Prohibido enamorarse del idiota El día después
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El día después

Esta vez no siento que haya sido una noche loca, ni puedo seguir fingiendo que no ha pasado nada, porque ahora quema.

Quema en el pecho, en las manos y en los ojos.

Me quedo en mitad del pasillo, plantada, de pie, durante unos minutos que se me hacen eternos, intentando saber qué vendrá ahora, en qué lugar me deja esto a mí.

Anoche no pensé. Por segunda vez en toda mi vida simplemente me dejé llevar. Me lancé al vacío sin calibrar qué iba a encontrar ahí abajo y la respuesta acaba de presentarse nítida frente a mí.

Markus no me elige. Markus me empuja a otros brazos. Y yo ya no sé si quiero volver a ellos de nuevo. Ahora mismo estoy hecha un mar de dudas.

Vuelvo al sofá y recojo mis piernas con mis manos, hecha un ovillo.

Recordando cómo me latía el corazón anoche, la urgencia de mis labios, el cosquilleo que sentía sobre mi piel cuando él me acariciaba con las yemas de sus dedos.

Pero él nunca quiso esto, y me atrevo a decir que yo nunca lo quise a él, porque siempre había sido Iker.

—Quizá tenga razón —acabo murmurando—. Tal vez simplemente se ha dado cuenta antes que yo.

Arrastro mis pies hasta la cocina, cojo el cacillo que ayer utilicé para hacerle la infusión, lo lavo y vuelvo a verter agua en él.

Minutos después sostengo la taza en mis manos y bebo despacio.

El líquido está tan caliente que abrasa mi boca.

Aun así, sigo dándole pequeños sorbos, como si beberme el infierno no fuera nada nuevo para mí, como si acabara de regresar de él.

Puñetero demonio nórdico.

El móvil se ilumina mientras mi vista se pierde en el mar.

He abierto la ventana de par en par, es agradable sentir la suave brisa en la cara.

Me ayuda a despejarme. Bajo un segundo mis ojos a la pantalla y veo el nombre de Iker y un poco más abajo el mensaje, que comienza por: «Lo siento, Blanca, volveré un día más tarde…

». No soy capaz de seguir leyendo sin desbloquear la pantalla y entrar en la conversación.

Y francamente tampoco me apetece ahora. No sé qué decirle.

No sé qué quiero. No sé si todos los años que llevo queriéndolo ahora significan algo.

Paso el resto de la mañana tumbada en la cama mirando el techo mientras me pregunto qué ha cambiado y en qué momento lo hizo.

Hacía tan solo una semana, estaba totalmente segura de que esto no iba a suceder.

Por nada del mundo hubiera arruinado mis posibilidades con Iker, y muchísimo menos con alguien como Markus.

Quizá fue otra bajada de defensas, o verlo tan vulnerable.

O tal vez tenga razón y, en cuanto vuelva a ver a Iker, no desee otra cosa que no sea permanecer a su lado el resto de la eternidad.

Puede incluso que, cuando sus malditos rizos rebeldes se crucen en mi camino, piense: «De la que me he librado».

Mi cabeza va de un pensamiento a otro, no me da tregua ni respiro hasta que en algún momento me quedo dormida y mis músculos se destensan poco a poco.

Al despertarme de nuevo, el runrún de mi cabeza vuelve y entonces, decido hacer lo único que creo que me dará algo de paz. Llamar a Desiré. Necesito desahogarme, contarle a alguien lo que pasó anoche, a alguien que nos conozca a los dos, que haya seguido nuestra historia de rivalidad.

—¡Hola! —me saluda risueña.

—Hola —respondo en un tono en el que no pasa desapercibido que me sucede algo.

—¿Qué ha pasado?

Un enorme suspiro rompe el silencio, mientras cierro los párpados como si no pudiera creerme lo que voy a decirle.

—Anoche me acosté con Markus.

Un gritito emocionado se oye tras la línea.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Era imposible que no acabarais así con la tensión que se mascaba a vuestro alrededor. Demasiado has tardado, por el amor de Dios. Cuando dijo que su nueva afición era pintarte, casi se me caen las bragas, no entendí cómo tú fuiste capaz de quedarte como si nada.

