Algo más
Continúo sentada sobre el inmenso sofá, escudriñando cada rincón de su apartamento, mientras oigo que unos pasos se aproximan.
Giro la vista y veo su esbelta silueta acercándose con dos bolsas de papel de color cartón con unas letras japonesas grabadas en rojo.
Deben ser del nombre del restaurante. Le dedico una sonrisa y él me muestra sus perfectos dientes envueltos en una seductora expresión.
Deja las bolsas sobre la pequeña mesita que tenemos delante y se sienta a mi lado.
Luego tira de la parte frontal de la mesa hasta que consigue alzarla, quedando a una altura perfecta para permitirnos cenar en ella.
El mantel blanco ya estaba colocado, al igual que las dos copas.
Ahora, está sacando los cubiertos de un misterioso cajón que no se distinguía a simple vista, y situándolos alineados con el resto de la vajilla.
Se levanta, camina hacia la cocina y vuelve con dos platos azules con unas finísimas líneas doradas en el filo.
Cuando todo está dispuesto, comienza a sacar de las bolsas varios envases de plástico que me parecen tremendamente monísimos. Si estuviera en mi casa, no sería capaz de tirarlos porque debo reconocer que son mucho más sofisticados que la vajilla rancia que tenemos en el piso.
Un despliegue de formas, colores y olores se extiende ante mí. Todo tiene una pinta exquisita, aun así, nada de lo que hay me apetece. Ahora mismo mataría por una dichosa hamburguesa.
—¿Te sirvo un poco de todo?
—Sí, por favor —acepto con una modesta sonrisa.
—No están los Nirigi, ni los Sashimi —señala contrariado—. Se les ha debido olvidar.
—No pasa nada —le resto importancia. Ni siquiera sé qué son, pero no tienen nombres apetecibles.
—Pues pienso reclamar, ya ni en los buenos restaurantes hacen las cosas bien —refunfuña molesto.
—¿Quieres vino o prefieres cerveza?
—Vino está bien.
Me sirve la copa sin apartar los ojos de mí, su mirada es tan intensa que un ligero rubor se apodera de mis mejillas.
—¿Ya te he dicho lo bien que te sienta ese vestido? —pregunta, más lanzado que nunca.
Noto cómo mi respiración se vuelve irregular.
Cojo la copa y mojo levemente mis labios.
Esta noche noto que está diferente, decidido.
Me lo muestra en la forma en la que me mira, en la sinuosidad de sus palabras y en los delicados gestos con los que casualmente provoca que nuestras manos se rocen.
Como hace un instante cuando me tendió la copa.
Voy a responderle cuando el timbre me sobresalta.
—Debe ser el repartidor; seguro que acaba de darse cuenta de que se le ha olvidado la mitad del pedido.
Se levanta, encaminándose hacia la puerta y, a los pocos segundos después, lo oigo alzar la voz, pero no soy capaz de escuchar exactamente qué está diciendo. Aunque todo me lleva a pensar que está echándole la bronca al pobre repartidor por olvidarse de entregarnos la mitad del pedido.
Frunzo el ceño e intento prestar más atención.
Me parecería bastante grosero que estuviera hablándole a alguien en ese tono solo por un descuido, y más si está trabajando.
Continúo cada vez con más interés intentando dilucidar qué leches está diciéndole, pero al ver que es imposible, decido levantarme y acercarme.
Me gustaría saber si Iker se ha convertido en un pedante engreído.
Camino sigilosa hacia la puerta que está entornada, Iker parece estar fuera.
—¿Qué mierda haces aquí? ¿Todavía no te has dado cuenta de que no estás a la altura? —Escucho claramente decirle al repartidor en un tono escandalosamente despectivo.
Me muerdo las uñas unos instantes nerviosa.
No me está gustando ni un maldito pelo su actitud.
¿Quién se habrá creído para hablarle así?
Me recojo rápidamente el pelo en un moño, intentando tener las manos ocupadas en algo, antes de desplegar de lleno la puerta y parar este circo que está montando.
Quiero imaginar que es porque está algo nervioso con la cita, con nosotros, con lo que pasó.
Cuando pongo el primer pie fuera y veo la estampa que tengo delante, me quedo en shock.
Mi primer instinto es volver adentro y cerrarla de sopetón, pero algo me dice que no serviría de nada. Así que me quedo con los brazos a ambos lados de mis caderas, con los ojos excesivamente abiertos y sin poder pestañear mirando a Iker, y luego, a Markus.
Sí, a Markus.
¿Pero qué leches hace aquí?
—Ya no me hace falta pasar —gruñe dirigiéndole una mirada recriminatoria a Iker—. Blanca, siento presentarme aquí así —comienza a decir con la voz más dulce que he escuchado nunca—, pero me gustaría que me dieras unos minutos. Necesito hablar contigo.
—¡Venga ya, Markus! ¡Lárgate de una maldita vez! —ladra Iker—. ¿No te das cuenta de que cada vez que apareces todo vuelve a romperse? —escupe con tanta rabia que me pone los pelos de punta.
Markus le dedica una mirada gélida, sin entrar al trapo. Luego, toma aire intentando serenarse antes de hablar.
—Eso me lo tendrá que pedir ella. —Se voltea encarándolo sin perder las formas.
