Prohibido enamorarse del idiota Una batalla que no sabía que había empezado
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Una batalla que no sabía que había empezado

Llevo todo el día en la clínica. Entré a las siete de la mañana y son las nueve de la noche y sigo aquí.

No soy capaz de decir cuántas pacientes he tenido, pero me han parecido más de mil.

He comido un bocadillo de pavo con queso que me han acercado entre consulta y consulta, y ya noto cómo me ruge el estómago.

Cuando entro en casa me doy cuenta de que Iker no está, y eso me anima, después de todo el curro que he tenido, lo que menos me apetecía era compartir estancias con él. Solo llevamos unos días conviviendo y el ambiente es cada vez más insoportable.

Sé que, desde que me vio, le parecí una especie de hippie trasnochado que se viste la mayor parte del tiempo con playeras y bañadores, nada a la altura de sus camisas y pantalones de pinzas.

Lo he pillado en alguna ocasión echando un vistazo desde la puerta al interior de mi habitación y un semblante de disgusto le ha atravesado cada jodida facción de su cara.

No le debieron convencer los montones de ropa apilados encima de los distintos muebles.

Todo en mí le produce rechazo, y no lo culpo porque a mí me invade lo mismo al verlo. Nos detestamos. Y ya no es solo por nuestro pasado. Ahora la tensión ha subido varios decibelios por ella, Blanca.

No lo decimos, pero es un secreto a voces. Lo noté desde que la vio, porque ni siquiera fue capaz de disimular toda esa contención de la que estoy seguro de que presume. La miraba como si acabara de encontrar una pieza de colección de incalculable valor. Con necesidad.

Al principio no advirtió competencia en mí, y lo entiendo, ni siquiera yo pensé que estaba jugando en esa liga. Pero después, mis comentarios se hicieron más palpables, y mi doble sentido me engulló, al igual que ella.

Me molestó que tuvieran una cita. Luego me molestó mucho más que quedaran con Charles y Desiré.

Que, por cierto, debo reconocer que ella me cae increíblemente bien; me parece que es perfecta para él.

Pienso que son dos polos tan opuestos que consiguen equilibrarse como una balanza.

Él aporta la calma y ella la elocuencia.

Verlos cenando, riéndose y compartiendo esa complicidad me irritó; pero volver en el coche con ellos terminó por desatarme.

Creo que hasta deseé ser yo el que fuera en el asiento de delante con ella, y que Iker estuviera mordiendo el polvo en el puñetero asiento trasero.

Todo es tan confuso… tan surrealista… Que ahora no sé en qué punto estoy.

¿Tengo celos?

¿Me gusta?

¿Tanto como para tirar por tierra mis principios?

¿Para convertirme en un jodido idiota que cree en el amor?

¡Joder esa maldita palabra! ¡Esa que borré de mi vocabulario desde que tenía uso de razón!

Me preparo algo rápido para no coincidir en la cocina, por si le da por llegar a don señor remilgado.

Lo engullo y me voy directo a la ducha. El agua va descendiendo por mi cuerpo tan rápido como mis fustigantes pensamientos, a los que no soy capaz de mantener a raya.

Me envuelvo una toalla sobre la cintura con la intención de entrar corriendo en mi cuarto, pero entonces, oigo unas voces fuera que me descolocan.

Son ellos. Doy algunos pasos más hasta el interior de mi habitación, y cuando ya estoy casi a ras de mi cama, algo me hace retroceder y dirigirme a la puñetera ventana.

Me coloco de manera que sea invisible verme desde fuera, pegando el oído tanto que me arrepiento al instante.

Lo que acabo de oír me ha dejado completamente KO.

Mi hermano acaba de ganarme en una batalla que hasta ahora ni siquiera sabía que había emprendido.

Y lo peor es que se lo ha preguntado con una diplomacia tan ladina que, incluso, ha conseguido que sonara poético.

Cuando le dice que sí, arrastro los pies de vuelta a mi habitación, sintiendo cómo el estómago se me cierra.

Por unos segundos incluso se me ha olvidado respirar.

Me tumbo en la cama pensando que quizás debí haber mostrado algo más.

Porque, aunque me pese, sé que, en su momento, tuve alguna minúscula posibilidad.

Al fin y al cabo, pasamos una noche juntos.

Y estoy seguro de que no hace eso con cualquiera.

Joder.

Lo cierto es que tengo un cabreo de cojones, aunque no quiera admitirlo.

Una hora después, continúo recordando su respiración sobre mi cuerpo y el color de sus labios rojos por la intensidad en la que nos besamos. Y entonces, oigo la puerta abrirse y un enorme suspiro de satisfacción se me escapa de los pulmones.

Definitivamente, mañana tendré otra oportunidad para seguir haciendo el idiota.