Prohibido enamorarse en Berlín
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Capítulo 1
El cartel de cartón decía KESSLER con un rotulador que se estaba quedando sin tinta, y el hombre que lo sujetaba contra el pecho parecía estar esperando que nadie apareciera.
Yo aparecí. Llevaba veintitrés minutos de retraso, la riñonera cruzada sobre el pecho, un mapa de papel que me había dado Frau Zielke con la cruz de mi pensión marcada en bolígrafo rojo y el móvil al cuatro por ciento de batería.
Había atravesado la plaza más fea y más ventosa del hemisferio norte esquivando bicicletas, tranvías y un grupo de adolescentes que hablaban a gritos en un idioma que sonaba a que alguien se hubiera tragado un puñado de grava.
Cuando vi el cartel junto al reloj gigante, ese que gira con los nombres de ciudades de todo el mundo, estuve a punto de abrazar al desconocido.
Lo que hice fue levantar la mano como en el colegio.
—¡Hola! Perdona. ¿Eres Kessler? ¿De Kalte Stadt Touren? Soy Willa. Willa Brennan. Reservé el recorrido de la Guerra Fría, el de las tres horas.
Él me miró. Primero a la cara, después a la riñonera, después al mapa arrugado que yo sujetaba con las dos manos como si fuera un pergamino, y por último a la cara otra vez.
Tenía los ojos de un gris que no pegaba con nada, ni con el cielo ni con su abrigo de lana verde botella, y una barba de tres días que no era una elección de estilo sino una dejadez.
Alto. Bastante más alto que yo, que ya es decir, porque yo mido uno setenta y cinco y llevo toda la vida pidiendo perdón por ocupar sitio.
Del gorro de lana que le cubría hasta las cejas se escapaban mechones castaños con canas, demasiadas para la edad que le calculé.
—Llegas tarde —dijo.
Su inglés era seco y cuidadoso, cada palabra colocada en su sitio con ganas de que no se moviera.
—Veintitrés minutos, lo sé. Me he perdido.
Salí de la pensión con tiempo de sobra, de verdad, pero resulta que en esta ciudad las líneas de metro tienen letras y números y colores, y unos trenes van por arriba y otros por abajo, y yo cogí uno que iba por arriba cuando tenía que ir por abajo, o al revés...
—Llevo veinte minutos esperando que no vinieras.
Me quedé con la boca abierta y el discurso a medias.
—¿Perdona?
—El mínimo para salir son dos personas. Tú eres una. —Dobló el cartel por la mitad con una calma que me dieron ganas de arrancarle de las manos—. Te devolveré el dinero. Es un fallo de la web. Acepta reservas individuales y no avisa a nadie.
—No quiero que me devuelvas el dinero. Quiero la Guerra Fría.
—La Guerra Fría terminó en mil novecientos ochenta y nueve.
—Pues quiero lo que haya quedado.
Se bajó el gorro hasta tapar casi del todo las cejas y soltó el aire por la nariz.
Yo tenía un plan bastante sólido para esa conversación, que consistía en hablar sin parar hasta que el otro se rindiera.
Lo usaba con los pacientes que se negaban a abrir la boca en la consulta, con mi madre y con los vendedores de seguros.
Pensé en usarlo con él, pero ahora que lo tenía delante me sentía rarísima, con el pelo pegado a la frente por el viento y la certeza de que la humedad de esa mañana me había convertido la melena en un arbusto.
—Mira —le dije—, me costó veintidós euros y la reserva dice que no es reembolsable. Lo he leído tres veces. Lo leí en el avión, lo leí en el taxi y lo leí anoche en la cama, a las cuatro de la mañana, porque llevo dos días sin dormir y mi cuerpo está convencido de que en Pittsburgh es de día.
—Pittsburgh —repitió, despacio, pronunciando cada sílaba como si fuera un idioma que no hablaba.
—Pennsylvania. Estados Unidos. Una ciudad con tres ríos, un montón de puentes y unos Steelers que seguro que te dan igual.
—Me dan igual.
—Genial. Pues ya hemos hablado de algo. Eso es más de lo que se habla en la mayoría de los tours.
Y entonces pasó algo que me desconcertó.
El lado izquierdo de su boca se movió. Fue un movimiento mínimo, una grieta en una pared, y duró lo que tardó él en darse cuenta y apretar los labios para arreglarlo.
Pero yo lo había visto. Anoté mentalmente: este hombre tiene sentido del humor y lo guarda en un cajón con llave.
—Dos horas y cuarenta minutos —dijo—, que es lo que queda de tour después de tu tardanza. No haré paradas para comprar recuerdos. No habrá fotos de ti señalando cosas con la boca abierta. Si te quedas atrás, te quedas atrás.
—Trato hecho.
—Y no me llames guía.
—¿Cómo quieres que te llame?
—Kessler. O Jonas. Me da igual.
—Jonas —probé yo—. Yo soy Willa, con doble ele, como la abuela de mi padre, que murió con noventa y nueve años y quería que todos los nietos llevaran un nombre que sonara a mueble antiguo.
—Ya me lo has dicho. Willa Brennan.
—Ah, sí. Es verdad.
