Prohibido enamorarse del idiota El hombre perfecto
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El hombre perfecto

He mirado el reloj en los últimos diez minutos más de veinte veces.

Son las diez menos cuarto, lo que significa que en un cuarto de hora comenzarán las siete horas y algo que pasaré junto a Iker.

No sé por qué, pero ahora mismo me parecen demasiadas.

No hemos pasado tanto tiempo juntos en estos escasos días que hemos compartido, y comienzan a preocuparme cosas como que no sé si conseguiré llenar los silencios, si pensará que conduzco fatal o si mi música le parecerá horrible.

Quizás es que me está dando un ataque de ansiedad o que me estoy volviendo completamente loca.

Dirijo un último vistazo al apartamento, cerciorándome de que está todo en orden.

Lo he recogido todo, lo he limpiado y he vaciado la nevera para que todo quede tal y como cuando llegué.

Me cepillo una última vez el pelo con las manos antes de coger las maletas mientras me miro en el espejo y me infundo valor.

Cuando salgo, lo veo ya esperándome junto a su equipaje.

—Te ayudo —se ofrece galante, cogiendo dos de mis maletas.

—Gracias —respondo siguiéndole.

No puedo evitar que, por unas décimas de segundo, mis ojos abandonen su espalda y se cuelen indiscretos por su ventana, como si esperasen algo que ni ellos mismos supieran descifrar.

Estoy bajando el segundo escalón con las dos maletas que llevo, cuando Iker se vuelve y las agarra para soportar su peso.

—Gracias —repito de nuevo.

—Encantado —dice guiñándome un ojo con deferencia.

Mis maletas ocupan todo el maletero, así que las suyas las colocamos sobre los asientos traseros.

Nos subimos al coche y mi mirada recorre la calle como si buscase algo inesperado, pero lo único que veo es el devenir normal de un fin de semana de verano.

Coches buscando aparcamiento, gente dirigiéndose a la playa y un sol que comienza a ser implacable.

Pongo el intermitente y le doy volumen a la radio.

Miro de reojo a mi acompañante, que me regala una encantadora sonrisa, meto primera y comienzo a circular, dejando atrás todas las historias que acumulé en mis veranos anteriores.

Porque, hoy, la que vuelve a Madrid es sin duda una Blanca diferente.

Hoy se comienza a reescribir mi historia, con la salvedad de que quizás lo que planifiqué ya no es del todo igual, aunque todavía ni siquiera yo sea consciente aún.

Cuando me doy cuenta, estoy entrando en la capital.

Al comienzo me notaba un poco nerviosa, incluso observada, pero poco a poco me he ido sintiendo más cómoda a su lado.

Iker ha estado hablándome de su trabajo, de sus anteriores relaciones, de su madre y de un sinfín de cosas más.

También ha aprovechado para preguntarme sobre las series que me gustan, qué hago en mis ratos libres y cómo se llaman mis mejores amigas.

Creo que quiere utilizar toda esa información en su beneficio porque, antes de bajarse en su casa, me ha propuesto que veamos juntos Friends mañana por la noche.

Ha insinuado que su piso sería la mejor opción por aquello de no incomodar a mis amigas y dejarles a ellas el salón.

No he querido desvelarle que esta semana tengo el piso para mí sola, porque ellas están en Italia.

Y, cómo no, le he dicho que sí.

Se me hace extraño estar de nuevo en mi habitación.

Es como si sintiera que han pasado años luz y no un mísero mes.

Quizás también tenga que ver con que ellas no están.

Es imposible tener todo este espacio para mí sola normalmente.

Hasta casi estoy echando de menos tener cistitis de nuevo para usar el baño a mi antojo y no salir de él, ahora que es todo mío.

Y, joder, un maldito pensamiento me lleva al otro y me recuerdo en la consulta desnuda con las piernas y las manos dislocadas bajo la atenta e incitadora mirada de Markus.

Un pequeño escalofrío me estremece, erizándome la piel.

No entiendo por qué, si aquí hace un calor insoportable.

Madrid en este instante es el maldito infierno.

¡Joder, otra vez acabo de recordar su dichoso careto!

Después de decir tantas veces que era el mismísimo demonio, la asociación mental estaba servida. Debe ser el calor sofocante. Los treinta y nueve grados están cociéndome el cerebro.

Es eso, seguro.

Me voy a la cocina, abro el frigorífico y me vierto un vaso de leche fresquita, saco el bote de Cola Cao, le echo tres cucharadas bien cargadas y lo remuevo con brío, intentando que el frescor del líquido me aplaque de una vez.

El sonido de varios WhatsApp resuena en mi móvil.

Voy hacia el salón para cogerlo con un pellizco en el estómago.

Abro rápidamente la aplicación y compruebo que es Iker.

Ya tengo ganas de tenerte aquí al lado.

Lo siguiente es una foto de él en su sofá con la tele de fondo.

Me fijo en ella con minuciosidad. Su salón parece enorme y la decoración es muy masculina, clásica, de tonos oscuros y sobrios.

Le representa bastante. No es como otros pisos de hombres en los que se ve a leguas la mano de una mujer detrás de cada elección del mobiliario.

Si sus antiguas parejas estuvieron ahí, debieron llevárselo todo con ellas, porque no hay ni rastro de nada que tenga cierta sensación personal o algún atisbo colorido que desentone con la impoluta corrección que lo abarca todo.

Me imagino allí sentada y la sensación que me recubre la piel es de seguridad, como si con él pudiera estar serena, confiada con lo que podemos llegar a ser juntos.

