Prohibido enamorarse del idiota La abuela celestina
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La abuela celestina

Cuando lo vi salir por mi puerta, el corazón aún me latía frenético. Se fue sin darme un beso, pero dejó una promesa que se me expandió por dentro.

¿Hubiera deseado que se arrancara toda esa templanza y sus impulsos tomaran el control?

Sí, creo que la respuesta es sí. Pero entonces, quizás hubiera sido menos él. Y lo que yo amaba precisamente en él era eso.

O quizás, ¿no?

Me hago una infusión dos horas después, mientras Iker me escribe de camino al aeropuerto.

Ha parado para repostar y dice que no ha podido evitar escribirme al ver en la gasolinera un estand de Cola Cao.

Su excusa me parece tan bonita que instintivamente me saca una sonrisa.

Luego, pongo la tele porque sé que no puedo dormir así, en esta espiral de dopamina.

Y tras dilapidar mi tiempo, en algún momento entre la noche y el amanecer, mis ojos se cierran y sueño con cosas difusas como una caricia, una mano que me alza, una cena.

Desiré me escribe a mediodía diciéndome que su abuela tuvo un percance hace unos días y que no se encuentra demasiado bien.

Que, si no me importa que, en lugar de quedar solo las dos, nos la llevemos a merendar a la cafetería de la Alameda.

Le contesto que sí, que a las seis llegaré a casa de sus padres.

A menos cinco estoy tocando el timbre y, cuando la puerta se abre, lo que veo me impresiona tanto y me da tanta pena que, por un instante, soy incapaz de reaccionar.

Me recompongo como puedo, me agacho y abrazo con toda mi fuerza a la señora Herminia.

La conozco desde niña y verla así me rompe el corazón.

No pensé que lo que le había ocurrido fuera para tanto cuando mi amiga me escribió.

Va en silla de ruedas.

—¡Pero, niña, cuánto empalagoseo ! Suéltame que me vas a romper la clavícula con tanto abrazo.

—Ay, Herminia, no sabes lo que me alegra verte —digo, intentando que no se me escape ninguna lagrimilla tonta.

Mi amiga me mira con la ceja levantada antes de preguntarme:

—¿Qué te pasa? ¿Estás con la regla?

La miro ceñuda porque odio ese comentario tan fuera de lugar. La gente siempre lo dice como si ser sentimental estuviera unido de alguna manera extraña al maldito periodo.

—Venga, vamos, que es para hoy —azuza Herminia.

Desiré va arrastrando la silla de ruedas mientras su abuela se queja de lo mal que lo hace.

—¡Que me vas a matar! ¿Estás ciega, niña? ¡Que te acabas de comer tres bordillos!

—Abuela, que no es fácil.

—Tú lo que buscas es mi herencia.

—Pero ¡qué dices! Si lo que tienes no me da ni para comprar tres ruedas de un coche.

—Y ni pienses que va a mejorar —agrega—. Me lo pienso gastar todo en lo mismo que esta —sentencia Herminia señalándome.

—¿En un piso? —pregunto, inocente de mí.

—¿Un piso? —arruga la frente, los labios y hasta los ojos, tanto que parece un acordeón—. En pinchazos y cirugía.

La cara se me enciende tanto que temo que me confundan con un semáforo.

Virgen Santa, esta señora es el diablo.

Si no fuera por su circunstancia…

—Apártate, y que me lleve la de los buenos cántaros. Por cierto, las prótesis están muy bien conseguidas, cuando me has dado el abrazo, ni las he notado. Unas de esas quiero yo.

Mis pómulos parecen una maldita fogata mientras arrastro la silla hasta el bar.

Al llegar, pedimos la merienda y Herminia comienza a acribillar a Desiré con preguntas sobre cómo consiguió cazar a semejante semental, con esa expresión se refiere a Charles.

Por lo visto, cuando se lo presentó, se quedó tan impresionada que ahora cree que tiene poderes de brujería.

Está convencida de que se lo consiguió ella con su regalo de cumpleaños, por si no lo recordáis, fue lo del chorizo cantimpalo con la frase ingeniosa.

Lo único que no se apropia es la persistencia de la relación. Es decir, que aún no hayan roto, porque una cosa era conseguírselo y otra bien distinta, que no saliera corriendo al día siguiente.

Desiré está respondiendo con bastante gracia a cada una de las barbaridades que le suelta su abuela, cuando recibe una llamada que atiende sentada donde estamos, mientras Herminia pone la oreja con interés. Sobre todo, cuando oye que es Charles.

