Prohibido enamorarse del idiota Contando las horas
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Contando las horas

No recordaba haber traído tantas cosas. Si no fuera porque es imposible, diría que mi equipaje se ha multiplicado.

He doblado todas las faldas, camisetas y vestidos como siempre lo hago, con ese método infalible en el que el orden es el mejor aliado y, aun así, no caben.

Me quedan algunas prendas más que meter, más el portátil, la toalla y las planchas del pelo.

No lo entiendo, parece que necesito otra maleta.

Empiezo a desesperarme. Es como si hubiera perdido todas mis facultades en un mísero mes.

Por un momento se me pasa por la cabeza ir al chino a comprar otra maleta, pero lo descarto al instante.

Si todo esto vino así de Madrid, juro que va a volver de la misma forma.

Comienzo a sacar de nuevo las prendas, esta vez con un poquito de impaciencia.

Luego, lo vuelvo a colocar todo sobre la cama, ordenándolo por tipos y tamaños.

Cuando lo tengo todo fuera, comienzo de nuevo.

A la media hora estoy sudando a chorros mientras maldigo mi mala suerte.

Mañana regreso a casa. En un día estaré de nuevo paseando por las calles de la capital, dejando atrás este convulso mes.

En dos, estaré de nuevo en mi pequeño despacho analizando los riesgos de los mercados bursátiles.

Una leve sonrisa se dibuja en mi cara. Tengo ganas de volver.

Entre estas paredes soy incapaz de dejar de darle vueltas a todo.

Siento como si otra vez hubiera perdido algo que nunca llegué a tener. Es como si el caprichoso destino me dijera: «Iker, no es para ti, ¿no ves que por mucho que lo intentes siempre vuelves a la casilla de salida?». Aunque esta vez, te has puesto allí tú sola. Lo que hiciste no tiene nombre.

Al final termino rindiéndome y salgo a comprar una dichosa maleta. Me cobran cincuenta euros por algo que no debe costar ni treinta, y los pago con resignación. No estoy dispuesta a volver a empezar.

Empaco las últimas cosas y, cuando lo tengo todo listo, llamo a Desiré. Le he prometido que comeremos juntas. También nos acompañará Charles.

—Tengo una última travesía en media hora, vente —me suplica Desiré.

—No creo que llegue a tiempo, tengo que cruzar medio pueblo.

—Convenceré al capitán para que te espere. Hoy es Manolo, y ese hace cualquier cosa que yo le pida.

—¡Anda, mira! Por fin me entero de a quién iba dirigido tu codazo. —Río.

—¿Vendrás? Seguro que vemos delfines, te despedirás por todo lo alto.

—Venga, cojo el bolso y salgo.

Mi amiga aplaude alegre mientras la oigo gritar que hasta que su amiga no llegue, que ni se le ocurra zarpar.

Distingo una voz que con zalamería le responde que lo que ordene su musa se hará.

Pongo los ojos en blanco antes de colgar y salir con brío, son capaces de hacer esperar al grupo dos horas como yo no llegue.

Dejo atrás el apartamento y recorro el paseo marítimo hasta llegar al puerto.

Allí oteo rápidamente el muelle hasta que diviso la embarcación.

Cuando pongo el primer pie en él, mi amiga grita que acaba de llegar el pasajero especial y que ya podemos zarpar.

Me dan ganas de estrangularla cuando todos dirigen su vista hacia mí. Les he hecho perder quince minutos.

Pequeñas gotas de mar me salpican en la cara mientras cierro los párpados y disfruto de la sensación.

Navegar siempre me calma. Los abro solo cuando escucho el murmullo de felicidad de la gente.

Hemos tenido suerte, los delfines parecen haber salido a nuestro encuentro.

Es maravilloso verlos saltar libres, felices.

Desiré se coloca a mi lado y pasa su brazo por mi hombro con ternura.

—Gracias por venir, ha sido maravilloso tenerte todo un mes a mi lado —me susurra con cariño.

La abrazo como respuesta. Estoy un poco tontona por todo, y ella lo sabe. Me conoce demasiado bien.

Cuando llegamos a casa de Desiré, Charles ya tiene preparada la lasaña vegetal, así que nos acomodamos en la mesa.

—¿De verdad tienes que irte? —Arruga el labio Desiré.

—Sí —contesto sin disimular que estoy deseándolo.

—Unos días más…

—Ni muerta —rezongo—. Ya he tenido suficiente.

—No seas tan drástica, fijo que las cosas dan un giro inesperado.

La miro de reojo. Espero que sea una forma de hablar y que no esté metiendo las narices donde no le llaman. Ella es muy de intentar mover los hilos para conseguir darle la vuelta a la tortilla.

—No habrás hecho nada, ¿no? —tanteo temerosa.

—No. No. Te lo prometo. Te dije que iba a mantenerme al margen y lo he hecho. No he llamado a ninguno de los dos.

