Ha sido un error
No puedo hacerlo responsable a él, porque yo llevaba minutos deseándolo.
Cuando lo he abrazado, ya era consciente de que mis labios anhelaban volver a sentir los suyos.
Y cuando lo ha hecho, cuando me ha besado, ¡joder!
Ni siquiera sé lo que he sentido. Solo sé que no quiero que su mano se despegue de mi nuca.
Ni que su lengua se separe de la mía. Tengo los ojos cerrados porque me da miedo que, al abrirlos, algo en mí pise el pedal del freno y detenga todo esto.
Ahora mismo no hay alcohol en mis venas, ni ninguna otra excusa que me sirva de escudo para resguardarme mañana cuando esto comience a parecerme una auténtica locura.
Ahora mismo estoy siendo yo y, al mismo tiempo, una versión de mí que ni siquiera reconozco.
Es tan raro, que ni siquiera quiero pensarlo, solo quiero seguir sintiendo esta calidez en mi cuerpo mientras él desciende por mi cuello.
No hay urgencia en sus movimientos. Ni titubeo.
Su boca baja hasta el borde de mi camiseta mientras sus manos me retiran los tirantes con delicadeza, quedando mis pechos desnudos bajo su lengua.
No tenía sujetador, nunca lo llevo en casa cuando me pongo el pijama.
Mi piel se eriza cuando noto la humedad de sus labios rozándolos y no puedo evitar arquear mi espalda cuando él se recrea en ellos.
Los apresa, los lame, los muerde y yo ahogo a duras penas los jadeos que se me escapan entre suspiros.
Su mano se desliza por mi abdomen hasta llegar a mis bragas, introduciéndola por debajo de ellas hasta alcanzar mi humedad.
—¡Joder, Blanca! —Lo oigo murmurar sobre mi pecho de una manera tan sexy, que me enciende más.
Sus dedos comienzan a moverse entre mis pliegues con una lentitud agónica, mientras sube de nuevo a mi boca, apresándola.
—Mírame —ordena en un jadeo ronco.
Lo hago. Lo observo mientras él mueve sus dedos en mí de una forma tan íntima que en cualquier otro momento hubiera provocado que me ardieran las mejillas. No esta vez. Estoy extrañamente serena, relajada, sin reparos. Y es tan inusual que, por unos segundos, ni siquiera me reconozco.
Alentada por lo que estoy sintiendo, llevo mi mano por encima de su pantalón, notando que su erección es tan prominente que no puedo evitar morderme el labio con fuerza, intentando controlarme.
Cuando mi respiración deja de estar tan agitada, acaricio con movimientos ascendentes y descendientes su enorme bulto.
Un gruñido ronco y profundamente masculino sale de su garganta, dándome alas para introducir mi mano por debajo de su ropa, mientras sus ojos se depositan fieros en los míos.
Sin perder el contacto visual, cambio de posición hasta encontrarme con las rodillas en el suelo, el pelo alborotado y el corazón latiéndome a mil, ansiando algo que es incomprensible para mí.
Instantes después, en un leve movimiento, le he apartado los calzoncillos unos escasos centímetros, hasta sacar su enorme envergadura.
La mirada que me lanza es la más provocativa que he visto en mi vida.
La lamo con delicadeza, sin prisas, oyendo los jadeos que intenta ahogar.
Deseando que sea incapaz de contenerlos.
Y lo logro, cuando deslizo mi lengua arriba y abajo, los escucho fuertes, anhelantes.
Se acentúan cuando la apreso entre mis labios, cuando mi boca se acomoda a ella y los movimientos se hacen más ágiles, con más ritmo.
—Joder, Blanca, ¡me vas a matar!
Y, al escucharlo, algo dentro de mí se enciende todavía más. Quiero seguir sintiendo cómo se pierde con mi cercanía.
—Sube—susurra—. Te necesito.
Y entonces paro como si lo que hubiera dicho significara algo. Como si entre esas sílabas hubiera una promesa no escrita, pero tan profunda como duradera.
Me recuesta sin esfuerzo sobre el sofá; sus manos recorren la parte interna de mis muslos mientras mantiene su atención fija en mí.
Trago saliva con demasiada dificultad, sintiendo la fuerza de ese gesto, de sus manos sobre mi piel, que están a un segundo de enloquecerme.