—¡Lo siento! Se me ha olvidado dejártelas —lloriquea Desiré.

—¿Lo qué, niña? ¿Las bragas?

—Pero ¡cómo van a ser las bragas, abuela! ¡Por Dios!

—A los jóvenes de hoy en día os gustan esas cosas —dice sacando morros.

Si no la conociera, diría que está senil, pero lleva siendo así desde que la conozco. Bueno, lo cierto es que ahora está mucho peor.

—Estamos merendando donde me gusta —continúa mi amiga diciéndole a Charles.

—Vale, ahora nos vemos —cuelga.

Vuelve a prestarnos atención, bebe un poco de café, se recoge el pelo en un moño y nos aclara que Charles va a pasar a recoger las llaves porque va a montarle una estantería nueva que ha comprado en Ikea.

Diez minutos después, la silueta de Charles aparece en la plazoleta, pero no viene solo, viene con él.

—Buenas tardes, señora Herminia —saluda amoroso Charles.

—¡Qué alegría ver a mi nieto preferido!

—¡Abuela! —grita Desiré.

—No seas celosa, niña. Ven, dame un beso —dice poniendo la mejilla hasta que Charles se inclina—. ¿Y este quién es? —pregunta con los ojos tan abiertos que parece que se le van a salir.

—Es Markus, mi amigo.

—¡Dios bendito, todopoderoso y misericordioso, que concedes todos mis deseos! —exclama mirando al cielo—. Gracias. Gracias.

No puedo dejar de mirarla. Estoy tentada a preguntarle qué es lo que le ha concedido el señor, pero algo me dice que la respuesta puede ser demasiado impactante para mí y prefiero dejarlo estar.

—Dame dos besos, Markus.

Markus tuerce una sonrisa divertida y se agacha zalamero plantándole dos besos sonoros que le iluminan el semblante, y no puedo decir que me extrañe.

Está guapo. Mucho. Hoy parece que lo ha vestido alguien que no está ciego.

Lleva una camiseta negra básica y unos jeans.

Luciendo un aspecto desenfadado y a la vez rebelde.

—Toma. —Le da Desiré las llaves a Charles.

—¿Cómo? No pensaréis abandonar a esta pobre anciana que necesita compañía, ¿no?

—Abuela, que nosotras nos quedamos.

—¡Calla, niña! Que no es lo mismo.

—Que van a montarme la estantería.

—Eso no caduca. Mañana o pasado lo hacen, ¿verdad, Charles?

Es bastante avispada esta señora, ha ido al punto más débil, Charles. Este le sonríe y mira a Markus.

—¿Te importa?

—No, claro que no —agrega Markus—. Estoy encantadísimo de pasar la tarde con la abuela más guapa de la historia.

Temo que de algún momento a otro la dentadura se le escurra de la boca con tanta sonrisa. Será sibilino el jodido, si ya la tenía comiendo de la palma de su mano, con esto seguro que aparece en el testamento de la señora Herminia.

—Niña, apártate, echa la silla a un lado y deja a Markus a mi vera.

Markus me dirige una mirada maliciosa, mientras sus labios se ensanchan satisfechos, cogiendo una silla desocupada de dos mesas más allá y colocándose entre Herminia y yo.

—¿Tú también sales del norte? —le pregunta a Markus.

—Sí, del mismo sitio que Charles.

—Si yo hubiera sabido eso antes… no estaría viviendo aquí —rebufa—. Hubiera emigrado en cuanto gané la primera peseta.

Markus no puede evitar la sonrisa al escucharla.

Y yo no puedo evitar percibir que su brazo está rozando el mío.

Su silla está tan pegada a la mía que temo que lo próximo que notaré será su mano, y no entiendo por qué eso me está poniendo nerviosa.

Intento mantenerme atenta a la conversación que están teniendo, pero algo parece impedírmelo y no sé el qué.

De fondo oigo a Herminia encandilada preguntándole cosas a un Markus que no reconozco.

Es simpático, atento, e incluso diría que se dirige a ella con cierto cariño.

Por un segundo, me sorprendo mirándolo. Él se da cuenta y sus ojos se achinan y se iluminan de tal forma que el azul parece intensificarse hasta resultar escandaloso. Aparto la mirada al instante, aunque antes de hacerlo, percibo por el rabillo del ojo su ladeada sonrisa.

Media hora más tarde, mi amiga interrumpe la tertulia de su abuela con Markus.

—Nos tenemos que ir ya, abuela.