Es lo que siempre he buscado. Alguien que me complemente, que sea como yo, que siga el mismo patrón que yo diseñé desde niña.

Acabo de llamar a su timbre y me siento un poco desubicada, como si no me terminara de creer que estoy aquí.

La puerta se abre y tengo que alzar los ojos para encontrarme con sus iris que se expanden nada más verme.

Está guapísimo, tanto que me obliga a recordarme que debo respirar.

Lleva el pelo con un poco de fijador, domando las puntas para que no luzcan rebeldes, un pantalón del mismo tejido y tono que la camisa, que diría que no la ha comprado en ninguna tienda de Inditex.

Me detengo un segundo en el pequeño dibujo que luce en la parte superior de ella y corroboro que es de Adolfo Domínguez.

Una desbordante sonrisa acompaña el resto de su look .

—Estás preciosa —adula, deteniendo su atención en mi vestido.

Le he dado tres vueltas a mi armario hasta decidirme por él. Es ajustado, pero no demasiado corto, la tela casi llega a mis rodillas. Es negro, sencillo y discreto. No quería que fuera demasiado llamativo, ahora que sé que la que va a marcar los tiempos de nuestra relación voy a ser yo.

—Pasa —me invita dándome al entrar un casto beso en la mejilla—. ¿Te apetece ver el piso?

—¡Claro!

—Pues vamos —me invita posando su mano derecha en la parte baja de mi espalda mientras me guía—. Este es el salón.

—Es enorme —exclamo haciéndome la sorprendida.

Lo cierto es que ya lo había visto. Me sé al dedillo todo su Instagram, y este espacio salía en varias fotos.

Es increíble, puede que su salón abarque todo mi piso entero.

Repaso con la mirada los detalles que no era capaz de apreciar en sus fotos.

Tiene varios cuadros de pintores famosos, son réplicas bastante buenas, una alfombra enorme de un tono azul que le da mucho carácter a la habitación, pero sobre todo lo que más llama mi atención son las enormes estanterías lacadas en negro repletas de libros.

Podría pasar aquí semanas sentada en el mullido butacón que tiene al lado.

—¿Te gustan?

—Mataría por tener algo así.

Una curva muy sutil y tierna se dibuja en su rostro.

—No creo que tengas que hacerlo —susurra comedido—. Es toda tuya si la quieres.

Un pequeño rubor enciende mis mejillas, dirijo la vista hacia los libros y me acerco hasta alcanzar uno de ellos.

El lazarillo de Tormes . Lo devuelvo a la estantería y continúo leyendo los títulos de los cantos de los libros.

Don Quijote de la Mancha , Cien años de soledad , La Odisea , todos son clásicos.

La mayoría los he leído, aunque debo reconocer que no es mi estilo preferido, aunque tampoco esperaba encontrar en su estantería romance contemporáneo.

No me lo imagino leyendo esas historias y, además, las tonalidades de sus portadas: rosas, celestes, amarillas pastel…

desentonarían demasiado en su fino salón. Sería casi un sacrilegio.

—¿Quieres ver el resto?

Asiento ilusionada. Estoy muerta de curiosidad por ver si todo lo demás sigue la misma línea de elegancia.

—Esta es la cocina.

—¿Todo esto es para ti solo? ¿No la compartes con cuatro vecinos más? —pregunto desplegando a más no poder mis pestañas.

Una isla azul oscura aparece en mitad del habitáculo, tiene cuatro fuegos, una pila más grande que mi ducha y una encimera marmolada en la que pueden comer tranquilamente más de cinco personas. Al fondo, la pared está forrada de muebles del mismo color.

—No es tan grande.

Me vuelvo cruzándome de brazos con gesto insolente.

—Recuérdame que nunca te invite a ver mi piso.

Una potente risa se escapa de su garganta.

—Espero que no lo digas en serio. —Alza sus cejas  divertido—. Estoy deseando que me invites.

—Pues ve olvidándolo —replico con media sonrisa.

—¿Seguimos o estás odiándome demasiado?

—Seguimos. Te odio, pero necesito ver el resto.

Me enseña el cuarto de invitados, un aseo, otra habitación en la que tiene un despacho y, por último, su habitación.

Ahí el aire se me agolpa en los pulmones.

No sé si es porque percibo su aliento en mi nuca, porque noto la electricidad en sus ojos o porque mi mente ha comenzado a divagar.

Tan solo sé que abandono la habitación antes de llegar a descubrirlo.

—Vamos al sofá, la comida estará a punto de llegar.

—¿De llegar? —Arqueo una ceja—. ¿Tanta cocina para nada?

Levanta las manos divertido en señal de rendición.

—Pillado —sisea—. No es una de mis mejores virtudes. Además, me apetecía cenar sushi. Es del mejor restaurante de Madrid —alardea.

Estoy a punto de decirle que no me gusta el sushi, que lo detesto. Lo probé hace unos años y corroboré que lo del pescado crudo no era para mí. Por mucho que esté de moda y la gente lo ensalce, a mí me parece que no tiene ninguna gracia. Termino mordiéndome la lengua, no quiero incomodarlo.

Nos acomodamos en su enorme sofá de siete plazas, estamos próximos, pero no tanto como para que nuestros cuerpos se rocen. Me miro las rodillas fijamente cuando percibo que su mirada gris se centra en mí segundos antes de que atrape el mando y encienda la televisión.

—¿Quieres que ponga ya la serie? ¿O prefieres verla después de cenar?

El timbre interrumpe mi respuesta.

—Ahora vengo.