Prohibido enamorarse del idiota La cámara acorazada
89%

La cámara acorazada

La sola idea de cruzármelo en la cocina, en el baño o en el maldito salón me provoca urticaria.

No sé cuándo volverá de resolver los problemas que parecen haberle surgido en el negocio del dichoso hotel, pero lo que tengo claro es que regresará.

Y yo no estaré aquí para comprobarlo. No quiero verlos juntos.

Y, por supuesto, tampoco quiero verla a ella.

Por eso, he metido cinco camisetas, tres bermudas, seis calzoncillos y un cepillo de dientes en la maleta y me he mudado a casa de Charles.

Podría decir que soy su invitado, pero no sería del todo cierto porque ni siquiera le he pedido permiso.

Cuando ha abierto la puerta, me ha encontrado con la maleta en la mano y el semblante de «no me hagas preguntas, por favor».

Soy su ocupa, el usurpador de su sofá, un cojín más junto a los tres que ya reposaban sobre él.

Llevo dos días sin levantarme de él, más que para ir a trabajar.

Su estudio es tan pequeño que solo tiene una habitación con una cama de matrimonio y meterme ahí, consideré que ya era pasarme.

Además, necesito cierta intimidad. No hablar con nadie y poder quedarme mirando las paredes blancas dos horas sin que nadie me diga que he perdido el juicio y que necesito urgentemente medicación.

Pensé que, en algún momento, Charles se largaría a casa de Desiré.

Las semanas anteriores apenas salía de allí.

Pero sorprendentemente esta semana parece que su minúsculo estudio le gusta tanto que no desea salir de él.

A veces, lo pillo mirándome como quien mira a un maldito cachorro abandonado.

No sé qué cojones le pasa, pero comienza a enfurecerme.

Es como si no me dijera lo que piensa, pero estuviera deseando hacerlo.

O peor aún, como si la única razón para no hacerlo fuera que se estuviera conteniendo para no herirme.

Vaya gilipollez.

Llevo toda la vida aguantando situaciones de mierda con una puta sonrisa en la cara, sin venirme abajo, sin quebrarme.

Así que esa actitud que tiene me toca las pelotas.

Yo he decidido esto. Lo he elegido. Largarme después de pasar la noche con ella ha sido la mejor decisión que he tomado. Y lo sé, porque me gusta. Mucho.

Y ya no es solo porque está buena, y porque es lista y me agrada buscarle las cosquillas para que salga su lado respondón; hay algo más.

Es la forma en la que sus ojos se iluminan cuando algo le gusta, el rubor que sigue sin poder disimular cuando le dicen algo que no es del todo apropiado.

El modo en el que me curó el otro día cuando sentí que todo mi mundo se derrumbaba.

La delicadeza con la que me abrazó y cómo consiguió que me abriera en canal.

¡Joder! Le conté mis malditas miserias. Mis putos trapos sucios. Esos que guardo como un jodido lobo herido.

Cuando me desperté y la sentí en mi pecho, por un segundo, bajé la guardia y me imaginé siendo todo lo que siempre he jurado no ser. Me vi envuelto en una relación, hablando de amor.

¡DE AMOR!

Yo que sé a ciencia cierta que esa palabra esconde en sus letras una maldición cruel, una debilidad. No, definitivamente, no lo quiero.

Ya llevo tres días instalado en casa de mi amigo.

He pasado casi toda la mañana y la tarde en la clínica, me ofrecí a hacer horas extras y me he quedado casi once.

Cuando he salido, me he dirigido a mi nuevo hogar con la idea de que Charles se hubiera ido a cenar con Desiré, pero cuando he abierto la puerta, estaba en la minúscula mesa del salón esperándome con pollo al curry para cenar.

En ese momento lo he sabido, se acabó su voto de silencio.

No hay escapatoria.

—Te hice uno de tus platos preferidos.

Lo miro con recelo, a él y al maldito pollo al curry que debe llevar más de una hora sobre la mesa porque Charles acaba de levantarse con la fuente en la mano para meterla en el horno y recalentarla.

No tiene microondas, ni le cabe en el minúsculo mueble al que llamamos cocina.

Asiento levemente con la cabeza y me dirijo a la otra silla que hay en la mesa.

—Compré vino —dice sirviéndose en su copa y alcanzando la mía—. ¿Qué tal el curro?

Lo miro con las cejas alzadas. Sé lo que está haciendo. Está allanando el terreno para lo que viene. Esto no es algo casual que se le haya ocurrido hace un par de horas. Esto lleva maquinándolo días.

—Bien, supongo.

No pienso bajar la guardia.

El horno pita y Charles lo abre. Se cubre las manos con dos trapos de cocina antes de coger el recipiente y acercarlo a la mesa.

Coloca la fuente sobre un estandarte de metal, coge mi plato y me sirve con elegancia.

Luego hace lo mismo con el de él. Cuando termina, se sienta y me observa unos segundos callado mientras mastico el primer bocado.

—Está buenísimo —no puedo evitar confesárselo con la boca aún llena de pollo.

—Gracias, lo hice siguiendo la receta de mi madre.

