La cámara acorazada #2
La llamada se cuelga y me quedo con todos los demonios del maldito infierno acribillándome el cuerpo y los pensamientos.
Como venga, no sé de lo que seré capaz. Llevo toda la vida deseando partirle la cara.
Anhelando verlo sufrir de todas las maneras posibles.
Lo he intentado, sabe Dios que lo he intentado, pero no puedo.
Es imposible que lo perdone, que olvide.
Que haga borrón y cuenta nueva, como si así se deshiciera todo el daño, todo el sufrimiento que le ha hecho pasar a mi madre.
Cuando lo veo a lo lejos, comienzo a dar zancadas hacia él. Voy a pegarle, a dejarle un ojo morado. Que sepa lo que es tener que ir al maldito hospital al menos una vez en su vida. Con eso me conformaré, aunque se merezca no salir de él. Como yo de niño, que prácticamente viví en él por mi madre.
—¿Estás bien? —pregunta haciéndose el preocupado.
—¡Cómo cojones voy a estar bien! —le chillo fuera de mí.
—Tranquilízate, Markus ¿Es por tu madre? ¿Por qué se ha intentado suicidar de nuevo?
Y entonces todo se paraliza a mi alrededor. El mundo se queda en pausa y mi cabeza explota.
¡¿Cómo cojones sabe él eso?!
Mis ojos se inyectan en sangre y mi semblante se desencaja aún más.
—Para, Markus. No es lo que crees —dice cuando nota que voy directo hacia él con los puños apretados.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has tenido algo que ver? —el tono de mi voz es afilado, peligroso.
—Ella me llamó.
Parpadeo. Demasiadas veces. Frenándome en seco sin saber de qué coño va todo esto
—Siéntate, Markus —señala la grada, mientras él toma asiento.
No lo hago. Me quedo de pie. Quizás sea por contradecirlo o porque simplemente las piernas han dejado de funcionarme.
—Está bien —agrega, aclarándose la garganta—. Tu madre me llamó unos meses antes de que vinieras, justo cuando estabas preparándolo todo para venirte con Charles.
Lo miro con desconfianza, esperando ver que miente descaradamente. Pero me sorprende con una mirada limpia, que me pone los pelos de punta.
—Estaba preocupada por ti. Que vinieras aquí, Markus, no fue una coincidencia.
—¿Cómo? Sí que lo fue, vine porque Charles eligió este puto pueblo para comenzar su sueño.
Mi padre tuerce una sonrisa, se frota las rodillas con las manos como si se preparara para soltar una bomba y me sostiene la mirada con pesar.
Otra vez esa puta mirada de condescendencia.
—Tu madre oyó a Charles decir que iba a marcharse de Noruega para emprender su negocio en Fuerteventura o Portugal, estaba estudiando qué lugar sería más acertado para hacerlo.
Y entonces, se le ocurrió la idea. Lo convenció.
Tarifa era el lugar idóneo para que Charles comenzara, tenía todo lo que él necesitaba, un clima propicio durante todo el año, turismo suficiente como para procurarse clientes y, de paso, ayudarte.
Tu madre sabía que cuando él te nombrara el pueblo al que había decidido ir, lo tomarías como una señal, y ella haría el resto, alentándote, dándote el empujoncito final.
No puedo creer lo que está diciéndome. No tiene sentido. De su bocaza no salen más que mentiras.
Mi mandíbula está cada vez más tensa, los dientes comienzan a chirriarme y él continúa hablando:
—Cuando me llamó, abordamos por primera vez la conversación que nunca nos atrevimos a tener —añade, bajando la vista a sus pies—.
Éramos jóvenes, y yo era un imbécil —confiesa con la voz tomada—.
Lo nuestro fue un flechazo, la vi y me quedé prendado de ella, pero, como sabes, yo no estaba soltero, tenía una relación aquí en España, estaba casado.
—Todo esto lo sé —respondo tajante—. Le estuviste mintiendo todo el tiempo, le ocultaste que estabas casado —digo con toda la inquina que hay en mi ser.
—No lo hice, Markus, ella lo sabía. Aunque no te lo haya contado.
—¿Y debo creerte a ti? A ti, que no has hecho en tu puta vida nada más que mentir.
Mi padre baja la vista, abatido.
—Es simplemente la verdad, Markus. Eso, y —titubea, no está seguro de si debe continuar— cuando llegaste, eras un bebé inquieto que no paraba de llorar, ella te adoraba a la par que le venías grande.
Nuestras discusiones comenzaron a ser cada vez más fuertes, más descontroladas.
Para ella el problema era yo y mi doble vida, esa que antes había aceptado y que ahora la atormentaba —hace una pausa intentando recomponerse, tiene los ojos acuosos y enrojecidos—.