Ese era mi problema. Llevaba dos días en Berlín hablándole a todo el mundo, a la mujer del control del aeropuerto, al taxista que me miró por el retrovisor como si le hubiera propuesto matrimonio, a Frau Zielke y a un señor que vendía salchichas con una moto de tres ruedas.
Hablaba para no pensar en lo sola que estaba.
Y hablaba en voz alta porque a Dana, mi mejor amiga desde que teníamos nueve años, le encantaba que le contara todo, y Dana no estaba, y mi cabeza todavía no se había enterado.
Dana tenía que haber venido conmigo. Esa fue la condición del viaje desde el primer día, el día que hicimos una lista en una servilleta del Eat'n Park con las diez cosas que queríamos hacer antes de cumplir los treinta y cinco, y la número uno, escrita en mayúsculas y subrayada dos veces, era «Europa».
Teníamos treinta y dos años los dos. Ahorramos tres años.
Compramos los billetes en marzo, sin posibilidad de cancelación, con ese entusiasmo tonto de comprar cosas con meses de adelanto, cuando la fecha parece tan lejana que podría pertenecer a otra vida.
En agosto, Dana me llamó llorando para decirme que estaba embarazada de nueve semanas, que nadie se lo esperaba, que el médico le había mandado reposo absoluto, que lo sentía, que de verdad lo sentía, que fuera yo, que no fuera a ser que perdiéramos el dinero los dos.
Yo le dije que sí. Pasaba un poco de todo cuando me llamaban llorando. Le dije que me iría sola, que sería una aventura, que le mandaría fotos de todo, y colgué, y me senté en el suelo de mi cocina y estuve un buen rato mirando la nevera.
Y aquí estaba. En una plaza enorme de cemento, con una riñonera, un mapa de papel y un alemán gruñón de ojos grises.
—Vamos —dijo Jonas.
Echó a andar sin mirar si lo seguía. Tenía unas piernas larguísimas, unas botas de cuero gastado con los cordones de dos colores distintos, uno negro y otro azul marino, y un modo de caminar con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y los hombros un poco encorvados, como si el viento fuera un tema personal.
Tuve que trotar tres pasos para alcanzarlo.
—Primera parada —dijo, sin volver la cabeza—, el reloj.
—Ya lo he visto. Gira.
—Se llama Weltzeituhr. Reloj mundial. Lo construyeron en mil novecientos sesenta y nueve para decirle al mundo que Berlín Este era un sitio moderno y abierto. Muestra la hora de ciento cuarenta ciudades, casi todas de países en los que ninguno de los habitantes de este lado podía entrar.
Me quedé mirándolo. Nunca pensé que un reloj pudiera dar tanta rabia.
—¿Y eso de ahí? —señalé la torre, la inmensa aguja de metal con una bola brillante a media altura que dominaba el cielo entero—. Esa bola la he visto desde la ventana de mi cuarto. Parece una discoteca de los años setenta que se hubiera escapado al espacio.
—Fernsehturm. Torre de la televisión. Misma época, misma intención.
—Hizo una pausa y la comisura de la boca volvió a moverse, menos que antes—.
Hay una historia. Cuando la construyeron, el gobierno pensaba que sería el símbolo del socialismo.
Pero cuando le da el sol a la esfera de acero, el reflejo forma una cruz.
Una cruz enorme y brillante, visible desde toda la ciudad.
Los berlineses del Este la llamaban «la venganza del Papa».
Solté una carcajada tan fuerte que una señora con un carrito de bebé se giró a mirarme.
—Es buenísimo. ¿Es verdad?
—Es verdad. El arquitecto dijo que fue casualidad. Tampoco se lo creyó nadie.
Yo seguía riendo cuando me di cuenta de que él me miraba.
No con la mirada normal del que da una explicación y espera que la entiendas.
Me miraba a mí. A mi risa, a mi boca, a mi pelo disparado.
Duró poco, un segundo, dos como mucho, y luego volvió a mirar hacia delante y empezó a andar otra vez, pero me quedé quieta un instante, notando que me ardían las orejas.
Me dije que era el jet lag. Lo del jet lag se lo dije a mi cuerpo varias veces más durante la hora siguiente.
Fuimos en S-Bahn hasta una estación con un nombre que no conseguí pronunciar.
Jonas hablaba rápido y con una información brutal, como un manual de instrucciones leído por un hombre que no te soporta, y yo, que había venido preparada para que me contaran la historia con chistes de americanos y una bandera en un palo, descubrí que me estaba atrapando por completo.
Me explicó cómo un domingo de agosto de mil novecientos sesenta y uno la ciudad se había despertado con alambre de espino en mitad de las calles, y cómo hubo familias que quedaron partidas con la cena a medias.
Me habló de una mujer que se tiró por la ventana de un tercer piso a una red que sostenían los bomberos del otro lado, y de los vecinos que, al amanecer, vieron que sus aceras pertenecían ahora a otro país.
Yo caminaba a su lado, o más bien medio paso por detrás, porque llevaba un paso más corto que el suyo y no me quedaba otra.
Cada cierto rato me preguntaba si yo había entendido lo que acababa de decir.
Siempre la misma pregunta, «¿Lo has entendido?
», con el mismo tono hosco. A la tercera vez le contesté:
—Sí, lo he entendido. ¿Siempre hablas así?
—¿Así cómo?