Prohibido enamorarse del idiota Desajustes
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Desajustes

Ha pasado un día desde que tuvimos esa conversación. No he querido llamarlo ni escribirle. Me pidió tiempo y eso quiero darle. Aunque eso signifique que no sigamos construyendo nada. No lo culparía. Si yo estuviera en su lugar, también me rechazaría a mí misma.

Me he sentido tentada varias veces a hacer las maletas y volver a casa, al menos allí sería capaz de volver a instaurar un poco de orden.

Volver a la rutina. A mis paseos por el Retiro, a mis almuerzos saludables, a gritarles a mis amigas para que salgan del baño e incluso a trabajar.

Porque estoy tan horriblemente descolocada, que hasta echo de menos la paz que me proporciona analizar riesgos bajo unos parámetros y cálculos precisos.

No lo he hecho. No he vuelto. Porque Desiré me ha dicho que irme sería huir y que nunca se huye cuando alguien te ha dejado la puerta entreabierta.

Quizás tenga razón, o quizás él ya haya dado un buen portazo, aunque no me lo haya dicho.

Cuando le conté a Desiré lo sucedido, dijo tres cosas:

La primera, Iker es tan sumamente perfecto que aburre.

La segunda, parece que después de más de veinte años ha comenzado a valorarte por fin.

Y la tercera, seréis una de esas familias que dan asco, tendréis niños cultos, educados y formales.

Algunas de sus afirmaciones me parecieron magníficas, otras demasiado encorsetadas, como si nuestra vida juntos no pudiera arrojar grandes aventuras.

Estamos a miércoles y me acaba de llamar Desiré para que comamos juntas, creo que intenta tenerme distraída para que no me quede calva.

Le he dicho que sí, y me ha mandado la ubicación del chiringuito en el que vamos a almorzar.

Se llama Tangana, y por lo que he podido ver por Instagram, es bastante cool .

Tiene una zona de mesas para comer y otra para tomar algo, con varios pufs y hamacas orientadas directamente al mar.

Lo mejor es que está en primera línea de playa y puedes comerte una ensalada a la vez que te mojas los pies en el mar.

Desiré me ha escrito que vaya cogiendo mesa, que ha salido más tarde de lo habitual de la excursión marítima y que está montándose en el coche.

Calculo que tardará unos quince minutos en llegar.

El sitio está a reventar, pido la vez y me coloco bajo la sombra esperando que alguna mesa quede libre y, justo cuando dicen mi nombre, veo aparecer a mi amiga.

—¡Qué suerte!

—La tuya —contesto mordaz.

Suelta una sonora carcajada. Viene con un conjunto de dos piezas de hilo en tono beige y su melena recogida en una cola alta. Tiene los ojos y los labios aún pintados.

—¿Lo has visto?

—¿A quién? —pregunto.

—A Iker, claro.

—No —respondo cabizbaja.

—Al otro ya sé que no te lo has cruzado —desvela con su vocecita aguda.

Alzo las cejas sin pretenderlo.

¿Cómo sabe que no me he cruzado con el indeseable?

¿Acaso tiene una cámara grabando nuestro pasillo exterior?

La miro esperando que continúe, pero cierra la boca ipso facto.

—¿Cómo lo sabes?

Titubea antes de responder.

—Porque no está allí. Se ha ido a casa de Charles.

Y no sé por qué, pero me cae tan mal la maldita información, me pone de tan mala leche que no puedo reprimirlo. Es como si… como si… encima que decide que no quiere nada conmigo, se hubiera ido para que no lo ¿acose?

¿Será eso? ¿Creerá que muero por sus huesos y que voy a perseguirlo?

Maldito presuntuoso.

—No es lo que estás pensando.

—¿En qué estoy pensando? —lanzo de mala baba.

—Dejémoslo, ¿vale?

La miro con el ceño fruncido y me encojo de hombros.

—Lo que tú digas.

—Venga, miremos la carta, aunque yo quiero una ensalada César, aquí le echan algo a la salsa que está para chuparse los dedos. —Pone los ojos en blanco.

—Pues que sean dos.

Mientras comemos, Desiré me cuenta cómo le va con Charles.

Me encanta verla así, con esa chispa encendida cuando habla de él.

Hacía mucho que no veía a mi amiga tan contenta, ni tan enganchada a alguien.

Al parecer, él ya pasa mucho más tiempo en su casa que en el pequeño estudio que alquiló.

Incluso, están debatiendo si mudarse a vivir juntos.

A mí me parece una locura enorme, no llevan ni siquiera un mes y arriesgarse de esa manera me parece abrumador.

Pero no le digo nada porque quizás ni siquiera tenga razón.

Quizás a veces, seguir tus impulsos no está tan mal y, si la cosa se va al traste, pues al final solo tendrá que volver a empezar.

Me dice que todos los días le prepara el almuerzo, porque él suele terminar las clases de kitesurf mucho antes de que ella salga de su trabajo y que cuando llega, se lo encuentra en la cocina con la mesa puesta.

