La herida invisible #2
Alza la vista de nuevo y yo le dedico una sonrisa tierna, mientras entrelazo mis dedos con los suyos y hago que me siga hasta el sofá, donde me acomodo a su lado sin soltar su mano. El silencio hace eco durante unos segundos hasta que él exhala una bocanada de aire enorme y comienza a hablar.
—Mi madre lleva toda la vida así. O, al menos, toda la vida que yo recuerdo.
Antes de que yo naciera era una persona diferente, alegre, divertida, soñadora, cambió unos días después de conocerme.
Fui un bebé de los que no paran de llorar día y noche, y eso provocó que cayera inmersa en una depresión postparto.
Y se hubiera recuperado, de eso estoy seguro, si no hubiera sido porque la persona a la que más quería y en la que más confiaba la abandonó un mes después de que yo naciera sin ni siquiera decir por qué.
Al oírlo, un escalofrío me recorre el cuerpo solo de pensar que la persona que pudiera elegir para ser el padre de mi hijo me abandonara sin ninguna explicación, con un problema enorme y un bebé. Me haría sentir desamparada.
—A los pocos días lo supo, tenía una doble vida en España, su lugar de origen. Y la elegida no había sido ella. Después de tres años de relación, la verdad la enterró. Ahí lo intentó por primera vez —revela sin poder evitar que la voz le tiemble.
Yo aprieto mis dedos que siguen engarzados con los suyos, sin poder describir las ganas tan inmensas que tengo de volverlo a abrazar, pero me controlo porque creo que soltarlo todo lo ayudará, y no quiero interrumpirlo.
—Llevo toda la vida cuidando de ella, sacándola de esos ataques de melancolía y depresión. Y pensaba que ya lo había superado, ¡joder! Ella me dijo que estaba mejor que nunca, que todo había quedado atrás, y que yo debía intentar hacer lo mismo.
Lo miro esperando que continúe. Él cierra los párpados e intenta contener la frustración.
—Todo esto es por culpa de él. Y de mí. ¡Maldita sea!
—Markus, mírame —digo agarrándole el mentón y haciendo que mis ojos encuentren los suyos—.
No sé qué has venido a hacer aquí. Ni por qué crees que tienes la culpa.
Pero te conozco, y aunque seas un poco molesto…
—Esbozo una enorme sonrisa—. Sé que eres una buena persona, nada de lo que haya pasado puede ser por ti.
Markus me dedica un leve gesto de aprobación, casi imperceptible, antes de continuar.
—Vine aquí por mi padre. Llevo toda la vida odiándolo, a él y a la familia que eligió dejándonos atrás.
Hace unos cinco años se puso en contacto conmigo y me negué rotundamente a hablarle, pero al año siguiente volvió a intentarlo.
De nuevo lo rechacé. Y ha seguido buscando la manera.
El año pasado me escribió una carta que consiguió hacerme dudar.
Sembró sin ni siquiera darme cuenta la semilla de la vacilación, y hace unos meses, Charles me dijo que iba a intentar hacer cumplir su sueño.
Una escuela de kitesurf. Llevaba con esa idea desde que tenía seis años.
Cuando me dijo el nombre del pueblo en el que iba a montar su escuela, el corazón se me paró en seco.
De mis labios nunca había salido esa palabra.
Nunca. Le tenía tanto odio que no había sido capaz.
Tarifa. El lugar en el que mi padre había nacido y en el mismo en el que había mantenido una doble relación a escondidas, y al que había decidido volver.
Sin nosotros. Sin mí. Nunca entendí qué de malo teníamos nosotros y qué de bueno ellos.
Crecí odiándolo tanto por lo que le había hecho a mi madre, que supongo que creí que venir aquí e intentar dejar el resentimiento a un lado podía en cierta parte ayudarme.
Y lo de Charles me pareció al principio una broma perversa del universo, y luego una señal del destino.
Sigo a su lado, procesando todo lo que acaba de contarme.
Miles de emociones se me agolpan en el pecho.
Siento lástima por ese niño que tuvo que cargar a sus espaldas con una madre que se hundió, que no supo afrontar la dureza con la que la vida le había golpeado.
Siento dolor por la comparación tan horrible con la que se midió durante toda su infancia y el rechazo rotundo con el que tuvo que vivir.
Y también siento admiración por cómo, a pesar de todo, consiguió cuidar de ella y ser capaz de labrarse, por el camino, una personalidad alegre, generosa y con una enorme chispa.
—Si no hubiera venido…
—Si no hubieras venido, ella no habría dejado de intentarlo. No es culpa tuya, Markus —aseguro completando su frase—. Llevas toda la vida peleando sus batallas, y por una vez, debías enfrentar la tuya.
Cuando termino de decirlo, su mirada se torna diferente.
Se queda unos segundos paralizado, como si estuviera procesando lo que acabo de decirle.
Como si estuviera sopesando si tiene algún sentido que alguien acabara de revelarle algo en lo que nunca hubiera caído por sí solo.
A los segundos, su atención se concentra en mí de una manera tan sobrecogedora que incluso respiro con dificultad.
Ahora mismo, no deseo otra cosa que abrazarlo. Decirle que, si necesita a alguien para aliviar el peso que lleva, aquí me tiene.
—Gracias, Blanca —añade en un susurro ronco—. No sabes cuánto me ha servido contarle esto a alguien por primera vez.
Mis ojos se empañan un poco. Él no se mueve. Solo me mira. Y entonces, dejo de controlarlo todo. Olvido a la Blanca metódica, a la Blanca comedida y a la que lo odia.
¿O lo odiaba?
Porque hace bastante que ya no consigo hacerlo.
Y lo abrazo, primero suavemente y luego tan fuerte que mis costillas parecen que se han adherido a su cuerpo.