Prohibido enamorarse del idiota La herida invisible
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La herida invisible

Después de que la señora Herminia nos dejara, volvimos a casa juntos. Ninguno de los dos había traído el coche, así que teníamos que recorrer a pie el mismo camino, y hacerlo acompañados el uno del otro nos salió de manera natural.

Durante el trayecto fuimos conversando como si fuéramos amigos, como si nos lleváramos bien. Demasiado bien, incluso. Quizás fuera por la forma en la que le había hablado a la señora Herminia sobre mí, o por la manera en la que me había mirado al hacerlo, pero algo parecía haber cambiado.

Lo cierto es que me contó que conoció a Charles de pequeño, que no se parecían en nada, pero que aun así se hicieron inseparables. Yo le confesé que me había pasado lo mismo con Desiré. También hablamos de cine, de libros y di gracias a Dios que no salió el tema de la pintura.

Cuando llegamos a casa y nos despedimos, una sensación desconocida me atravesó el pecho.

Cerré la puerta pensando que quizás podría haberlo invitado a tomar unas cervezas en la terraza común, al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer.

Y como prueba diré que pasé el resto de la noche tendida en el sofá viendo la tele con una tarrina de helado gigante.

A la mañana siguiente me despertaron los mensajes de Iker dándome los buenos días, y contándome que no paraba de ir de reunión en reunión intentando solucionar lo del hotel, pero que ni siquiera eso era tan importante como para hacer que olvidara las inmensas ganas que tenía de besarme.

Al leerlo, una risa tonta se extendió por mi cara, «Yo también tengo ganas» le respondí, aunque esta vez no me temblaban las piernas, ni me imaginé de camino al altar.

Supongo que la Blanca cabal estaba intentando tomar las riendas, porque como siguiera con ese subidón de endorfinas constante, iba a terminar explotando.

El intercambio de mensajes continuó hasta bien entradas las doce cuando comenzó su reunión.

A esa hora terminé de limpiar la cocina y el baño; y decidí bajarme a la playa.

No me bañé en todo el día, a pesar del calor que hacía, porque había unas olas enormes.

Lo intenté varias veces, pero el miedo me pudo.

Así que bajé a la orilla solamente a echarme agua como una señora de ochenta años, mientras unos niños me señalaban y me gritaban que me metiera, que estaba muy buena.

Sí, muy buena para morir.

La bandera roja estaba ahí por algo, y si te quedaban dudas, el silbato del socorrista te las despejaba.

Debí perder la noción del tiempo enfrascada en la lectura bajo los rayos del sol porque cuando miré el reloj eran más de las nueve de la noche.

Pensé que, por primera vez, después de tantos días, había conseguido la increíble hazaña de desconectar y estar cien por cien de vacaciones.

Cuando llegué a casa, me metí directa en la ducha, me puse un pijama de dos piezas de color negro que dejaba mis piernas al aire y, cuando estaba ya en la cocina pensando en lo que me iba a hacer de cenar, oí una voz bastante alterada.

—Pero ¡¿cómo voy a tranquilizarme?!

Un silencio tenso se propagó durante unos segundos.

—¿Cómo está? ¿Cuándo ha sido exactamente?

De nuevo unos instantes mudos.

—¡Ahora mismo voy al aeropuerto! —Lo oigo gritar desencajado.

Llevo unos minutos detrás de la cortina.

Es Markus y parece estar desquiciado. Va de un lado a otro dando zancadas mientras continúa vociferándole cosas que no entiendo a la persona que está al otro lado de la línea de teléfono.

Nunca lo había visto así. No soy capaz de saber qué es exactamente lo que pasa, pero debe ser bastante grave.

—¡¿Pretendes que no vaya?! —grita ofendido, irritado, mosqueado—. Si lo que pretendes es eso, es que estás loca. ¡Es mi madre! ¡Joder!

Toma aire, mientras dos densas lágrimas se le acumulan en los ojos y comienzan a descenderle poco a poco por las mejillas, luego guarda silencio unos segundos, escuchando atentamente lo que le dice la voz de la mujer que sigue en línea.

—Me estás matando. Lo sabes, ¿no? —Se echa las manos a la cabeza, enredándose el pelo entre sus dedos, tirando de él con desesperación—. No dejes de informarme de cómo está. ¡Me oyes!

No alcanzo a oír la respuesta por más que lo intento.

Ni tampoco consigo oír ni una sola palabra de la mujer con la que está teniendo la conversación.

Cuando cuelga, varias lágrimas más comienzan a descenderle por las mejillas, mientras le da un puñetazo a la barandilla con tanta fuerza que estoy segura de que se habrá echado abajo todos los nudillos.

Lo corroboro en cuanto se da la vuelta, los tiene llenos de sangre.

Debato conmigo misma si salir o no. Una parte de mí quiere ayudarlo, consolarlo, pero la otra me dice que quizás no sea buena idea y necesite estar solo. Arrugo la nariz contrariada, sopesando qué será lo correcto, y segundos después termino bajando el pomo de la puerta.

Cuando me ve, no intenta disimular las lágrimas, ni la rabia.

Está plantado delante de mí, con los nudillos ensangrentados y una expresión tan abatida que no puedo evitar caminar hacia él y darle un abrazo.