También me cuenta que siempre se pelean por lo que van a ver en la tele.

A ella le encantan los realities y él los detesta, pero al final siempre terminan reconciliándose.

La freno antes de que me detalle los pormenores de su reconciliación, que comienzan a rozar lo pornográfico.

Y termina contándome que la abuela Herminia últimamente la visita cada día, sobre todo cuando ella no está, dice que se le acopla en la mesa del comedor y se pasa media tarde haciéndole ojitos a Charles.

Que es un bendito y la aguanta con una sonrisa de oreja a oreja y una paciencia de récord Guinness.

Aprovecho para regañarla por la pequeñita información que me ocultó. Lo de que la vieja andaba mejor que yo y que me hizo arrastrarla por medio pueblo en la silla de ruedas. Ella se ríe como loca y me suelta que eso fue cosa mía, que de su boca nunca salió que su abuela estaba impedida.

Y lo peor es que, si me remito a los datos que me dio, tiene razón, pero… ¿Y los que se calló la muy bruja?

Cuando terminamos de comer, pedimos dos cócteles, yo una piña colada y mi amiga un sex on the beach, muy descriptivos de nuestra situación actual.

Mi amiga no para de tener sexo con un instructor acuático con el que estoy segura de que se habrá revolcado en la orilla de la playa y yo sigo igual de colada que cuando tenía quince años, pero con algunos horribles y repentinos desajustes.

Decidimos llevarnos nuestras bebidas y tender nuestras toallas junto al mar.

La brisa que nos golpea la cara resulta agradable, fresca, como si compensara la insistencia con la que nos penetran los rayos del sol.

—Oye, nunca te pregunté.

—¿El qué? —pregunta Desiré.

—¿Cómo comenzó exactamente lo de Charles?

—Ahhh, eso. —Sonríe de oreja a oreja—. Fue gracias a tu regalo de cumpleaños.

—Eso lo imaginé —digo encogiéndome de hombros—. Entiendo que sucedió todo en las dos clases que faltaban.

—Sí —afirma con una mueca divertida—. Utilicé tu misma táctica, pero mejorada.

—¿Qué táctica? —pregunto con la inocencia de nuevo pegada a mi lengua.

—La de volar —asevera orgullosa—. Dejé que la cometa me arrastrara como a ti, le grité que me cogiera con todas sus fuerzas simulando que entraba en pánico, y cuando me agarró, en lugar de decirle que tenía un gusanillo —se recochinea mirándome con picardía—, le dije que nunca me había sentido tan arropada y protegida por unos bíceps en una situación tan límite, y que, si me lo permitía, quería devolverle el favor.

Eso último lo dije con el tono de voz que estás imaginándote.

La miro boquiabierta mientras ella levanta la cara con orgullo.

Será maldita.

No solo ha utilizado una de las escenas más vergonzosas de mi vida en su favor, sino que además se recochinea de haberlo hecho porque le ha funcionado. Y yo estoy sonrojándome de nuevo solo por haber recordado el fatídico momento en el que Markus se restregó con mi retaguardia.

—Terminamos en las dunas esa misma tarde.

Abro los ojos otros tres centímetros más, cualquiera diría que en cualquier momento se me salen de las órbitas.

—¿Qué? —ronronea Desiré—. Fue superexcitante. Deberías probarlo con don remilgado cuando vuelva a aparecer.

—¿Tener sexo en público? ¿Estás loca?

—No tiene que haber nadie, chica, veniros al anochecer.

La miro con una clara expresión de «se te está yendo la olla» mientras sorbo el cóctel con desaprobación.

Sin embargo, muy a mi pesar, una imagen se cuela en mi subconsciente, imaginándome desnuda tras caer el sol en la playa, gimiendo con alguien que está ahí abajo, entre mis piernas, mientras miro al cielo y jadeo tanto que creo que mis pulmones se quedan sin aire.

Y cuando siento que mi cuerpo comienza a temblar y un hormigueo me recorre desde mis dedos de los pies hasta alcanzar todas mis terminaciones nerviosas, miro abajo y, ¡joder! ¡Maldita sea!

¡Lo que veo es una cabellera alborotada y rubia!

—¡Ehhh! Blanca, vuelve en ti —me llama Desiré, mientras un sudor frío comienza a agolparse en mi frente.

—Voy… —tartamudeo a duras penas— a… a bañarme.

Me tiro de cabeza al agua y me sumerjo varios minutos.

Necesito que este calor que se me acaba de agolpar en el cuerpo desaparezca.

Necesito que mi mente deje de ser tan calenturienta y vuelva a la normalidad, a la Blanca a la que le gusta el misionero y dentro de una cama.

Nada de cosas pornográficas y mucho menos con él, con el diablo nórdico que me ha jodido la vida.

Pero, maldita sea, ni el agua consigue enfriarme la cabeza.