—¿Y eso por qué? —pregunta molesta.

—Charles y yo hemos quedado con mis compañeros del trabajo para cenar.

—¿Y eso por qué me incumbe a mí?

—Abuela, tendré que llevarte a casa.

—Si es por eso, no te preocupes, seguro que Blanca puede acercarme, ¿verdad, cielo? —dice usando una vocecilla tan dulce que no parece la misma persona.

La miro y no puedo evitar sentir cierta lástima. No debe ser fácil acostumbrarse a esa nueva situación de no poder ir donde quieres sin necesitar la ayuda de alguien que te lleve en la silla. Es imposible que ella sola tenga la fuerza suficiente como para poder arrastrarla.

—Claro, yo la acerco. No hay problema.

—Magnífico —celebra entusiasmada—. Ya podéis iros los dos, yo me quedo aquí con Markus y ella.

—¿Quiere otra infusión, señora Herminia? —ofrece afectuoso Markus.

—Cómo sabes ganarme, bendito —le contesta desbordando frenesí.

Esta anciana debe de estar viviendo el mejor día de su vida.

Mi amiga se levanta. Me dedica una mueca divertida.

Me da las gracias y se marcha de la mano de Charles.

Yo me quedo allí con los dos, calladita, oyendo las frases repletas de interés que la señora Herminia le lanza a Markus y las respuestas ingeniosas y cariñosas con las que él la halaga.

Una hora después, Herminia da por finalizada la merienda.

—Blanca, llévame tú, que quiero seguir disfrutando de este buen mozo por el camino.

Markus esconde como puede su endiablada sonrisa mientras observa sibilinamente cómo acato sin rechistar y tiro de ella.

—¿Y tú no tienes novia? —pregunta de repente Herminia.

—No, señora.

—Muy bien, muchacho, que hay mucha lagarta suelta.

Ahí no puedo evitarlo y me entrometo por primera vez en la conversación.

—Señora Herminia, eso no era lo que le dijo usted a su nieta el otro día. Le dijo que a su edad usted ya estaba hasta casada, que buscara a alguien —expreso mucho más finamente que el comentario que soltó a su nieta.

—Ves. Lo que te decía. Ándate con ojo, que eres tan buen partido que hasta esta quiere echarte el lazo.

—Pero ¡qué está diciendo, señora! ¡Yo no quiero echarle ningún lazo! —alzo la voz más de la cuenta, notando cómo mis mejillas se enrojecen.

—Ay, que te pillé con las manos en la masa. —Ríe—. Dice que no y mira cómo se ha puesto.

Markus me mira con una expresión divertida mientras yo me quiero desintegrar allí mismo. Estoy esperando que me lance, de un momento a otro, alguno de sus comentarios maliciosos que me dejen a la altura del betún.

Prepárate, Blanca, que vas a tener que sacar toda la artillería.

—No diga eso, señora Herminia. Blanca es incluso mejor partido que yo. Cualquier hombre desearía que se fijara en él.

¿Hola? ¿Qué ha sido eso?

¿Llevaría droga lo que he tomado?

Me descubro tragando saliva con dificultad, con mis manos temblando ligeramente mientras continúo conduciéndola a través de la Alameda de camino a su casa.

Soy incapaz de mirarlo, aunque sé que él está observándome con tanta intensidad que, solo con pensar en levantar la vista, el corazón se me acelera.

Todo el embobamiento que siento desaparece de un plumazo en el siguiente instante.

Cuando dos calles antes de llegar a la casa de la señora Herminia, la susodicha se levanta de la silla de ruedas diciéndome que voy demasiado lenta y que no llega a la telenovela de la noche, quitándomela de un manotazo y arrastrándola ella.

Mi cara es un poema.

¡Maldita vieja, que no estaba coja ni impedida!

Miro a Markus confundida y este se ríe a carcajadas.

—Pero si no podía andar —lloriqueo—. Desiré me dijo que llevaba unos días mala.

—¿Y tú pensaste que se había quedado paralítica?

Ríe de nuevo con demasiada intensidad mientras lo miro cruzada de brazos, molesta.

—Yo solo sé que Charles, viniendo para acá, me dijo que estaba regularcilla porque le había subido el colesterol muchísimo.

Y luego —hace una pausa— dijo que Desiré le había contado que llevaba una semana atiborrándose de chorizo cantimpalo, por algo de un regalo que le hizo a Desiré en su cumpleaños y que funcionó.

Y justo en ese instante lo entiendo todo.