Capítulo 20 #3
Willa se quedó mirándola.
—¿Y esto?
—Es nueva.
—¿Cómo se llama?
—Willa.
—¿Cómo que Willa?
—Porque está viva —dije, y me sonrojé hasta la raíz del pelo—. La compré en noviembre. Le he puesto tu nombre y le hablo todos los días. Es una tontería.
Willa no contestó. Soltó la maleta. Soltó el tubo. Cruzó la habitación, y me puso las manos en la cara, y me besó con tanta fuerza que me hizo retroceder hasta la pared, y empezó a desabrocharme el abrigo con los dedos temblorosos, sin dejar de besarme, riéndose y llorando a la vez.
—No digas nada.
—No digo nada.
—Cállate.
—Estoy callado.
—Llévame a la cama.
La llevé. Seis pasos, un zapato, el marco de la puerta, y esta vez no tropecé con nada.
La dejé caer sobre la colcha, que ahora era nueva y de color azul, y me tendí sobre ella con las manos en su pelo, con la boca en su cuello, en su clavícula, en el borde del jersey de renos que le quité por la cabeza, enredándosele en las orejas, entre las risas de los dos.
Debajo llevaba un sujetador de encaje negro. Me quedé inmóvil.
—Es nuevo —dijo ella, con las mejillas rojas—. Lo compré en Pittsburgh. En una tienda cara. No era de tres por dos.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida.
—Mientes.
—Willa.
—Vale, vale.
Se lo desabroché. Le besé los pechos, despacio, con la lengua y los dientes, hasta que ella arqueó la espalda con un gemido largo y me hundió los dedos en el pelo.
Le quité los vaqueros. Las bragas, a juego.
Me arrodillé entre sus piernas y la saboreé con una lentitud deliberada, que la hizo gritar mi nombre y retorcerse contra las sábanas, con los muslos temblando contra mis hombros, hasta que se corrió con un estremecimiento largo y hondo que me recorrió a mí también hasta los huesos.
Me desnudó ella. Sin prisa, con las manos temblorosas, besándome cada centímetro de piel que dejaba al descubierto.
Me tumbó boca arriba. Me tomó con la boca, con la lengua, con los labios, con una ternura voraz que me tuvo diez minutos al borde, con las manos aferradas a la colcha y el nombre de ella atascado en la garganta.
Cuando ya no pude más, la levanté. La tendí de espaldas.
Me puse el preservativo con los dedos torpes. Y entré en ella.
Fue lento. Fue infinito. Fue una sensación de volver a un lugar que había creído perdido, tibio y firme y mío, y los dos nos quedamos quietos un instante, con las frentes juntas, respirando el mismo aire.
—Hola —susurró ella.
—Hola.
—Estoy en casa.
—Estás en casa.
Me moví. Despacio al principio, con un balanceo hondo y largo, mientras ella me acariciaba la espalda, la nuca, el pelo, y me susurraba al oído cosas que no entendí y que no hacía falta entender.
Luego más rápido. Más hondo. Con las manos hundidas en sus caderas y la boca en la suya, con sus piernas enroscadas a mi cintura y sus uñas en mis hombros.
La cama golpeaba la pared con un ritmo seco y constante.
Willa gemía sin pudor, con la cabeza echada hacia atrás, con el pelo desparramado sobre la almohada, mientras yo le susurraba en alemán y en inglés y en todos los idiomas que conocía lo que llevaba seis meses guardándome.
Se corrió con un grito ahogado, apretándome con todo el cuerpo, con los ojos abiertos fijos en los míos. Y yo me deshice con ella, hundido hasta el fondo, con un gruñido hondo que me salió de las entrañas y la cara enterrada en su cuello.
Nos quedamos inmóviles. Con los corazones desbocados, la piel húmeda, los dedos entrelazados. En el alféizar, la planta nueva movía una hoja con la corriente que entraba por la rendija de la ventana.
—Te quiero —dijo Willa.
—Yo más.
—No es una competición.
—Gano igualmente.
Se rio. Me besó la sien. Y en ese momento, a través de la pared, claro como una campana, se oyeron dos golpes secos, seguidos de una voz de ochenta y tantos años, con un inglés cuidadoso y orgulloso:
—¡Gut gemacht, Junge!
Willa se tapó la cara con la almohada y soltó un chillido de risa. Yo me quedé mirando el techo agrietado, con una sonrisa tan ancha que me dolían las mejillas, y pensé que Herr Brandt, que a esa hora debía de estar en casa de mi abuela, había vuelto a su piso solo para esto.
—Herr Brandt —murmuré.
—Es un hombre maravilloso.
—Es un hombre insoportable.
—Los insoportables son los mejores.
—Eso lo dices por experiencia.
—Lo digo por ti.
La abracé. La apreté contra mí, con los labios en su pelo.
Fuera, por la ventana abierta, un tranvía cruzaba la calle con un campanilleo apagado.
En algún punto de la ciudad, un reloj gigante giraba despacio sobre los nombres de ciento cuarenta ciudades.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho y yo le acaricié la espalda, de arriba abajo, muy despacio.
—Jonas.
—Dime.
—¿Me has hecho el desayuno?
—Tengo Pfannkuchen.
—¿Sin relleno?
—Sin relleno.
—Qué bien me conoces —dijo, con los ojos cerrados.
Y yo me quedé allí, en mi cama, en mi casa, en Berlín, con una mujer dormida contra el pecho y una planta con su nombre en el alféizar, sin ningún mapa.