El idiota
Llevo varios días con una sensación agolpándoseme en el pecho tan amarga como extraña, que inexplicablemente me ancla al sofá de Charles.
Se lo he achacado a los dos enormes contratiempos que he sufrido recientemente.
El nuevo intento de suicidio de mi madre, que gracias a Dios se quedó en solo eso, otro intento.
Está mucho mejor, he podido incluso hablar con ella, aunque sin desvelarle que sé que está en el hospital.
Sabe disimular bastante bien, por cierto.
Porque antes de que pudiera decirle algo, ha justificado los incesantes pitidos y los ajetreados ruidos que resonaban de fondo en la llamada con la excusa de que estaba en un atasco.
Y la horrible charla que tuve con mi padre.
Hoy he llamado al trabajo y he solicitado unos días libres, no creo que sea capaz de atender a mis pacientes en este estado tan, llamémoslo, ausente.
Mi jefa me ha respondido que no hay problema, supongo que porque la última semana hice más horas extras que el Papa.
Así que aquí estoy en gayumbos, sin camiseta, con el pelo como un nido de pájaros, ni siquiera me parecería extraño encontrarme algunas ramas en él después de no pasarme el peine durante una semana, haciendo zapping .
No me detengo más de cinco minutos en ningún canal.
Todo me parece gris, aburrido, carente de sentido.
—¿Piensas ir así a trabajar? —se queda mirándome con gesto serio Charles, que acaba de verme tras salir de su habitación.
—No me encuentro bien, hoy me quedo aquí.
Me mira ceñudo, examinándome con detenimiento.
—¿Qué te duele exactamente?
—La cabeza y el estómago —respondo rápido, intentando que me crea y me deje en paz.
—Esos síntomas no tienen nada que ver el uno con el otro.
—¿Acaso has estudiado medicina? —ironizo con seguridad, dejando entrever que el que se sacó la carrera de medicina soy yo.
—No hace falta —zanja, cruzándose de brazos—. Sé perfectamente lo que te pasa —arremete.
Volteo los ojos unos segundos y vuelvo a intentar cambiar de canal, pero el enorme cuerpo de Charles está tapando la tele y, por mucho que estiro el brazo, el dispositivo no reconoce mi insistencia.
Mi amigo resopla varias veces al darse cuenta de que lo estoy ignorando concienzudamente, y de que no pretendo dejar de hacerlo.
Finalmente, se aparta con movimientos poco amigables y la mandíbula más tensa de lo normal.
Yo sigo a lo mío.
—Como vuelva a la hora de comer y sigas aquí así, tomaré medidas drásticas.
—¿Qué piensas hacer, desalojarme? —respondo gallito con notas excesivamente sarcásticas.
—Ya lo verás —sentencia mientras coge el equipo de kitesurf y sale por la puerta protestando.
Tengo el culo acartonado. Llevo más de cuatro horas en la misma postura.
Tumbado con la cabeza sobre el apoyabrazos del sofá, la pierna derecha arriba del respaldo y la otra estirada rozando el suelo.
Parezco un despojo humano, o al menos me siento como uno.
Hago un esfuerzo y me levanto arrastrando los pies por el suelo de terrazo hasta alcanzar la nevera.
Cojo dos latas de cerveza y me giro para encaminarme de nuevo al sofá, pero me arrepiento y me vuelvo por tres más.
Hay que dosificar las fuerzas. Menos paseos, más descanso.
Pongo los deportes como si me interesaran, bostezo varias veces y vuelvo al documental del ascenso al Everest. A los pocos minutos me detengo en una serie que he visto mil veces con mi madre porque a ella le encanta, Friends .
Termino con media sonrisa en los labios, admirando a ese grupo de amigos tan variopinto.
Cinco horas más tarde, Charles entra por la puerta y me ve exactamente en la misma postura.
—Tú lo has querido.
Le echo una escueta mirada indiferente y sigo viendo la serie sin inmutarme. Cuarenta minutos después, descubro lo que había detrás de su amenaza.
Lo había subestimado.
Desiré.
—¡Vístete! —ordena con un tono de voz tan elevado que hace que me retumbe la cabeza. Quizás también tenga algo que ver las seis cervezas que llevo encima.
—Vale… voy —mascullo levantándome con dificultad mientras saco de mi maleta, que está a cinco pasos de distancia, en mitad del pasillo, una camiseta arrugadísima y unos pantalones cortos.
Que la novia de tu amigo te vea en calzoncillos y sin camiseta en plan okupa quizás se exceda un poco de lo razonable socialmente, solo por eso lo hago, me visto.
—Ahora siéntate.
—¡Qué mandona! —me quejo burlón.
—Pues esto no es nada —gruñe airada, acribillándome con la mirada mientras me siento.
—Pues tú me dirás —le espeto con algo de prepotencia.
Al oírme, comienza a murmurar algo que no logro escuchar, luego pone los brazos en jarras y da dos vueltas por el salón.
Está alterada. Entiendo que será por mi insolente actitud.
No se sienta cuando termina su siseo interno, simplemente se detiene justo en frente de mí sin variar su postura corporal.
—Eres un auténtico idiota.
—¡Joder! —farfullo sorprendido, que Desiré, a la que he rozado levemente, me insulte, me desconcierta—. Pues vaya recibimiento —respondo sin amilanarme.
