigo y me cayó, justo en medio, sobre la riñonera.
—¡Mierda! ¡Está relleno! —grité, con la boca llena y las dos manos extendidas como una persona a la que acaban de dispararle—. ¿Por qué está relleno? ¡Nadie me ha avisado!
—Es un Pfannkuchen —dijo Jonas.
—¡Eso no es un Pfannkuchen, es un donut, y nadie me ha dicho que llevara mermelada dentro!
—Aquí a los donuts los llamamos Berliner, pero los de Berlín los llamamos Pfannkuchen, y en el resto de Alemania Pfannkuchen son crepes. —Lo explicó muy serio, en el tono que habría usado para describir el reparto de Polonia—. Es un asunto complicado. Tiene mucho que ver con Kennedy.
—¿Con Kennedy?
—Se dice que cuando dijo «Ich bin ein Berliner» en mil novecientos sesenta y tres, la gente creyó que había dicho «soy un donut». Es una leyenda. Está muy desmentida. Pero los turistas la adoran y yo no tengo tiempo para desmentírsela a cada uno.
—¡Llevas todo el día soltándome fechas y tragedias, y ahora me sueltas esto!
—Tengo que equilibrar.
Estaba riéndose. No con la boca, que mantuvo en una línea recta casi heroica, sino con los hombros, que le temblaban bajo la lana verde.
Me limpié la barbilla con la servilleta mientras notaba que me salía una risa nerviosa de debajo del ombligo, de esas que no se controlan, y empecé a reírme de verdad en medio de la estación, con mermelada en el cuello y una riñonera manchada, y Jonas, el alemán gruñón de los ojos grises, me tendió un pañuelo de tela, de los de antes, doblado en cuatro y de un blanco inmaculado, sacado del bolsillo del abrigo.
Lo cogí. Nuestros dedos se tocaron un segundo. El suyo estaba áspero y frío y tenía un callo en la yema del pulgar.
—Gracias.
—Es de mi abuela. Me lo mete en el bolsillo cada vez que me visita. Dice que un hombre sin pañuelo es un hombre sin dignidad.
—Tu abuela me cae genial.
—Mi abuela te destrozaría.
—Mejor. Necesito que alguien me destroce un poco.
Lo dije sin pensar y se me quedó flotando entre los dos, y vi cómo él abría la boca para decir algo y volvía a cerrarla. Se quedó mirándome un poco más de lo razonable. Luego se puso bien el gorro, se aclaró la garganta y dijo, con una voz de pronto bastante más grave que la de antes:
—El tren sale en dos minutos.
Corrimos. O corrí yo, porque él se limitó a dar unas zancadas que me obligaron a correr.
Subimos al vagón justo cuando sonaba el pitido, y yo me dejé caer en un asiento resoplando, con la lengua fuera, mientras él se quedaba de pie agarrado a la barra, mirando por la ventana, tan quieto y tan indiferente que le habría tirado el Pfannkuchen a la cabeza.
El tren arrancó. Berlín empezó a pasar al otro lado del cristal en largas franjas grises, ladrillo, grafitis, un patio con ropa tendida, otra pared pintada con una cara gigante de mujer con los ojos cerrados.
Yo sentía en el estómago un cosquilleo raro que ya había sentido antes, en la montaña rusa de Kennywood con trece años, justo en el momento en que el vagón alcanza lo más alto y se detiene un segundo y uno sabe que no hay manera de bajarse.
Saqué el móvil. Dos por ciento. Tecleé un mensaje para Dana con el pulgar, a toda velocidad, antes de que se me muriera la pantalla.
«Hoy me ha tocado un guía que parece que se ha comido un limón y que esconde una sonrisa como si fuera un secreto de estado. Tienes que verle los dientes. Sé que te vas a reír de mí. Ya me estoy riendo yo. Te quiero. Descansa. Besos a la lenteja».
Lo envié. La pantalla se apagó.
Jonas seguía mirando por la ventana.
—¿Siempre le cuentas todo a alguien? —preguntó de pronto, sin girarse.
—¿Perdona?
—Antes, en la plaza. Hablas como si tuvieras un público. —Hizo una pausa—. Parece que lo cuentas todo para otra persona.
Me quedé helada. Ni siquiera Frau Zielke, que me había leído la mano en el desayuno con una desfachatez que yo todavía no sabía si tomarme en serio, había acertado tanto.
—Mi mejor amiga —dije al fin, más bajo de lo que pretendía—. Tenía que haber venido conmigo. Ha salido mal. Le mando mensajes para que sienta que está aquí.
Él giró la cabeza despacio. Me miró un buen rato, esta vez sin disimular, con una expresión nueva que no supe leer, un poco más blanda en la boca y mucho más atenta en los ojos. Había una arruga entre sus cejas, una raya vertical muy marcada, que se le suavizó un poco.
—Es una buena forma de estar con alguien —dijo.
Me limité a asentir. Se me había hecho un nudo en la garganta y no confiaba en lo que saldría si lo abría.
—La próxima estación es la nuestra —añadió, con una voz más amable que ninguna de las que le había oído hasta entonces—. Y, Willa.
—¿Qué?
—Tienes mermelada en la oreja.