Prohibido enamorarse del idiota El lugar seguro
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El lugar seguro

Me ha escrito varias veces y no he conseguido contestarle con naturalidad. No soy capaz de hacer lo que me ha aconsejado Desiré. ¿Cómo voy a actuar como si no hubiera pasado nada? Eso sería ser demasiado egoísta, por no llamar las cosas por su verdadero nombre, sería de una auténtica rastrera.

Ains, Blanca, ¿en qué te has convertido?

El problema es que por mucho que mis respuestas por WhatsApp me atormenten, más lo hace pensar que en cualquier momento llamará a mi puerta. Su avión llegó a Málaga hace más de tres horas, que son justo las que necesita para llegar conduciendo hasta aquí.

Estoy atacada. No soy capaz de mantenerme parada en ninguna habitación de la casa durante más de tres minutos.

He ordenado hasta los cajones que nunca ordeno.

Y ya he limpiado dos veces. Si me ganara la vida limpiando, a la velocidad que lo hago, sería capaz de sacar más dinero que trabajando en el banco.

Además, encima me desestresaría. Eso sí, bajo otras circunstancias, porque esta vez no está surtiendo efecto.

Me dirijo a la cocina y saco de nuevo el cacillo y la tila.

No he bebido tanta tila en mi vida, como siga así, voy a tener que comprar las cajas al por mayor.

Pongo a calentar el agua y me quedo mirando cómo comienza a burbujear cuando suena el timbre.

Maldita sea.

Me santiguo y me encamino a la puerta. No miro por la mirilla. No hace falta. Sé que es él. Así que despliego la hoja de madera, hecha un flan y una sonrisa enorme me recibe.

Está guapísimo. Lleva el pelo un poco revuelto, el fijador ha debido abandonarlo en algún momento del trayecto. Su camisa verde oscura le acentúa el color de sus ojos y los jeans le dan un toque mucho más desenfadado. Va más casual que de costumbre, pero le sienta realmente bien.

Su atención está fija en mí, diría que espera algo.

—Hola —saludo muy bajito.

—Hola —dice con un tono de voz demasiado provocador.

—Pasa.

Ni siquiera sé si me apetece que pase, la verdad es que ahora mismo saldría corriendo y no pararía ni echaría la vista atrás hasta haberme alejado del pueblo unos kilómetros.

Pero qué voy a hacer, tengo que aguantar el tipo y decir la verdad.

Él da un primer paso, luego otro y al tercero se queda a escasos centímetros de mí, mirándome como si acabara de ver una de las siete maravillas del mundo.

¡Joder que parece que soy el Tajmahal!

¿Se puede ser más desgraciada?

Después de todo el tiempo que he estado babeando por él, tiene que pasar esto ahora, justo ahora.

Se acerca unos milímetros más, diría que está esperando que se me pase esta cara de idiota y le diga con los ojos que quiero probar sus labios.

Pero no puedo hacer eso, así que tiro por la calle de en medio.

Y antes de que decida acortar más la distancia y sea incapaz de dominar la situación, me abalanzo yo misma sobre él, apresándolo entre mis brazos y apoyando muy sabiamente mi cara sobre su pecho, evitando a toda costa tener contacto visual.

Él me recibe y pasa sus brazos alrededor de mi cintura.

Es la primera vez que estamos tan pegados.

Noto el calor que desprende su pecho y se siente tan reconfortante.

Es como si irradiara seguridad. Eso es él, es el lugar seguro al que siempre volver.

Su mano sube hasta mi nuca y se enreda con mi pelo, mientras yo sigo sin moverme, obnubilada por su fragancia.

—Yo también me alegro de verte —dice con tanta serenidad y convencimiento que vuelvo a sentirme una tremenda cucaracha.

Me aparto y le sonrío —no sé cómo —, y entonces, sus ojos se desvían a mis labios y siento que la cosa se pone fea.

Un olor a quemado me salva el pellejo.

—¡El agua! —grito, dando un salto y corriendo a la cocina.

Por poco no quemo la maldita urbanización, cuando llego, el agua se ha consumido y el metal está más negro que el carbón.

—Ten cuidado.

Lo oigo como quien oye llover, porque estoy tan descontrolada que no tengo otra cosa que hacer que tocar sin querer el cacillo.

—Auhhhh —gimoteo.

—¿Estás bien? —Se vuelve a acercar.

—Sí. Sí —afirmo apartándome rápido y metiendo los dedos debajo del grifo. No ha sido para tanto, seguramente solo me saldrá una pequeña ampolla. No es nada.

—¿Tienes crema para las quemaduras? Mi madre siempre guarda una en la cocina, si no tienes, podemos ir en un momento.

Agito tanto la cabeza que me mira como si me estuviera dando un telele.

—¡Tengo! —exclamo.

—Vale —dice encogiéndose de hombros.

Tengo que serenarme y dejar de actuar como si acabara de robar un banco. Me echo crema y parece que me calma un poco el horrible ardor.

—¿Qué tal fue la reunión? ¿Lo has conseguido? —le pregunto aún en el fregadero, de espaldas a él.

—Sí. Lo hemos firmado.

—¡Es genial! ¡Me alegro mucho por ti!

—Gracias.

—¿Entonces ya estás de vacaciones?

—Exacto —afirma con elegancia.

—¿Hasta cuándo te quedarás? —pregunto intentando sacar conversación.

—Hasta que estés tú.

¡Joder!

—Yo vuelvo en seis días —tartamudeo.

