Entre mis brazos
No entiendo cómo he acabado en su sofá contándole todas mis malditas miserias. Jamás había conseguido materializar con palabras todo el odio que sentía. Ni siquiera con Charles. Él sabe mi historia, pero no de esta manera.
No contada desde mis putas tripas.
Tampoco consigo dejar de pensar en mi madre, en cómo dormirá hoy, en si mañana volverá a intentarlo y en cómo sabré, a partir de ahora, cuándo miente y cuándo dice la verdad.
Esta vez me ha pillado completamente por sorpresa.
Ha sabido disimular muy bien que no se encontraba feliz, e incluso que le había parecido muy buena idea que yo dejara atrás toda esa rabia con la que convivía.
Me dijo: «Markus, desde el rencor no se puede construir nada.
Mírame, esto no es lo que deseo para ti.
Tienes la obligación de ser mejor que yo, de vivir una vida plena. Hazlo por mí».
Y yo le hice caso, ¡joder! La cagué.
¡Maldita sea!
Juro que no quiero otra cosa ahora mismo que no sea montarme en un jodido avión con destino a Noruega.
Pero sé que lo que mi tía me ha dicho es lo mejor.
Si mi madre me ve aparecer, no va a perdonárselo en la vida.
Y si cree que el daño me lo está haciendo a mí en lugar de a ella misma, estoy convencido de que la próxima vez que lo intente lo conseguirá. No fallará.
Tengo unas ganas locas de golpearlo todo y, al mismo tiempo, de llorar.
Es desquiciante. Me siento tan jodidamente perdido en estos momentos que temo que no consiga salir a flote.
Me froto la frente, a la vez que aprieto mi puño izquierdo, solo ese porque mi otra mano está entrelazada con sus dedos, y no quiero soltarla.
La calidez de su mano sobre la palma de la mía hace que me sienta un poco mejor.
Un poco menos solo. Aunque yo siempre haya preferido estar solo y haya vivido creyendo que no necesitaba a nadie. Nunca lo he hecho.
Cuando he terminado de contarle mi historia, ha hecho algo insólito viniendo de ella, me ha abrazado por segunda vez esta noche. Pero no de la misma forma que antes. Ahora hay algo más.
Algo que va más allá de intentar consolarme. Lo sé por cómo su cuerpo se ha pegado al mío, por cómo noto el pulso acelerado en su cuello, rápido y agitado. No quiero que se aparte, quiero retenerla justo aquí, entre mis brazos.
Su olor hace el resto. Me sorprendo tocándole el pelo, rozando su mejilla con una caricia suave.
Oigo un suspiro casi insonoro que se le escapa, un sonido mínimo que me invita a acercarme más.
Me inclino hacia ella sin prisas, estirando los segundos tanto que noto cómo la ansiedad me abrasa el pecho. Creo que también el de ella.
Porque no se aparta. Espero un instante, dándole la oportunidad de hacerlo. No lo hace. Y, por alguna razón, sé que tampoco quiere hacerlo.
Sus labios me reciben con dulzura. No es un beso normal. No es pasional, ni atrevido como los que nos dimos hace unos días, como los que estoy acostumbrado a dar. Es cercano, suave, tierno.
Y no entiendo por qué, pero me gusta.
Me siento, incluso por un momento, capaz de superarlo todo junto a ella.