No sé si es por inercia o por impotencia, pero sus brazos se despliegan también a lo largo de mi cintura, mientras su cara se entierra en mi hombro.

Y yo lo aprieto con más fuerza, como si me fuera la vida en ello.

Como si en mis brazos pudiera encontrar la cura de todo lo malo que le está sucediendo.

Pasan dos minutos. Tres. Cinco. Y él continúa con su nariz rozando mi cuello, mientras yo le susurro que todo estará bien.

—No lo estará —ahoga en un murmullo, alzándose.

—Todo en esta vida tiene solución —le digo.

Se mira los zapatos y niega con la cabeza varias veces desesperado. Vuelvo a acercarme y le cojo la mano. Él no la aparta. Percibo su tacto cálido envolviendo la palma de mi mano, y yo solo espero que el mío logre reconfortarle.

Realmente no sé qué decirle. Quizás tenga razón y lo que le pasa no tenga solución. Quizás esté intentando aliviarlo usando la frase inadecuada. Necesito saber qué lo ha puesto así. Qué es tan grave como para que su mano tiemble de esta forma.

—Estás sangrando, Markus —murmullo con un tono suave, tierno—. Déjame que te cure eso —le digo posando mis ojos en sus nudillos.

Él baja su vista hacia ellos como si ni siquiera se hubiera dado cuenta de que están así, luego niega varias veces con la cabeza antes de contestarme.

—No hace falta.

—Sí que hace —protesto, aunque siguiendo con el mismo tono suave de antes—. Ven, será solo un momento —le digo tirando de él hacia mi casa.

Me sigue. Entramos y dejamos atrás el pasillo cuando lo guío hasta el baño.

Ya ahí le hago tomar asiento sobre el inodoro y me pongo a rebuscar en los cajones hasta encontrar agua oxigenada y unas gasas.

Tras lo que pongo su mano bajo el agua del grifo que cae con contundencia mientras él aguarda en silencio.

Luego desinfecto la herida. Debe escocerle bastante, pero aun así no se queja.

Cuando estoy ya terminando, alza la vista, encontrándose con mi mirada, sosteniéndomela durante varios segundos mientras me susurra un gracias que me hace sentir bien. Muy bien.

Salimos del baño y su irritación se ha transformado en una tristeza horrible que se concentra en sus bonitos ojos azules. Entonces, Markus no se para. Sigue andando hacia la puerta y yo tengo un nudo enorme en el estómago que me grita que no puedo dejarlo ir así.

—Espera. No te vayas.

Se vuelve lentamente, quedándose quieto durante unos instantes que se me hacen interminables, llevándose la mano a su frente, frotándosela desesperado, antes de contestarme.

—Blanca, ahora mismo soy la peor compañía que puedes tener.

—No te vayas —sostengo segura—. Ven, siéntate —insisto señalando las banquetas de la cocina—. Voy a hacerte una tila.

Titubea unos instantes, pero luego arrastra los pies hasta allí tomando asiento.

Cojo el cacillo, vierto el agua y la pongo a hervir mientras busco los sobrecitos de las infusiones. No recuerdo bien dónde estaban, así que abro tres cajones antes de encontrarlos. Cuando ya la tengo lista, le tiendo la taza y me siento a su lado.

—A veces contarlo te puede hacer sentir mejor —digo muy bajito.

—Es largo —añade con la vista perdida.

—Tengo toda la noche —le respondo con un semblante afectuoso.

—Está bien —sisea no del todo convencido—. Era mi tía, me acaba de decir que mi madre se ha intentado suicidar esta tarde.

Abro mis ojos de par en par.

¡Joder! No me esperaba esto.

Tomo aire muy preocupada antes de responderle.

—¿Está bien?

—Sí. Al parecer, ella misma ha llamado a emergencias. Se había tomado dos frascos de pastillas.

—¿Está en el hospital?

—Sí.

—¿Y tú quieres ir? —pregunto intentando tener mucho tacto.

—Sí, ¡joder! —exclama apretando sus puños, superado.

—Y… —tanteo.

—Y no puedo porque mi madre le ha hecho jurar a mi tía que no me diría nada. Ella no le ha hecho caso y me ha llamado, pero me ha implorado que no vaya. No por ella, sino por mi madre. Dice que la destrozaría.

Agacha la cabeza abatido y yo no puedo evitar poner mi mano sobre su espalda y acariciársela con delicadeza. Nunca lo he visto así y me quema por dentro.

—Saldrá de esta, ya verás.

—Lleva toda la vida así —revela—. Si no es esta vez, será en la próxima. —Le oigo decir mientras se me eriza la piel.

—¿Lo ha intentado antes? —pregunto sin poder esconder mi asombro.

—Dos veces más. Pero ya llevaba tiempo sin hacerlo, por eso decidí venir. Estaba mucho mejor —confiesa hundido, como si se creyera responsable.

—¿Sabes que tú no tienes la culpa? ¿No? —le digo tras ver ese atisbo de flagelamiento en sus ojos.

—La tengo, Blanca —masculla, revolviéndose incómodo en la silla.

—Ven. Estaremos mejor en el sofá.