—Pues en seis días me subiré a tu mismo avión.

—Vine en coche —musito con un hilito de voz.

—Entonces te pediré permiso para ser tu copiloto.

Trago saliva como si fuera cemento. La cabeza está comenzando a darme vueltas y solo consigo pensar en qué le digo yo a este hombre. Le sonrío intentando parecer lo menos tensa posible y parece que funciona.

—¿Qué te gustaría que hiciéramos esta semana? —pregunta con un talante tan diplomático que, en otras circunstancias, le respondería que quedarme resguardada en su pecho.

Dios, Blanca, estás para que te encierren.

—No sé, supongo que lo mismo que estos días, ir a la piscina, la playa, algún chiringuito.

—¿Y algo más?

—¿Qué sugieres? —pregunto por si me propone ir a comer a otro pueblo o ir a algún spa.

—Pues algo como lo que llevo deseando hacer varios días —ronronea con una seguridad imponente.

Esta vez me pilla desprevenida. En menos de una zancada está frente a mí, jugando con un mechón de mi pelo mientras sus ojos me abducen y me transportan a otra dimensión que me deja semi en babia, porque no me muevo, me tiene atrapada.

Un enorme suspiro se me escapa de los labios mientras él comienza a descender hacia ellos.

Entonces, en el único momento de sensatez que me queda, hablo, bajito, muy bajito.

—Tengo que contarte algo.

—Puede esperar —ronronea.

—No creo.

—Créeme que sí.

Y él da por cerrada la conversación, porque recorre los escasos centímetros que todavía nos separaban rozando sus labios suavemente con los míos.

Es un beso dulce y delicado, de esos que nacen cuando son los sentimientos los que toman la palabra.

Su lengua acaricia la mía y me envuelve, a la vez que me abraza y me transporta.

Por un segundo, no soy esta, la de ahora.

Soy la de ayer, la que tenía cinco años y lo vio por primera vez.

La que deseaba que un día la cogiera de la mano mientras paseaba por el paseo marítimo.

La que se probaba siete bikinis antes de bajar a la piscina con la intención de escoger el que le quedaba mejor para que él se fijara en ella.

Soy la niña, la adolescente y… ¿también la mujer?

Cuando nos separamos y sus manos dejan de envolverme, vuelvo a la realidad. Y juro que escaparía de ella si pudiera porque me siento fatal. Y aunque una parte de mí quiera disimularlo, él lo percibe.

—¿Qué pasa, Blanca? —pregunta con preocupación.

—Yo no quería…

No soy capaz de continuar la frase, temo que de un momento a otro las lágrimas me traicionen y no pueda parar de llorar.

—¿No querías besarme? —me pregunta contrariado, como si por primera vez no fuera capaz de leerme, como si tuviera a una desconocida frente a él.

—No —murmullo, viendo cómo su semblante se ensombrece.

Carraspeo y me miro las manos antes de seguir.

—No, sin contarte antes…

Sus hombros se destensan y una pequeña sonrisa vuelve a aparecer.

—No creo que haya nada que me cuentes que haga cambiar lo que quería hacer —zanja tajante.

—Me he acostado con Markus.

Y lo digo todo de corrido como quien se está quitando una tirita.

Su expresión pasa por distintas fases: sorpresa, decepción, enfado y una última emoción que ni siquiera consigo identificar.

Se lleva las manos a la cara, como si lo que acabo de decir le hubiera sobrepasado, dejando escapar un enorme bufido antes de descubrirse de nuevo.

Cuando se destapa, lo miro directamente a los ojos, están dudosos.

—¿Estáis juntos? —pregunta muy serio.

—No.

—¿Quieres estar con él?

—No —respondo totalmente segura. Después de que me rechazara dos veces, tengo muy claro que no iría por una tercera.

—¿Crees en esto? —pregunta señalándonos.

Me quedo muda unos instantes. No esperaba esto.

Esta pregunta. Esta sinceridad que está teniendo hacia mí después de confesarle algo tan gordo.

Sé que lo que diga, justo ahora mismo, determinará el resto de mi futuro.

Porque eso es lo que veo escrito en su rostro: futuro.

Yo, que siempre he vivido anclada en el pasado, tengo que dar un maldito salto hacia otro orden temporal en el que cada vez veo más agujeros negros.

Mi cabeza va a cien por hora, de recuerdo en recuerdo, de instante en instante, hasta que se para en seco en sus palabras: «Elígelo a él».

Y entonces lo hago. Elijo.

—Sí. Creo en esto.

—No te voy a mentir, Blanca. Estoy bastante cabreado, decepcionado —masculla con la mandíbula tensa y los puños apretados.

—Siento…

—No me pidas disculpas, Blanca. No tienes por qué hacerlo —añade intentando mantener la templanza—. No tenemos nada aún. No puedo reprocharte que hayas tenido algo con otro.

Deja salir de golpe el aire de sus pulmones, con un ruido sordo.

—El puñetero problema es quién es ese otro. ¿Lo entiendes? —dice apretando de nuevo los puños con rabia.

Asiento.

No chilla. No discute. No da un puñetazo ni se ensangrienta los nudillos.

Y antes de salir, se vuelve y me dice:

—Vale. Déjame procesarlo y ver si todo esto merece la pena —farfulla molesto, dolido—. Pero no te sientas mal, Blanca. Te conozco y no te lo mereces.

Y, joder, ahí no puedo pensar en otra jodida cosa más que en que es el tío más generoso del planeta. Y que yo no sé qué leches estoy haciendo.