Mi amiga sigue unos minutos más hablando sin parar, eufórica, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Y a mí se me empiezan a acumular las lágrimas en los ojos y ni siquiera sé por qué. ¡Joder! Quiero creer que es porque ella no para de alabarlo y yo ya he pasado a arrepentirme.

Sorbo con disimulo mis lágrimas, no quiero que se dé cuenta de que estoy llorando. Pero ¿quién puede engañar a Desiré? Nadie.

De repente frena en seco su verborrea y con una voz muy seria me pregunta:

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Digo un sí bajito y ella me responde que en media hora estará aquí.

El tiempo transcurre tan deprisa que, antes de que vuelva a mirar el reloj, ya está frente a mi puerta. Ha llamado al timbre y yo me he asomado por la mirilla, lo que menos necesito ahora son sorpresas inesperadas. Cuando abro, me envuelve en sus brazos y yo dejo caer mi cara en su hombro.

—Ven. ¿Qué te ha hecho ese jodido imbécil? —dice muy enfadada.

—Pero si te caía genial, si hasta hace menos de tres segundos era estupendísimo —le contesto mientras se me escapa una minúscula sonrisa.

—Eso era porque no te había hecho llorar —indica levantando el dedo, alterada—. Ahora tengo que valorar si debo matarlo y dárselo de comer a los tiburones.

Se me escapa un gesto de satisfacción. La idea no me parece mala del todo.

—¿Qué ha pasado? —insiste Desiré con mucho tacto.

Nos sentamos en el sofá, sí, en el mismo que hace unas horas acogía nuestros cuerpos. No puedo evitar mirarlo y que el rubor se apodere de mis mejillas. Aún huele a él. Mi amiga ve mi cara y se levanta de repente.

—¡No sería aquí! ¡Por Dios, Blanca, que me encanta esta falda! Como tenga algún fluido pegado, te mato.

La vergüenza se apodera de todo mi rostro.

—Yo… —titubeo.

—¡Que es broma! ¡Relájate! No sabes la de veces que te has sentado sobre los míos —añade con una risita perversa—. Venga, sigue —me anima.

Tengo ganas de estrangularla, hasta en los peores momentos es capaz de montarse un teatrillo. Me recompongo con dignidad, la poquita que aún me queda, y comienzo a contarle lo sucedido.

—Anoche lo oí alteradísimo, estaba fuera en el pasillo común. Me agazapé en la ventana para intentar escuchar qué sucedía y lo vi darle un puñetazo a la barandilla, y ahí decidí salir. Estaba llorando —cuento recordando cómo fue exactamente—. Me contó que su madre se había intentado suicidar.

Mi amiga se lleva la mano a la boca, sorprendida.

—¿Y está bien?

—Sí, por lo visto ella misma llamó a urgencias. Estaba tan sobrepasado que lo obligué a entrar, lo curé, le hice una tila, me habló de su pasado y terminamos justo ahí. —Señalo donde está sentada Desiré.

No es justamente ahí, pero me apetece devolverle la bromita. Ella levanta corriendo las manos que tenía posadas sobre el sofá y se cruza de brazos.

—¿Y cómo fue el sexo?

La miro alzando las cejas, molesta.

—Te cuento todo esto y lo único que te importa es ¿cómo nos fue en la cama?

—¡Oye! Que es un dato importantísimo —dice ofendida—. A lo mejor fue tan mal que por eso… —deja en suspenso.

—Fue genial —revelo con los ojos entrecerrados.

—¿Del uno al diez?

—¡Desiré! —le regaño e inconscientemente no puedo evitar que una risilla se me escape. Es tan… entrometida y directa que al final acaba quitándole importancia a todo, incluso a esto.

Ella me sonríe con todos sus dientes, me guiña un ojo y me atusa el pelo.

—Eso lo interpreto como un nueve —continúa con la guasa.

Le saco la lengua en respuesta.

—Vale, pues el sexo fue genial y ¿entonces?

—Por la mañana de nuevo estaba vistiéndose a hurtadillas para salir de mi casa antes de que me despertara.

—Ajam.

—Lo pillé y no lo dejé estar.

—¿Y qué te dijo? —me pregunta Desiré mordiéndose las uñas.