La sacaba de quicio que te cogiera, que te durmieras en mis brazos, que te calmara cuando ella no era capaz de hacerlo.
Un día en una pelea me lanzó la tostadora a la cabeza, la esquivé por los pelos y decidí que tenía que elegir.
Te cogí en brazos y le dije que me iba, que nos íbamos.
Y entonces se puso a llorar como una loca y me amenazó con quitarse la vida si te llevaba conmigo.
Me prometió que te cuidaría —añade con la voz entrecortada y las lágrimas amenazando con salir, frotándose las sienes con desesperación—.
Te dejé allí. Te abandoné, sabiendo que no estaba en condiciones de cuidarte.
Continué con mi relación e hice como si aquello no hubiera sucedido, como si tu madre y tú solo hubierais sido un paréntesis en mi vida, algo a lo que, si no volvía a prestar atención, ni siquiera habría ocurrido.
Pero me duró poco porque el remordimiento llegó pronto y, de alguna manera, arrastró también a mi familia, mi comportamiento cambió, con Iker y con mi mujer. Estuve presente en cuerpo con ellos, pero mentalmente tu sombra y la de tu madre permanecieron devorándome cada noche.
—Huiste —digo con contundencia.
—Sí.
—La abandonaste sabiendo que necesitaba ayuda, que estaba enferma.
—Sí —vuelve a reconocer con dos lágrimas descendiendo por sus mejillas.
—Intentó quitarse la vida. ¿Sabes lo que es descubrir eso con cinco años? ¿Sabes cuántas veces viví en un hospital porque era incapaz de levantarse de la cama?
Agacha la cabeza y asiente.
—Ella te odia. Fuiste tú el que le causaste eso.
La enfermaste —le escupo con un resentimiento tan venenoso que se me incrusta en la garganta—.
Nunca te llamaría, nunca contactaría contigo, porque tú has sido su maldita perdición.
¡Puto egoísta, egocéntrico! —grito fuera de mis casillas, mientras mi padre intenta mantener la calma.
—Lo hizo, Markus. Me llamó. —Toma aire como si intentara encontrar las palabras adecuadas—.
Tu madre llevaba meses pensando cómo sacarte de ese bucle en el que estás metido.
Decía que necesitabas aire, una vida nueva y, sobre todo, una excusa que no pareciera una excusa, y sabía que, si te pedía directamente que te marcharas, no lo harías —añade con una ternura en la voz que me acribilla por dentro.
Sigo observándolo con todos mis músculos tensos.
—Lo hizo porque te ama por encima de todas las cosas y piensa que, por su culpa, por todo el odio y el rechazo que depositó en mí por abandonaros, te creó un vacío enorme con el que convives.
Y del que de alguna forma no eres capaz de salir.
Ella pensaba que hablar conmigo te haría avanzar, que no necesitabas perdonarme, solo dejarme atrás.
Yo no supe ser el hombre que debí ser y me arrepiento todos los días de ello, pero ni tu madre ni yo queremos que nuestros errores condicionen para siempre tu futuro, Markus.
Necesitas quitarte la maldita cámara acorazada que te hemos creado aquí —dice emocionado tocándome el pecho—.
Necesitas saber que puedes ser feliz con alguien, que nuestras mierdas no tienen por qué repetirse.
—¿Y por qué si estuvieras diciéndome la verdad, ella habría intentado volver a quitarse la vida? —añado con asco.
—Porque no está bien, Markus, lleva años lidiando con algo más que con mis fantasmas.
Tu madre sufre una enfermedad mental tan severa que a veces no es capaz de ver todo lo bueno que tiene delante de sus ojos.
Y no es culpa de ella, ni mucho menos tuya.
Y llegados a este punto… ni siquiera creo que toda la culpa sea mía.
Las lágrimas comienzan a acumularse en mis retinas, intento mantenerlas y que no desciendan, pero la gravedad se empeña en hacer su trabajo.
No estoy seguro de qué siento exactamente, si lo odio, si necesito golpearlo o seguir culpándolo.
Pero lo cierto es que estoy cansado, llevo cargando con el peso del resentimiento casi toda mi vida, y por primera vez, pienso que no tiene sentido, que llevo anclado a sus malas decisiones mucho tiempo.
Y que quizás mi madre, con su enorme gesto de generosidad, tiene razón.
No vale la pena seguir así.
Ella ha sido capaz de comerse su orgullo y llamarlo solo por amor. Amor hacia mí. Así que quizás exista, quizás el amor no sea solo una reacción química, quizás haya algo más, algo a lo que agarrarse para ser mejor persona, algo que yo no repetiré porque no soy él.
Yo ya vi sus consecuencias y aprendí de sus errores.
Yo seré mejor amigo, pareja y mejor padre.