Dos ideas
Cuando me he despertado y la he visto tumbada sobre mi pecho, en el primer segundo he deseado que no se apartara nunca, pero luego, como si fuera una ráfaga de viento, la razón se ha hecho presente.
¡Qué mierdas estoy haciendo aquí!
¡Joder, qué he hecho! Es la segunda vez que la cago de esta manera.
En cuanto he notado que se movía un poco, he aprovechado para apartarla con toda la suavidad y precisión que he aprendido a ejercitar con mi trabajo, consiguiendo salir del sofá sin despertarla y ponerme mis pantalones con un incuestionable sigilo.
Pero esta vez, me ha cazado y quería una explicación.
O quizá esperaba algo más. Algo como que la acunara en mis brazos, la besara y le prometiera algo en lo que no creo.
Porque sigo sin hacerlo, sigo sin creer que el amor es algo bueno, algo que puede salvarte.
Se ha quedado allí, desnuda, parada, mirándome con esos ojos de decepción y, por unos ínfimos segundos, he vuelto a dudar.
Una sensación extraña se ha apoderado de mí, pero la he conseguido apartar antes de que ganara terreno.
Y con esa voz tajante que uso cuando alguien me pide más, le he dicho que lo eligiera a él.
A mi hermano. Al imbécil al que odio casi tanto como a mi padre.
¿Por qué he hecho eso?
Ni siquiera yo mismo estoy seguro del todo.
Una parte de mí me grita que es para alejarla, la otra, porque sabe que esta historia siempre iba a terminar igual: ellos dos juntos.
Y no solo porque yo no esté dispuesto a tener una relación, sino porque ella lleva toda la vida fantaseando con él y ¿cómo le ganas a una fantasía?
Es imposible.
Competir con un ideal siempre te deja mal parado, porque yo soy de carne y hueso y tengo mil fallos: soy sarcástico, desordenado, caótico, soy el borrón que ella siempre detesta en sus escritos.
Y ella es justo lo contrario, es metódica, ordenada, le encanta tenerlo todo bajo control y es, en cierto modo, tímida.
Es muy parecida a él en algunos aspectos, aunque me joda. Aunque me mate.
Eso sí, salvando las distancias, porque ella también es divertida, elocuente, respondona y se le iluminan los ojos con un brillo especial cuando se siente victoriosa después de responderme con algún comentario mordaz. Y ahí es donde toda mi teoría empieza a hacer aguas.
—¡Joder! —gruño pensando que la maldita cabeza me va a explotar.
Estar pensando en esto me desquicia. Tengo problemas mucho más importantes que una mujer. Mi madre. ¿En qué maldito momento dejé ayer de pensar en ella?
Doy vueltas por el apartamento mientras telefoneo con insistencia a mi tía. Necesito saber qué tal ha pasado la noche, pero no lo coge y eso me altera más. Vuelvo a intentarlo y nada. A la tercera vez oigo que alguien descuelga.
—Buenos días, Markus.
—¿Cómo está? —Voy directo al grano.
—Bien, ha pasado buena noche.
Suelto una bocanada de aire que me alivia al instante los pulmones.
—Vale, y ¿está despierta?
—Sí, acaban de traerle el desayuno y he aprovechado para salirme.
—¿Ha dicho algo de mí? ¿Que me avisaras? —pregunto con esperanza.
—No, Markus. Ella no quiere que lo sepas. Quiere que avances.
—¡Qué gilipollez! —grito, exaltándome de nuevo.
Mi tía se queda callada unos segundos, tras lo que oigo la voz de los enfermeros por atrás, mezclada con el sonido de las camillas arrastrándose por el pasillo y el pitido penetrante que suena cuando llamas para que te atiendan en la habitación.
—Te iré avisando. Estate tranquilo —dice antes de colgar.
—¡Que esté tranquilo! ¡Tiene la jodida poca vergüenza de decirme que esté tranquilo! ¡Mis cojones! —gruño molesto mientras comienzo a vestirme.
No he avisado a la clínica y, sinceramente, lo que menos me apetece hoy es pasar consulta.
Sé que si llamara a mi jefa y le contara lo que le ha pasado a mi madre, me daría el día libre.
Pero comienzo a pensar que eso sería incluso peor que atender a un centenar de mujeres fingiendo una sonrisa mientras las exploro, porque soy plenamente consciente de que, si poso el culo en el sofá, pasaré todo el maldito día con las mismas dos ideas acribillándome la cabeza.
Uno: mi madre.
Dos: Blanca.
Me pongo unos pantalones largos fluidos, una camiseta blanca y echo en la mochila una de las batas que lavé ayer. Al salir, miro de reojo a su puerta y doy gracias al destino porque no está. No sería capaz de enfrentarme a su mirada.