El idiota #2
—¡Joder! —mascullo entre dientes.
—Ahora nos empezamos a entender —señala con una sonrisa triunfante en la cara.
—¡Me cago en la puta!
—Exacto —recalca—. Comenzamos de nuevo justo en el principio de esta misma conversación. Eres idiota, y ahora que acabas de asumirlo, vamos a ver cómo lo solucionamos —dice con una vocecilla entusiasta que me descoloca aún más.
La miro con cara de pavor sin entender absolutamente nada.
Acabo de mandar a los brazos de otro a la única persona que ha sido capaz de removerme algo por dentro.
A la única a la que he dejado entrar en mis oscuros y fanganosos tormentos.
Acabo de darme cuenta de que en lo que llevo escudándome más de media vida no es en la valentía, sino en el miedo.
Mi pasado ha sido una huida constante de la decepción y, aun así, la muy maldita me ha encontrado, se ha plantado frente a mí y me ha atizado con más fuerza que nunca.
—Lo primero, necesito que lo digas.
—¿Que diga el qué?
—Que la quieres, idiota, y que lo que buscas es una relación —dice muy seria, señalándome con el dedo mientras un mechón enorme de su pelo rojo le atraviesa la mirada volviéndola más desafiante.
Dudo unos segundos, una cosa es haberme dado cuenta y otra, gritarlo a los cuatro vientos.
—Si no lo dices, salgo por la puerta ahora mismo y di adiós a tus posibilidades.
Trago saliva, me llevo ambas manos al nido de pájaros, y no sin cierta desesperación, termino hablando.
—Estoy enamorado de tu amiga.
Trago saliva.
—Y sí, me parece una auténtica locura. Pero lo único que ansío es levantarme cada día con ella a mi lado.
—¡Genial! —grita entusiasmada dando palmitas—. Pues tienes una oportunidad aún.
Hace una pausa que me parece demasiado larga antes de proseguir.
—Blanca ya ha vuelto a Madrid.
—Lo sé.
—Le contó a tu hermano lo que pasó entre vosotros, y sé por ella misma que Iker le dijo que esperaría hasta que ella estuviera segura de lo que sentía por él, y…
—se aclara la garganta, poniéndome más nervioso aún— sé que todavía no se han besado y, aunque Blanca no lo reconozca, ya te digo yo que es por ti.
Llevaba desde que comía piruletas babeando por él y ahora de repente algo la frena.
La miro sin poder disimular el brillo que se ha encendido en mis ojos.
¡Joder, tengo una oportunidad todavía!
—¿Qué has pensado? —digo atropelladamente.
—Esta noche cenan en casa de Iker, así que tienes exactamente —dice mirando su reloj— ocho horas para subir cagando leches en tu coche y decirle que la quieres o te aseguro que será demasiado tarde.
Si lo besa, no dará marcha atrás. ¿Me oyes?
La conozco, y aunque creo que hay algo irracional que la arrastra a ti, lleva enamorada de Iker desde siempre.
Asiento varias veces. Lo entiendo. Yo soy el huracán e Iker es el suave viento de levante que lleva años meciéndola. Y sí, quizás, pierda. Tengo muchas probabilidades, siendo sincero, pero me niego a no intentarlo. Es hora de dejar atrás los fantasmas y luchar de una maldita vez.
—Gracias, Desiré —agradezco dándole un escueto beso en la mejilla—. Te debo una —le grito tras coger al vuelo las llaves y correr hacia la puerta.
—Te mando la dirección de Blanca al móvil. —La oigo decir cuando cierro la puerta.
Intento no pisar demasiado el acelerador, pero no lo consigo.
Mi cuerpo parece actuar por sí solo, por puro instinto.
Y sabe que lo que dice Desiré es cierto, el momento en el que llegue será decisivo.
Si consigo verla antes de que vaya a su casa, tendré una pequeña oportunidad; si, de lo contrario, pasa algo más entre ellos, Blanca habrá decidido y no es el tipo de chicas que traiciona a alguien.
Y más, si por ese alguien también tiene sentimientos.
Porque sí, no soy tan idiota como para no verlo, ella de alguna forma siente algo por los dos. Pero ¿por quién siente más?
Cuando veo los carteles que indican que estoy ya en plena capital, el corazón comienza a golpearme con tanta fuerza que parece que va a romperme las costillas.
Me echo a un lado en la primera gasolinera que encuentro y busco la ubicación que me ha mandado Desiré.
La tengo, estoy a quince minutos y son ahora las nueve.
No sé a qué hora habrán quedado, pero puede que aún consiga llegar.
Ni siquiera busco aparcamiento. Estaciono en una parada de autobús, pongo los cuatro intermitentes, cierro el coche y me bajo de un salto.
Aprovecho que la puerta del piso está abierta porque acaba de salir una anciana y entro como una borrasca.
No espero el ascensor. Estoy tan acelerado y tengo tanta prisa que pienso que seré capaz de subir cuatro pisos corriendo antes que ese cubículo de hojalata.
Cuando llego a su descansillo me falta el aire, pero no me detengo. Llamo al timbre un par de veces.
Nadie me abre.
Comienzo a dar vueltas en círculo por el pequeño rellano. Vuelvo a llamar, pero nadie responde.
Lo intento una tercera vez, y la realidad cae sobre mí como un maldito bloque de cemento, aplastándome.
Se ha ido.
Acabo de perderla.