Arrugo el entrecejo intentando dilucidar si dice la verdad. Parece que sí, que por una vez se ha quedado quietecita, aunque nunca se puede estar segura del todo con ella.

—Aunque, si supiera algo, ¿querrías saberlo? —pregunta, posando levemente sus ojos sobre Charles.

Niego fervientemente con la cabeza.

—Se acabó, no más. Solo quiero volver a mi vida normal.

Mi amiga suspira, y veo que Charles le dedica una mirada de reprobación.

Esos dos han estado hablando de algo que yo no quiero saber, y a juzgar por la pregunta y por cómo Charles la observa, diría que está intentando que mantenga la boca cerrada, tal y como le he pedido.

Mi amiga lucha unos segundos más en su asiento hasta que parece entrar en razón.

El resto de la cena la pasamos charlando de cuando nos disfrazamos de Mortadelo y Filemón, porque a Desiré le habían comprado los cómics y estaba tan enganchada a ellos que se empeñó en ir con semejante atuendo.

También hablamos de la abuela Herminia, de cómo le iba a Charles el negocio y de hacer los tres juntos un viaje por Sudamérica.

Cuando llega la hora de despedirnos, Desiré no quiere soltarme. Está más de diez minutos abrazándome con tanta fuerza que casi me mareo. Luego empieza a besuquearme los mofletes como loca y me hace prometerle que volveré en cuanto pueda.

Le ofrezco mi pequeña habitación en Madrid para que me visite y eso la hace explotar de alegría. Me promete que en unos meses subirá a verme.

Charles se ofrece a llevarme a casa, pero le digo que prefiero caminar.

Al llegar al apartamento, un extraño vacío se acomoda en mi pecho. Me tumbo en el sofá y busco una película de acción, necesito ver tiros, persecuciones y explosiones que me alejen el picor que comienzo a sentir en los ojos.

Media hora después, el timbre suena.

Doy un pequeño brinco del sofá, el corazón me late frenético, tanto que puedo notar perfectamente los golpes en mi pecho. Dos enormes zancadas me hacen recorrer la mitad del pasillo, pero luego me freno en seco.

¿Quién estará detrás de mi puerta?

A estas horas solo existen dos posibilidades, y por mucho que me pese, ni siquiera estoy segura de a quién quiero ver realmente.

¡Maldita sea! Llevo días así, enfadada, frustrada, agobiada.

Por eso quiero volver. Ya ni siquiera estoy convencida de lo que realmente siento.

Que hayan terminado rechazándome los dos ha acabado no siendo mi principal problema, porque lo que de verdad me desestabiliza y me quita el sueño es no saber hacia dónde apuntan mis sentimientos.

¿Si esa noche no me hubiera cruzado con Markus habría elegido a Iker?

¿Si Markus hubiera decidido quedarse, hubiera olvidado a Iker?

Aunque, ¿qué importa ya? Quizás la única respuesta se encuentra ahora mismo tras mi puerta.

Si sentía algo por los dos y, después de rechazarme ambos, solo uno ha sido incapaz de marcharse del todo, ¿no significa eso algo?

Quiero creer que sí.

Acorto el resto de distancia que me separa de la puerta, evitando mirar por la mirilla, aunque la curiosidad me carcome por dentro.

Inspiro con fuerza y, con toda la valentía y decisión que logro reunir, abro.

Mis ojos tardan unos segundos en acomodarse y enviar la imagen que tengo ante mí a mi cerebro.

Tan increíblemente guapo como siempre, con esa mirada nítida y esa pose distinguida, Iker.

—Hola —me saluda casi en un susurro.

Una tímida sonrisa se me escapa y va haciéndose cada vez más amplia. No quiero precipitarme, ni hacerme falsas esperanzas, pero que esté aquí es una buena señal.

—Hola —digo tan bajito como si tarareara los coros de una canción melosa.

—¿Puedo pasar?

Estoy tan nerviosa que no me salen las palabras, así que me aparto y él cruza mi rellano.

¡Joder huele a mango!

Camina hacia la barra de mi cocina sin esperarme.

Cuando llega, aparta uno de los taburetes altos, se sienta y desliza sus ojos hacia los míos.

Un nudo enorme se me forma en la garganta.

No quiero subir las manos a la barra, ni apartar el otro taburete porque no estoy segura de sí se me escurrirá de las manos, que ahora mismo me sudan horrores, y lo tiraré al suelo.

Necesito serenarme, pero mirándome tal como lo está haciendo es difícil.

Hay una mezcla de contrariedad en su rostro, unida a algo más.

Permanezco de pie, frente a él, con mis manos a ambos costados y la incerteza recubriendo mis labios, secándolos.

—¡Joder, Blanca! Le he dado mil vueltas a esto —dice llevándose una mano a su frente—. Tú no haces esas cosas —titubea— o al menos no las hacías —se autocorrige.

—¿Te refieres a…? —no logro terminar, porque las palabras se me atragantan.