—Que me quedara con Iker.

—¡Joder! ¡Qué capullo!

Asiento y me encojo un poco sobre mí misma con los ojos clavados en el suelo.

—Me siento estúpida.

—Pues no lo eres —afirma—. Él es el estúpido. No sé qué le pasa, Blanca. Al fin y al cabo, no lo conozco, pero por cómo te miraba cada vez que te veía, habría apostado un brazo entero a que estaba coladito por ti.

—Te equivocabas.

—Quizás.

—¿No acabas de escucharme? —cuestiono molesta.

—Blanca, no siempre expresamos lo que sentimos de la forma correcta. A veces nos equivocamos, otras nos supera el miedo e incluso otras nos negamos las cosas a conciencia, a sabiendas de que nos carcomerán en el futuro.

—No quiero volver a verlo —zanjo tajante.

—Te queda una semana aquí, Blanca, después no tendrás que volver a cruzártelo.

—Ni siquiera quiero verlo esta semana —rezongo.

—Eso va a ser más difícil, aunque —añade dubitativa—, si quieres, puedes venirte a mi casa.

Sopeso unos segundos la idea, es bastante tentadora. Pero luego me centro y pienso que no quiero hacerle eso a Desiré, ella necesita su espacio con Charles, así que rechazo su oferta.

—¿Y con Iker? —retoma mi amiga.

—Vuelve mañana, y quiere besarme.

—¡Pero bueno! ¡Blanca! ¡Estás en racha!

Entrecierro los ojos mucho, creo que otra vez se le acaba de olvidar que me han dejado tirada como una colilla.

—¿Y sigues colada por él?

—No lo sé —respondo frotándome las sienes—. Ahora mismo estoy hecha un lío.

—A ver, si quieres mi consejo… —deja en suspenso, esperando que le diga que sí.

Asiento levemente con la cabeza, arrepintiéndome al segundo.

—Ya has catado al primer hermano, dos veces. Encima, te acaba de allanar el terreno para que pruebes al otro, del que, por cierto, llevas enamorada más de una década. Me parece que deberías dejarte llevar.

—¿Estás loca? —alzo la voz contrariada—. Me parece que estás interpretando la historia que te estoy contando como te sale del… —no termino de decirlo porque es obsceno.

—No. No. Por quién me tomas, solo me baso en los hechos.

Hecho uno, tuviste un primer encontronazo sexual con tu vecino después de beberte muchísimas copas y estaros tirando los trastos a la cabeza más de una semana.

Lo que se llama una noche loca. Tú, la Blanca que lo controla todo, fuiste capaz de dejar de hacerlo.

Ayer se repitió, porque de nuevo dejaste de pensar.

Actuaste. Ahora él se ha marchado porque tiene algo dentro que resolver, y estoy convencida de que volverá.

Pero te ha dado la gran oportunidad del siglo, te ha dicho que elijas a Iker.

Así que hazlo —remata con su molesta vocecilla aguda—.

Al fin y al cabo, sigues sin estar segura.

La cosa habría sido peor si se hubiera quedado, ¿no crees?

La miro desconcertada.

—¿Peor? —repito.

—¿Hubieras elegido a Markus? ¿Estabas segura de que lo preferías a él?

Arrugo el labio pensativa.

Si soy totalmente sincera, la respuesta es no. No estoy, ni estaba, segura de que, si quisiera una relación seria, Markus fuera la persona elegida. Porque Iker, de algún modo, también sigue presente.

Blanca, estás peor que una maraca en pleno carnaval.

—No —siseo.

—Pues listo, problema zanjado.

—Pero se lo cuento a Iker, ¿no?

—¡Ni se te ocurra!

—Pero eso es… despreciable…

—Blanca, ahora mismo no tenéis nada, solo frasecitas tontas, ni siquiera os habéis besado.

—Pero son hermanos.

—Hermanastros —corrige—. Y se detestan.

—No soy capaz de hacerle eso a Iker, tengo que contárselo y que él decida si quiere que continuemos quedando… lo otro… sería de ser muy mala persona.

—Ohhh, Blanca, tú y tus superprincipios… Vas a desencadenar una guerra.