Yo estoy muda. No soy capaz de articular palabra, me ha pillado tan de sorpresa que mi cuerpo no reacciona.
—Asúmelo de una maldita vez y pírate —arremete de nuevo Iker.
Markus se lleva las manos a su pelo, que luce bastante desgreñado, por cierto, dudando de si debería hacerle caso a Iker o al pálpito que lo ha traído hasta aquí.
—No he oído salir de tu boca que me marche, aunque tampoco que me quede —expresa con temor sin dejar de centrar su vista en mí—.
Así que voy a decirte todo lo que tengo que confesarte aquí mismo —su voz se rompe y su tono ronco se reviste de una emoción que me quiebra el pecho—. Lo siento, Blanca, no sabes cuánto.
Hace una breve pausa para tomar aire.
—Siento no ser elegante, ni cortés, ni ordenado. A decir verdad, soy todo lo opuesto. Un maldito caos andante repleto de contradicciones y heridas. Conoces mi sarcasmo, mi desfachatez, mis imperfecciones, y una parte de mí está segura de que quieres huir de ellas, pero aun así necesito decírtelo.
No entiendo qué me pasa, pero sigo sin poder decir ni una palabra, y lo que es peor, un picor confuso se ha apoderado de mis ojos, entorpeciéndome la mirada.
—Blanca Pinto Casas, he sido un idiota —añade frustrado—. Tenía un discurso enorme preparado, pero creo que no soy capaz de…
Se calla unos segundos.
—Te quiero.
Y sus ojos, tan azules como las profundidades de un océano que guardaba hasta hace un instante los más asombrosos secretos, me miran con una mezcla de agonía y ternura.
¡Joder!
—Desde la primera vez que te vi no pude parar de pensar que eras increíblemente preciosa y ese carácter, ese aire respondón y ese rubor terminaron de volverme loco.
El resto supongo que se fue fraguando poco a poco, sin darme cuenta, ganándome el terreno sin que lo advirtiera.
Y luego tenía tanto miedo a sentirme abandonado que no fui capaz de afrontar lo que sentía.
Markus acaba de acercarse algunos pasos más, Iker le observa con desdén a su derecha, esperando que yo consiga decir algo. Y juro que quiero hacerlo, pero ahora mismo me siento sobrepasada.
Mi silencio le confirma lo que lleva temiendo desde que se subió a su furgoneta y emprendió el camino hasta aquí, lo percibo en cómo tuerce levemente el gesto y se muestra abatido.
—No pasa nada, Blanca. Me lo merezco —susurra forzando media sonrisa—. Solo deseo que seas feliz, y si es con él, lo entiendo. Estoy seguro de que luchará por estar a la altura — murmura con la voz quebrada, dándole su bendición a quien hace escasos segundos le ha dicho que siempre lo rompe todo.
Iker lo contempla, mientras se da la vuelta y alcanza la escalera, con una pizca de regocijo en el rostro, a la vez que yo lucho con el vendaval de sentimientos que me sacude por dentro.
Lo que acabo de escuchar es lo más arriesgado y tierno que alguien me ha dicho nunca. Y el acto de venir hasta aquí a desnudarse ante mí de esa manera es el gesto más increíblemente romántico de la historia y, a pesar de ello, continúo paralizada.
Creo que esta vez el miedo es a mí a quien está atenazando.
Tenerlos aquí a los dos enfrentados por mí es tan surrealista como vertiginoso. No me veo capaz de tomar una decisión hasta que el corazón se me contrae y el miedo se convierte en desesperación.
Continúo sin ser capaz de moverme.
Solo escucho sus pasos alejándose. Cada escalón retumba dentro de mí.
La mano de Iker se extiende, la tomo mientras veo cómo la espalda de Markus desaparece por el hueco de la escalera. Él me la sujeta fuerte mientras sus ojos buscan los míos.
Y entonces, todo cobra sentido.
Me acerco a él y lo abrazo, dejando escapar mis lágrimas que recorren mi rostro rápidas, acabando en su camisa.
—¿Esto significa lo que creo? —me susurra con delicadeza al oído.
Yo intento sorber mis lágrimas y retomar la compostura, pero no lo logro. Continúo en este estado unos segundos más llorando por lo que acabo de decidir dejar atrás.
—Lo siento —sollozo—. No sé cuándo sucedió, ni por qué, pero ha pasado —murmuro—.
No entiendo la maldita sensación que acaba de apuñalarme, sobre todo porque tú siempre has sido lo que más he anhelado.
Tú siempre has sido el hombre perfecto para mí.
Y nos parecemos tanto… —afirmo con la voz oscilante—. Pero…
—Pero… él ha conseguido algo más.
—Sí —murmuro alzando la vista y sintiendo el dolor que embarga sus ojos.
—Blanca, no te voy a decir que no esté destrozado ahora mismo, porque lo estoy.
Y tampoco voy a mentirte. Hay una parte de mí a la que le cuesta aceptar que sea precisamente él.
Cada vez que lo miro vuelven demasiados recuerdos, demasiadas heridas que también rompieron a mi familia.
Pero si crees que Markus puede hacerte feliz, no voy a detenerte.
Lo pego a mi pecho durante unos segundos más antes de apartarme de él. Y le dedico una última mirada pidiéndole perdón, antes de comenzar a correr escaleras abajo.