—Pues tienes que dármela —digo engullendo como loco el segundo bocado.

—Cuando quieras, aunque dudo que tú seas capaz de hacer algo comestible. —Ríe.

—¡Serás cabrón! —suelto divertido.

—Anda, la primera sonrisa en tres días —añade lanzándome la primera pullita.

Lo miro con apatía y él me devuelve una mirada de condescendencia que no me gusta ni un pelo.

—Venga, suéltalo de una maldita vez.

—La estás cagando.

Vuelvo a mirarlo, esta vez con cierta furia que no escondo.

—Te lo tengo que decir, Markus, porque te quiero y porque no voy a perdonarme el haberme callado, aunque sepa que no quieres escucharlo.

Lo contemplo impertérrito, nada de lo que tenga que decirme va a afectarme, ni mucho menos hacerme cambiar de opinión.

—Es la primera vez que te gusta alguien, la primera vez que has sido capaz de dejar por un momento el pasado atrás.

Porque ese es tu problema, Markus, tu mierda de pasado.

Pero te has empeñado en hacerlo tu presente.

No es que no quieras una relación o que hayas elegido no amar, es que estás cagado.

Te aterra abrirte a alguien y que ese alguien te pueda destruir como lo hizo tu padre con ella. Con tu madre.

—Te equivocas —digo tan frío como el hielo.

—No lo hago, y tú lo sabes.

Hace una de sus pausas. Las odio. Siempre lo hace. Se calla y me observa, intentando meterse en mi jodida cabeza, para luego proseguir con su sermón.

—¿Eres consciente de que esa chica te ha calado más hondo de lo que estás dispuesto a admitir y que por eso la has alejado?

—Eso es lo que tú dices —salto gallito—. Me gusta, claro que lo sé —admito en voz alta por primera vez, y sin entender por qué una presión se me cuela en el pecho. La ignoro y continúo—. Pero no la he alejado por miedo, sino por convicción.

—No, Markus. Has huido. En vez de luchar, has decidido rendirte y lo que no sabes —hace una breve pausa— es que te estás perdiendo lo mejor de la vida.

Confiar en alguien, levantarte cada mañana diciendo: «soy un puto afortunado porque la tengo a mi lado», aunque no sepa qué va a pasar mañana.

Saber que soy capaz de hacer que uno de sus días malos se vuelva mejor solo por contarle algo gracioso, algo nuestro. Lo que tienes, Markus, se llama miedo.

Ahora mismo tengo ganas de darle un puñetazo, de decirle que se calle de una puta vez, de tirarle el pollo al curry a la cara y de largarme de su casa.

Pero ¿a dónde cojones voy a ir? ¡Joder!

¿Otra vez a mi apartamento?

Imposible, volver es aún peor.

Me levanto de la silla con los nudillos apretados por la rabia que ahora mismo me consume, mientras mi amigo vuelve a mirarme con condescendencia. Con pena. Y eso me enfada todavía más.

—Markus, no la tomes con el mensajero —emite con un tono afectuoso que me repatea—. Solo piénsalo y actúa. No te diría esto si no pensara que tienes posibilidades.

Se levanta, acerca su plato al fregadero mientras me dirige una fugaz mirada y se mete en su cuarto cerrando la puerta, dejándome con un cabreo enorme palpitándome por todo el cuerpo.

Pero ¿qué coño ha querido insinuar?

¡Yo no quiero una relación! Y no porque tenga miedo de ellas, yo lo he decidido. No es que no pueda, es que no quiero. Y no porque les tenga terror, es… es porque todo es una patraña, porque lo que llaman amor no es más que un proceso químico en el cerebro que se disuelve con el tiempo. Se acaba.

Siempre.

Parece que he metido la cabeza en un torbellino.

Las ideas vienen y van, y mi humor se vuelve cada vez más oscuro.

Me siento en el sofá, pongo la tele, la apago, la vuelvo a encender y estoy a punto de lanzar el mando contra la pared cuando caigo en la cuenta de que no es mío.

Tengo que relajarme, pero no puedo. Me levanto, cojo las llaves y salgo afuera.

Me encamino hacia el paseo marítimo, y comienzo a caminar sin un rumbo fijo.

Es tarde, debe ser más de la una de la madrugada, sin embargo, hay más gente de la que desearía.

Casi todos parecen ir de fiesta. Me siento tentado a seguirlos, a meterme en un pub y beber hasta que termine con un coma etílico que me deje inconsciente.

Pero no lo hago, sigo caminando y elijo algo peor.

De todas las malas decisiones que he ido tomando hasta ahora, esta puede que sea la peor con diferencia.

Cojo el móvil y busco su contacto.

Su voz pastosa me delata que estaba durmiendo.

—¿Markus?

—Sí, soy yo.

—¿Te ha pasado algo? —pregunta mi padre.

—Tú. Tú eres lo que me ha pasado —añado con un resentimiento voraz que me retumba en mis propios oídos.

—¿Dónde estás? Voy a buscarte y hablamos.

—Ohh, ¿ahora te preocupas por mí?

Tarda unos segundos en contestar.

—Dime dónde estás.

—Frente a la plaza de toros.