Entrecierra los ojos muchísimo más y tuerce una sonrisa de disgusto.
—Pues me estoy quedando muy corta, lo que de verdad quiero gritarte es que eres un auténtico gilipollas.
Esta vez sí cierro la boca.
—Charles me lo ha contado todo.
Miro a Charles con cierta inquina. Será lenguatón. No sabe tener la boca cerrada.
—Te lo advertí, Markus, te dije que pasaría a ser drástico —añade con demasiada calma, mi supuesto amigo.
—Son cosas personales de mi familia, no tienes por qué ir aireándolas —atajo molesto.
—Sí que tiene, porque quiere ayudarte, idiota.
Otra vez insultándome. Miro a la pareja de agapornis malditos que tengo en frente con ganas de arrojarles a ambos una de mis latas de cerveza a la cara. Desgraciadamente, todas están ya vacías, así que refunfuño cruzándome de brazos a la espera de que comience el sermón.
—No estás así ni por tu madre ni por tu padre —suelta Desiré.
Arrugo la frente dejando escapar una risa baja demasiado irónica.
—¿Y entonces? —pregunto, convencido de que la novia de mi amigo está como una maldita regadera.
—Estás así por Blanca.
Esto ya es demasiado. Una carcajada estruendosa sale de mis labios sin que intente ni siquiera impedirla.
—Pero qué dices.
—La verdad. La que parece ser que no quieres ver. Que te has enamorado, Markus, que lo que tienes no es un resfriado, ni depresión, ni unas cagaleras. Lo que tienes es mal de amores.
Lo primero que me sale es una carcajada estruendosa, o al menos eso es lo que mi mente le dicta a mi cuerpo.
La realidad supongo que es otra. Porque a mitad de ella se interrumpe abruptamente, como si mi maldito y asqueroso cerebro hubiera corroborado de alguna insensata forma la idiotez que la tía esta acaba de soltar por su bocaza.
¿Yo enamorado? ¡Venga ya!
Está claro que me gustaba. Mucho. Eso es innegable.
Pero de ahí a palabras mayores… Yo aborrezco las relaciones.
Me niego a convertirme en un títere, un idiota al que alguien pueda hacerle trizas la vida solo porque decida marcharse con otro.
La comparación comienza en mi mente con mis padres, con la humillación, la desesperanza, la depresión de mi madre por un hombre, pero luego poco a poco algunas imágenes van bailando en mi cerebro.
Imágenes de ella cuando le robé el aparcamiento y me exigió con las mejillas arreboladas que quitara mi coche.
Cuando tuve que agarrarla del trasero para bajarla a tierra porque se la tragaba el mar.
Cuando le di mi mano en el restaurante y una agradecida sonrisa apareció unos segundos en sus labios.
Cuando la tenía sobre mí, mientras la besaba, deseando que la noche no tuviera fin nunca.
Mi semblante se vuelve blanco por completo, y mi cuerpo se entumece.
Es como si todo lo que me había empeñado en negarme a mí mismo se hubiera presentado de sopetón ante mí, diciéndome: «Hola, Markus, bienvenido a la puñetera realidad, esta chica tiene razón, eres un jodido idiota con un miedo atroz a sentir justamente lo que ya estás sintiendo.
Enhorabuena, imbécil, ya no hay marcha atrás».
Siento que mi cabeza comienza a dar vueltas, me estoy mareando.
—¡Cógelo, Charles, que este se nos cae de la silla! —grita Desiré.
Unas manos fuertes me sostienen la espalda, y yo deseo que me suelten. Quizás si me estampo contra el suelo se me pase la sensación que me recorre el jodido cuerpo.
—¡Maldita sea!
—Exacto. Veo que acabas de entrar en razón —suelta con una vocecita aguda que me taladra el maldito cerebro.
La miro con ojeriza, intentando no soltar lo que estoy pensando.
—¿A quién cojones se le ocurre decirle que se quede con su hermano? —me regaña señalándome con el dedo enfadadísima—. Yo había apostado por ti desde el principio y no por el insulso de Iker.
Tartamudeo algo incomprensible. Estoy descolocado. Esta chica está volviéndome loco y no en el buen sentido.
¿Desiré había apostado por mí? Pero si yo soy la peor opción… desde siempre, si yo no creo en relaciones, si yo… yo…
—¿No piensas decir nada? —Otra vez su vocecita estruendosa haciendo estallar mis tímpanos.
—No sé qué decir —señalo—. Yo no soy de relaciones. No quiero…
—¡Por el amor de Dios! ¡Y Charles decía que tú eras el listo!
—Se echa las manos a la cabeza—. Eso sería lo que querías, Markus, antes —dice, negando con la cabeza contrariada—.
Antes, mucho antes de convertirte en esto —añade sofocada, señalando el sofá, la serie Friends , las incontables latas de cerveza y a mí, que por su cara debo tener un aspecto muchísimo peor del que ya imaginaba.
Quiero rebatírselo, gritarle que está loca, que no deja de decir estupideces y que quién se ha creído para hablarme así, pero en el fondo creo que tiene razón.
¡Maldita sea, tiene razón!
¡Y creo que acabo de darme cuenta ahora mismo del motivo por el que me ha hablado como el maldito orto!