—Tener un rollo —completa—. A ver, ¡joder! No me malinterpretes, no ha sonado —carraspea confuso—. No digo que esté mal, ni que yo nunca haya tenido un lío —vuelve a carraspear—. Lo que intento decir es que la Blanca que yo conocía no hacía esas cosas sin que hubiera un sentimiento detrás.

Y lo que acaba de decirme me atraviesa como si fuera una maldita daga.

Hubiera preferido mil veces que me hubiera dicho que era una chica fácil, porque esto, esto me hace no saber qué cojones contestarle.

Ni yo misma sé quién soy en estos momentos.

Mis labios se fruncen ante la impotencia enorme que siento.

Él centra en mí sus ojos grises buscando la respuesta, pero no la obtiene.

—Blanca, lo que me preocupa es no saber si te gustaría que comenzáramos algo, porque cuando estamos juntos noto que sí, pero… me tienes descolocado —suelta de golpe todo el aire.

Cierro los párpados unos segundos, y con la mano temblorosa retiro la silla y tomo asiento, esperando que las palabras comiencen a salir solas, sin pensar. Ansío que mi instinto tome el mando, porque mi razón hace tiempo que se dio a la fuga.

—Yo… yo llevo enamorada de ti desde los cinco años —confieso por sorpresa, como si ni yo misma me esperara decir eso.

Sus comisuras se alzan lentamente hasta dibujar una enorme curva en su rostro.

—Lo sé.

Mi corazón se detiene en seco al oírlo.

—¿Lo sabías? —repito confusa, bloqueada.

—Tardé unos años en darme cuenta —explica con cierto pesar en la mirada—. No supe interpretar bien las señales, supongo. Pero, cuando comencé a salir con aquella chica, te noté muy extraña, te apartaste de pronto, sentí que no querías tenerme cerca y le pregunté a Desiré.

—¿Y ella te lo contó?

—No de primeras, pero insistí tanto que terminó confesándomelo y pidiéndome que me alejara de ti porque te hacía mal.

Bajo la vista avergonzada, mientras mis mejillas adquieren ese tono que siempre me delata.

Que él lo supiera se me hace doloroso. Es como si una parte de mí se sintiera humillada.

Es un sentimiento extraño, ilógico, pero está ahí gritándome que nunca me vio lo suficientemente buena para él, aun sabiendo lo que lo quería.

Mi atención sigue clavada en el suelo, como si encontrara cierto sosiego en no enfrentar la abrumadora verdad que él carga en su expresión.

Advierto cómo sus piernas se alzan y sus pies rodean la encimera hasta llegar a mí.

Continúo sin poder levantar la cabeza; mi vista permanece fija en sus lustrosos zapatos. Son unos mocasines marrones.

Su mano sostiene con delicadeza mi barbilla, subiéndola, provocando que nuestras miradas se encuentren.

—Blanca, lo siento. No fui capaz de verte como tú deseabas hace años, pero ahora aquí me tienes, rogándote que dejemos atrás el pasado para que me des una oportunidad.

—Su tono reviste cierta súplica y eso hace que la sangre se me caliente—.

Iremos poco a poco si es lo que necesitas —propone con un anhelo distinguido en la voz.

Asiento con la cabeza levemente, sin ser capaz de ordenar los miles de sentimientos que ahora mismo me recorren.

Él, ante mi gesto, entrelaza sus dedos con los míos y se enjuga levemente los labios, acaparando toda mi atención.

Una parte de mí desea sentirlos acariciando los míos, otra está tan descolocada que no logra aclararse.

—Blanca —masculla con un tono muy varonil.

—¿Sí? —respondo con la voz tomada.

—Me muero por besarte ahora mismo, pero cumplo mis promesas, y te acabo de prometer que iremos despacio.

Trago saliva con dificultad.

—Quiero que seas tú la que lo hagas, cuando estés preparada. ¿Me oyes? Esta vez, soy yo el que va a esperarte todo el tiempo que haga falta.

¡Joder!

El corazón me palpita tan fuerte que temo que se me salga por la boca y mi pecho sube y baja acelerado, pero aun así no soy capaz de acortar los centímetros que nos separan.

Quizás sea por orgullo, o porque una parte de mí piensa que ahora le toca a él esperar, o porque hacernos esperar hará más grandioso el instante en el que suceda.

Quizás el deseo reprimido es lo que lo engrandezca todo, o quizás es porque ahora mismo ni siquiera yo me entiendo.

—Acompáñame a la puerta —sugiere sin soltar mi mano.

Ya en la calle, sus dedos abandonan los míos, se acerca y me da un casto beso en la mejilla.

—¿Me llevarás de vuelta contigo a Madrid mañana?

—¿Quieres venir de copiloto? —pregunto con la voz todavía temblona.

—Me encantaría.

—¿A las diez de la mañana te viene bien?

—Ya estoy contando las horas para volverte a ver.

Una estúpida sonrisa se postra en mi cara mientras lo veo entrar en su apartamento.

Blanca, esto no te lo esperabas ni en tus mejores sueños. Parpadea.