Cuando llega a mi intimidad, introduce dos de sus dedos como si deseara comprobar que sigo tan dispuesta para él como antes, y lo percibe porque oigo un gruñido seco, sexy, ansioso.
Y entonces, se coloca sobre mí, introduciéndose poco a poco, mientras me mira.
Joder, sí me mira. Me traspasa. Ve mi cara, mis pensamientos y todo mi maldito mundo.
Nuestros cuerpos se unen, su ritmo aumenta y luego disminuye. Me altera. Me susurra que lo hagamos tan despacio que la piel nos queme. Y lo hace, porque todo en mí arde.
Siento que no puedo más y, a la vez, ansío más.
Es desconcertante y profundamente íntimo.
El encuentro gana intensidad y los movimientos se vuelven más profundos y urgentes, y yo rozo el límite.
Lo nota. Creo que porque incluso lo arrastro.
Las embestidas se vuelven rápidas, nuestros corazones se aceleran y la respiración me falta.
Su «¡Joder, Blanca!» susurrado en mi oído es lo que hace que me abandone, que mi cuerpo entero se estremezca y mis terminaciones nerviosas se agiten.
Él cae sobre mí y sella el momento con un dulce beso. Se acomoda a mi lado, en el sofá, como la otra vez, pero diferente. Como si fuéramos otras personas. Como si esta vez fuera a salir bien.
O eso es lo que él me ayuda a creer.
Mi pecho sube y baja con fuerza, el suyo también. Su mano se guarece en mi ombligo. Mis piernas se entremezclan con las suyas y no pienso en nada más. Ni en el pasado, ni en el futuro, ni en lo que me ha llevado a estar aquí.
Pasamos la noche juntos. Me abraza. Me acaricia el pelo. Me besa la mejilla, y luego dulcemente los labios. Como si yo fuera lo más especial que hubiera tenido nunca en su vida. Como si quisiera abrazarse a este momento para siempre.
Me duermo sintiendo que su pecho quizás sea el hogar que tanto he ansiado, aunque sea incomprensible, aunque haya conseguido descolocar todos mis ansiados planes, tirando por tierra cada maldito apunte mental, cada orden, cada esquema.
Pero cuando la mañana llega, no me despierto igual, porque otra vez la jodida realidad me golpea de lleno.
Aunque esta vez no ha conseguido llegar a la puerta.
Tiene la intención de hacerlo, lo sé porque está vistiéndose como si fuera un maldito ladrón que pretende robar a hurtadillas una cámara acorazada. En silencio y tan lento como puede.
Un nudo se me atenaza en la garganta cuando lo veo. Esta vez, un picor se me cuela en los ojos, escociéndome. Respiro varias veces, intentando infundirme calma antes de romper el silencio.
—¿Otra vez te vas?
Da un respingo. No me esperaba. Pensaba salir sin despedirse, sin explicaciones, sin incomodidad.
—Sí —afirma volviéndose.
Mis ojos buscan algo en los suyos. Quizá el rastro de lo que anoche navegaba en ellos. Pero no encuentran nada.
O quizás sí lo hay, y él simplemente se ha vuelto demasiado bueno escondiéndolo. Quién sabe.
—Esto no… —no acaba la frase.
Me levanto. Aún estoy desnuda, pero me da igual. Lo que menos me importa ahora es lo que se ve porque hay algo por dentro que me asusta más. Quiero que lo diga alto y claro, que termine diciendo con palabras lo que ya sé.
Él se da cuenta y se coloca frente a mí, dudando unos instantes con un destello en su mirada de lo que por unos segundos me parece una grieta, que acaba disipándose.
Se frota la frente y deposita su atención en mí con una gelidez repentina que me descoloca.
Como si algo acabara de gritarle que esto no tiene ningún sentido.
—Esto no es buena idea, Blanca. Ha sido un error. Quédate con él. Elígelo a él. Es tu mejor opción, yo no… —Agota las palabras dándome la espalda. Tras dirigirme un gesto que me hace sentir aún más confusa, como si algo lo empujara a dejarme, aunque su expresión diga lo contrario.
No soy capaz de decir nada. Me quedo allí parada. Desnuda. Con el alma al descubierto y una sensación horrible serpenteando por mi cuerpo, mientras la puerta se cierra lentamente sin ni siquiera oír un jodido portazo.